sábado, 7 de noviembre de 2020

"Tristeza de Anton Chéjov

 

Anton Chéjov "Tristeza" (1886)



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La tristeza[Cuento. Texto completo.]Anton Chejov (1886)
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.

Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.

Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!

-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice en tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados y no puede pronunciar una palabra.

El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

-¿Qué hay?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

-Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...

-¿De veras?... ¿Y de qué murió?

Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:

-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.

-¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.

Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.

Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.

-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.

Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como solo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

-¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...

-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...

-¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.

-¡Eso no es verdad! -responde el otro-. Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.

-¡Palabra de honor!

-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.

-¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!

-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme a tu caballo perezoso. ¡Qué diablo!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...

-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.

-¿Oye, viejo, estás enfermo? -grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.

-¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Solo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

-¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Los sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.

Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.

-¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.

-Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

-No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.

En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.

-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.

-Sí.

-Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo.

Se viste y sale a la cuadra.

El caballo, inmóvil, come heno.

-¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

Tras una corta pausa, Yona continúa:

-Sí, amigo... ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

viernes, 6 de noviembre de 2020

En la casa de baños " de Anton Chéjov

 

En la casa de baños" Chéjov


-¡Eh, tú, elemento! — gritó un señor gordo, de piel blanca, al distinguir entre la neblina a un hombre alto y delgado, con una barbita rala y una gran cruz de cobre en el pecho—. ¡Echa el vapor!
-Yo, excelencia, no soy bañista, sino barbero. No es asunto mío echar el vapor. ¿No me manda ponerle unas ventosas?
El señor gordo se acarició los muslos purpúreos, meditó un poco y dijo:
-¿Ventosas? Tal vez. Pónmelas. No tengo prisa.
El barbero corrió a los vestuarios por los útiles, y al cabo de unos cinco minutos en el pecho y la espalda del señor gordo oscurecían ya diez ventosas.
—Me acuerdo de usted, excelencia —empezó el barbero, mientras colocaba la ventosa número once—. Usted tuvo a bien bañarse aquí el sábado pasado, y entonces le corté los callos. Soy el barbero Mijailo... ¿Recuerda? Entonces me hizo usted preguntas acerca de las novias.
-iAh!... ¿Y qué?
-Nada... Ahora estoy ayunando, y es pecado que yo juzgue, excelencia, pero en conciencia no puedo no decírselo. Que Dios me perdone por censurar, pero la novia actual ha resultado desordenada, boba... La novia anterior quería casarse con un hombre que fuera formal, severo, que tuviera capital, que supiera enjuiciar todo, recordar la religión, y la actual se deja seducir Por la instrucción. Ofrécele un hombre instruido, pero a  un señor oficinista o a algún comerciante ni se te ocurra, ¡se burlará! Hay distintas clases de instrucción... Algún hombre instruido, naturalmente, alcanzará un alto grado, pero otro se pasará un siglo entre papeles y legajos y no sacará ni para su entierro. ¿Acaso hay pocos de esos ahora? Aquí suele venir uno... instruido. Es telegrafista... Lo ha superado todo, puede inventar telegramas, pero se lava sin jabón. ¡Da pena verlo!
-¡Pobre, pero honrado! —llegó una voz de bajo enronquecida desde el banco superior adosado a la pared. De gente así hay que enorgullecerse. La instrucción, unida a la pobreza, es testimonio de las altas cualidades del alma. ¡Grosero!
Mijailo miró de reojo al banco de arriba... Allí permanecía sentado, golpeándose la, tripa con una escobilla, un hombre delgado a quien se le marcaban los huesos por todas partes y que parecía no tener más que piel y costillas. No se le veía el rostro, porque estaba cubierto por el largo cabello que colgaba hacia abajo. Sólo se veían los ojos, llenos de maldad y desprecio dirigidos hacia Mijailo.
-¡De esos... de los del pelo largo! – guiñó un ojo Mijailo—. Con ideas... ¡Es terrible lo que ha aumentado el número de esta gente ahora! ¡No hay modo de cogerlos a todos! ¡Vaya! Se ha soltado las greñas el esqueleto. Cualquier conversación campesina le contraría, lo mismo que   el incienso al demonio. ¡Toma partido por la instrucción! Esos son los que le gustan a la novia actual. ¡Precisamente como esos, excelencia! ¿Acaso da asco? En otoño me llamó a su casa la hija de un pope. «Búscame, Michel –dijo-, en las casas me llaman Michel, porque ondulo el pelo a las señoras, búscame un novio que sea escritor» Y por suerte para ella yo tenía uno así... Frecuentaba la taberna de Porfirio periódicos. Se le acercaba alguien a pedirle dinero para o Emiliánovich y amenazaba con publicar las cosas en los periódicos. Se le acercaba alguien a pedirle dinero para  vodka, largaba una bofetada... « ¿Cómo? ¿Pedirme dinero? Pero ¿tú sabes quién soy yo? ¿Ignoras acaso que  yo puedo publicar en los periódicos que has arruinado tu alma?» Es poco atractivo, andrajoso. Le seduje con el dinero del pope, le mostré un retrato de la señorita y lo llevé a su casa. Le alquilé un traje... ¡No le gustó a  la señorita! Tiene poca melancolía en la cara —dijo-- ¡Ella misma no sabe qué diablos quiere!
¡Eso es una difamación de la literatura! — se oyó la voz ronca de bajo desde el mismo asiento—. ¡Eres una basura!
-¿Yo una basura? ¡Ejem!... Tiene usted la suerte, señor, de que esta semana estoy ayunando, de lo contrario ya le habría dicho una palabrita por lo de basura... ¿Acaso usted también es escritor?
—Aunque no soy escritor, no te atrevas a hablar de lo que no entiendes. En Rusia ha habido muchos escritores que han aportado gran progreso. Han ilustrado al mundo, y por eso, en vez de reprenderlos hay que tratarlos como Dios manda. Hablo de los escritores mundanos lo mismo que de los eclesiásticos.
—Las personalidades eclesiásticas no van a ocuparse de tales asuntos.
—Tú no lo entiendes, grosero. Dimitri Rostóvski, Inokenti Jérsonski, Filaret Moskóvski y otros santos de la Iglesia, con sus creaciones han contribuido bastante a la cultura.
Mijailo miró de reojo a su enemigo y movió la cabeza.
—Bueno, usted, señor, es que ya... —farfulló rascándose la nuca—. Está expresando algo intelectual... Por algo lleva usted así el pelo. ¡Por algo! Todo eso lo entendemos muy bien, y ahora mismo le vamos a demostrar qué clase de hombre es usted. Excelencia, vamos a dejar puestas las ventosas, y yo vuelvo en seguida... Voy sólo un momento.
Arrastrando al paso sus pantalones mojados y chapoteando fuerte con los pies descalzos, Mijailo se fue a los vestuarios
—Ahora saldrá de los baños un hombre de pelo largo —se dirigió a un muchacho que permanecía en pie detrás del mostrador, vendiendo jabón—, entonces tú... vigílalo. Está desconcertando al público... Con sus ideas... Habría que ir a buscar a Nazar Zajárich...
-Díselo a los chicos.
—Ahora vendrá por aquí un hombre de pelo largo –murmuró  Mijailo, dirigiéndose a los chicos que se hallaban junto al ropero—. Está desconcertando a la gente. Vigiladle y corred a casa de la patrona, para que mande buscar a Nazar Zajárich. Hay que levantar acta. Dice unas cosas... Expone unas ideas...

