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domingo, 6 de diciembre de 2020

CUENTOS REUNIDOS DE WILLIAM FAULKNER

 

CUENTOS REUNIDOS

William Faulkner  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Introducción

I. El campo

Incendiar establos

Un tejado para la casa del Señor

Los altos

La cacería del oso

Dos soldados

No ha de perecer

II. El pueblo

Una rosa para Emily

La melena

Centauro de latón

Sequía en septiembre

El tirón de la muerte

Elly

El tío Willy

Un mulo en la parcela

Y eso bien ha de estar

Ese sol del atardecer

III. La tierra inexplorada

Hojas rojas

Justicia

Un noviazgo

¡He ahí...!

IV. La tierra baldía

Ad Astra

Victoria

Falla

Viraje

Todos los pilotos muertos

V. La tierra intermedia

Wash

Honor

Dr. Martino

La caza del zorro

Estación de Pensilvania

Artista en casa

El broche

Mi abuela Millard, el general Bedford Forrest y la batalla del arroyo del Curricán

Tierra del oro

Hubo una reina

Victoria en el monte

VI. Allén

Allén

Música negra

La pierna

Mistral

Divorcio en Nápoles

Carcasona

Notas

Sobre el autor

Créditos

Introducción

En agosto de 1950, dos meses antes de recibir la buena nueva de Estocolmo, William Faulkner publicó esta colección de relatos, sus Cuentos reunidos, tal y como él quiso disponerlos de acuerdo con una división concienzuda de toda su producción cuentística, que no recogió íntegramente. Con anterioridad había publicado tres volúmenes de cuentos: These 13 y Doctor Martino, que forman parte de éste en su totalidad, aunque en un orden muy distinto, y Gambito de caballo, que quedó expresamente fuera de esta selección personal por ser más bien producto de una serie de descartes en la configuración de este volumen, pues contiene los cuentos más detectivescos. En esta minuciosa y armónica selección tampoco reunió por cierto aquellos cuentos recogidos en un volumen que el lector hispanohablante acaso conozca, y que lleva un título un tanto engañoso, Relatos, pues son en verdad los Uncollected Stories, no reunidos hasta mucho después de su muerte, hasta 1979, por mediación de su biógrafo, Joseph Blottner, y de acuerdo con su hija y heredera, Jill Faulkner. Además de los no recogidos en volumen y algunos inéditos, esa recopilación póstuma contiene los cuentos que pasaron a formar parte (o están tomados) de novelas como Desciende, Moisés y Los invictos entre otras. Fuera de todo ello aún queda una gavilla de inéditos y raros, además de los inacabados, que se han ido publicando de forma aislada.

Así se explica que este volumen no contenga los cuentos «completos» del prodigioso William Faulkner, titánico en su producción, revolucionario en las cotas alcanzadas en tantas ocasiones. Sus cuentos completos precisarían tal vez de tres volúmenes como éste.

Pero es que nunca fue ésa la intención que animó a su editor, Robert Haas, que es quien propuso al autor un primer índice puramente provisional en marzo de 1948, que Faulkner fue completando con infinito esmero a lo largo de un par de años, con la asesoría de un crítico de la talla de Malcolm Cowley —que en 1946 ya diera a luz, de común acuerdo con el autor, una antología proverbial, titulada The Portable Faulkner— y con el concurso de otro editor y buen amigo de Faulkner, Saxe Commins. De todo ello hallará cumplida cuenta el lector en las presentaciones que dan noticia de cada uno de los relatos aquí reunidos, al final de este volumen, y que anteceden a las notas propiamente aclaratorias. Se ha querido reducir al mínimo indispensable este elemental aparato crítico, además de presentarlo de la forma más discreta, con el menor grado de injerencia en el disfrute del lector.

El volumen resultante de la iniciativa editorial de Robert Haas, que tiene el lector en las manos, fue galardonado en 1951, cuando Faulkner ya trabajaba sin descanso en Réquiem por una monja, con el National Book Award. Pero este reconocimiento le llegó, en efecto, después del Nobel, distinción que guarda un curioso parentesco con esta colección de relatos, como se expone más abajo al amparo de una hermosa conjetura de Malcolm Cowley, que es desde el punto de vista crítico la persona que más conoció y mejor entendió el funcionamiento de la máquina Faulkner.

A la propuesta inicial de Robert Haas respondió Faulkner con una carta ya en septiembre de 1948 —al parecer, extravió la carta primera de Haas—, diciendo que deseaba «meditar la idea y tratar de dar a este volumen una forma integrada que le sea propia, como en el libro de Moisés si es posible». Varias semanas después escribió a Haas una larga carta, una de las más intrigantes que Faulkner escribió nunca, por contener una muy precisa valoración de muchos de sus relatos, descartando unos y reafirmando la necesidad de que otros se incluyeran en el volumen proyectado. El criterio fundamental que maneja Faulkner es la aspiración a que la colección sea «muy extensa y comprenda todos los relatos previamente publicados, salvo aquéllos ya asignados a una serie de volúmenes futuros». Además de la extraordinaria percepción crítica de su propia obra, Faulkner iba en busca de un ordenamiento del material que diera al volumen la modulación que hubiese llegado a tener una novela, una entidad propia, una integración en forma de contrapunto, tendente a un único fin, a una sola finalidad (según señaló él mismo en otra carta semejante, pero escrita a Cowley el 1 de noviembre de 1948, en la que realiza una primera tentativa de ordenación de un material amplísimo y dispar). Y es apasionante comprobar, aunque detallarlo sería largo, cómo de la lista de relatos que propuso Haas a Faulkner no se cayó ninguno, si bien Faulkner fue defendiendo la inclusión de otros a veces con gran vehemencia, como es el caso de «Allén», y aun de otros incluidos en la última de las partes del volumen, además de cambiar de ubicación algunos, en pos de esa tensión dinámica que permitiera leer el volumen precisamente como Desciende, Moisés, una novela formada por una serie de relatos dotados de plena independencia, o Las palmeras salvajes (novela a la que habría que dar su verdadero título, Si yo te olvidara, Jerusalén), compuesta por dos narraciones autónomas que se van alternando.

Apunta Michael Millgate que los Cuentos reunidos son «un tomo que ocupa un lugar muy importante entre las grandes obras de Faulkner», con lo que rebate la extendida idea de que los cuentos son un producto menor de un novelista mayor donde los haya. «Es cierto —prosigue Millgate en The Achievement of William Faulkner, p. 390— que los cuarenta y dos cuentos ya habían sido publicados con anterioridad, aunque diecisiete se reunían por vez primera. (...) El mero hecho de reunir los relatos por primera vez hizo posible un examen de los logros de Faulkner en el género del relato breve, y su organización de los cuentos en seis secciones diferenciadas, cada una con su título [y sus remisiones internas, sus factores de cohesión, sus disonancias, sus modulaciones anímicas, su muestrario de técnicas], hizo que fuera necesario leerlos en un nuevo contexto».

Es cierto y no es menos conocido que Faulkner escribió una cantidad ingente de relatos por pura necesidad pecuniaria. Durante toda su trayectoria, el mercado de las revistas de circulación más o menos masiva en nada se parecía a la depauperada situación que hoy presenta. El universo lector era mucho más concurrido, y en él había sitio para toda clase de esfuerzos: los escritores de entonces podían entregar un libro cuando lo tuvieran listo, pero entre tanto era posible que pagaran sus facturas dando salida a sus textos por medio de la publicación en revistas populares y especializadas en obras de ficción. Este hecho da a los relatos de Faulkner —en muchos casos— un grado de asequibilidad que no tienen algunas de sus novelas, por lo que los Cuentos reunidos son una puerta de acceso perfecta al universo Faulkner, al tiempo que son muy a menudo perlas de especial rareza para el conocedor de ese ancho mundo que se centra en el condado de Yoknapatawpha, pero que muchas veces se extiende más allá de las fronteras de ese terruño del tamaño, según dijo él mismo, de «un sello de correos». En muchas ocasiones, los relatos están directamente emparentados con las novelas, e incluso algunos tendrán una futura versión en otro contexto narrativo, así como mantienen vínculos de hermandad entre sí.

Estos Cuentos reunidos son como una antología que hubiera hecho por ejemplo Bob Dylan a partir de toda su producción, pero no confeccionada por su discográfica, sino hecha íntegramente por el artista, si bien de pleno acuerdo y por petición expresa de uno de sus editores, y en tres CDs, naturalmente. La confección del repertorio obedece a la búsqueda de una armonía en la que tales piezas no descuellen, no desentonen, alternando en su naturaleza representativa y cohesionada. No es lo mejor de sí lo que el artista recoge: recoge lo que es, y es uno de los mejores, uno de los más grandes. Y lo que se pretende es realzar cada una de las canciones por contigüidad con otras, tal como a Faulkner le interesaba ante todo urdir un buen cuento, dejándose de cronologías y de dictados didácticos sobre su propia obra. Claro está que una antología así se puede leer como una crónica.

