domingo, 26 de junio de 2016

Cuento "Meter al diablo en el infierno" G. Boccaccio

Meter al diablo en el infierno
[Cuento. Texto completo.]
Giovanni Boccaccio
En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:
-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:
-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.
Entonces dijo la joven:
-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Dijo entonces Rústico:
-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
-Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:
-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:
-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.
FIN
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martes, 21 de junio de 2016

EJERCICIOS VARIOS DE LITERATURA

Edad Media y Humanismo

Ejercicio 1. Contesta las siguientes preguntas y cuestiones:
1. En el marco de la narrativa, ¿a qué denominamos cantar de gesta? ¿Cuáles son sus características?
2. ¿Quiénes y qué son los juglares?
3. ¿Cuáles son las diferencias y semejanzas fundamentales entre juglares y trovadores?
4 Menciona por lo menos cinco características de Roldán como personaje y coméntalas.
5. ¿Cuáles son los temas de los tres cantares del Poema de Mío Cid?
6. ¿Qué hace Rodrigo Díaz al despedirse de su mujer e hijas?
7. ¿Cómo y dónde se inicia el drama en la Edad Media?
8. ¿A qué se denomina “auto sacramental”?
9. ¿Qué entiendes por humanismo italiano?
10. ¿Cuáles son las principales obras de Dante Alighieri y cuál es el tema de cada una?
11. Menciona y comenta tres características de la prosa de Boccaccio y Chaucer.
12. Explica un cuento del Decamerón teniendo en cuenta las nociones de in medias res, in extrema res, incipiat.
13. Elige un personaje del Decamerón y explica sus características detenidamente.

14. Comenta al narrador en otro cuento del Decamerón.

lunes, 20 de junio de 2016

Crítica sobre la Metamorfosis de Kafka

Algunas consideraciones críticas sobre Kafka y La Metamorfosis
Luis Quintana Tejera
Universidad Autónoma del Estado de México
Facultad de Humanidades
qluis11@hotmail.com



Introducción
Al observar las numerosas contradicciones que se producen entre las distintas exégesis dedicadas a la obra kafkiana -teológica, filosófica, psicológica, temática- e incluso entre diversas interpretaciones de un mismo tipo de exégesis, algunos críticos han visto la necesidad de abandonar esta clase de estudio y orientarse exclusivamente hacia planteamientos predominantemente formales.
Muestra evidente del cambio de orientación en el estudio de Kafka es el nuevo presupuesto del que se parte y que refleja, de manera muy clara, Martin Walser cuando afirma:
Ya no nos hará falta recurrir [...] al poeta mismo, puesto que la obra lo es todo en sí misma. En el caso de Kafka la vida debe ser esclarecida a la luz de la obra, mientras que la obra puede prescindir del esclarecimiento que surge de la realidad biográfica.1
Sin embargo, la relatividad de este presupuesto lo torna fácilmente detractable. Bastaría a este respecto recordar las conocidas y estrechas relaciones que se establecen, incluso por parte del mismo Kafka, entre la vida del escritor y sus obras. El fundamento biográfico de determinadas narraciones parece indudable. Para sustentar lo anterior, citamos los Preparativos de boda en el campo, escrito que presenta paralelismos con la romántica aventura vivida por Kafka en Zuckmantel, durante las vacaciones de 1905. Las coincidencias entre las experiencias del autor y su producción literaria se encuentran también en el Castillo en donde, por ejemplo, el personaje de Klamm parece ser una caricatura de Ernst, el marido de Milena, mujer con quien el escritor en cuestión había mantenido, hasta poco tiempo antes, una intensa relación amorosa.
Ahora bien, Walser, siguiendo a su maestro Friedrich Beissner, se dedica fundamentalmente a lo que él considera análisis del texto, pero que se limita tan sólo al estudio de las técnicas narrativas. Describe así la función de los personajes, las relaciones entre éstos, la naturaleza de los acontecimientos narrados, todo ello con el fin de definir la forma del relato kafkiano en relación con los géneros novela y epopeya. El trabajo resultante está orientado exclusivamente en función de su calidad de filólogo.
Mayor trascendencia han tenido, sin embargo, los estudios de Marthe Robert. La ensayista francesa, de gran importancia en el análisis de Kafka, reacciona violentamente contra la atribución al escritor checo-judío de tantos y tan opuestos simbolismos y significaciones. Según Marthe Robert el problema reside en el propio concepto de "símbolo". Para ella, el símbolo implicará una relación cifrable entre un significante y un significado. Esta relación puede ser todo lo compleja y abstracta que se quiera, pero no por ello hemos de pensar que no se encuentre estrictamente definida y constante en una tradición dada. El símbolo es por su propia naturaleza ambiguo puesto que vela y devela simultáneamente lo que sugiere. Pero, siempre, según Marthe Robert, el símbolo para cumplir correctamente su función, debe contener indicios de los dos órdenes de la realidad que intenta relacionar. Si no ocurriera así, el símbolo pasaría de ser ambiguo a convertirse en intransmisible. Precisamente en esta situación se encontraría el símbolo kafkiano. A pesar de lo dicho anteriormente, se trata de un símbolo fuerte y literariamente eficaz cuya sola anomalía afecta el mensaje por transmitir. Será en esta contradicción donde surgirá:
El enigma que fascina continuamente a la crítica, sin por ello descorazonarla, porque cada exégeta sigue persuadido de que los símbolos de Kafka son traducibles a un lenguaje claro por cualquiera que posea la clave.2
Como consecuencia de la búsqueda de esta clave, se produce ese "delirio de interpretación" que, para Marthe Robert, no ha aportado nada nuevo. Este "delirio" seguiría un camino predecible. En primer lugar, hay que dar el paso fundamental consistente en admitir que una de las novelas del autor, cualquiera de ellas, no es sino una alegoría. Una vez dado este paso no queda más que localizar la clave que nos permitirá descubrir y analizar los símbolos.
El problema estaría, según Marthe Robert, en que Kafka jamás estableció la menor orientación tendiente a determinar cuál pudiera ser esta clave, situación que obliga a buscarla en campos ajenos a la literatura. En consecuencia, debido a esta polivalencia de los símbolos, cada exégeta puede elegir la clave que más le convenga, sin que, las más de las veces, ello sea válido exclusivamente para él y no convenza a nadie; todas y cada una de las interpretaciones se verán, pues, obligadas a coexistir, "las claves abren tantas puertas a la vez que finalmente acaban por cerrarlas todas".3
De todas estas incoherencias deducirá Marthe Robert dos consecuencias complementarias: el método está mal planteado y las imágenes de Kafka no son símbolos propiamente dichos.
Pero, si no son símbolos, ¿qué son?. La autora responderá que se trata de simples alusiones, "que tienen conexión con un mundo cuyo sentido no pueden enunciar, pero que son capaces de hacer conocer explorando sus múltiples significaciones posibles".4
Así pues, queriendo a toda costa salvar la coherencia en Kafka, Marthe Robert no encuentra otra solución que mantener la tesis de un Kafka anti simbolista. Esta conclusión ha sido atacada duramente por determinados autores. Alguno de ellos mantiene que la teoría se basa en la confusión entre alegoría y símbolo.5
La alegoría, que tiene como característica el haber sido prefabricada intencionalmente, no podrá tener, por definición, más de un sentido, después del literal. El símbolo, sin embargo, siendo vivo y espontáneo, sobrepasa las intenciones del autor. Es una fuerza de la imaginación no reductible a una sola traducción; esto último resulta una manifiesta oposición a la alegoría, pues mientras ésta representa un pensamiento ya preestablecido que bien podría haber sido formulado de otro modo, el símbolo expresa directamente lo que sin él sería inexpresable.
Lo importante es que la multiplicidad de sentidos que el símbolo produce no supone, como asegura Marthe Robert, ningún tipo de incoherencia. Esta multiplicidad de sentidos corresponde a una multiplicidad de planos y de perspectivas que no sólo no se anulan entre sí sino que se sostienen los unos a los otros. Sólo se creerá en su incoherencia en la medida en que se confunda el simbolismo con la trivialidad en las dimensiones de la alegoría que no pueden representar nunca más que un solo diseño. Pero más aún, en la medida en que el mundo del símbolo admitiría gran variedad de figuras, el admitir sólo uno de estos símbolos supondría un empobrecimiento de la obra de Kafka. La gran riqueza de ésta se encontraría, pues, en esa multitud de planos, de perspectivas y de interferencias.
Sin querer entrar en profundas disquisiciones sobre las diferencias entre símbolo y alegoría, creemos haber analizado el punto de vista más adecuado. No consideramos que la multitud de interpretaciones sea motivo para descalificarlas. Cabría preguntarse, además, si Marthe Robert nos está ofreciendo una interpretación no menos contradictoria que el resto, es decir, si no cae en el pecado de la exégesis que ella misma denuncia.
Establecidos los presupuestos anteriores, estamos en condiciones de analizar algunos aspectos de La metamorfosis con la finalidad de profundizar en el contenido de esta obra.
Hemos escogido con este fin el despertar de Gregorio después de una noche intranquila.