-Pero ¿quién es ese hombre de pelo largo? — preguntaron inquietos los chicos—. Ninguno así se ha cambiado aquí de ropa. Sólo se han desnudado seis. Aquí se han cambiado dos tártaros, aquí un señor, aquí dos comerciantes, aquí un diácono... y nadie más... Seguramente has tomado al padre diácono por ese hombre de pelo largo.
-¡Qué estáis inventando, demonios! ¡Sé lo que digo!
Mijailo miró la ropa del diácono, tocó la sotana con la mano y se encogió de hombros... Su rostro reflejó una perplejidad infinita.
-¿Y qué aspecto tiene?
-Es delgadito, rubio... Una barbita muy rala... Tose continuamente.
— ¡Ejem! — balbuceó Mijailo—. ¡Ejem!... Eso quiere decir que he atacado a una personalidad eclesiástica...
¡Un asunto espinoso con el padre Denis! ¡Vaya un pecado! ¡Vaya pecado! ¡Dios mío, y yo estoy ayunando! ¿Cómo me voy a confesar ahora, si he ofendido a una personalidad eclesiástica? ¡Dios mío, perdóname, he pecado! Voy a pedir perdón...
Mijailo se rascó la nuca y, con cara afligida, se dirigió a los baños. El padre diácono ya no estaba en el asiento de arriba. Permanecía abajo, al lado de los grifos, y separando mucho los pies echaba agua en una palangana de dos asas.
-¡Padre diácono! —se dirigió a él Mijailo con voz llorosa—. ¡Perdóneme, se lo pido por Cristo, soy un condenado!
-¿Por qué?
Mijailo suspiró profundamente y se inclinó hasta los pies del diácono.
-¡Porque he pensado que tenía usted ideas en la cabeza!
II
-¡Me extraña que su hija, con toda su belleza y su intachable conducta no se haya casado hasta ahora! –decía Nikodim Egórovich Potýchkin, encaramándose al banco de arriba.
Nikodim Egórovich Potýchkin estaba desnudo, como cualquier hombre desnudo, pero sobre su cabeza calva tenía una gorra. Temiendo una congestión y un ataque de apoplejía se bañaba siempre con la gorra puesta. Su interlocutor, Makar Tarásovich Péshkin, un viejecito menudo, de pies pequeños y azulados, en contestación a su pregunta, se encogió de hombros y dijo:
-Pues no se ha casado porque Dios, como castigo, me ha dado ese carácter. Soy humilde y muy dócil, Nikodim Egórovich, y hoy no se puede alcanzar nada con la docilidad. El novio en la actualidad es brutal, y hay que comportarse de acuerdo con él.
—Pero ¿cómo brutal? ¿Desde qué punto de vista dice usted eso?
-El novio está mimado... ¿Cómo hay que tratarle? Es precisa la severidad, Nikodim Egórovich. No va uno a cohibirse con él, Nikodim Egórovich. Hay que mandar al juez de paz por los guardias, para darle en los morros; eso es lo que hace falta. Es gente inútil. Es gente tonta.
Los amigos se tumbaron en el banco de arriba, uno al lado del otro, y se golpearon con las escobillas.
—Gente sin importancia... —continuaba Makar Tarásovich—. Los he aguantado mucho, canallas. Si yo tuviera un carácter más sólido, hacía mucho tiempo que mi Dasha se hubiera casado y hubiera tenido niños. Sí... Sí, señor mío, en el campo femenino hay ahora solteronas —si se habla con toda conciencia— mitad por mitad, el cincuenta por ciento. Y fíjese, Nikodim Egórovich, que cada una de estas solteronas, en sus años mozos ha tenido novio. ¿Y por qué, preguntarán, no se ha casado? ¿Por qué motivo? Pues porque los padres no han podido retener al novio, lo han dejado escapar.
—Eso es cierto. El hombre actual está mimado, es tonto, librepensador. Todo esto lo quieren por nada, pero con ventaja. No da un solo paso gratis. Tú le procuras la felicidad y él te exige dinero. Y si se casa no lo hace sin intención. Me casaré, amigo, y me beberé el dinero. Eso todavía no es nada, come, engulle, coge mi dinero, pero cásate con mi hija, hazme ese favor, pero sucede que incluso con el dinero suplicarás y aguantarás al desgraciado. Alguno propone insistentemente el matrimonio
Y cuando llega al final, al altar, se vuelve atrás y se marcha a pedir la mano de otra. Es bueno el hecho de, ser novio, resulta una diversión. La dan de Comer y beber, le prestan dinero, ¿qué más puede pedir a la vida? Bueno, pues se transforma en novio hasta la vejez, en tanto llegue la muerte, y no tiene necesidad de casarse. Ya tiene una calva que le cubre toda la cabeza, ya está todo canoso, y se le doblan las rodillas, pero continúa siendo novio. Los hay también que no se casan por tontería... Un hombre tonto no sabe él mismo lo que le conviene, y se pone a escoger esto no le viene bien, lo otro le resulta mal. Va una y otra, vez, pide la mano, y luego de pronto sin más ni más: «No puedo –dice—, y no quiero.» Bien, tomemos como ejemplo al señor Katavásov, el primer novio de Dasha. Profesor de Instituto, también consejero titular... Ha aprendido todas las ciencias, sabe francés, alemán... es matemático, pero ha resultado un estúpido, un hombre tonto, y nada más. ¿Está usted dormido, Nikodim Egórovich?
—No ¿por qué? He cerrado los ojos por puro placer...
-Bueno, pues... Empezó a galantear a mi Dasha. Y tengo que decirle a usted que Dasha no tenía entonces ni los veinte años. Era una muchacha tan hermosa que todos se asombraban. ¡Como una palmera! Tenía la plenitud, la perfección del cuerpo, etcétera. El consejero civil Chicherónov-Gravianski —trabaja en el departamento eclesiástico-  se arrastraba de rodillas para que fuera a su casa de institutriz, ¡y no quiso! Katavásov empezó a venir a casa. Venía todos los días y se quedaba hasta medianoche, hablaba con ella de distintas ciencias y de física... Le llevaba libros, ella tocaba el piano... Siempre se inclinaba más por los libros. Mi Dasha es ilustrada de por sí, los libros no le son necesarios no son más que una diablura. Y él insistía todo el tiempo, lee esto, lee lo otro y consiguió aburrirla mortalmente. Me di cuenta de que se enamoró de ella. Pero se veía claramente que ella, nada. «Papá —me decía, no me gusta porque no es militar.» No es militar, pero eso no importa. Tiene categoría, es noble, está bien alimentado, es abstemio, ¿qué más se puede pedir? Se hicieron novios. Se les dio el consentimiento... Ni siquiera preguntó acerca de la dote. Silencio... Como si no fuera un hombre, sino un espíritu etéreo, y pudiera arreglarse sin dote. Hasta señalamos el día para la boda. ¿Y qué cree usted, eh? Tres días antes de la boda viene a mi tienda ese Katavásov. Los ojos enrojecidos, la cara pálida, como si le hubieran dado un susto, temblando de pies a cabeza. «¿Qué ocurre?» «Perdone, Makar Tarásovich —dice—, pero no puedo casarme con Daría Makárovna. Yo —explica—, me he equivocado. Contemplando en ella su floreciente juventud y su ingenuidad —dice—, creí encontrar el reposo, es decir, el frescor espiritual, pero ella ya había tenido tiempo de adquirir tendencias. Tiene disposiciones hacia el oropel, no sabe trabajar, ha mamado en el pecho de su madre...» Yo no recuerdo lo que dijo que, había mamado... Me dice esto, y llora. ¿Y yo? Yo, señor mío, sólo dije unos cuantos denuestos y lo dejé marchar. Y no fui al juez de paz ni presenté queja a la superioridad ni le puse en vergüenza en la ciudad. Si hubiera ido al juez de paz, seguramente se hubiera asustado del deshonor y se hubiera casado. La superioridad es de suponer que no se hubiera fijado en lo que había mamado en el pecho de su madre. Si ha turbado a la muchacha, que se case con ella Ahí tiene al comerciante Kliákin. ¿Ha oído hablar de él? Aunque es un campesino, menuda broma le gastó... También novio empezó a ponerse terco, señalaba algo de la dote que no iba. Entonces Kliákin lo llevó al almacén, se encerró con él, sacó del bolsillo un gran revólver cargado, ¿sabe usted?, y exclamó: «Jura ante el icono que te vas a casar, de lo contrario te voy a matar ahora mismo. ¡Más que canalla! ¡Ahora mismo! » El mozo juró y se casó. Ya ve usted. Pues yo no soy capaz de eso. Ni siquiera soy capaz de luchar... Vio a mi Dasha un funcionario consistorial. El ucranio Briusdénko. También del departamento eclesiástico. La vio y se enamoró de ella. Anda tras ella como un cangrejo rojo como balbucean algunas palabras y de su boca sale fuego. Se pasa los días en nuestra a casa y de noche pasea bajo las ventanas. Dasha también se enamoró de él. Le gustaron sus ojos ucranios. Tienen —decía— el fuego y la oscuridad de la noche. El ucranio venía con frecuencia a casa, y pidió la mano de Dasha. Puede decirse que ella con arrobamiento y entusiasmo dio su consentimiento. «Comprendo, papá —dijo—, que no es militar, pero de todos modos es del departamento eclesiástico, y eso es lo mismo que de intendencia, y por eso le quiero mucho.» Es una jovencita, pero ya discierne: ¡intendencia! Examinó el ucranio la dote, regateó conmigo y sólo arrugó la nariz. Estaba de acuerdo con todo, con tal de celebrar la boda cuanto antes. Pero ese mismo día, el de los esponsales, miró a los invitados y se echó las manos a la cabeza: «¡Padrecito dijo—, cuántos parientes tienen! ¡No estoy conforme! ¡No puedo! ¡No quiero! » Y continuó, y continuó... Yo hablé de una manera y de otra... Pero tú, excelencia —le digo—, ¿te has vuelto loco, no? ¡Es mayor el honor si se tiene mucha familia! ¡No estaba conforme! Cogió su sombrero. Así era el individuo. Hubo también este otro caso. Pidió la mano de mi Dasha el inspector forestal Alialiáyev. Se enamoró de ella por su inteligencia y su conducta... Y Dasha también se enamoró de él. Le gustó su carácter positivo. Efectivamente era un hombre bueno, noble. Pidió la mano, y todo se hizo reposadamente. Examinó minuciosamente toda la dote, revolvió todos los baúles. Regañó  a la madre porque no había preservado los abrigos de la polilla. A mí me presentó una lista de sus bienes. Era un hombre noble, sería pecar decir de él algo malo. Debo confesar que me gustaba extraordinariamente. Regateó conmigo durante dos meses. Yo le daba ocho mil rublos, pero él me pedía ocho mil quinientos. Regateábamos y regateábamos; a veces  nos sentábamos a tomar el té, bebíamos quince vasos cada uno, y seguíamos regateando, yo le agregaba doscientos: ¡no quería! Así, nos separamos por culpa de trescientos  rublos o asustarle desenmascarándole ante toda la ciudad o llevarle a la habitación oscura y darle en los morros. Me equivoqué en los cálculos. Ahora veo que me equivoqué. He hecho el tonto. No hay nada que hacer, Nikodim Egórovich: tengo ese carácter. 
—Muy bondadoso. Eso es cierto. Bueno, me marcho, ya es hora... Se me ha puesto pesada la cabeza...
Nikodim Egórovich se golpeó por última vez con la escobilla y descendió del banco. Makar Tarásovich, suspiró y, con más celo, se empezó a golpear con la escobilla.
1885.
Referencia.
CHEJOV, A. P., 1975. FLORES TARDIAS Y OTROS CUENTOS. Madrid: Espasa-Calpe.