En la composición de este muestrario de su arte narrativa, engarzando cuento a cuento y engastando parte a parte en un todo que más suma que la suma de sus partes, Faulkner —antes del reconocimiento mundial que iba a llegar a los pocos meses desde ese imán y emisora para grandes escritores que es Estocolmo en octubre— ensambló los pedacitos que componen su mundo, ese universo que, con inevitables excursiones a la ciudad de Nueva York, o a Hollywood, o al golfo de México, o a la Primera Guerra Mundial, y a la Segunda, pero sin salir del terruño, presenta un compendio geográfico y temático que es cifra y señal del pequeño mundo del hombre, en el que los engarces entre los relatos por contigüidad, la colocación de cada uno en un lugar estratégico de cada una de las partes, el funcionamiento de las mismas, son determinantes en la hechura de un libro que poco se parece a otros por el estilo. Fruto de la fértil colaboración entre la partera o comadrona y la madre que con ayuda de la primera —y con sus trabajos y dolores de parto— da a sus hijos al mundo ancho y hostil —fácil no es que el escritor alumbre sin el concurso o la tracción de su editor—, los Cuentos reunidos de Faulkner son en su totalidad un homenaje al concurso del ser humano con el ser humano y una constatación clara del díctum de Pablo de Tarso: sin ti no soy nada. Pero esto es algo que aclaran mejor los propios participantes en la elaboración de un libro capital en el canon faulkneriano.

Es de ley reseñar que Faulkner anunció a Cowley en la carta antes citada (The Faulkner-Cowley File, Letters and Memoirs, 1944-1962, pp. 119-120) su intención de anteponer un prefacio a sus Cuentos reunidos. El propio Cowley consigna su decepción al ver que «[Faulkner] había abandonado la idea de escribir dicho prefacio, a resultas de lo cual el tema sobre el que podría haber versado dicho texto, si lo hubiera escrito, quedó en el cajón, disponible para otros usos».

Faulkner, que acaba de pasar una breve temporada con Cowley, le escribe nada más llegar a su casa de Oxford, Mississippi, y le describe el lento viaje hacia el sur en un avión que hizo escala en infinidad de lugares intermedios:

 

No me aburrí demasiado, porque pasé el tiempo pensando en la colección de relatos, y cuanto más pienso en ella más me gusta. El único prefacio que recuerdo es uno que leí cuando tenía dieciséis años, en un libro de Sienkiewicz donde decía, aunque no con estas palabras, algo así como que «este libro ha sido escrito con esfuerzo (podría haber dicho agonía o sacrificio) para enaltecer el corazón de los hombres». Y ésa me parece que es la única finalidad meritoria de un libro, de modo que también en una colección de relatos la forma y la integración son tan importantes como en una novela.

 

Y continúa Cowley diciendo que «estoy casi seguro de que hay ecos de esa frase, amplificada y remota como un trueno en los montes, al comienzo y al final del discurso de recepción del Premio Nobel que pronunció Faulkner». Al principio de ese brevísimo texto dice Faulkner que «entiendo que este premio no se me otorga a mí en persona, sino a mi obra, que es producto de una vida vivida en la agonía y el esfuerzo del espíritu humano. (...) Por tanto, este premio sólo es mío en depósito». Y al final apunta que «es privilegio del escritor ayudar al hombre a resistir mediante el enaltecimiento de su corazón, recordándole la valentía y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la piedad y el sacrificio que han sido gloria de su pasado». Y es que en Faulkner, según se dice en Réquiem por una monja, es imprescindible tener presente que «el pasado no ha muerto: ni siquiera ha pasado».

 

MIGUEL MARTÍNEZ-LAGE

Pamplona, 8 de septiembre de 2009

I
EL CAMPO

Incendiar establos

 

 

 

 

El almacén en el que tuvo lugar la vista celebrada por el juez de paz apestaba bastante a queso. El chiquillo, acuclillado sobre el barril de los clavos, al fondo de un local atestado de gente, era sabedor de que olía a queso, y a unas cuantas cosas más: desde el asiento al que se había encaramado alcanzaba a ver las estanterías alineadas en las que se apilaban bien apretadas las formas sólidas, chaparras, dinámicas, de aquellas latas cuyas etiquetas leyó con el estómago, sin recurrir a unos rótulos que para su caletre nada significaban, fijándose en cambio en los diablos rojos y en la curvatura argentina de los peces,[1] todo lo cual, el queso de cuyo olor era consciente y la carne hermética, enlatada, cuyo olor creían percibir sus intestinos, le llegaba en rachas intermitentes y efímeras en medio de un constante efluvio, el olor y la sensación de tener un poco de miedo, más que nada por la desesperanza y por la tristeza, la vieja y feroz pulsión de la sangre. No alcanzaba a ver la mesa tras la que se había sentado el juez, frente al cual se encontraban de pie su padre y el enemigo de su padre («nuestro enemigo —pensó con la misma desesperanza—, ¡nuestro de los dos! ¡Tan suyo como mío! ¡Es mi padre!»), aunque sí los oía, u oyó más bien a los dos, porque su padre aún no había dicho ni palabra:

—¿Y qué pruebas tiene, señor Harris?

—Ya se lo he dicho. El cochino se me metió en el maizal. Le eché el guante y se lo mandé. No tenía él una cerca con la que tenerlo bien sujeto. Yo ya se lo dije, ya iba avisado. La siguiente vez metí al cochino en mi corral. Cuando vino a recogerlo, le di alambre de sobra para que cercase bien su corral. A la vez siguiente, recogí al cochino y lo metí en mi corral. Fui a caballo hasta su casa y vi todo el alambre que le había dado yo enrollado y arrinconado en su parcela. Le dije que podía pasar a llevarse el cochino cuando me pagase una tasa de un dólar.[2] Esa misma noche vino un negro con un dólar y se llevó el cochino. Era un negro un poco raro. Forastero, a lo mejor. Va y me dice: «Dice que le diga que la madera con el heno arde fácil». ¿Cómo dices?, le digo yo. «Pues eso, que madicho que le diga que la madera con el heno arde fácil.» Esa misma noche me pegaron fuego al establo. Pude sacar lo que tenía dentro, aperos y animales, pero perdí el establo.

—¿Qué ha sido del negro? ¿No le ha echado el guante?

—Era un negro un poco raro, ya le digo. No sé qué habrá sido de él.

—Pero eso no prueba nada. ¿No entiende que eso no es una prueba?

—Que venga el chiquillo. Él sí que lo sabe —durante unos instantes, el chiquillo pensó que el hombre se refería a su hermano mayor, hasta que Harris dijo—: No, ése no. El pequeño. El chiquillo —y, acuclillado como estaba, pequeñajo para su edad como era, menudo y nervudo como su padre, con unos vaqueros descoloridos y remendados, demasiado pequeños incluso para él, con el cabello castaño, lacio, sin peinar, y los ojos grises, despavoridos como nubes de tormenta, vio separarse a los hombres que se interponían entre aquella mesa y él, y los vio convertirse en una calleja de rostros malencarados, al fondo de la cual acertó a ver al juez, un hombre desaliñado, sin cuello de camisa, canoso, con gafas, que le hacía gestos para que se acercara. No sintió el suelo bajo las plantas de los pies, le pareció que caminase bajo el peso palpable de los rostros malencarados que se iban volviendo a su paso. Su padre, envarado, con la levita negra que sólo se ponía los domingos, y que no se había puesto por el juicio, sino por la mudanza, ni siquiera le miró. «Él lo que quiere es que mienta —pensó, y volvió a sentir el mismo frenesí de tristeza y desesperanza—. Y voy a tener que hacerlo».

—¿Cómo te llamas, chico? —dijo el juez.

—Coronel Sartoris Snopes —murmuró el chico.

—¿Eh? —dijo el juez—. Habla más alto, anda. ¿Coronel Sartoris, dices? Pues digo yo que todo el que en este condado lleve el nombre del Coronel Sartoris a la fuerza tiene que decir la verdad, ¿no? —el chiquillo no dijo nada. «¡Enemigo! ¡Enemigo!», pensó; hubo un instante en el que ni siquiera acertó a ver nada, y no pudo ver que el juez lo miraba con semblante amable, ni acertó a discernir que interpeló con voz contrariada al hombre que llamaban Harris—: ¿Desea interrogar a este chiquillo?