El despertar de Gregorio Samsa
En la acción de La metamorfosis no hay ningún tipo de introducción. El aspecto fundamental de la anécdota aparece ante nosotros en las primeras palabras del narrador:
Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.6
Algo ha sucedido en esa noche y Gregorio se encuentra de pronto con la horrible transformación. Es el despertar que nos ubica en la toma de conciencia ante una realidad. La noche anterior representa la vida del personaje que se caracterizó por el sometimiento y el cumplimiento servil de las órdenes de quienes ejercían sobre él un poder ilimitado.
Es la historia del hombre contemporáneo con toda la carga de amargura y desazón que deriva del hecho lamentable de no ser considerado como un ser humano sino tan solo como un objeto.
Comienza así el planteamiento de la relación existente entre su condición de objeto y su situación como sujeto. Gregorio ha sido, hasta este momento, un objeto útil; por esto la alegoría del insecto nos permite observar el inmenso grado de soledad en que se encuentra el joven Samsa. Además, el mencionado animal representa -en el plano de la alegoría-, la incomunicación frente al mundo exterior.
El sueño ha sido intranquilo, primordialmente por dos razones: 1. porque durante esa noche figurada se iba gestando, poco a poco, la metamorfosis; 2. porque Gregorio iba perdiendo, gradualmente, confianza en sí mismo, al mismo tiempo que descubría su grado de extrañeza en relación con el universo en que vivía.
El personaje se encuentra indefenso y muy asombrado. Lo que ha ocurrido escapa a los esquemas normales. Al narrador no le interesa hacer creíble su relato; simplemente los hechos se han dado de esa manera y basta.
Cuando el autor describe al insecto lo hace con la intención de ubicarnos en la verosimilitud de éste; el acontecer literario no importa por el grado de veracidad que conlleve, basta con que se mueva en el terreno de lo posible. Desde nuestra perspectiva de análisis, ese animal representa un momento muy duro en la vida del joven Samsa; realmente existe en su convulsionado microcosmos, frente a lo cual destacamos que la actitud adoptada por Gregorio representa su intención de no dejarse vencer por los hechos consumados.
El primer intento del personaje se da en el terreno de la reflexión: "¿Qué me ha sucedido?7
No es un sueño porque su habitación es la misma de siempre. En ella aparecen los elementos conocidos que nos permiten definir la vida de Gregorio cuando era insecto y no lo sabía.
El muestrario de paños que está sobre la mesa bien puede simbolizar el mundo laboral, su condición de viajante de comercio. La estampa, recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marquito dorado, es la representación de algo muy querido por el personaje al extremo de llegar a defenderlo valientemente, en el entorno de la segunda salida.
Es una mañana lluviosa y esto acrecienta la nostalgia del protagonista. Su decisión consiste en seguir siendo él mismo, a pesar de lo evidente de la metamorfosis.
Pronuncia un extenso monólogo en el que recapacita acerca de su humana condición. En este monólogo se advierte el alto grado de desarraigo y soledad en que vive. La profesión lo deja cada día más vacío, mientras que las amistades, en continuo cambio como natural consecuencia de sus múltiples viajes, no perduran. El trasladarse en los trenes es molesto y ni siquiera puede comer tranquilamente. A todo lo anterior, se agrega la imagen implacable de su jefe y la dependencia laboral se impone como una carga insoportable.
El despertador no ha sonado, o si esto ha sucedido, Gregorio no lo oyó. En verdad, el protagonista sabía que el sonido del reloj lo llamaba a su condición de objeto útil; quizás por esto último no quiso escucharlo.
A partir de la metamorfosis el fin de Gregorio se impondrá gradualmente, es la imagen del héroe contemporáneo traumado y abandonado por la sociedad a la cual había servido durante tanto tiempo. Simultáneamente, corresponde subrayar el carácter extranjero de este hombre quien sufrió y luchó por un mundo que le volvió la espalda en el momento en el que él más lo necesitaba.