Comentario.
Este cuento inicia in medias res, comienza con una conversación, da a notar lo temida y astuta que es una mujer preparada, los hombres pueden llegar a creer que aquella mujer de ciencia es algo fuera de lo normal y que una vez abierta su mente a los conocimientos todo en ella cambia, bien es sabido que la comunidad machista en la que vivimos establece que todo aquel que sea hombre debe trabajar para llevar alimento y sustento al hogar, mientras que la mujer se encarga de los hijos y la casa, bien es dicho “ mujer que sabe latín, no encuentra marido, ni tiene buen fin”;  al momento de comenzar a contar la historia de Dasha , existe una metadiegesis, se nota aquel lenguaje sexista en el que en aquellas épocas de 1885 las mujeres eran vistas, más como para un lindo mueble en la casa que una competencia intelectual. Este es un ambiente de machos, en donde también se menciona, que por más preparado que sea un hombre, si no nace con el don de ser un buen novio y después marido, por más linaje y preparación que tenga nunca logrará conseguir una mujer. Después de todo tanto mujeres como hombres “solterones” son mal vistos no solo en la sociedad de esos tiempos, también en los de ahora.


Alumnas:
Vanessa Estefanía Rico Lara

Dalia Itzel Cuesta Arriaga

jueves, 5 de noviembre de 2020

"El estudiante" Chéjov

El estudiante

Este cuento trata sobre un estudiante de academia eclesiástica en donde comprende lo valioso que es el tiempo. El estudiante con seguridad y desesperación decía que la pobreza, hambruna, la ignorancia, la tristeza, entre otras cosas desagradables, siempre existirían en la humanidad a pesar de que pasaran miles de años, pero lo que él no llega a entender es que a través del tiempo las cosas cambian. Asimismo el personaje principal aprende que el pasado y el presente siempre van a estar íntimamente conectados ya que sin el ayer no existiría el hoy. Siempre va existir algún momento del pasado que quedará marcado para toda la vida porque se quedará guardado en lo más profundo de la memoria.
En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada1 inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.
Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.
La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río
-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!
Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.
-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.
Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.
-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!
Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:
-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?
-Sí, fui.
-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió... Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban...
Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena... Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo...
El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.
Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella...

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.
Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. "El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros". Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.
Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.
Fuente: ciudadseva.com

Alex Israel Salgado Solano

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Chéjov Cuento: "El malhechor" (1885)

El malhechor (Antón Chéjov) (1885)

Frente al juez instructor hay un hombrecillo pequeño de aspecto demacrado, con camisa desgastada y pantalones remendados. Tiene una gran mata de pelo, su rostro está picado por la viruela y sus ojos, apenas visibles bajo unas espesas y enmarañadas cejas, le dan una expresión hosca y taciturna. Del gorro que cubre su cabeza caen unos cabellos enredados que ya hace tiempo que no se peina, acentuando esa imagen de hosquedad arácnida. Está descalzo.

- Denis Grigoriev! –dice el juez.- Acércate aquí y responde a mis preguntas. El 7 de julio el vigilante ferroviario Iván Semiónov Akinfov, que pasaba el turno de mañana por la versta 141, te sorprendió desatornillando una tuerca de las que sujetan los rieles a las traviesas. ¡He aquí la tuerca! La tuerca con la cual te detuvo. ¿Es eso cierto?
- ¿Lo qué?
- Que si es cierto esto que afirma Akinfov.
- Pues sí, está claro.
- Bien. Entonces, ¿para qué estabas desatornillando la tuerca?
- ¿Lo qué?
- Déjate de loqués y contesta a la pregunta: ¿para qué estabas desatornillando la tuerca?
- Si no me hubiera hecho falta, no la habría desatornillado –gruñó Denis, dirigiendo una mirada huidiza al techo.
- ¿Para qué necesitabas esta tuerca?
- ¿La tuerca? Es que nosotros hacemos calas con las tuercas…
- ¿Quién es “nosotros”?
- Nosotros, el pueblo… los mujiks de Klimov.
- Escucha, amigo, deja de tomarme por idiota y habla claro. ¡Aquí de nada sirve mentir con calas!
- Jamás he mentido, ¿por qué iba a hacerlo ahora? –farfulla Denis, parpadeando- ¿Es que puede su señoría pescar sin cala? Si pones un cebo vivo o una gusana en un anzuelo, ¿cómo esperas que se hunda sin cala? Que miento… ¡ja! –sonríe para sí Denis.- ¡Pues vaya negocio del demonio, si el cebo vivo este se queda flotando en la superficie! La perca, el lucio, la lota… siempre van por el fondo, y de los que van por encima, a lo mejor te pica un shilishper, y eso con suerte… Encima en nuestro río no hay shilishperes… a este tipo de pez le gustan los espacios amplios.
- ¿Por qué me cuentas historias de shilishperes?
- ¿Cualó? ¡Pero si es usté el que me ha preguntao! En nuestro pueblo hasta los señores pescan así. El niño más tonto sabe que sin cala no se pesca. La estupidez no tiene límite…
- Entonces, ¿me estás diciendo que desatornillabas esta tuerca para hacer de ella una cala?
- ¡Y para qué la voy a querer! ¿Para jugar a las tabas?
- Pero de cala podías haber utilizado un plomo, una bala, algún clavo…
- El plomo no lo encuentras por el camino, hay que comprarlo, y un clavo no sirve. Mejor que una tuerca no vas a encontrar… ¡si hasta tiene agujero!
- ¡Pero qué clase de tonto eres tú! ¿Es que has nacido ayer? ¿Es que no entiendes, so mentecato, a qué lleva todo ese desatornillamiento? De no haberte visto el vigilante, el tren podía haber descarrilado, ¡podía haber muerto gente! ¡Habrías matado gente!
- ¡Dios me libre, su señoría! ¿Qué es eso de matar? Pero ¿qué clase de proscritos o malhechores cree que somos? Ay Dios, mi buen Dios, nosotros llevamos una vida decente, ¡si es que la sola idea de matar ni se nos pasaría por la cabeza!... ay, virgen de los cielos… ¡qué dice!
- ¿Y por qué cree usted que ocurren los descarrilamientos? Desatornilla dos o tres tuercas y, ¡ahí lo tienes, un descarrilamiento!

Denis entorna los ojos y mira desconfiado al juez.

- ¡Pues nosotros ya llevamos años desatornillando tuercas en el pueblo y Dios nos libre de tener descarrilamientos… matar gente! Si me hubiera llevado un riel o, pongamos, hubiera colocado un tronco a través del camino, entonces, quizás el tren podría haberse desviado, pero ¡psst, una tuerca!
- ¡¿Pero es que no entiendes que con las tuercas se sujetan los rieles a las traviesas?!
- Si lo entendemos… por eso no desatornillamos todas… dejamos algunas… No estamos locos, entendemos…

Denis bosteza y se santigua la boca.