En cambio, sí acertó a oír, y oyó, durante los largos segundos que siguieron, mientras no se oyó absolutamente nada más en el reducido espacio del almacén, atestado como estaba de gente, el sonido de un respirar reposado y atento, tan quedo que fue como si se hubiera columpiado al extremo de la cuerda, en lo más alto de un barranco, sujeto a los zarcillos de una parra, y como si en el punto más elevado del arco que trazaba el columpio quedase atrapado en un detenido instante de hipnótica gravitación, ingrávido en el tiempo.[3] —¡No! —dijo Harris con violencia, con explosiva exasperación—. ¡Condena...! ¡Mándelo fuera de aquí!

El tiempo, el mundo de la fluidez, apretó entonces su discurrir de nuevo bajo sus pies, y las voces volvieron a llegarle claras, confusas, en medio del olor a queso y a carne sellada, en medio del miedo y la desesperanza y la antigua tristeza de la sangre:

—Se desestima el caso. Nada puedo probar en contra de usted, Snopes, pero sí puedo y debo darle un consejo. Márchese del condado y no se le ocurra volver.

Tomó la palabra su padre por vez primera, con voz fría y áspera, sin alterarse, sin cargar las tintas.

—Ésa es mi intención. No se me ocurriría quedarme en un condado, entre gentuza que... —y dijo algo que no es posible poner por impreso, algo vil y rastrero, que no dirigió a nadie en particular.

—Con eso es más que suficiente —dijo el juez—. Tome su carreta y lárguese del condado antes de que anochezca. Se desestima la demanda.

Su padre se volvió en redondo y él siguió la levita envarada, la figura nervuda que caminaba con rigidez debido a la bala de mosquete con que le alcanzó un confederado, uno de los hombres del sheriff, nada más robar un caballo, más de treinta años antes, y siguió más bien las dos espaldas, puesto que su hermano mayor acababa de aparecer en medio del gentío, no más alto que el padre, pero sí más grueso, mascando tabaco sin descanso, entre las dos hileras de individuos malencarados que formaban la calle que desembocaba en salida del almacén, para atravesar el porche desgastado y bajar los peldaños combados y pasar entre los perros y los chicos que se habían juntado en medio de la polvareda de un mayo ya caluroso, por donde oyó al pasar un susurro mascullado:

—¡Quemaestablos!

Tampoco acertó a ver nada, pese a volverse sobre los talones; había una cara en medio de una bruma roja, como el halo de la luna, mayor que la luna llena, cuyo dueño de nuevo tenía la mitad de su tamaño, y saltó en medio de la bruma roja hacia ese rostro y no sintió el golpe, no sintió nada al darse de cabeza contra la tierra, levantándose veloz, de un salto, sin sentir tampoco entonces el golpe, sin sentir el sabor de la sangre en la boca, levantándose veloz, justo a tiempo de ver al otro muchacho, que se dio a la fuga a la vez que emprendía él la persecución y toparse con que la mano de su padre le impedía el paso, la voz fría, áspera, resonante por encima de él.

—Anda y sube a la carreta.

La carreta estaba en medio de las acacias y las moreras, al otro lado de la calle. Sus dos hermanas, grandullonas, endomingadas, así como su madre y la hermana de su madre, con sus vestidos de percal y sus capotas para guarecerse del sol, esperaban sentadas en la carreta, entre los penosos residuos de la docena de mudanzas, o acaso más, que hasta el chiquillo recordaba; el fogón destartalado, las camas y las sillas medio rotas, el reloj con incrustaciones de madreperla, que no funcionaba, parado a unos catorce minutos después de las dos de un día y una época apagados, olvidados, que formó parte de la dote de su madre. La madre lloraba, aunque en el momento en que lo vio se pasó la manga sobre la cara y empezó a bajar de la carreta.

—Estate quieta —dijo el padre.

—Se ha lastimado. Tengo que ir a por agua para lavarle...

—He dicho que te quedes quieta en la carreta —dijo el padre. También él subió, pero pasando por la trasera. Su padre se encaramó al pescante, en donde su hermano mayor ya estaba instalado, y arreó a las mulas flacas un par de fustazos salvajes con una vara de sauce pelada, aunque sin encono. Ni siquiera fue sádico; lo hizo exactamente con esa misma cualidad que en años venideros habría de provocar que sus descendientes revolucionasen el motor en exceso antes de poner el coche en marcha, acelerando y frenando al mismo tiempo. Arrancó la carreta mientras todos los presentes en el almacén, callados, salieron a mirar malencarados su partida y pronto quedaron atrás, hasta que los ocultó una curva del camino. «Para siempre —pensó—. A lo mejor ahora se da por contento, ahora que ya ha...» e interrumpió el pensamiento, que no llegó a formular del todo ni siquiera para sus adentros. Notó la mano de su madre en el hombro.

—¿Te duele? —le dijo.

—No, no es nada —dijo él—. Déjame en paz.

—Anda, límpiate un poco la sangre antes de que se seque.

—Ya me lavaré por la noche —dijo—. Déjame en paz. No es nada, en serio.

La carreta seguía la marcha. El chiquillo no sabía adónde se dirigían. Ninguno de ellos lo supo nunca, ni lo preguntó, siempre al final una casa, por llamarla de algún modo, que los esperaba al cabo de uno, dos e incluso tres días de viaje. Era probable que su padre ya hubiera acordado un empleo de aparcero en otra propiedad antes de... Tuvo que interrumpirse de nuevo. Él (el padre) siempre obraba igual. Algo tenía en su independencia e incluso en su valentía lobuna, al menos cuando la situación era si acaso paritaria, e incluso neutral, algo que impresionaba a los desconocidos, como si de su latente ferocidad de voraz depredador extrajeran no tanto una sensación de confianza cuanto, más bien, la percepción de que su feroz convicción en la rectitud de sus propios actos había de ser ventajosa para todo el que concurriese con sus intereses.

Acamparon esa noche en una arboleda, entre robles y hayas, por donde corría un arroyo. Las noches aún eran frescas y armaron una fogata para defenderse del frío, con una barandilla arrancada de una cerca que vieron en las inmediaciones y que cortaron en dos tramos, para armar una fogata pequeña, precisa, casi cicatera, una fogata ladina; esas fogatas eran las que su padre tenía por hábito y costumbre armar siempre, incluso cuando más inclemente era el frío. De haber sido mayor, el chiquillo podría haber reparado en ello y haberse preguntado por qué no armaba una fogata más grande, por qué un hombre que no sólo había presenciado el despilfarro y la extravagancia de la guerra, sino que también llevaba en la sangre una prodigalidad voraz e inherente a todo lo que fuera material, máxime si no era de su propiedad, no había echado al fuego todo lo que tuviera a la vista. Luego podría haber ido un paso más allá y haber pensado que ésa era la razón, que esa hoguera mísera era el fruto viviente de las noches que había pasado al raso durante aquellos cuatro años, en los bosques, escondiéndose de todos los hombres por igual, los de uniforme gris y los de uniforme azul, con sus reatas de caballos (caballos capturados, los llamaba él). Y de haber sido aún mayor acaso hubiese adivinado la razón: que el elemento del fuego hablaba y llegaba a tocar en lo más vivo algún resorte ubicado en lo más profundo del ser de su padre, tal como el elemento del acero o de la pólvora hablaba y llegaba a otros hombres, por ser el arma para la preservación de la integridad, sin la cual no valdría la pena seguir respirando, conservar el aliento, y que por tanto era preciso contemplar con respeto y utilizar con discreción.

Pero en esto no pensaba en esos momentos; había visto esas míseras fogatas durante toda su vida. Se limitó a zamparse la cena junto al fuego y casi se había adormilado ante la escudilla de peltre cuando su padre lo llamó y una vez más hubo de seguir la espalda envarada, la cojera implacable y envarada, y subir por la cuesta y llegar al camino que iluminaban las estrellas, donde al darse la vuelta vio la silueta de su padre recortada sobre las estrellas, sin rostro, sin profundidad, una silueta negra, plana, sin sangre en las venas, como si estuviese recortada en hojalata en los pliegues de hierro de la levita que no se había hecho para él, áspera la voz como la hojalata y sin calor ninguno, como la hojalata:

—A punto estuviste de soltarlo delante de todos ellos. A punto estuviste de decírselo —él no contestó. Su padre le soltó un sopapo con la palma de la mano en toda la mejilla, con fuerza, pero sin acalorarse, exactamente igual que había golpeado a las dos mulas delante del almacén, exactamente igual que golpearía a cualquiera de las dos para matar o espantar a una mosca, la voz áspera como la hojalata, y sin calor, como la hojalata—: Te estás haciendo un hombre. Tienes que ir aprendiendo. Has de aprender a ser fiel a los tuyos, a la sangre, porque si no te quedarás sin sangre a la que ser fiel. ¿Tú crees que alguno de ellos, alguno de los hombres que estaban allí esta mañana, es fiel a su sangre? ¿No te das cuenta de que lo único que querían era tener la posibilidad de pillarme, porque ya les había ganado yo por la mano? ¿No te enteras, o qué? —más adelante, veinte años más adelante, habría de decirse: «De haberle dicho yo que sólo querían justicia, que sólo querían saber la verdad, me hubiera vuelto a abofetear». Pero no dijo nada. Ni siquiera lloró. Se quedó en donde estaba—. Contéstame —dijo su padre.