Sus relaciones con la familia
Agreguemos además que el personaje pertenece a una familia normal, de clase media. En el seno de esa familia él ha cumplido, hasta ese momento, las funciones de padre, hermano e hijo.
Desde lo más íntimo de su condición de ser humano, el personaje vive el grado de responsabilidad que le corresponde frente a los miembros de la casa. Más allá de lo que le ha acontecido, le preocupa la situación en que quedarán su padre, madre y hermana si él no puede continuar trabajando. Ciertamente, el grado de toma de conciencia en Gregorio es relativo: todavía no ha comprendido la gravedad de los hechos y por eso continúa luchando. Debemos subrayar que la transformación del protagonista es sin regreso. Desde el momento en que descubrió su condición de insecto, no podrá dejar de serlo. Si lo hiciera significaría aceptar la opresión y el menosprecio como sujeto. Sucede que hay dos fuerzas en pugna en el interior del joven: por un lado, su sentido del deber y de la responsabilidad lo obligan a reintegrarse al trabajo; se siente culpable por lo sucedido y no puede imaginarse un mundo familiar sin su presencia actuante, sin la constante preocupación que lo llevaba a solucionar todos los problemas que se presentaban. Por otro lado, desde su actual perspectiva de animal, de objeto útil, no puede permitir que se le siga utilizando. El hacerlo sería una forma de reconocer y aceptar su actual condición.
Por todo lo dicho, las dos fuerzas se manifiestan así: una lo obliga a salir; la otra le impide moverse con normalidad y retrasa todos sus intentos.
Desde la perspectiva de los miembros de la familia, las reacciones son diferentes. En ellos también obrará una especie de metamorfosis que los lleva desde una actitud inicial de relativa aceptación hasta la postura final de total rechazo hacia el horrible insecto.
La primera en dejar oír su voz a través de la puerta cerrada de la habitación de Gregorio es la madre:
-Gregorio -dijo una voz, la de la madre-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?8
Evidentemente la madre está preocupada por su hijo. Una de las características predominantes en esta mujer es su alto grado de incapacidad para ayudar eficazmente a Gregorio. Tiene la mejor intención, pero no posee los medios para concretar en los hechos sus aspiraciones de acercamiento válido al hijo enfermo.
Por su parte el joven casi no reconoce la voz de su progenitora:
¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído.9
La metamorfosis se manifiesta también en el discurso. Es obvio que el actual Gregorio no va a expresar los mismos conceptos que el anterior. El de antes era sumiso, sometido, obediente; el de ahora es rebelde y opuesto a todos los esquemas del pasado. Si llegáramos a creer que el personaje acepta su actual condición y la defiende hasta el extremo de continuar actuando en forma eficaz, entonces tendríamos que aceptar la absoluta falta de rebeldía en Gregorio. Pero los hechos no suceden así: Gregorio quiere salir de su habitación, es cierto, pero su conciencia rebelde se lo impide.
Por su parte, el padre procede con desconfianza, pero no adopta aún actitudes terminantemente violentas. Le dice: "Gregorio, ¡Gregorio! ¿Qué pasa?"10
La hermana está muy preocupada. Parece presentir lo que ha sucedido. Kafka establece:
Mientras tanto, detrás de la otra hoja, la hermana lamentábase dulcemente: "Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?11
Es obvio que la hermana manifiesta una actitud mucho más condescendiente. Se preocupa por el sujeto, por el hombre que hay en Gregorio. Le habla con dulzura y lo interroga acerca de su condición física. En el desarrollo del relato, podremos observar como Grethe se acerca válidamente a Gregorio y lo ayuda.
De todas formas, al analizar las dos salidas del personaje, retomaremos el tema de la relación familiar.