- El año pasado descarriló un tren, -dice el juez.- Ahora entiendo por qué…
- ¿Decía usté?
- Que digo, que ahora entiendo por qué el año pasado descarriló un tren… ¡ahora entiendo!
- Es que ustedes, señores nuestros, para eso son gente instruida, para entender… Dios sabía a quién daba el entendimiento… Por eso usted ha razonado, sin embargo el vigilante, que también es mujik, sin entender bien por qué te agarra del cuello y te entrega… ¡Tú, primero razona y luego me entregas! Lo dicho… a un mujik, mente de mujik… Apunte también, su señoría, que me golpeó dos veces en los dientes y una en el pecho.
- Cuando te registraron, te encontraron una tuerca más… ¿Dónde y cuándo desenroscaste esa?
- ¿Me está hablando de la tuerca que había debajo del baúl rojo?
- No sé donde estaba, pero la llevabas encima. ¿Cuándo la desenroscaste?
- No la desenrosqué. Me la dio Ignashka, el hijo de Semión el bizco. Yo le hablo de la tuerca que estaba debajo del baúl, la que estaba en el trineo del patio la desenroscamos Mitrofán y yo.
- ¿Qué Mitrofán?
- Mitrofán Petrov… ¿es que no ha oído hablar de él? Es el que hace redes y después las vende. Le hacen falta muchas tuercas. Para cada red, unas diez…
- Escucha… el artículo 1081 del código penal dice que por los daños premeditados cometidos contra las vías del ferrocarril, cuando éstos podrían suponer un peligro para el transporte que circule por ellas, y siendo el acusado consciente de que la consecuencia sería una catástrofe… ¿entiendes? ¡consciente! Pero tú no podías saber a qué llevarían tus actos… se le impone el castigo de destierro a los campos de trabajos forzados.
- Bueno, por supuesto, usted ya sabe que somos gente ignorante… ¿acaso podemos ser realmente conscientes?
- ¡Eres consciente de todo! ¡Estás mintiendo, fingiendo!
- ¿Pa qué mentir? Pregunte en el pueblo, si no me cree… Sin cala sólo se pescan brecas, y los gobios… no, ni los gobios te vienen sin cala.
- ¡Cuéntame más sobre los shlishperes! –sonríe el juez.
- No nos vienen shilishperes… Echamos el sedal sin cala flotando a mariposa y nos viene un chub, y eso con suerte.
- Bueno, calla ya…

Se hace el silencio. Denis se balancea apoyándose en una y otra pierna, mira una mesa con tapete dorado, y pestañea como si delante de él no viera un tapete, sino el sol. El juez garabatea a gran velocidad.

- ¿Puedo irme ya? –pregunta Denis después de un rato más de silencio.
- No. Debo arrestarte y enviarte a prisión.

Denis deja de pestañear y, alzando sus espesas cejas, mira confuso al funcionario.

- ¿Cómo que a prisión? ¡Su señoría! No puedo, que yo me tengo que ir a la feria; Egor vende la manteca a tres rublos…
- Calla y no molestes.
- A prisión… si hubiera razones, pues bueno, pero esto… como tú vives bien… ¿por qué? Yo creo que no he robado, ni me he peleado… Y si duda de que tenga atrasos, su señoría, no crea al alcalde… Pregunte al señor consejero… Ni siquiera lleva crucifijo, el alcalducho ese…
- ¡Silencio!
- Si yo me callo… -farfulla Denis.- Pero que el alcalde se equivocó en el recuento, eso se lo juro… Somos tres hermanos: Kuzma Grigoriev, por un lado, Egor Grigoriev, y yo, Denis Grigoriev…
- Me estás molestando… ¡Eh, Semión! –grita el juez.- ¡Llévatelo!
- Somos tres hermanos, -farfulla Denis, al tiempo que dos robustos soldados lo cogen y se lo llevan de la sala.- Un hermano no es responsable del otro… Kuzma no paga, así que responde tú, Denis... ¡Señor juez! ¡Ay, si viviera el barín-general, reino de los cielos, él os enseñaría a vosotros, jueces…! Hay que juzgar con conocimiento, no a lo loco… Él podía azotarnos con la vara, pero siempre con conocimiento de causa…


inesgoni.blogspot.com/2008/05/el-malhechor-antn-chejov.html

martes, 3 de noviembre de 2020

Chéjov "En la barbería" (1883)

EN LA BARBERÍA de Antón Chéjov (1883)

Primeras horas de la mañana. Aún no son las siete, pero la barbería de Makar Kuzmich Blestkin ya está abierta. El dueño, un joven de unos veintitrés años, sucio, vestido con ropas mugrientas que pretenden pasar por elegantes, está poniendo en orden el local. En realidad, no tiene nada que limpiar, pero el trabajo le ha hecho sudar. Aquí pasa una bayeta, allí rasca con la uña, más allá encuentra una chinche y la retira de la pared. La barbería es pequeña, estrecha, destartalada. Las paredes de troncos están cubiertas de un empapelado que recuerda una camisa de cochero desteñida. Entre las dos ventanas con cristales mates y lacrimosos hay una puertecilla delgada, miserable, chirriante, coronada por una campanilla medio verdosa por la humedad que tintinea de vez en cuando, sin razón aparente, se estremece y emite un sonido quejumbroso. Si miráis el espejo suspendido de una de las paredes, veréis vuestro rostro deformado en todos los sentidos de la manera más lamentable. Es delante de ese espejo donde el barbero corta los cabellos y afeita a sus clientes. En una mesita tan sucia y mugrienta como Makar Kuzmich, todo está dispuesto: peines, tijeras, navajas, fijadores y polvos de a kopek y agua de Colonia muy diluida también de a kopek. La verdad es que toda la barbería no vale ni medio rublo. El chirrido de la enfermiza campanilla suena por encima de la puerta y un hombre de edad madura, con zamarra de piel de cordero y botas de fieltro, entra en la barbería. Lleva la cabeza y el cuello cubiertos por un chai de mujer. Es el padrino de Makar Kuzmich, Erast Ivánich Yágodov. Antaño trabajaba como guardián en el consistorio, ahora vive cerca del Estanque Rojo y ejerce el oficio de cerrajero. -¡Buenos días, Makar! -le dice al barbero, que sigue ocupado en su labor de limpieza. Se besan. Yágodov se quita el chai de la cabeza, se santigua y se sienta. -¡Sí que queda esto lejos! -dice, carraspeando-. No es poca cosa. Del Estanque Rojo a la puerta de Kaluga. -¿Qué tal le va? -Nada bien, hermano. He tenido fiebre. -¿Qué me dice? ¡Fiebre! -Fiebre. He pasado un mes en cama; creí que me moría. Me administraron la extremaunción. Ahora se me cae el cabello. El doctor me ha ordenado que me lo corte. Dice que me saldrá un pelo nuevo y más fuerte. Entonces pensé: vete a ver a Makar. Antes que ir a cualquier otro sitio, vale más ir a casa de un pariente. Lo hará mejor y no te cobrará nada. Queda un poco lejos, es verdad, pero ¿qué importa? Así te darás un paseo. -No faltaría más. ¡Siéntese! Makar Kuzmich, chocando los talones, le señala una silla. Yágodov se sienta, se mira en el espejo y parece satisfecho con lo que ve: en el cristal aparece una jeta torcida, con labios de calmuco, una nariz ancha y chata y ojos en la frente. Makar Kuzmich cubre los hombros de su cliente con una servilleta blanca salpicada de manchas amarillas y empieza a manejar las tijeras. -¡Se lo voy a cortar al rape! -dice. -Naturalmente. Que tenga aspecto de tártaro o de bomba. Así nacerá más tupido. -¿Qué tal está la tía? -Bien. Hace poco asistió al parto de la mujer del comandante. Le dieron un rublo. -Un rublo, nada menos. ¡Agárrese la oreja! -Ya lo hago... No me cortes, ten cuidado. ¡Ay, qué daño! Me tiras del pelo. -No es nada. En nuestro oficio es imposible hacer las cosas de otra manera. Y ¿qué tal se encuentra Anna Erástovna? -¿Mi hija? Estupendamente. El miércoles de la semana pa-sada se prometió en matrimonio con Sheikin. ¿Por qué no viniste? El ruido de las tijeras se interrumpe. Makar Kuzmich deja caer los brazos y pregunta con terror: -¿Quién se ha prometido? -Anna. -¿Cómo es posible? ¿Con quién? -Con Prokofi Petrov Sheikin. Su tía trabaja como gobernanta en el callejón Zlatoustenski. Es una buena mujer. Naturalmente, todos estamos muy contentos, alabado sea Dios. La boda se celebrará dentro de una semana. Ven, nos correremos una juerga. -Pero ¿qué me dice? -pregunta Makar Kuzmich, pálido, sorprendido, encogiéndose de hombros-. ¡No puedo creerlo! ¡Es... es totalmente imposible! Si Anna Erástovna... si yo... si yo albergaba sentimientos por ella, tenía intenciones. ¿Cómo ha ocurrido algo así? -Pues ya lo ves. Se han prometido, eso es todo. Es un buen hombre. El rostro de Makar Kuzmich se cubre de un sudor frío. Deja las tijeras en la mesa y empieza a frotarse la nariz con el puño. -Tenía intenciones... -dice-. ¡No es posible, Erast Ivánich! Yo... estoy enamorado y le he ofrecido mi corazón... La tía había dado su consentimiento. Siempre le he respetado como a un padre... Siempre le corto el pelo gratis... Siempre me he mostrado servicial con usted y, cuando mi padre murió, se quedó usted con el sofá y diez rublos en dinero que no me ha devuelto. ¿Se acuerda usted? -¡Cómo no voy a acordarme! Claro que me acuerdo. Pero ¿qué clase de novio serías tú, Makar? No tienes dinero, ni posición, te ocupas de un oficio insignificante... -Y ¿Sheikin es rico? -Sheikin es maestro de obras. Tiene quinientos rublos en títulos. Así es, hermano... Di lo que quieras, pero el asunto está cerrado. No es posible dar marcha atrás, Makar. Búscate otra novia... No es el fin del mundo... ¡Bueno, sigue cortando! ¿Qué haces ahí parado? Makar Kuzmich guarda silencio y no se mueve de su sitio; luego se saca un pañuelo del bolsillo y se echa a llorar. -¡Bueno, basta! -le consuela Erast Ivánich-. ¡Déjalo ya! ¡Sollozas como una mujer! Acaba de cortarme el pelo y llora luego todo lo que quieras. ¡Coge las tijeras! Makar coge las tijeras, durante un minuto las mira con aire abstraído y a continuación vuelve a dejarlas sobre la mesa. Le tiemblan las manos. -¡No puedo! -dice-. ¡Ahora no puedo, me faltan las fuerzas! ¡Soy muy desdichado! ¡Yella también! Nos queríamos, nos habíamos prometido, pero personas sin corazón y sin piedad nos han separado. ¡Vayase, Erast Ivánich! No puedo verle. -En ese caso volveré mañana, Makar. Terminarás de cortarme el pelo mañana. -De acuerdo. -Cálmate. Vendré mañana por la mañana, a primera hora. Con la mitad de la cabeza pelada al rape, Erast Ivánich parece un presidiario. Le resulta molesto irse con esa pinta, pero no hay nada que hacer. Se envuelve la cabeza y el cuello con el chai y sale. Una vez solo, Makar Kuzmich se sienta y sigue llorando en silencio. Al día siguiente, por la mañana temprano, Erast Ivánich aparece de nuevo en la barbería. -¿Qué se le ofrece? -le pregunta Makar Kuzmich con frialdad. -Acaba de cortarme el pelo, Makar. Aún te queda la mitad de la cabeza. -Pagúeme por adelantado. No trabajo gratis. Erast Ivánich se marcha sin pronunciar palabra. Hasta la fecha sigue teniendo el pelo largo en una mitad de la cabeza y corto en la otra. Considera un lujo pagar por un corte de pelo y espera a que los cabellos cortados crezcan por sí mismos. Así fue a la boda.