—Sí —murmuró. Su padre se dio la vuelta.

—Vete a la cama. Mañana llegamos.

Y al día siguiente llegaron. A primera hora de la tarde, la carreta se detuvo ante una casa de dos habitaciones, sin pintar por fuera ni por dentro, casi idéntica a la docena de casas en las que se habían detenido antes, en los diez años de vida que tenía el chiquillo, y una vez más, como en esa docena de ocasiones, su madre y su tía bajaron y comenzaron a descargar la carreta, aunque las dos hermanas, como el padre y el hermano, no se habían movido.

—Seguramente, ni para criar cochinos vale —dijo una de las hermanas.

—Da igual —dijo su padre—. Tú la pones como debe estar, y ya veras cómo crecen los cochinos y hasta termina por gustarte. Sacad las sillas, ayudad a vuestra madre a descargar las cosas.

Bajaron las dos hermanas, grandullonas, bovinas, un remolino de adornos y cintas baratos; una de las dos sacó de la desordenada trasera de la carreta un farol abollado, y la otra una escoba vieja. Su padre dio las riendas al hijo mayor y comenzó a subir envarado a la rueda de la carreta.

—Cuando hayan descargado, te llevas a las mulas al establo y les das el heno —y siguió hablando, y al principio el chiquillo pensó que hablaba con su hermano—. Ven conmigo.

—¿Yo? —dijo.

—Sí —dijo su padre—. Tú.

—Abner —dijo su madre. Su padre se detuvo y se volvió a mirarla con ojos duros, planos, bajo las cejas boscosas, canosas, irascibles.

—Me parece que voy a tener que hablar un momento con el hombre que a partir de mañana, y durante ocho meses, va a ser dueño y señor de mi cuerpo y de mi alma.

Echaron a andar por el camino. Una semana antes, o en todo caso antes de la noche anterior, claro, le hubiera preguntado adónde iban, pero en ese momento no se lo preguntó. Su padre le había abofeteado con anterioridad, pero nunca, en ninguna ocasión se paró a explicarle el porqué. Era como si la bofetada y la voz que la sucedió en calma, aunque irritada, todavía resonasen, como si aún repercutiesen, por más que a él no le hablase de nada más que de la desventaja de ser joven.

Cuento: "Una rosa para Emilia" Faulkner

 

Una rosa para Emilia

[Cuento - Texto completo.]

William Faulkner

I

Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.

Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.

Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.

Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.

No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.

Su voz fue seca y fría.

-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.

-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?

-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…

-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

-Pero, señorita Emilia…

-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.

II

Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.

“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.

Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.

-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?

-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…

-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..

Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III

La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…

Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…

Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:

“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.

Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”

Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.

-Necesito un veneno -dijo.

-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…

-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.

El droguero le enumeró varios.

-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?

-Quiero arsénico. ¿Es bueno?

-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?

-Quiero arsénico.

El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.

-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.

IV

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….

Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….

De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….

Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….

Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….

Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….

Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.

Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.

Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.

Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.

Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.

Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

El hombre yacía en la cama..

Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.


“A Rose for Emily”, 1930

"Mañana" cuento de Faulkner

 

Mañana

[Cuento - Texto completo.]

William Faulkner

No siempre tío Gavin desempeñó su cargo desde que lo designaron fiscal del distrito. En una oportunidad, hacía ya más de veinte años, interrumpió sus funciones durante un lapso muy breve, tan breve que solo los viejos lo recordaban y, aun así, muchos de ellos lo habían olvidado. Porque en esa época le tocó actuar solamente en un caso, como abogado.

Tenía entonces veintiocho años. Un año antes había egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad del Estado, adonde había concurrido, a su regreso de Harvard y Heidelberg por instancias de mi abuelo. Aceptó el caso por propia decisión, después de persuadir a aquel que le permitiese obrar enteramente por su cuenta, a lo cual mi abuelo accedió, pues era opinión corriente que el juicio se reduciría a una simple formalidad.

Tío Gavin tomó, pues, el asunto a su cargo. Años más tarde, afirmaba todavía que fue el único de todos los casos en que actuó -ya como defensor, ya como acusador- que no pudo ganar, pese a su convencimiento de que la justicia y el derecho estaban de su parte. En realidad no lo perdió: fue un juicio incompleto, el que se ventiló aquel otoño, con fallo de absolución en la primavera siguiente, El acusado era un próspero y honesto agricultor y padre de familia, llamado Bookwright, de una sección conocida como Frenchman’s Bend, en el lejano extremo sudeste del distrito; la víctima, un matón jactancioso que decía llamarse Buck Thorpe, pero con mayor frecuencia apodado Bucksnort por los jóvenes a quienes subyugó con sus puños durante los tres años que residió en Frenchman’s Bend; un individuo sin familia, surgido de la noche a la mañana de no se sabe dónde; pendenciero, jugador, destilador ilegal de whisky, y que en cierta ocasión fue sorprendido en la carretera a Memphis con una tropa de ganado robado, que su propietario identificó inmediatamente. Llevaba consigo un recibo de venta, pero nadie en el distrito conocía al firmante.

La historia de por sí, era vulgar, poco original: una muchacha campesina de diecisiete años, con la imaginación exaltada por la arrogancia jactanciosa y la audacia del locuaz forastero; el padre que trata de hacerla entrar en razón y que llega exactamente adonde llegan todos los padres en casos semejantes; por fin, la prohibición, la puerta cerrada, la inevitable fuga a medianoche, y a las cuatro de esa madrugada, Bookwright que despierta a Will Verner, juez de paz y sheriff del distrito, y le dice, entregándole la pistola:

-Vengo a entregarme. Maté a Thorpe hace dos horas.

Un vecino llamado Quick, el primero en llegar al lugar del hecho, halló el cadáver con una pistola en la mano; una semana después de la publicación de la breve noticia en los diarios de Memphis, apareció en Frenchman’s Bend una mujer que dijo ser la esposa de Thorpe, con el correspondiente certificado para probarlo y que exigió el dinero o los bienes que aquel hubiese dejado.

Recuerdo la sorpresa que produjo el hecho de que el Jurado hallase siquiera motivo para un debate; cuando el ujier leyó la acusación, las apuestas eran de veinte contra uno a que el Jurado no deliberaría más de veinte minutos. El fiscal del distrito delegó la tarea en un subalterno y en menos de una hora fue presentado el testimonio completo. A continuación, tío Gavin se puso de pie; aún recuerdo cómo miró al Jurado, a los once agricultores y comerciantes y al duodécimo miembro -el que malograría su defensa-, agricultor también; un hombre de cabellos grises y escasos; delgado, menudo, con ese aspecto endeble, desgastado y a la vez indestructible de los habitantes de las colinas, que envejecen en apariencia a los cincuenta años y que a la larga, sin embargo, se vuelven invencibles contra el tiempo.

La voz del tío Gavin era tranquila, casi monótona, sin tono declamatorio, como correspondía esperar en un juicio criminal, aunque su vocabulario, en cierto modo, se diferenciaba del que emplearía algunos años más tarde. No obstante haber transcurrido apenas un año desde que les dirigía la palabra en público, ya sabía hacerlo de tal manera, que toda la gente de nuestra región, los negros, los pobladores de las colinas y los propietarios de las ricas plantaciones del valle comprendían lo que quería decir.