Primera salida de Gregorio.
Reacciones provocadas
Después de una intensa lucha del protagonista, primero por abandonar la cama y luego salir de la habitación, sus acciones se ven coronadas por el éxito.
Afuera lo esperan el padre, la madre, y el principal del almacén en donde trabaja. Ha generado una inmensa expectativa por todas las razones ya expuestas. La puerta se abre lentamente y él queda oculto detrás de una de las hojas de la misma:
Este modo de abrir la puerta fue causa de que, aunque franca ya la entrada, todavía no se le viese. Hubo todavía de girar lentamente contra una de las hojas de la puerta, con gran cuidado para no caerse bruscamente de espaldas en el umbral.12
El primero que ve a Gregorio es el principal:
Cuando sintió un ¡oh! del principal, que sonó como suena el mugido del viento, y vio a este señor, el más inmediato a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder lentamente, como impulsado mecánicamente por una fuerza invisible.13
La reacción del principal resulta no sólo impactante, sino que se justifica plenamente a la luz de lo que representa para él la metamorfosis de Gregorio. Ha visto que su objeto útil se rebela descaradamente contra el mundo organizado que él simboliza. No puede tolerar semejante actitud. Si todos sus empleados procedieran como el joven Samsa, el desorden y el pánico se apoderarían de los defensores de la gran empresa.
La madre olvida la presencia del principal, pues, aun despeinada como se encontraba, se presenta e intenta adoptar y mantener una actitud de consideración y respeto hacia el hijo enfermo.
Miró primero a Gregorio, juntando las manos, avanzó luego dos pasos hacia él, y se desplomó, por fin, en medio de sus faldas esparcidas en torno suyo, con el rostro oculto en las profundidades del pecho.14
La madre es una mujer débil, de ahí que su proceder responda a esquemas tradicionales. Gregorio, en su nueva modalidad existencial, ha escapado a estos esquemas y, como consecuencia de ello, la madre se siente impotente.
Destacamos que se atreve a mirar frente a frente a su hijo, pero lo que ve en él le provoca horror y desesperación; a pesar de esto, avanza hacia donde está el ser amado, pero lo hace con tan poco convencimiento que, no pudiendo soportarlo, se desmaya.
El padre, consternado, reacciona en forma distinta:
El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, cual si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; volvióse luego, saliendo con paso inseguro al recibimiento, y, cubriéndose los ojos con las manos, rompió a llorar de tal modo, que el llanto sacudía su robusto pecho...15
Este hombre vive también la situación de impotencia como consecuencia de lo imprevisto de todo lo sucedido. Pero él es el más violento. Siente que la rebeldía de su hijo es injusta y por eso comienza amenazándolo con los puños. Desea hacerlo regresar al sitio de donde salió transformado en un animal repulsivo; quiere que nadie lo vea así y, menos aún, el principal. No se decide a adoptar medidas inmediatas; al contrario, se aleja hacia el recibidor, donde rompe a llorar en una actitud netamente contrastante con su condición física.
Gregorio trata de hablar como si nada hubiera sucedido y promete regresar inmediatamente al trabajo. Todos saben que esto es imposible, y más aún lo conoce el principal quien, lentamente, retrocede hacia la escalera, atemorizado. El joven está realmente solo ante un mundo que no lo comprende. Añora la presencia de su hermana quien ha salido en busca de ayuda.
En ese momento la madre recobra el conocimiento por unos instantes para encontrarse de nuevo con el espantoso panorama. Grita, pide ayuda, suplica por alguien que le diga que todo lo que está pasando no es más que un sueño; en fin, procede de una manera explicable en el entorno de su condición de madre protectora. El café se derrama en la mesa en el mismo momento en que la mujer se refugia en los brazos del padre. Todo es caótico y, paradójicamente, Gregorio parece ser el único que conserva la calma. Centra su atención en el principal, quien al ver que Gregorio se dirige hacia él, abandona rápidamente la casa.
Es en este momento que el padre decide actuar en su carácter de defensor de la estabilidad familiar por lo cual, llevando en la diestra el bastón que el principal había olvidado y en la siniestra un gran periódico, se dispone a asediar al hijo enfermo, a obligarlo a regresar a la habitación.
El cuadro que se ofrece es grotesco: el padre, exaltado, da fuertes patadas en el suelo; Gregorio entiende que algo no anda bien e intenta desandar el camino para volver a su cuarto.
De esta forma, mientras la madre se había asomado a la ventana a pesar del tiempo frío, el padre actúa con la violencia que manifestaba una absoluta incomprensión hacia su hijo. Los silbidos salvajes que escapaban de su boca llenaban el ambiente. El protagonista retrocedía como podía. No acostumbrado a su actual condición, tenía dificultades para moverse. Finalmente lo consigue y el padre lo ayuda con el extremo del periódico.
Cuando Gregorio ha caído dentro de la habitación, su progenitor cierra la puerta, acción presentada por el narrador con el comentario de que: "Todo volvió por fin a la tranquilidad".16
Quedan expresadas en este pasaje, las incompatibilidades existentes entre padre e hijo. Si recordamos aspectos de la biografía del autor, sabremos que la relación entre ambos se caracterizó no sólo por un alejamiento espiritual, sino también por las constantes imposiciones de un padre dominante y cruel.
La cita inmediata anterior, demuestra que la única forma de reconciliación entre Gregorio y su familia consiste en el aislamiento, en la definitiva desaparición, si ello fuera posible.
Los hechos posteriores muestran la vida del joven Samsa en su condición de insecto. La hermana se preocupa por él y manifiesta así la clásica actitud del adolescente generoso. Ha tomado a su hermano como una causa propia que ella debe sacar adelante.
En cierta ocasión la hermana nota que la habitación resulta chica para Gregorio y decide retirarle algunos muebles con el fin de dejarle más espacio. Su intención es buena pero no ha comprendido que hacerlo significa despojarlo de lo que más quiere. Lo dicho constituye el antecedente de la segunda salida.