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lunes, 2 de noviembre de 2020

Chéjov "Enemigos" (1887)

ANTON CHEJOV "Enemigos" (1887)

Sobre las diez de una oscura noche de septiembre murió de difteria el niño de seis años Andrei, hijo único del médico del Zemstvo Dr. Kirilov. Cuando la esposa del médico, en el primer acceso de desesperación, cayó de rodillas ante la cama del niño muerto se oyó un agudo campanillazo en el vestíbulo. A causa de la difteria, toda la servidumbre había sido desalojada de la casa esa mañana. Kirilov, tal como estaba, en mangas de camisa y con el chaleco desabrochado, sin enjugarse la cara húmeda ni las manos escaldadas por el ácido fénico, salió a abrir la puerta. El vestíbulo estaba a oscuras, y en la persona que entró sólo podían vislumbrarse la mediana estatura, la bufanda blanca y el rostro ancho y pálido, tan pálido que se diría que con la aparición de ese rostro se había iluminado un tanto el vestíbulo... ‐¿Está el doctor? ‐se apresuró a preguntar el visitante. ‐Sí, estoy. ¿Qué se le ofrece? ‐¡Ah, es usted! ¡Cuánto me alegro!  ‐dijo gozoso el recién llegado buscando en las tinieblas la mano del médico; por fin la halló y la estrechó fuertemente entre las suyas‐. ¡Cuánto... cuánto me alegro! ¡Usted y yo nos conocemos!... Soy Abogin... tuve el gusto de que nos presentaran este verano en casa de Gnuchev. ¡Cuánto me alegro de encontrarle!... Por amor de Dios, no se niegue a venir conmigo ahora mismo... Mi mujer ha caído terriblemente enferma... Tengo aquí mi coche... Por la voz y los ademanes del visitante se echaba de ver que estaba agitadísimo. Como alguien aterrorizado por un incendio o por un perro rabioso, apenas podía contener su respiración anhelante y hablaba deprisa, con voz trémula, y algo inequívocamente sincero, como de miedo infantil, vibraba en sus palabras. A semejanza de las víctimas del terror o el aturdimiento, se expresaba en frases breves y entrecortadas, y empleaba muchas palabras innecesarias e impropias. ‐ Temía no encontrarle –prosi‐guió‐. En el camino he venido sufriendo lo indecible... ¡Vístase y vamos, por amor de Dios!... Mire cómo pasó la cosa. Vino a verme Papchinski, Aleksandr Semionovich, a quien usted conoce... Estuvimos charlando... luego nos sentamos a tomar el té. De pronto mi mujer lanza un grito, se lleva las manos al corazón y se desploma contra el respaldo de la silla. La llevamos a la cama y... le froté las sienes con amoníaco, le rocié el rostro con agua... y ella tendida allí como muerta... Temo que sea un aneurisma... Vamos... Su padre murió de un aneurisma también... Kirilov escuchaba en silencio como si no comprendiera el ruso. Cuando Abogin mencionó una vez más a Papchinski y al padre de su mujer y volvió a buscar la mano en las tinieblas, el médico sacudió la cabeza y dijo arrastrando con apatía cada palabra: ‐Perdone, pero no puedo ir... Hace cinco minutos que se me... murió mi hijo... ‐¿De veras?  ‐murmuró Abogin dando un paso atrás‐. ¡Dios mío, en qué hora tan aciaga vengo! ¡Día singularmente fatídico... singularmente! ¡Qué coincidencia... y como si fuera de propósito! Abogin cogió el tirador de la puerta e indeciso bajó la cabeza. Por lo visto, vacilaba sobre qué partido tomar: o marcharse o implorar al médico una vez más. ‐Escuche  ‐dijo con vehemencia agarrando a Kirilov de la manga‐, comprendo perfectamente su situación. Bien sabe Dios que me da vergüenza tratar de captar la atención de usted en un momento como éste, pero 2 ¿qué remedio me queda? Juzgue por sí mismo, ¿a quién puedo acudir? Aquí no hay más médico que usted. ¡Vamos, por lo que más quiera! No lo pido por mí... ¡No soy yo el que está enfermo! Hubo un silencio. Kirilov volvió la espalda a Abogin, se detuvo un instante y se dirigió lentamente del vestíbulo a la sala. A juzgar por su paso inseguro y maquinal, por la atención con que enderezaba la pantalla colgante de la lámpara apagada y consultaba un libro grueso que estaba en la mesa, carecía en ese momento de deseos, de propósitos, no pensaba en nada y, probablemente, había olvidado que un extraño estaba en su vestíbulo. La oscuridad y el silencio de la sala aumentaban al parecer su aturdimiento. Al pasar de la sala a su gabinete levantó el pie derecho más de lo necesario, buscó a tientas el quicio de la puerta, al par que en toda su figura se percibía cierto titubeo, como si hubiera entrado en una vivienda extraña o se hubiese embriagado por vez primera en su vida y se entregase perplejo a esa nueva sensación. A lo largo de una pared del gabinete a través de estantes llenos de libros, corría una ancha franja de luz. Junto con un olor agudo y penetrante de ácido fénico y éter esa luz salía por la puerta entreabierta que daba acceso del gabinete a la alcoba... El médico se dejó caer en un sillón delante de la mesa. Durante un instante miró con ojos soñolientos los libros bañados en luz, luego se levantó y entró en la alcoba. En la alcoba reinaba una calma mortal. Todo, hasta en los detalles más nimios, hablaba con elocuencia de la tempestad reciente, de agotamiento, y ahora todo hablaba también de descanso. La lamparilla que estaba en el taburete colmado de frascos tarros y cajitas y la lámpara grande que estaba sobre la cómoda alumbraban vivamente la habitación. En la cama, junto a la ventana, yacía el niño con los ojos abiertos, y una expresión de asombro en el rostro. Estaba inmóvil, pero sus ojos abiertos parecían entenebrecerse por momentos y hundirse en el cráneo. Con las manos en el torso del niño y la cara oculta entre los pliegues de la colcha la madre estaba de rodillas ante el lecho. Al igual que el muchacho ella también estaba inmóvil, pero ¡cuánto movimiento latente se echaba de ver en el cuerpo arqueado y las manos! Se apretujaba contra el lecho con todo su ser, con brío y ansia, como si temiese alterar la postura tranquila y cómoda que al fin había encontrado para su cuerpo extenuado. Las mantas, trapos, jofainas, las salpicaduras en el suelo los pinceles y cucharas esparcidos por doquier, la botella blanca con agua de cal, el aire mismo, sofocante y pesado... todo se había extinguido y parecía sumido en sosiego. . El médico se detuvo junto a su esposa, metió las manos en los bolsillos del pantalón e, inclinando a un lado la cabeza, fijó los ojos en su hijo. Su rostro expresaba indiferencia, y sólo por las gotas que le brillaban en la barba se notaba que había llorado hacía poco. Ese terror repugnante en que pensamos cuando hablamos de la muerte estaba ausente de la alcoba. En el desmadejamiento general, en la postura de la madre, en la indiferencia del rostro del médico, había algo cautivante que llegaba al corazón: la belleza sutil y huidiza del dolor humano, que aún tardará mucho tiempo en ser comprendida y descrita y que, por lo visto, sólo la música es capaz de expresar. También se sentía la belleza en la lúgubre calma: Kirilov y su mujer callaban, no lloraban, como si a despecho de la pesadumbre de la pérdida se percataran de todo el lirismo de su situación. Por lo mismo que ya había pasado la juventud de ambos, ahora también desaparecería para siempre con ese niño el derecho de ambos a tener hijos. El médico tenía cuarenta y cuatro años, había encanecido y parecía viejo; su esposa, ajada y enferma, tenía treinta y cinco. Andrei no era sólo hijo único, sino último. En contraste con su esposa, el médico era una de esas personas que en momentos de dolor espiritual sienten necesidad de moverse. Al cabo de diez minutos de estar con su mujer pasó, levantando demasiado el pie derecho, de la alcoba a un cuarto pequeño, la mitad del cual estaba ocupado por un diván grande y ancho. De ahí fue a la cocina. Estuvo errando en torno al fogón y la cama de la cocinera y, agachando la cabeza, salió por una puertecilla al vestíbulo. Allí vio de nuevo la bufanda blanca y el rostro pálido. ‐Por fin ‐suspiró Abogin cogiendo el tirador de la puerta‐. Vamos, por favor. El médico se estremeció, le miró y recordó... 