-Todos los que vivimos en esta región del Sur, hemos aprendido desde nuestro nacimiento unas pocas cosas que valoramos sobre todas las demás. Una de las primeras -no por ser la mejor, sino por estar en primer término- enseña que solamente a costa de la vida se puede pagar la vida que se ha quitado a alguien, que una muerte sin pago de otra muerte es algo incompleto. Admitiéndolo así, podríamos haber salvado la vida de este acusado impidiéndole que saliese de su casa aquella noche; podríamos haber salvado una de esas dos existencias, aun cuando para ello hubiésemos debido quitarle la vida al acusado. Pero no lo supimos a tiempo. Por eso me toca hablarles ahora: no de la víctima, de su carácter o la moralidad del acto que cometió; no de la legítima defensa, estuviese o no justificado el reo en llegar al extremo de matar; sino de nosotros; nosotros, los que no estamos muertos; seres humanos que en el fondo deseamos obrar bien, que no deseamos hacer daño al prójimo; seres humanos con toda la complejidad de pasiones, sentimientos y creencias, sufrimos el peso de todos estos elementos en la aceptación o el rechazo de aquello en lo cual no hemos tenido realmente libertad de elección; y tratamos de hacer lo mejor que podemos, a favor o a pesar de esos elementos. He aquí, pues, a este acusado con la misma complejidad de pasiones, instintos y creencias, frente a un problema: el de la inevitable desgracia de su hija que, con la obstinada inconsciencia de la juventud y revelando una vez más esa complejidad atávica -que por su parte no tuvo culpa de heredar-, fue incapaz de velar por su propia preservación. Este hombre resolvió el problema según su capacidad y sus creencias sin pedir ayuda a nadie; y por último aceptó las consecuencias de su determinación y de sus actos.

Dicho esto, tío Gavin tomó asiento. El representante del fiscal de distrito se limitó a levantarse en silencio, y después de inclinarse ante el Jurado se sentó nuevamente. El Jurado se retiró, pero nosotros no nos movimos del recinto y el juez tampoco. Recuerdo todavía algo que pasó por la sala cuando la manecilla del reloj -arriba del estrado- sobrepasó los diez minutos y luego la media hora; el juez llamó entonces a un asistente murmurándole no sé qué. El asistente salió para regresar en seguida y decirle al juez alguna cosa, en voz baja, y el juez se puso de pie, dio un golpe de martillo y declaró un receso.

Corrí apresuradamente, almorcé y regresé al pueblo. La sala estaba vacía, pero mi abuelo, que acostumbraba dormir la siesta después de la comida -sin preocuparle si otros lo hacían o no-, fue el primero en llegar. Pasaron las tres; a esa hora ya todo el pueblo sabía que el veredicto del Jurado dependía de un hombre, pues los votos eran once contra uno a favor del veredicto de “no culpable”; en aquel momento tío Gavin llegó con pasos rápidos, y mi abuelo le dijo:

-Bien, Gavin, por lo menos dejaste de hablar a tiempo.

-Así es, padre -repuso tío Gavin. Me miraba con los ojos brillantes, el rostro delgado, inteligente, y los cabellos revueltos que ya comenzaban a encanecer-. Ven aquí, Chick -me dijo-, te necesito unos minutos.

-Pide al juez Frazier que te autorice a retractarte de tu alegato y luego deja que Charlie te haga el resumen -le dijo mi abuelo.

Estábamos fuera del recinto, en la escalera; tío Gavin se detuvo en el tramo intermedio, de modo que estábamos a igual distancia de los extremos. La mano de mi tío descansaba en mi hombro. Sus ojos parecían más brillantes y atentos que nunca.

-Esto no es un juego -me dijo-, pero la justicia se obtiene muchas veces por métodos que no soportan un análisis. Han trasladado al Jurado a la habitación del fondo de la pensión de la señora, el cuarto cuya ventana está al nivel de la morera. Si pudieses llegar hasta el fondo del patio sin ser visto, y trepar el árbol con mucho cuidado…

Nadie me vio. Oculto entre el follaje de la morera, agitado por una ligera brisa, pude observar el interior del cuarto; así pude ver y escuchar al mismo tiempo: arrellanados en sus asientos, en el extremo más distante de la habitación, estaban los nueve hombres mostrando fastidio y enojo; el señor Holland, el presidente del Jurado, y otro, de pie junto a la silla ocupada por el hombrecillo de las colinas, envejecido y reseco. Su nombre era Fentry. Me acordaba perfectamente de los nombres de todos ellos; por algo tío Gavin afirmaba que para lograr éxito en nuestro distrito, como abogado o como político, no hacía falta tener ni grandes dotes de elocuencia, ni inteligencia siquiera: solo era necesario una memoria infalible para los nombres. De allí que recordase íntegramente el suyo: Stonewall Jackson Fentry.

-¿No admites que huyó con la hija de diecisiete años de Bookwright? -dijo el señor Holland-. ¿No admites que tenía una pistola en la mano cuando lo encontraron? ¿No admites que apenas lo enterraron se presentó la mujer y probó ser su esposa? ¿No admites que, además de ser malo, era peligroso, y que de no haber sido Bookwright, tarde o temprano alguien lo habría matado, y que Bookwright tuvo mala suerte?

-Sí -dijo Fentry.

-¿Qué pretendes, pues? -dijo el señor Holland-. ¿Qué quieres?

-Nada -dijo Fentry-. Pero no votaré por la libertad del señor Bookwright.

Y no votó. Aquella tarde el juez Frazier despidió al Jurado y fijó fecha para un nuevo juicio durante el siguiente período de sesiones. Al otro día, por la mañana, cuando había terminado mi desayuno, tío Gavin, acercándose, me encargó:

-Di a tu madre que tal vez no volvamos hasta mañana, y que le prometo no dejar que te peguen un tiro, ni que te muerda una víbora, ni que te emborrachen con refrescos… Tengo que averiguar algo.

El automóvil avanzaba velozmente por la carretera del nordeste; tío Gavin tenía los ojos brillantes de expectativa, fijos y ansiosos, pero sin mostrar desconcierto.

-Nació, creció y vivió toda su vida -observó tío Gavin- en el extremo del distrito, a treinta millas de Frenchman’s Bend. Afirmó bajo juramento no haber visto nunca a Bookwright con anterioridad, y basta mirarlo para saber que nunca tuvo una tregua en su trabajo, como para aprender a mentir. Dudo que alguna vez haya oído siquiera el nombre de Bookwright.

Proseguimos el viaje hasta cerca del mediodía. Estábamos ahora en las colinas, fuera de los fértiles llanos, entre pinos y zarzas, en tierra pobre, con los pequeños manchones inclinados y áridos de maíz y algodón ralos que de alguna manera lograban sobrevivir, como lo lograba la gente que alimentaban y vestían; los caminos eran casi huellas, tortuosos y angostos, llenos de zanjas y polvo, y el automóvil marchaba constantemente en segunda velocidad. Por fin vimos el poste con el buzón, y el nombre en torpes caracteres: G. A. FENTRY; más lejos, la casa de troncos de dos habitaciones, con un corredor abierto. Y aun yo, muchacho de doce años, pude advertir inmediatamente que no la había tocado mano de mujer en muchos años. Atravesamos el portón. Entonces, una voz gritó:

-¡Alto! ¡Alto ahí!

No lo habíamos visto: el anciano, descalzo, con fieros bigotes hirsutos, con remendadas ropas de dril desteñido del color de la leche desnatada, más pequeño, más enjuto aún que su hijo, parado al borde del corredor derruido, empuñando una escopeta, temblaba de furia, o quizás de vejez.

-Señor Fentry… -dijo tío Gavin.

-Ya lo han molestado y fastidiado bastante -dijo el viejo. Era furia, porque de pronto la voz se elevó en una nota violenta e incontenible-. ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa! ¡Salgan de mi tierra!

-Vamos -dijo tío Gavin en voz baja, los ojos todavía brillantes, fijos y graves.

Ya no corrimos tan velozmente. El buzón siguiente estaba a menos de una milla de distancia, y esta vez hallamos una casa pintada, con canteros de petunias junto a los escalones de la entrada; la tierra que la rodeaba era mejor, y el hombre del corredor se levantó y se acercó al portón.

-¿Cómo está, señor Stevens? -dijo-. Supe que Jackson Fentry malogró el veredicto unánime del jurado.

-Saludos, señor Pruitt. Aparentemente, sí. Cuénteme todo.

Y Pruitt se lo contó, aun cuando a la sazón tío Gavin solía olvidarse a veces y recaer en el lenguaje de Harvard, y de Heidelberg, inclusive. Era como si la gente, al mirarlo, adivinase que lo preguntado no tenía por objeto satisfacer su propia curiosidad ni sus fines personales.

-Mamá es quien sabe más que yo de este asunto -dijo Pruitt-. Vengan al corredor.

Lo seguimos al corredor, donde una señora de cierta edad, gruesa y de cabellos blancos, con una capota contra el sol y vestido de percal y delantal muy limpios, estaba sentada en un sillón de hamaca desgranando arvejas, dentro de un recipiente de madera.