La segunda salida de Gregorio
La hermana pide ayuda a su madre para comenzar a retirar los muebles mencionados. Ésta ingresa al cuarto en el bien entendido de que no verá a Gregorio: su solo aspecto la espanta. Comienza la tarea que cumplirán las dos mujeres:
Y Gregorio oyó cómo las dos frágiles mujeres retiraban de su sitio el viejo y harto pesado baúl, y cómo la hermana, siempre animosa, tomaba sobre sí la mayor parte del trabajo, sin hacer caso de las advertencias de la madre, que temía se fatigase demasiado.17
El acto de Grethe, bien inspirado y razonable, significa sin embargo un paso más en el proceso de degradación en la situación de Gregorio. Hasta ahora la presencia de los muebles en el cuarto equivale, de algún modo, a una esperanza. Quitarlos representa romper definitivamente con el pasado, aceptar para siempre y como parte de la familia a este taciturno y nauseabundo insecto que es ahora el protagonista. En alguna medida, los muebles de Gregorio constituyen un nexo entre el mundo del joven Samsa y el que está más allá de la puerta.
Kafka, pues, va destruyendo, primero por eliminación -la habitación queda desierta- y luego por transformación -se convierte en un sucio desván para los trastos-, el viejo dormitorio de Gregorio, que cada vez es más autónomo del resto de la casa.
Gregorio, por su parte, piensa que la vida monótona de esos dos meses ha perturbado su mente. Aclaramos que no hay en verdad perturbación, sino cambio: él acepta ahora que su habitación esté vacía y lo acepta porque está pensando como insecto. A medida que la metamorfosis progresa, Gregorio piensa y actúa y siente cada vez menos como hombre.
Mientras las mujeres vacían la habitación, Gregorio se mantiene prudentemente oculto. Pero cuando advierte lo que realmente sucede -que se llevan todo cuanto ama- una ola de recuerdos y nostalgias le hace reaccionar. Un cuadro -ya mencionado en el desarrollo del análisis-, adquiere súbitamente importancia fundamental para el protagonista, quien trepa por la pared y se adhiere fuertemente al vidrio del mencionado cuadro, en un típico acto de posesión y deseo al no permitir que le arrebaten lo que no quiere perder.
Pese a los esfuerzos de Grethe la madre lo ve y cae desmayada. En ese preciso instante, y como consecuencia de lo sucedido, la hermana abandona toda tentativa de comprender a Gregorio, se pone de parte del mundo "normal" y llega a increpar duramente a su hermano: "¡Ojo, Gregorio! -gritó la hermana con el puño en alto y enérgica mirada".18
En la tercera parte de la obra, en un breve discurso, Grethe ha de asegurar que ese insecto repugnante no es, no puede ser su hermano. El proceso de alejamiento, que ahí culmina, ha empezado ya.
Con extraordinaria habilidad, Kafka, por medio del narrador, saca a Gregorio de su cuarto y quedan solas en él la madre y la hermana. La inesperada presencia del padre viene a complicar las cosas. La hermana sólo alcanza a decirle al padre que la madre se ha desmayado y que Gregorio ha escapado.
Es ésta la primera vez que Gregorio ve a su padre después de la transformación sufrida por este último al tener que cargar sobre sus hombros la responsabilidad de la casa. Lo encuentra muy cambiado; el padre también ha sufrido una metamorfosis: está más joven, más enérgico, súbitamente repuesto.
Su progenitor trata entonces de hacerlo regresar a su habitación. Comienza el bombardeo de las manzanas, otro pasaje digno del mejor de los grotescos. No es que en un arrebato el padre arroje unas manzanas a su hijo, sino que se aprovisiona de ellas y las lanza fría y sistemáticamente sobre su enemigo. La última se incrusta sobre el lomo de Gregorio: allí permanecerá descomponiéndose, hasta el final.
Herido, Gregorio encuentra por fin la puerta que se vuelve de pronto salvación ante los embates de su progenitor, y se precipita a su cuarto.
El pasaje termina con una fugaz visión: la madre, ya recuperada, abrazando al padre le suplica perdone la vida de su hijo. Es un final casi teatral, pero de todas formas recatado y eficaz.
Así pues, hemos constatado cómo comienza en la tercera parte de la obra un proceso rápido de agravamiento de la enfermedad de Gregorio que concluye con su muerte. La sirvienta es quien descubre el cuerpo y los convoca a todos para que vean como "reventó". La familia recibe la noticia como una verdadera liberación. Todos resuelven consagrar ese día al reposo y al paseo.
El relato concluye con la certeza de que una vida nueva se inicia para todos. Al observar las formas juveniles de Grethe, parece renacer una esperanza fundamentada en esta hija que les ha quedado a pesar de la pérdida de quien en otro tiempo fuera el sostén y la alegría de la casa.
Gregorio representa la imagen del héroe contemporáneo, traumatizado y abandonado por la sociedad a la cual había servido durante tanto tiempo. El movimiento del personaje en el desarrollo de la novela, se da en tres planos: Gregorio y el círculo familiar, Gregorio y el aspecto laboral regido por el sometimiento, y Gregorio y el resto de la sociedad, caracterizada por la exclusión del personaje.
Como elementos válidos a los efectos de las conclusiones que estamos analizando, sirve subrayar el carácter de este hombre que sufrió y luchó por un mundo que le volvió la espalda en el momento en el que más lo necesitaba. A nivel familiar es donde se dan los hechos más dolorosos, según hemos argumentado.
Por último, Gregorio llega a desconocerse a sí mismo. La sociedad lo ha herido hasta tal punto que ni siquiera le deja la opción de sentirse en paz con su propia e individual condición.