3 ‐Oiga. Ya le he dicho que no puedo ir ‐dijo reanimándose‐. ¿Cómo puede ocurrírsele tal cosa? ‐Doctor, no soy de piedra. Comprendo perfectamente su situación... Le compadezco  ‐dijo Abogin con voz suplicante, llevándose la mano a la bufanda‐. Pero no lo pido por mí... ¡Mi mujer se muere! ¡Si hubiera oído usted ese grito, si hubiera visto su cara, comprendería mi insistencia! ¡Dios santo! ¡Y yo que pensaba que había ido usted a vestirse! ¡Doctor, los minutos son preciosos! ¡Vamos, se lo ruego! ‐¡No puedo ir! ‐dijo Kirilov tras una pausa y entró en la sala. Abogin fue tras él y le cogió de la manga. ‐Está usted abrumado de pena; bien lo entiendo. Pero lo que le pido no es que me cure un dolor de muelas o que declare ante un tribunal como perito, sino que salve una vida humana ‐siguió implorando como un mendigo‐. Esa vida vale más que un dolor personal. ¡Lo que le pido es valor, es una hazaña! ¡En nombre del humanitarismo! ‐El humanitarismo es arma de dos filos  ‐dijo irritado Kirilov‐. En nombre de ese mismo humanitarismo le pido a usted que no me saque de aquí. ¡Dios mío! ¿A quién se le ocurriría? Apenas puedo tenerme de pie y usted me asusta con lo del humanitarismo. En este momento no sirvo para nada... No iría por nada del mundo. ¿Con quién dejaría a mi mujer? No, no... Kirilov abrió las manos en gesto de rechazo y dio un paso atrás. ‐¡Y... y no me lo pida!  ‐agregó alterado‐. Discúlpeme... Según las Leyes, tomo XIII, estoy obligado a ir, y usted tiene derecho a cogerme del cuello y llevarme arrastrando... Pues bien, arrástreme, pero... no sirvo para nada... Apenas si puedo hablar... Discúlpeme... ‐De nada sirve que me hable en ese tono, doctor ‐dijo Abogin volviendo a coger al médico de la manga‐. ¡Al diablo con el tomo XIII! No tengo derecho alguno a forzar la voluntad de usted. Si quiere, va, y si no quiere, se queda con Dios. Pero no apelo a la voluntad de usted, sino a sus sentimientos. ¡Una mujer joven se está muriendo! Dice usted que un hijo acaba de morírsele. ¿Quién puede comprender mi terror mejor que usted? La voz de Abogin temblaba de agitación; y el temblor y el tono eran más persuasivos que las palabras. Abogin era sincero, pero resultaba curioso que toda frase que empleaba le salía afectada, huera, inoportunamente relamida, lo que venía a ser una ofensa a la atmósfera de la casa del médico y a la mujer moribunda. Él mismo se percataba de ello y, temiendo no ser comprendido, procuraba a toda costa suavizar y enternecer su voz a fin de persuadir por el tono sincero de ella, si no por las palabras. En general, por muy bella y profunda que sea una frase, afecta sólo a los indiferentes, pero no siempre satisface a los felices o desgraciados, porque la expresión más elevada de la felicidad o la desgracia es muy a menudo el silencio. Los amantes se comprenden mejor cuando callan, y un discurso ferviente y apasionado junto a una tumba afecta sólo a los extraños. A la viuda y los hijos del finado se les antojará frío y trivial. Kirilov se detuvo y guardó silencio. Cuando Abogin dijo algo más acerca de la eximia vocación del médico y del autosacrificio, el médico preguntó con aspereza: ‐¿Hay que ir lejos? ‐Unas trece o catorce verstas. Tengo excelentes caballos, doctor. Le doy mi palabra de honor de que le llevo y le traigo en una hora. Una hora nada más. 4 Las últimas palabras causaron en el médico mayor impresión que las referencias al humanitarismo o la vocación profesional. Reflexionó y dijo suspirando: ‐Bueno, vamos. Deprisa, y ya con paso seguro, fue a su gabinete y volvió poco después embutido en una levita larga. Abogin, gozoso, bailaba de impaciencia en tomo suyo, le ayudó a ponerse el gabán y salió con él de la casa.   Fuera de ella estaba oscuro, pero no tanto como en el vestíbulo. En la oscuridad se perfilaba ya con nitidez la figura alta y algo encorvada del médico, con su barba larga y estrecha y nariz aguileña. En Abogin, además del rostro pálido, se veía ahora la cabeza grande y la gorrita de estudiante que apenas le cubría la coronilla. La bufanda blanca se veía sólo por delante; por detrás quedaba oculta bajo la abundante cabellera. ‐Créame que sé apreciar la generosidad de usted  ‐murmuró Abogin ayudando al médico a sentarse en el carruaje‐. Pronto llegaremos. ¡Luka, amigo, ve lo más deprisa posible! ¡Hala! El cochero arrancó deprisa. Al principio apareció una fila de edificios feos a lo largo del patio del hospital. Todo estaba oscuro, salvo en el fondo del patio, donde, a través de la verja del jardín, se veía una luz brillante en la ventana de alguien. Y tres ventanas del piso alto del pabellón central del hospital resultaban más pálidas que el aire. Luego el carruaje se hundió en densas tinieblas donde olía a humedad de hongos y se oía el susurro de los árboles. El ruido del vehículo despertó a unas cornejas, que empezaron a agitarse entre el follaje y a lanzar chillidos inquietos y lastimeros, como si supieran que el hijo del médico había muerto y que la mujer de Abogin estaba enferma. Más tarde surgieron árboles separados, un arbusto; brilló adusto un estanque en el que dormían grandes sombras negras. El carruaje rodaba por una llanura. El chillido de las cornejas se oía ya amortiguado, muy a la vaga, y pronto se extinguió por completo. Kirilov y Abogin guardaron silencio durante casi todo el trayecto. Sólo una vez Abogin suspiró profundamente y murmuró: ‐¡Qué tormento éste! Uno nunca ama tanto a sus seres queridos como cuando está en peligro de perderlos. Y cuando el carruaje cruzaba con cuidado el río, Kirilov se estremeció de pronto como asustado del chapoteo del agua y se agitó impaciente.   ‐Escuche. Déjeme que me vaya ahora ‐dijo angustiado‐. Vendré más tarde. Sólo quiero que un enfermero vaya a ver a mi mujer. Está sola.   