-El abogado Stevens -le dijo Pruitt-. El hijo del capitán Stevens, del pueblo. Quiere saber acerca de Jackson Fentry.

Nos sentamos también, mientras nos contaban todo, hablando por turno madre e hijo.

-Esa finca no es de ellos -dijo Pruitt-. Desde la carretera se ve parte de ella. Y lo que no se ve no es mucho mejor. Pero su padre y su abuelo cultivaron esas tierras, se ganaron la vida con ellas, formaron familia, pagaron siempre sus impuestos y nunca debieron nada a nadie. No sé cómo se las arreglaron. Jackson trabajó desde que creció lo suficiente para llegar a los brazos del arado, y la verdad es que no creció mucho más. Ninguno de ellos era alto. Quizás la razón sea esa. Jackson cultivó la tierra hasta cumplir veinticinco años, aunque aparentaba tener ya cuarenta, sin pedir nada a nadie, sin mujer, sin nada; su padre y él vivían solos, preparando sus comidas y lavando su ropa. ¿Cómo puede casarse un hombre cuando tiene solo un par de zapatos compartido con su padre? Y ello, si hubiera valido la pena buscarse una mujer, ya que esa chacra había matado a su madre y a su abuela antes de que cumpliesen cuarenta años. Hasta que una noche…

-¡Tonterías! -dijo la señora Pruitt-. Cuando tu padre y yo nos casamos, no teníamos ni siquiera un techo bajo el cual cobijarnos. Nos instalamos en casa ajena, en tierras arrendadas…

-Bueno -prosiguió diciendo Pruitt-, hasta que una noche vino a verme y me dijo que había obtenido un empleo en el aserradero de Frenchman’s Bend.

-¿Frenchman’s Bend? -repitió tío Gavin, y al decir esto sus ojos adquirieron una expresión más brillante e intensa.

-Se empleó como jornalero -dijo Pruitt-. No para hacerse rico, sino quizás para ganar un poco de dinero; arriesgaba uno o dos años, para obtenerlo, alejado de la vida que llevara su abuelo hasta el día en que murió entre los brazos del arado, y antes de que su padre muriera, a su vez, en un surco de maíz; luego le tocaría a él, sin un hijo que viniese a levantarlo del polvo. Había convenido con un negro en que ayudase a su padre durante su ausencia, mientras por mi parte accedía a ir, de vez en cuando, a ver si el viejo estaba bien.

-Y lo hiciste -dijo la señora Pruitt.

-Por lo menos llegaba cerca de la casa -dijo Pruitt-. Lo suficiente para oírlo maldecir al negro porque no trabajaba con rapidez; para ver a este tratando de moverse a la par del viejo, y para pensar que por suerte Jackson no había tomado dos negros para trabajar en su ausencia, porque si ese viejo, de cerca de sesenta años entonces, hubiera tenido que quedarse sentado un día entero a la sombra sin nada en la mano con que cortar o excavar, habría muerto antes de la noche. Jackson se fue. A pie. No tenían más que una mula. Pero son solo treinta millas. Estuvo ausente más de dos años. Y un día…

-Vino aquella primera Navidad -observó la señora Pruitt.

-Es verdad. Caminó treinta millas para pasar la Navidad en su casa, y luego recorrió a pie nuevamente las treinta millas de regreso al aserradero.

-¿De quién?

-El de Quick. El viejo Ben Quick. La segunda Navidad no vino. Luego, a principios de marzo, cuando el lecho del río de Frenchman’s Bend comienza a secarse por donde es posible deslizar los troncos, y cuando correspondía suponer que Fentry comenzaría su tercer año en el aserradero, volvió a su casa definitivamente. Vino en un carro alquilado. Porque traía la cabra y el niño.

-Un momento -dijo Gavin.

-No supimos cómo había llegado -dijo la señora Pruitt-, porque cuando descubrimos que tenía el niño, hacía una semana que había vuelto.

-Un momento -repitió Gavin.

Hicieron una pausa, mirando a tío Gavin: Pruitt, sentado en la baranda del corredor, mientras los dedos de la señora Pruitt extraían siempre los granos de las largas vainas quebradizas; contemplaban ambos a tío Gavin. Sus ojos no reflejaban júbilo ahora, como antes tampoco revelaran perplejidad o cálculo. Estaban, empero, muy brillantes, como si lo que ocultaban se hubiera levantado en llamas intensas y poderosas, y a la vez contenidas; como si ardiesen más rápidamente que la velocidad del relato.

-Bien -dijo-. Cuéntenme.

-Y cuando por fin oí hablar de ello y fui allí -prosiguió la señora Pruitt-, el niño no tenía más de dos semanas. Y cómo se las arregló para que viviera, solo con leche de cabra…

-No sé si usted sabe -observó Pruitt- que una cabra no es como una vaca: hay que ordeñarla cada dos horas, más o menos. Eso quiere decir, toda la noche.

-Sí -prosiguió la señora Pruitt-, y no tenía ni pañales; solo unas bolsas de harina abiertas que la partera le había enseñado a doblar. Yo le hice, pues, algunos, y solía ir allá. Siempre tenía al negro para ayudar a su padre en los campos, y él cocinaba y lavaba y cuidaba al niño; y ordeñaba la cabra para alimentarlo. A veces yo le decía: “Permítame que se lo cuide, por lo menos hasta que deje de tomar leche. Usted también puede vivir en casa, si quiere.” Y él me miraba, pequeño, flaco, tan gastado ya, pues nunca en toda su vida se había sentado a una mesa y comido hasta hartarse, y me decía: “Gracias, señora. Yo me arreglaré.”

-Y era verdad -dijo Pruitt-. No sé cómo trabajaba en el aserradero, y nunca tuvo tierras que le permitiesen comprobar si era buen agricultor. Pero crió a ese niño.

-Sí -dijo la señora Pruitt-, y yo siempre insistía: “No había oído decir que se hubiese casado.” “Sí, señora”, respondía. “Nos casamos el año pasado. Pero cuando nació el niño, ella murió.” “¿Quién era?”, decía yo. “¿Una muchacha de Frenchman’s Bend?” “No, era del sur.” “¿Cómo se llamaba?” “La señorita Smith.”

-Tampoco había tenido nunca tiempo para aprender a mentir -dijo Pruitt-, pero crió al chico. Y cuando levantaron la cosecha en el otoño, despidió al negro, y durante la primavera siguiente trabajó con su padre como antes. Había fabricado una especie de alforja, como los indios, para llevar al niño. Yo solía ir, a veces, cuando la tierra estaba todavía helada, y veía siempre a Jackson y a su padre arando y limpiando el campo, mientras la alforja colgaba de un poste del cerco, y el niño dormía en ella bien derecho, como si hubiese sido una cama de plumas. Aquella primavera aprendió a caminar, y cuando me acercaba al cerco, solía ver al pobrecito, en medio de un surco, tratando de seguir a Jackson, hasta que este detenía el arado al final del surco, lo sentaba a horcajadas sobre sus hombros y seguía arando. A fines del verano ya caminaba bien. Jackson le hizo una azada con un palo y un trocito de lata, y allá iba Jackson cortando el algodón que llegaba al muslo; pero no se veía al niño, solo el algodón agitándose donde él estaba.

-Jackson le hacía la ropa -dijo la señora Pruitt-. La cosía a mano. Yo le hice algunas prendas y se las llevé, pero solo una vez. Jackson las recibió y me dio las gracias. Pero era evidente. Era como si mezquinase a la tierra misma lo que daba a aquel niño para su subsistencia. Traté, en fin, de persuadirlo de que lo llevase a la iglesia para bautizarlo: “Ya tiene nombre”, me contestó. “Jackson Longstreet Fentry. Los dos nombres de mi padre.”

-Nunca iba a ninguna parte -dijo Pruitt-, y donde se veía a Jackson, allí estaba también el muchachito. Si lo hubiese raptado de Frenchman’s Bend no lo habría ocultado más celosamente. El viejo era quien iba a Haven Hill a comprar provisiones; y la única ocasión en que se separaban era una vez al año, cuando Jackson iba a Jefferson a pagar los impuestos. La primera vez que vi al chico, me recordó a un perro ovejero, y un día que sabía que Jackson había ido al pueblo a pagar los impuestos, fui allí. El chico estaba debajo de la cama, muy quieto, y se acurrucó en un rincón, mirándome sin pestañear una vez. Era exactamente como un cachorro de zorro o de lobo que hubiesen atrapado la noche anterior.