Notas:
[1] Martin Walser. Descripción de una forma. Ensayo sobre Franz Kafka. (Trad. H.A. Murena y D. Vogelmann). Sur, Buenos Aires, l969, p. 89.
[2] Marthe Robert. Acerca de Kafka. Acerca de Freud. (Trad. J.L. Jiménez y J. Pomar). Anagrama, Barcelona, 1970, p. 34.
[3] Ibidem, p. 35.
[4] Marthe Robert. Kafka. (Trad. C.A. Payard). Paidós, Buenos Aires, 1970, p. 113.
[5] Cfr. apud. Miche Carrouges. Kafka contre Kafka, Libraire Plon. Paris, 1962.
[6] Franz Kafka. La metamorfosis. Losada, Buenos Aires, l970, p. 15.
[7] Idem.
[8] F. Kafka. La metamorfosis, Losada, Buenos Aires, 1970, p. 18.
[9] Idem.
[10] Idem.
[11] Idem.
[12] Ibidem, p. 28.
[13] Idem.
[14] Ibidem, p. 29.
[15] Idem.
[16] Ibidem, p. 24.
[17] Ibidem, p. 47.
[18] Ibidem, p. 51.

BIBLIOGRAFÍA
Carrouge, Miche. Kafka contre Kafka, Paris, Libraire Plon., 1962.
Kafka, Franz. La metamorfosis, Losada, Buenos Aires, 1970.
Marthe Robert. Kafka. (Trad. C.A. Payard). Paidós, Buenos Aires, 1970, p. 113.
Martin Walser. Descripción de una forma. Ensayo sobre Franz Kafka. (Trad. H.A. Murena y D. Vogelmann). Sur, Buenos Aires, l969, p. 89.

© Luis Quintana Tejera 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
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domingo, 29 de mayo de 2016

Un cerebro inteligente

Un cerebro inteligente:
(Cuento)
Luis Quintana Tejera


Crearon —como máquinas entrenadas—
muchas obras que fueron de autoría
colectiva, pero que resultaron
usurpadas por el genio individual:
ellos son los “negros del negro”,
las computadoras del siglo XIX.
(Un Fausto moderno).
 