Abogin calló. El carruaje, bamboleándose y rechinando contra las piedras, atravesó la orilla arenosa y siguió adelante. Kirilov se rebullía afligido y miraba en torno suyo. Tras ellos se veía el camino a la escasa luz de las estrellas, y los sauces de la ribera se esfumaban en la oscuridad. A la derecha se abría la llanura, lisa e infinita como el cielo. En ella, desparramadas en la lejanía, brillaban luces tenues, probablemente en las turberas. A la izquierda, paralela al camino, se alargaba una colina erizada de pequeños arbustos, y sobre ella pendía inmóvil una media luna grande, roja, cubierta de leve bruma y rodeada de nubes vaporosas que parecían observarla de todos lados y vigilarla para que no se fuera. Toda la naturaleza trascendía a algo desesperado y morboso. Como ramera que está sola en un cuarto oscuro y procura no pensar en el pasado, la tierra, languidecía en recuerdos de la primavera y el estío y aguardaba con apatía el invierno inevitable. Dondequiera que se posaban los ojos la naturaleza semejaba una sima oscura, infinitamente honda y fría, de la que no podían evadirse ni Kirilov, ni Abogin, ni la media luna roja... 5 A medida que el carruaje se acercaba a su destino, Abogin se mostraba más impaciente. Se removía en el asiento, se incorporaba y miraba adelante, por encima del hombro del cochero. Y cuando por fin el carruaje hizo alto al pie de la escalinata, protegida por un bonito toldo de lienzo a rayas, y cuando levantó los ojos a las ventanas iluminadas del primer piso se podía notar lo trémulo de su respiración. ‐Si pasa algo... no lo podré sobrevivir ‐dijo entrando con el médico en el vestíbulo y frotándose, agitado las manos‐. Pero no se oye ningún ajetreo, lo que significa que de momento todo va bien ‐añadió aguzando el oído en el silencio reinante.   En el vestíbulo no se oían voces ni pasos. A pesar de la brillante iluminación, toda la casa parecía dormida. Ahora el médico y Abogin, hasta entonces en la oscuridad, podían observarse mutuamente. El médico era alto, encorvado, vestido con desaliño y feo de rostro. Había algo desagradablemente huraño, displicente, severo, en sus labios gruesos como los de un negro, en la nariz aguileña y en la mirada vaga e indiferente. Su cabello enmarañado, sus sienes hundidas, las canas prematuras de su barba larga y escueta, tras la cual relucía la barbilla, el color grisáceo de la piel y los ademanes desmañados y torpes... todo ello apuntaba con su aspereza a privaciones sufridas, mala suerte y hastío de la vida y de los hombres. Mirando su seca figura no se diría que este hombre tenía esposa y podía llorar a un hijo. Abogin delataba algo muy diferente. Era robusto, fuerte y rubio, de cabeza grande y facciones acentuadas aunque suaves, vestido esmeradamente a la última moda. En su porte, en su levita entallada, en su cabellera y en su rostro se echaba de ver algo noble, leonino. Andaba con la cabeza alta y el pecho abombado, hablaba con voz agradable de barítono, y en los gestos con que se quitaba la bufanda o se arreglaba el pelo se adivinaba una elegancia sutil y casi femenina. Incluso la palidez y el terror infantil con que clavaba la vista en lo alto de la escalera mientras se despojaba del abrigo no alteraban su porte ni menguaban el contento, la salud y el aplomo que se desprendían de su figura.   ‐No hay nadie ni se oye nada ‐dijo subiendo la escalera‐. No se nota ninguna conmoción. ¡Dios nos tenga en sus manos! Cruzando el vestíbulo condujo al médico a un vasto salón, en el que había un piano negro y colgaba una araña de cristal cubierta por una funda blanca. De allí pasaron a una salita linda y muy cómoda sumida en una agradable penumbra rosácea.   ‐Tome asiento aquí, doctor ‐dijo Abogin‐. Yo... vuelvo enseguida. Voy a ver qué pasa y a avisarles. Kirilov quedó solo. El lujo de la sala, la agradable penumbra y su propia presencia en una casa ajena y desconocida no parecían afectarle, no obstante el sabor de aventura que ello tenía. Se sentó en un sillón, mirándose las manos escaldadas por el ácido fénico. Sólo de soslayo vio la pantalla roja de la lámpara, la caja del violonchelo, y cuando dirigió la vista hacia donde sonaba el tic‐tac del reloj vio un lobo disecado, tan orondo y satisfecho como el mismo Abogin. Todo estaba en calma... Allá lejos, en otras habitaciones, alguien prorrumpió en un “¡ah!” destemplado, sonó una puerta de cristal, probablemente la de un aparador, y una vez más todo quedó en calma. Al cabo de cinco minutos Kirilov dejó de mirarse las manos y levantó los ojos a la puerta por donde había desaparecido Abogin. En el umbral de la puerta estaba Abogin, pero no era el mismo hombre que por ella había salido. Se había disipado el aire de contento y de elegancia sutil. Tenía la cara, las manos, la postura, contraídas en una expresión repugnante, que podría ser de horror o de torturante dolor físico. La nariz, los labios, el bigote, todas las facciones se agitaban como si trataran de desprenderse del rostro. En cambio, los ojos parecían reír de dolor... Abogin avanzó lenta y pesadamente hasta el centro de la sala, se inclinó, lanzó un sollozo y sacudió los puños. 6 ‐¡Me ha engañado! ‐gritó, acentuando con fuerza la sílaba ña‐. ¡Me ha engañado! ¡Se ha fugado! Se puso enferma y me mandó a buscar al médico sólo para escaparse con ese bufón de Papchinski! ¡Dios mío! Abogin se acercó al médico, alargó hacia el rostro de éste los puños blancos y delicados, y sacudiéndolos continuó lamentándose: ‐¡Se ha fugado! ¡Me ha engañado! ¿Pero a qué viene esta mentira? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué esta burla obscena e infame? ¡Este truco diabólico y viperino! ¿Qué le he hecho yo? ¡Se ha fugado! Se le saltaron las lágrimas. Giró sobre un talón y empezó a deambular por la sala. Ahora, con su levita corta, sus elegantes pantalones estrechos que hacían que las piernas pareciesen demasiado delgadas para el cuerpo, con su cabeza grande y su melena, se asemejaba extraordinariamente a un león. La curiosidad animó el semblante del médico. Se levantó y se encaró con Abogin. ‐Bien. ¿Dónde está la enferma?‐preguntó.   ‐¡La enferma! ¡La enferma!  ‐exclamó Abogin llorando, riendo, y sacudiendo sin cesar los puños‐. ¡No está enferma, sino maldita! ¡Qué vileza! ¡Ni Satanás hubiera inventado una treta más ruin! ¡Me mandó a buscar a usted para fugarse, para fugarse con un bufón, con un payaso estúpido, con un Alphonse! ¡Dios mío! ¡Mejor sería que hubiera muerto! ¡No lo podré sobrellevar! ¡No podré! El médico irguió el cuerpo. Comenzó a pestañear, los ojos se le colmaron de lágrimas y la barba enteca comenzó a oscilar a compás de la mandíbula. ‐¿Qué significa esto? ‐preguntó mirando con curiosidad a su alrededor‐. Mi hijo ha muerto, mi mujer, presa de congoja, está sola en la casa..., yo apenas puedo tenerme de pie, no he dormido en tres noches... ¿y ahora qué? Se me obliga a participar en una comedia chabacana, a hacer un papel de guardarropía. ¡No... no lo comprendo! Abogin abrió un puño, arrojó al suelo un papel arrugado y lo pisoteó como a un insecto al que se quiere aplastar. ‐Y yo que no vi nada... ¡que no comprendí! ‐dijo entre sus dientes apretados mientras con el puño trazaba un círculo en torno a su cara, con el gesto de alguien a quien le han pisado un callo‐. No me hice cargo de que venía todos los días. No noté que hoy había venido en coche. ¿Coche para qué? ¡Y no lo vi! ¡Valiente inocentón! ‐¡No... no lo comprendo! ‐murmuró el médico‐. ¿Pero qué significa esto? ¡Esto es mofarse de un hombre, reírse del sufrimiento humano! ¡Esto es imposible!... ¡Es la primera vez en mi vida que veo tal cosa! Con el asombro estólido de quien acaba de comprender que ha sido objeto de un duro agravio, el médico se encogió de hombros, abrió los brazos y, sin saber qué decir o hacer, se dejó caer exhausto en un sillón. ‐Bien, dejó de quererme. Quería a otro. Santo y bueno. ¿Pero a qué ese engaño? ¿A qué esa pérfida jugarreta? ‐prosiguió Abogin con lágrimas en la voz‐. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué te he hecho yo? Escuche, doctor ‐dijo febrilmente acercándose a Kirilov‐. Usted ha sido testigo involuntario de mi desgracia y no voy a ocultarle la verdad. ¡Le juro que he amado a esta mujer, que la he amado con delirio, como un esclavo! Lo he sacrificado todo por ella. Me disgusté con mi familia, abandoné mi empleo, mi música, le perdoné cosas que no habría perdonado a mi madre o mi hermana... Ni una sola vez la miré con enojo... Nunca le di motivo alguno. Entonces ¿por qué esta mentira? Yo no exijo amor, pero ¿por qué esta traición infame? Si 7 ya no me quieres, dímelo sin rodeos, honradamente, tanto más cuanto que conoces mis ideas sobre el particular... Con lágrimas en los ojos, temblando de pies a cabeza, Abogin vertía ante el médico cuanto llevaba en el alma. Hablaba con ardor, apretándose el corazón con las manos, sacando a relucir sin el menor empacho sus secretos de familia, y hasta parecía contento de arrancarse por fin tales secretos del pecho. Si hubiera hablado de esa guisa una o dos horas, si hubiera vaciado su alma, sin duda habría sentido alivio. ¡Quién sabe! Quizá si el médico le hubiera escuchado y hubiera mostrado amistosa simpatía se habría reconciliado con su dolor, sin protesta y sin hacer tonterías innecesarias... Pero las cosas pasaron de otro modo. Mientras Abogin hablaba cambió la actitud del agraviado médico. La indiferencia y asombro de su rostro se trocaron gradualmente en una expresión de amarga afrenta, de indignación y furia. Sus facciones se endurecieron aún más, tomaron un cariz más acerbo y desagradable. Cuando Abogin le puso ante los ojos la fotografía de una mujer joven, de cara bonita pero seca e inexpresiva como la de una monja, y le preguntó si mirando esa cara cabía suponer que era capaz de mentir, el médico dio un respingo y dijo con ojos relampagueantes y recalcando groseramente cada palabra:   ‐¿Por qué me cuenta usted todo eso? ¡No quiero oírlo! ¡No quiero! ‐gritó dando un puñetazo en la mesa‐. No quiero oír sus secretos triviales… ¡Váyase al infierno con ellos! ¡No se atreva a contarme esas nimiedades! ¿O cree usted que aún no se me ha insultado lo bastante? ¿Que soy un lacayo a quien se puede insultar cuanto se quiera? ¿Eh?   Abogin se apartó de Kirilov y le miró sorprendido. ‐¿A qué me ha traído aquí? ‐prosiguió el médico, temblándole la barba‐. Se casa usted por capricho, porque se le pone en la montera, y hace un melodrama, pero ¿qué tengo yo que ver con eso? ¡Déjeme en paz! Siga acaparando cosas como aristócrata que es, haga alarde de ideas humanitarias, toque (y el médico miró de reojo la caja del violonchelo) el contrabajo y el trombón, engorde como un capón, pero no se atreva a mofarse de un hombre hecho y derecho. ¡Si no sabe usted respetarlo, al menos ahórrele sus atenciones! ‐Perdón, ¿qué quiere decir con eso? ‐preguntó Abogin ruborizándose. ‐¡Quiero decir que es una vileza, una ruindad, jugar así con la gente! Soy médico, y usted considera como lacayos, como gente de mauvais ton, a los médicos y a todos los que trabajan, a todos los que no huelen a perfume y prostitución. Muy bien. ¡Pero nadie le da a usted el derecho de hacer de un hombre que sufre un objeto de guardarropía! ‐¿Cómo se atreve a hablarme así?  ‐preguntó Abogin con voz contenida. Una vez más se le crispaba el rostro, pero ahora claramente de ira. ‐¿Y cómo se atreve usted a traerme aquí a escuchar fruslerías sabiendo lo que sufro?  ‐gritó el médico dando un nuevo puñetazo en la mesa‐. ¿Quién le ha dado derecho a burlarse así del sufrimiento ajeno? ‐¡Usted está loco!  ‐exclamó Abogin‐. Eso es falta de generosidad. Yo también soy profundamente desgraciado y... y... ‐¿Desgraciado? El médico se sonrió con sarcasmo‐. No use esa palabra, que nada tiene que ver con usted. Los manirrotos que no hallan dinero para pagar una letra también se llaman a sí mismos desgraciados. ¡Vaya gentuza! ‐¡Señor mío, usted olvida con quién habla!  ‐chilló Abogin‐. ¡Por palabras como ésas se apalea a la gente! ¿Me entiende? Abogin metió rápidamente la mano en el bolsillo, sacó una cartera, tomó de ella dos billetes y los tiró sobre la mesa. 8 ‐Ahí tiene el precio de su visita ‐dijo, y le temblaban las ventanas de la nariz‐. Está usted pagado. ‐¡No se atreva a ofrecerme dinero! ‐gritó el médico barriendo de la mesa los billetes, que cayeron al suelo‐. ¡Los insultos no se pagan con dinero! Abogin y el médico estaban cara a cara y en su furia siguieron insultándose injustamente. Nunca, ni en accesos de frenesí, habían usado antes palabras tan inicuas, crueles y absurdas. En ambos surgía con violencia el egoísmo del desgraciado. Los desgraciados son egoístas, malévolos, injustos, crueles, y menos capaces de comprenderse mutuamente que los imbéciles. La desgracia no une a las gentes, sino que las separa; y donde parecería natural que el dolor común debiera fundirlas hay mucha más injusticia y crueldad entre ellas que entre las relativamente contentas. ‐Mande que me lleven a mi casa ‐gritó jadeante el médico. Abogin tocó violentamente la campanilla. Cuando nadie acudió a su llamada volvió a tocarla y la tiró furioso al suelo. La campanilla cayó sobre la alfombra con un sonido sordo que era como el quejido plañidero de un moribundo. Apareció un criado. ‐¿Dónde te escondes, maldito seas?  ‐dijo el amo lanzándose sobre él con los puños cerrados. ¿Dónde estabas en este momento? Ve y di que traigan la calesa para este caballero y que a mí me preparen el coche. ¡Espera! ‐exclamó cuando el criado se volvía para irse‐. ¡Mañana no va a quedar un traidor en esta casa! ¡Os echo a todos! Tomaré gente nueva. ¡Granujas! Mientras esperaban los vehículos Abogin y el médico guardaron silencio. Aquél recobraba ya su aire de contento y de elegancia sutil. Iba y venía por la sala, sacudiendo con esmero la cabeza y, por lo visto, discurriendo algún proyecto. Aún no se había calmado su ira, pero trataba de aparentar que no reparaba en su enemigo... El médico estaba de pie, asido de una mano al borde de la mesa, mirando a Abogin con el desprecio profundo un tanto cínico y desagradable con que sólo el dolor y la fortuna adversa miran cuando tienen delante la satisfacción y la elegancia. Cuando poco después el médico tomó asiento en la calesa y partió, sus ojos seguían mirando con desprecio. La noche estaba oscura, mucho más oscura que una hora antes. La media luna roja había desaparecido ya tras la colina y las nubes que la vigilaban parecían manchas negras en tomo a las estrellas. Un carruaje con faroles rojos chirrió en el camino y dejó atrás la calesa del médico. Era Abogin que iba a protestar y hacer alguna tontería más… Durante todo el trayecto el médico no fue pensando en su esposa, ni en Andrei, sino en Abogin y en los que vivían en la casa de que acababa de salir. Sus pensamientos eran injustos, de una crueldad inhumana. Condenaba a Abogin, a la mujer de éste, a Papchinski, y a todos los que viven en una penumbra rosácea y huelen a perfume. Durante todo el trayecto estuvo odiándolos; el corazón llegó a dolerle del desprecio que por ellos sentía. Y en su mente arraigó una firme convicción con respecto a tales gentes. Pasará el tiempo, pasará el sufrimiento de Kirilov, pero esa convicción, injusta e indigna del corazón humano, no pasará. Perdurará en la mente del médico hasta la tumba misma.
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