Pruitt sacó del bolsillo una lata de rapé, echó una pequeña cantidad en la tapa, la acercó a su labio superior con delicada fruición antes de aspirar.

-Bien -dijo Gavin-. ¿Y después?

-Nada más -repuso Pruitt-. Al verano siguiente, los dos desaparecieron.

-¿Desaparecieron? -dijo Gavin.

-Sí. Una mañana se fueron. No lo supe en el momento. Un día, no pudiendo soportar más mi curiosidad, fui allá y la casa estaba vacía, pero el viejo estaba arando en el campo; al principio creí que el travesaño en los brazos del arado se había roto y que el viejo había atado un palo entre los dos; pero entonces me vio, retiró ese palo, que era la escopeta, y lo que me dijo fue más o menos lo mismo que a usted esta mañana. Al año siguiente el negro lo ayudó una vez más. Por fin, cinco años más tarde, apareció Jackson. No sé cuándo. No sé cuándo, exactamente. Apareció allí una mañana. El negro se fue y padre e hijo volvieron a trabajar la tierra como antes. Un día no pude aguantar más y fui allá; me detuve junto al cerco, frente a donde estaba arando, hasta que el surco que abría lo obligó a acercarse; pero hasta entonces no me había mirado. Pasó a mi lado, a menos de tres metros de distancia, siempre sin mirarme, y cuando se volvía, le grité: “¿Murió, Jackson?” Él me miró, entonces. “El niño.” “¿Qué niño?”, me dijo.

Los Pruitt nos invitaron a almorzar.

Tío Gavin les agradeció.

-Hemos traído una pequeña merienda, la tienda de Varner queda a treinta millas, y desde allí tenemos otras treinta hasta Jefferson. Además, nuestras carreteras no están muy habituadas a los automóviles, todavía.

Anochecía cuando llegamos al almacén de ramos generales de Varner, en la población de Frenchman’s Bend; allí también había un hombre en el corredor desierto a aquella hora, y el hombre se acercó al automóvil.

Era Isham Quick, el testigo que llegó primero junto al cadáver de Thorpe; un hombre alto y desgarbado, de unos cincuenta y cinco años, con rostro soñador y ojos miopes, hasta que se advertía algo perspicaz, y si se quiere escéptico, en su expresión.

-Lo estaba esperando de un momento a otro -dijo-. Aparentemente ha pasado algo -agregó parpadeando rápidamente-. ¡Ese Fentry!

-Sí -dijo tío Gavin-. ¿Por qué no me lo dijo?

-No lo advertí yo mismo -repuso Quick-, hasta que oí comentar que el veredicto del jurado dependía de un hombre, y entonces asocié los apellidos.

-¿Nombres? ¿Qué nom…? No importa. Cuénteme todo.

Nos sentamos en el corredor del almacén, cerrado y desierto, mientras las cigarras chirriaban y se agitaban en los árboles y las luciérnagas titilaban y danzaban en el camino polvoriento. Y Quick nos contó todo, sentado de cualquier manera en el banco, cerca de tío Gavin, desarticulado, como si fuese a deshacerse en cuanto se moviera, hablando con voz calmosa y sardónica, como si tuviese toda la noche para hablar y como si el relato fuese a llevar en verdad toda la noche. Pero no era tan largo, considerando su esencia. Sin embargo, tío Gavin dice que no hacen falta muchas palabras para expresar la suma de la experiencia humana, y que, en verdad, alguien lo ha hecho en cuatro: “nació, sufrió y murió”.

-Lo empleó mi padre. Pero cuando descubrí de dónde venía, tuve la convicción de que sería un buen trabajador, porque la gente de esa región nunca ha tenido tiempo para aprender otra cosa que trabajar duramente. Y sabía que sería honrado, por la misma razón: porque no hay nada en esa región que un hombre pueda codiciar tan inmensamente como para robarlo. Lo que aparentemente subestimé es su capacidad de cariño. Probablemente imaginaba que, viniendo de donde venía, no podía tenerla, también por la misma razón anterior: hasta el instinto del amor había desaparecido en gente como ellos, allá en las primeras generaciones, cuando el primero de ellos debió hacer su elección definitiva entre el amor y la búsqueda de los medios para subsistir a duras penas.

“Así, pues, vino a trabajar haciendo el mismo trabajo y con el mismo jornal que los negros. A fines de otoño creció el río, y nos dispusimos a cerrar el taller durante el invierno. Entonces descubrí que había convenido con mi padre en quedarse hasta la primavera como sereno y cuidador, con tres días libres para ir a su casa en Navidad. Fue, y al año siguiente, cuando iniciamos el trabajo, había aprendido tanto y era tan trabajador, que manejaba el aserradero solo, y para mediados del verano papá ya no iba nunca allá; yo lo hacía cuando tenía ganas, una vez por semana, más o menos. Para el otoño papá hablaba ya de construirle una cabaña donde vivir, en lugar del colchón de chala y la vieja cocina que tenía en el galpón de calderas. Se quedó también aquel invierno. Cuando fue a su casa para Navidad, no nos dimos cuenta de ello, cuando partió, ni cuando regresó, porque yo no había ido al aserradero desde el otoño.

“Y una tarde de febrero, luego de un período de buen tiempo, me sentí inquieto y fui a caballo hasta el aserradero. Lo primero que vi fue la mujer, y creo que no la había visto nunca antes: una mujer joven, y quizás fuese bonita cuando estaba sana; no lo sé. Porque no era simplemente delgada: era escuálida. Parecía estar enferma además de medio muerta de hambre, aun cuando iba de un lado a otro, y estuviese por tener un hijo en menos de un mes. ‘¿Quién es?’, le pregunté. ‘Es mi mujer’, me dijo; yo le pregunté a mi vez: ‘¿Desde cuándo? Usted no estaba casado el otoño último. Y ese niño nacerá en menos de un mes.’ Y él me dijo: ‘¿Quiere que nos vayamos?’ ‘¿Por qué habría de quererlo?’, dije. Bien, les contaré ahora el resto a la luz de lo que sé yo, y de lo que descubrí tres años más tarde, cuando aparecieron aquí los hermanos con la orden del juez; y no según lo poco que él me dijo, porque nunca decía nada a nadie.”

-Muy bien -dijo tío Gavin-. Cuéntenos.

-No sé dónde la encontró. No sé si la encontró, o bien ella llegó un día o una noche al aserradero y él la vio. Es como ha dicho alguien: nadie sabe dónde va a estallar el trueno o el amor, salvo que no tiene que estallar dos veces, porque no es necesario. No creo que ella estuviese buscando al marido que la abandonó: probablemente huyó cuando ella le dijo que iba a nacer el niño; tampoco creo que tuviese miedo o vergüenza de volver a casa, porque el padre y los dos hermanos habían tratado de impedirle que se casara, en un principio. Creo que se trataba una vez más de un ejemplo de ese orgullo de familia, sombrío, no muy lúcido, y totalmente implacable que ostentaron los hermanos mismos posteriormente.

“Sea como fuere, allí estaba ella; me imagino que sabía que le quedaba poca vida, y Fentry le habrá dicho: ‘Casémonos’, y ella: ‘No puedo. Ya tengo marido.’ Cuando llegó su hora, allá estaba sobre el colchón de chala, y él, probablemente, la alimentaba con una cuchara; ella debía adivinar que no saldría con vida, porque Fentry llamó a la partera; nació el niño; para entonces las dos sabían que no se levantaría más, y aun lo convencieron a él; quizás la mujer llegó a la conclusión de que nada importaba, ahora, y accedió; porque Fentry ensilló la mula que papá le permitía tener y recorrió siete millas para traer al pastor Whitfield, quien llegó al amanecer y los casó. Después ella murió, Whitfield y Fentry la enterraron, y aquella noche él vino a nuestra casa a decirle a papá que se iba. Dejó la mula, y cuando dos días más tarde fui al aserradero, ya no estaba; estaban solo el colchón y la cocina, y la vajilla y la sartén que le dio mamá; todo limpio y ordenado en el estante. Tres veranos más tarde, esos dos hermanos, los Thorpe…

-Thorpe -repitió tío Gavin. No lo dijo en voz muy alta. Estaba anocheciendo rápidamente, como ocurre en nuestra región, y ya no alcanzaba a ver su rostro-. Siga -dijo.