Nuestras capacidades, nuestros alcances intelectuales, inclusive nuestra razón son limitados. Cuando nos enfrentamos a la palabra, nos damos cuenta que queda tanto por decir, mientras esa voz hierática que habita en el interior de nuestra alma, continúa durmiendo el sueño placentero que sólo el silencio sabe dar.
     Se llamaba Estela Enríquez del Campo (En el 2023 tenía 34 años) y era una especie de maniática computacional de esas que nuestro mundo contemporáneo nos ha enseñado a conocer. Manejaba tantas verdades a medias que muchas veces al escucharla no sabíamos si bromeaba o realmente creía en todo lo que su voz vacilante y ansiosa se atrevía a defender. Hoy pienso que se trataba de un nuevo Fausto femenino que, cual científico moderno, fundamentaba toda su fe en la cibernética. Desde que nació tuvo a su lado un negro y lustroso CPU, un teclado generoso, un Mouse inquieto y un monitor reflejante de verdades insondables. Era capaz de permanecer amarrada a la máquina horas enteras. Cuando aún Internet no estaba tan desarrollado técnicamente como ahora lo está, se pasaba horas enteras frente a la computadora: exploraba sus posibilidades, hurgaba en sus entrañas, veía mucho más que aquello que la máquina le ofrecía, dudaba, casi se entregaba en cuerpo y alma a la técnica fría de aquel renovado artefacto.
     Fue en estas épocas que llegó a concebir la tecnología que podría haber revolucionado al mundo moderno; qué digo: habría cambiado totalmente las estructuras que el universo material concibiera hasta ese momento y, quizás, permitiría que ciertos individuos —negación constante de la impronta creacional— llevaran a buen puerto una novela escrita por ellos, si no hubiera sido que los hombres, sus lectores, no fueron capaces de interpretar el mensaje que el genio de esta mujer les dejara en los últimos días de su vida. Estela estaba trabajando ya desde el 2012 en un programa cibernético, mejor aún, una maravilla prodigiosa de la ciencia computacional que autorizaría a seres negados para ello a elaborar, redactar y publicar una obra de ficción que sería concebida por la máquina milagrosa con un mínimo de participación del “sujeto creador”. Sus intentos iniciales fueron vanos; se pasó noches enteras durante ese año haciendo pruebas, experimentando, volviéndose loca con cifras, algoritmos, notaciones y llegando apenas a vislumbrar que algo había logrado el día en que la máquina alcanzó a producir cinco cuartillas de algo que se parecía a un relato, sin llegar a serlo definitivamente. Allí se contaba la vida de un individuo que había existido únicamente en el espacio de papel de una novela; pero se hacía de un modo que nos recordaba al peor de los “escribidores” contemporáneos. Pedro Camacho —el de Vargas Llosa— era un adalid comparado con los esbozos presentados en las tenues e ineficientes cinco cuartillas.
     De este modo se le fueron pasando los días y las noches entre intentos fallidos, virus inesperados, intuiciones inciertas, molestias desencadenadas por hechos aparentemente fortuitos que desviaban la atención de la computadora a la vida real y de ésta a la misma computadora, regresando con una carga de desconcierto y falta de fe en lo que la tecnología podía alcanzar.
     Es necesario reflexionar —así lo pienso hoy desde mis renovados años de luchador constante— en que un ser humano ante una computadora es un fenómeno muy reciente, tan actual como los Concorde de Air France, que a pesar de haber fallado en su intento de volar a la velocidad de la luz sin causar desastres, han dejado un recuerdo imborrable de la fe del hombre ante la técnica imperiosa. Y ese individuo que intenta descifrar con mirada insistente las claves que aparecen insinuadas en el monitor magnánimo, no tiene más remedio que rendirse ante los arcanos de las nuevas épocas. La estulticia humana lucha contra la verdad de la ciencia y nada peor que un ser vivo regalando su tiempo mientras se comunica con el mundo por el Facebook que ocupa sus horas y nubla su entendimiento. Dijo Álvaro Vargas LLosa alguna vez: “Lo malo no es haber sido comunista, sino seguir siéndolo”; repetimos al unísono: “Lo malo no es entusiasmarse con el Facebook, sino seguir prendido a él después de largos años de dedicación exclusiva a esta técnica de comunicación imperfecta”.
     Pero, Estela Enríquez consiguió un día lo que deseaba. Consideró que si los mexicanos leemos medio libro al año —por supuesto los que no pierden su tiempo lamentablemente atrapados en las redes del twiter—, con su invento muchos podrían escribir más de una novela por mes o, dependiendo de los logros alcanzados, hasta una novela por semana. Pensó también que les costaría más trabajo publicarla que redactarla; pero ésos eran problemas menores, comparados con los que se avecinaban a la luz de tal descubrimiento.
     Ahora bien, le acorralaron varias interrogantes: “¿De dónde sacaríamos los dichosos lectores? ¿Quién sería el valiente que se haría cargo de la tarea de leer mucho, pero mucho para superar la insoportable estadística que hoy nos mortifica? En fin, ¿quién se atrevería a conocer —vaya reducción al absurdo— el final de esos medio libros que cada mexicano había leído hasta este momento?
     Desechó estos referentes que no sólo le quitaban el tiempo, sino que además la decepcionaban bastante y se dio a la tarea de perfeccionar su invento lo antes posible.
     Lo que ya en el 2012 había vislumbrado Estela, lo consiguió en el 2020. Ella me lo explicó en largas pláticas de café; yo entendí muy poco de la técnica empleada, y sólo sé cómo operaba el moderno sistema. Trataré de explicarlo con palabras aunque ésta —la palabra— terminó resultando la menos eficaz desde el momento que le dejaban a una máquina, la tarea que antes, un ser humano inteligente, había desempeñado.
     En primer lugar, era necesario alimentar un programa complejo que se encargaría de darle órdenes a la computadora, de adiestrarla, de organizarla, de desempolvar su vieja costumbre de corregir tan sólo tildes, de enseñarle el misterio del oxímoron, el sortilegio de la metáfora, el reajuste de la hipérbole, la molestia de la paronomasia, lo innecesario de las anáforas, lo retorcido del quiasmo, en fin, todo un recorrido por las mal llamadas figuras retóricas, que se encargarían de poner flores en la novela cuando ésta se tornara excesivamente tediosa. Habría que enseñarle al ordenador que los datos estadísticos que maneja con exactitud, ahora no eran tan necesarios y, en su lugar, se alzarían otros conceptos que podrían o no ser humanísticos, pero que sí tendrían que llegar a conseguir el hechizo del impacto profundo, en los poquitos lectores que se acercaran a ella. No era esencial manejar la verdad, sino que una noción semejante a ésta podría funcionar sin problema alguno. La mentira se transformaría en la base de muchos contenidos anecdóticos que la novela habría de presentar. Y no sólo la mentira, sino también el crimen, la violación, el robo, la falsificación, la fornicación, la traición con forma de cuernos retorcidos y perfectos, la política y muchos otros fenómenos que serían innecesarios enumerar.
     Para llevar a cabo su experimento inicial, Estela pensó en una historia que le habían contado de un hombre engañado muchas veces por su novia, pero que igual seguía amarrado a ella a pesar de tantos sinsabores. Era necesario delimitar y ampliar hasta la saciedad las características de ese macho humano, de ese pobre pedazo de humanidad: era alto y con cara de imbécil; sus ojos verdes no reflejaban a la naturaleza, sino que lo limitaban en el momento de dar el salto hacia lo desconocido, porque —como decía Tiresias— los que no ven, ven más que los que ven. Y existe una vieja superstición según la cual los ojos claros no alcanzan a detectar los cuernos incipientes que van apareciendo poco a poco en la frente del engañado.