-Morenos, como ella, el menor muy parecido; llegaron en el coche con un alguacil o algo por el estilo, y el papel bien escrito, estampillado y sellado como corresponde. Yo les dije: ‘No pueden hacer eso. Ella vino por su propia voluntad, enferma y sin nada, y él la recogió y la alimentó y cuidó, obtuvo ayuda para que naciera el niño y trajo un pastor para enterrarla. Hasta se casaron antes de morir ella. El pastor y la partera pueden probarlo.’ El hermano mayor me dijo: ‘No podía casarse con ella. Ya tenía marido. Nos hemos ocupado de él.’ ‘Muy bien’, dije yo, ‘pero él se hizo cargo de ese chico cuando nadie lo quería. Y lo ha criado, vestido y alimentado más de dos años.’ El mayor sacó una cartera del bolsillo y la guardó nuevamente. ‘Pensamos compensarlo bien… cuando hayamos visto al muchacho. Es de nuestra sangre. Lo queremos y tenemos intención de reclamarlo.’ Y no fue aquella la primera vez que se me ocurrió que el mundo no marcha como debiera marchar en ocasiones mucho más numerosas que aquellas en que marcha bien. Entonces les dije: ‘Son treinta millas hasta allá. Creo que desearán dormir aquí y hacer descansar los caballos.’ El mayor me miró y dijo: ‘No están cansados. No nos detendremos.’ ‘Iré con ustedes, entonces’, dije. ‘No hay inconveniente.’ “Viajamos hasta medianoche. Creí, pues, que tendría una oportunidad propicia, aunque no tuviese cabalgadura. Pero cuando desenganchamos los caballos y nos acostamos en el suelo, el hermano mayor dijo: ‘No estoy cansado. Me quedaré sentado un rato.’ Era inútil, de modo que me dormí; cuando desperté había amanecido y era demasiado tarde; en mitad de la mañana llegamos al poste con el buzón, que no era posible pasar de largo, y a la casa vacía. No se veía ni oía a nadie, hasta que percibimos los golpes del hacha y fuimos al fondo. Fentry levantó la vista de la pila de leña y vio lo que, según imagino, había esperado ver cada día que el sol se levantaba, durante los tres años últimos. Porque ni siquiera se detuvo, sino que dijo al niño: ‘¡Corre! ¡Corre al campo con el abuelo! ¡Corre!’ Luego se acercó al hermano mayor, con el hacha levantada; y cuando la bajaba ya para dar el golpe, pude asirlo de la cintura, mientras el hermano mayor lo tomaba a su vez. Lo levantamos en el aire, en el esfuerzo por contenerlo. ‘¡No, Jackson, no!’, dije. ‘¡No! ¡Tienen la ley de su parte!’ “Y entonces un ser menudo y débil empezó de pronto a golpearme y rasguñarme las piernas, sin hacer el menor ruido, saltando en torno de nosotros y golpeándonos hasta donde podía alcanzar con el trozo de madera que estuviera hachando Fentry. ‘Atrápalo y llévalo al coche”, dijo el mayor. El menor lo tomó en brazos; era casi tan difícil dominarlo como a Fentry, y pataleaba y se agitaba aun después que el joven lo tuvo amarrado entre los brazos, siempre sin emitir un sonido, mientras Fentry seguía luchando por desasirse, hasta que el hermano menor y el chico desaparecieron. Y de pronto Fentry se derrumbó. Fue como si sus huesos se hubieran convertido en agua, de modo que lo dejamos caer sobre el tronco de cortar leña como si fuera una bolsa, y allí quedó, sobre la leña que acababa de hachar, con la respiración anhelante y saliva blanquecina en las comisuras de los labios.

“‘Es la ley, Fentry’, le dije yo, ‘el marido vive todavía’.

“‘Ya lo sé’, dijo él. No fue más que un susurro.

“‘Lo esperaba. Por ello me ha tomado tan de sorpresa. Ya estoy bien.’

“‘Lo siento mucho’, dijo el hermano mayor. ‘Nosotros no supimos nada hasta la semana pasada. Pero el chico tiene nuestra sangre. Queremos tenerlo en casa. Usted ha sido bueno con él. Estamos muy agradecidos. Su madre también lo agradece, Fentry. Tome.’ Y sacando la cartera del bolsillo, se la entregó a Fentry. Luego dio media vuelta y se alejó. Al cabo de un rato oí el rumor del coche alejándose cuesta abajo. Luego cesó también ese ruido. No sé si Fentry lo había oído o no.

“‘Es la ley, Jackson’, le dije. ‘Pero en la ley siempre hay dos partes. Iremos al pueblo y hablaremos con el capitán Stevens. Yo lo acompañaré.’

“Fentry se sentó en el bloque de cortar leña, lentamente y con mucho trabajo. Ya no respiraba tan agitadamente y parecía más sereno, salvo que sus ojos tenían una mirada vaga. Por fin levantó la mano en la que sostenía la cartera con dinero y comenzó a enjugarse el rostro con ella, como si fuese un pañuelo; no creo que advirtiese tener nada en la mano, porque a continuación la dejó caer, contempló la cartera cinco segundos, quizás, y la tiró al suelo. No la arrojó, sino que la dejó caer, como quien deja caer un puñado de tierra luego de haberla examinado; la dejó caer detrás del bloque de cortar leña. Se puso de pie, y cruzó el potrero hacia el pequeño monte, caminando en línea recta, pero pausadamente, y sin parecer mucho más alto que el chico, hasta perderse entre los árboles. ‘¡Jackson!’, lo llamé. Pero él no volvió la cabeza.

“Aquella noche me quedé en casa de Rufus Pruitt y le pedí una mula. Le dije que estaba paseando, pues no tenía ganas de hablar con nadie; al día siguiente ensillé la mula y tomé el sendero que pasaba por la casa; al principio no vi al viejo Fentry en el corredor. Cuando lo vi se movió con tanta rapidez que no advertí que sostenía algo en la mano, hasta que sentí que el tiro pasaba silbando entre el follaje sobre mi cabeza, mientras la pobre mula de Rufus Pruitt trataba denodadamente de romper las riendas que la sujetaban al poste del portón.

“Un día, unos seis meses después de haberse instalado aquí para realizar sus actividades de beber, pelear y maniobrar con ganado ajeno, Bucksnort estaba en este corredor, borracho y hablando tonterías, mientras una media docena de aquellos a quienes solía golpear hasta la inconsciencia periódicamente, por medios deshonestos y aun honestos, alguna vez, según la ocasión, reían cada vez que se detenía a tomar aliento. Por casualidad yo miré hacia el camino, y allí estaba Fentry en su mula.

“Estaba inmóvil, con el polvo de treinta millas endurecido sobre el sudor del animal, contemplando a Thorpe; por fin se volvió y se alejó nuevamente, en dirección a las colinas, de donde nunca debió haber salido. Salvo que quizás sea como ha dicho esa persona, que no es posible protegerse contra el amor y el rayo. A la sazón yo no advertí nada. No había asociado los nombres. Sabía que Thorpe me era familiar, pero aquel otro asunto ocurrió hace veinte años y yo lo había olvidado, hasta que supe que usted había perdido su defensa por un voto del jurado. Naturalmente, Fentry no iba a votar por la libertad de Bookwright… Es de noche ya. Vamos a comer.”

Pero solo quedaban veinte millas hasta el pueblo, ahora, y estábamos sobre la carretera, sobre el afirmado; llegaríamos a casa en una hora y media, pues en algunos trechos podíamos correr a treinta y cinco millas, y tío Gavin decía que algún día todos los caminos principales de Misisipí estarían pavimentados como las calles de Memfis. Y cada familia norteamericana tendría su automóvil. Íbamos a gran velocidad.

-Naturalmente que no -murmuró tío Gavin-. Los humildes e invencibles de la tierra: soportar, y soportar y soportar una vez más, mañana, y mañana, y mañana. Naturalmente, no iba a votar por la libertad de Bookwright.

-Yo habría votado -dije-. Lo habría puesto en libertad, porque Buck Thorpe era malo. Buck…

-No. No lo habrías hecho -dijo tío Gavin, y apoyó una mano sobre mi rodilla, a pesar de que marchábamos velozmente, el haz de luz amarilla sobre la carretera también amarilla, mientras los insectos se lanzaban contra los faros y se alejaban nuevamente-. No se trataba de Buck Thorpe, el adulto, el hombre. Habría matado a ese hombre sin vacilar, de haber estado en el lugar de Bookwright. Era que en algún rincón de aquella carne degradada y embrutecida, que destruyó Bookwright, quedaba todavía, no el espíritu quizás, pero por lo menos el recuerdo del muchachito, de aquel Jackson Longstreet Fentry, aun cuando el hombre en que se convirtiera el muchachito lo ignoraba, y solo Fentry lo sabía. De modo que tú tampoco lo habrías puesto en libertad. No lo olvides nunca. Nunca.

FIN