     Y ¿ella? Sagaz, perspicaz, inteligente, caliente, hedonista y profundamente sexual. La historia concluiría en la tragedia del individuo que —abandonado y decepcionado— terminaría emasculándose en una playa solitaria.
     Pensó que un oxímoron con exagerada redundancia lo resolvería todo: “la felicidad del infeliz”, y le enseñó a su programa de escribir ficción, que las notas aparentemente discordantes se realizaban a veces con mayor eficiencia que toda la carga lógica de conocimiento que llevamos con nosotros. Le dio el material imprescindible para describir un paisaje, los ejes esenciales para hablar del hombre y sus veleidades suicidas, exploró los factores que inciden en la conformación de un carácter y lo hizo mucho mejor que uno de esos autores que en lugar de crear, copian; lo hizo mejor que tantos otros que se esconden detrás de los premios ganados sin sentir la mínima vergüenza ante el costo que tuvieron que pagar por ello.
     El hombre olvida, siempre olvida; la máquina no. Todo lo que Estela le fue transmitiendo en largas noches de métodos compartidos, lo fue incorporando en sus entrañas, lo fue reelaborando con paciente tecnología.
     Había una historia para contar. Había sujetos en acción que de alguna manera cumplían con los roles opuestos de víctima y victimario. Pero la máquina no podría llegar al fondo mismo de la interpretación humana. No entendería aquello de pensar una cosa hoy y decir otra mañana; el saludar con una sonrisa a quien minutos después ofenderíamos con una bofetada. Y por ello, los caracteres que nacieron de la máquina narradora fueron excesivamente duros, comprensivamente lineales.
     Estela pensó que para empezar con su proyecto era suficiente con estos logros imperfectos; después analizaría la posibilidad de enseñarle más y mejor a su robótica amiga.
     Estela estaba allí a punto de oprimir una tecla que desataría la fiebre creadora del misterioso instrumento. Lo hizo, por fin; la máquina humana escribió sólo una oración: “La vida es injusta y mezquina”.
     Estela se acostó a dormir esa noche decepcionada y, dejó al aparato solo con sus pensamientos incompletos. Al despertar aquella mañana, vio con asombro y extrañeza que la computadora había cumplido con la tarea encomendada. Leyó con entrega el resultado y comprobó —con sosegada admiración— que la historia narrada incluía todos los componentes necesarios para ser una buena novela; es más, hasta podría aspirar a un futuro mejor basado en el reconocimiento mundial. ¿Acaso no es esto último la causa por la que muchos escriben?
     No lo conmovió el suicidio del hombre traicionado, ni la indiferencia de la mujer; le inquietó la manera en que la máquina había calado, mucho más hondo de lo imaginado, en la subjetividad de sus protagonistas. Éstos eran verdaderos seres de probeta, que habiendo nacido en un laboratorio empezaban a vivir sin un novelista humano que los hubiera engendrado. En el devenir de sus existencias, interrogados acerca de sus padres, ellos dirían: “Una máquina me dio vida”. Y ese instrumento sonreiría cibernéticamente ante sus logros.
     Para identificar al autor, Estela utilizó un seudónimo que con el tiempo se transformaría en verdaderos heterónimos y, decidió así ser la autora oculta, de tan curiosa novela. Tuvo paciencia. Presentó el manuscrito en varios concursos literarios y, finalmente, la sardónica buena suerte se hizo presente, ganando el Premio Planeta de Novela en el año 2051. Se publicó en el mundo entero este lúdico fraude. Muchos autores siguieron el curso de la anécdota desconociendo el verdadero origen del texto recreado. Estela se había dado el lujo de ofrecer una obra cien por ciento original. No importa que esa originalidad derivara de un experimento tecnológico, al menos tenía mucho más que otros que habían esquivado el juicio de la historia, al publicar amparados por el plagio cotidiano.
     A esta novela siguieron otras y otras. La máquina escribía febrilmente y Estela inventaba nuevos nombres para sus creadores. No tardó mucho tiempo en que la crítica literaria  fijó su enfermiza mirada en este grupo de autores que, aunque en realidad era uno solo, ellos no lo sabían y se emocionaban valorando al genio oculto de la cibernética moderna. Hablaron de una nueva generación de escritores que hacía su irrupción en el ambiente literario de México y la llamaron, sin ocultar su emoción modernista, “Generación de los nuevos de América”. Y los nuevos de América eran en realidad muy diferentes a los otros de otras tantas generaciones inventadas en la mente decadente de los críticos de siempre. Los nuevos de América eran ya viejos antes de nacer, tan viejos como la computadora que les diera origen; pero vitales en sus planteamientos aprehendidos y entrenados para componer cualquier cosa que a la mente despierta de Estela se le ocurriera elaborar. Mujer y máquina trabajaban a la par; ella pensaba y la máquina reproducía su pensamiento; ella se emocionaba con los contenidos que día a día descubría y la máquina los interpretaba como mejor podía. Había lágrimas derramadas en torrentes y la computadora lo traducía como un vital Mar Muerto que en el presente de la anécdota volvía a aparecer para abrirse generoso ante tantas búsquedas humanas.
     Estela recordaba los inventos de Pedro Valdivia cuando en sus clases de Secundaria se atrevió a cuestionar al propio Cervantes y a su obra. Y ahora era ella quien recreaba un espacio imposible, quien se lanzaba misteriosa hacia el futuro ofreciendo un ejemplo de como la máquina puede ser dominada por el hombre, aunque quizás sea exactamente a la inversa, pero finalmente esto no era tan importante; hay tantas mentiras ocultas en el pasado intelectual —Homero, Shakespeare, Molière, Bachtin— y ninguno de estos expositores magistrales del buen gusto estético pueden levantarse de sus tumbas para explicar la verdad en torno a sus figuras y sus arcanos. Estela tampoco lo hará. Ella murió el jueves 18 de julio de 2058 y no dejó huella alguna de su descubrimiento, aunque ésta no fue su verdadera intención; en los últimos años de su vida decidió suplantar al ordenador y escribir una novela en la cual relató los años dedicados al descubrimiento cibernético; se refirió a los momentos febriles en los que fue develando el misterio que paso a paso la llevara al encuentro de la novela artificial, explicó lo que ni ella misma llegaba a creer, lo expuso con convicción y argumentos, escribió lo que había vivido y escribiéndolo murió.
     Había llegado a la conclusión, después de estos largos años de convivencia con lo enigmático, que una máquina puede elaborar una serie abrumadora de relatos, pero a todos ellos les faltará el alma que sólo el hombre intuitivo le puede dar. El arte nace, el ser humano y la técnica de un ordenador no podrán alcanzarlo jamás.
     La crítica aplaudió a Estela Enríquez y llegó a catalogar a su novela como un prodigio de la ciencia ficción. No pudieron darse cuenta de que todo lo narrado era verdad y, en sus mentes emponzoñadas por la ficción, no cabía otra idea que no respondiera a una interpretación de los hechos basada en la realidad que ellos creían haber visto. Si la ironía es el eje de la vida de muchos, aquí aparece planteada y actuante de un modo incuestionable. El secreto de la computadora inteligente se fue con Estela, porque aunque resultó explicado, nadie lo entendió.
     He leído Número cero de Umberto Eco, ¿será una obra de su autoría, será otro engaño editorial? ¿Y el Héroe discreto de Vargas Llosa? ¿Y Javier Marías y Pérez Reverte? Estela Enríquez descubrió mucho más que lo revelado en sus investigaciones azarosas.