domingo, 1 de noviembre de 2020

  • Cuento de navidad de Dickens

 Capítulo 1: El espectro de Marley


Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor

duda. Firmaron la partida de su enterramiento el clérigo, el sacristán, el

comisario de entierros y el presidente del duelo. También la firmó Scrooge. Y

el nombre de Scrooge era prestigioso en la Bolsa, cualquiera que fuese el

papel en que pusiera su firma.

El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

¡Bueno! Esto no quiere decir que yo sepa por experiencia propia lo que hay

particularmente muerto en el clavo de una puerta; pero puedo inclinarme a

considerar un clavo de féretro como la pieza de ferretería más muerta que hay

en el comercio. Mas la sabiduría de nuestros antepasados resplandece en los

símiles, y mis manos profanas no deben perturbarla, o desaparecería el país.

Me permitiré pues, repetir enfáticamente que Marley estaba tan muerto como

el clavo de una puerta.

¿Sabía Scrooge que aquél había muerto? Indudablemente. ¿Cómo podía

ser de otro modo? Scrooge y él fueron consocios durante no sé cuántos años.

Scrooge fue su único albacea, su único administrador, su único cesionario,

su único legatario universal, su único amigo y el único que vistió luto por él.

Pero Scrooge no estaba tan terriblemente afligido por el triste suceso que

dejara de ser un perfecto negociante, y el mismo día del entierro lo solemnizó

con un buen negocio.

La mención del entierro de Marley me hace retroceder al punto de partida.

Es indudable que Marley había muerto. Esto debe ser perfectamente

comprendido, si no, nada admirable se puede ver en la historia que voy a

referir.

Si no estuviéramos plenamente convencidos de que el padre de Hamlet

murió antes de empezar la representación teatral, no habría, en su paseo

durante la noche, en medio del vendaval, por las murallas de su ciudad, nada

más notable que lo que habría en ver a otro cualquier caballero de mediana

edad temerariamente lanzado, después de obscurecer, en un recinto expuesto a

los vientos —el cementerio de San Pablo, por ejemplo—, sencillamente para

deslumbrar el débil espíritu de su hijo.

Scrooge no borró el nombre del viejo Marley. Permaneció durante muchos

años esta inscripción sobre la puerta del almacén: "Scrooge y Marley". La casa

de comercio se conocía bajo la razón social "Scrooge y Marley". Algunas

veces los clientes modernos llamaban a Scrooge Scrooge y otras veces


Marley: pero él atendía por ambos nombres. Todo era lo mismo para él.

¡Oh! Pero Scrooge era atrozmente tacaño, avaro, cruel, desalmado,

miserable, codicioso, incorregible, duro y esquinado como el pedernal, pero

del cual ningún eslabón había arrancado nunca una chispa generosa; secreto y

retraído y solitario como una ostra. El frío de su interior le helaba las viejas

facciones, le amorataba la nariz afilada, le arrugaba las mejillas, le entorpecía

la marcha, le enrojecía los ojos, le ponía azules los delgados labios; hablaba

astutamente y con voz áspera. Fría escarcha cubría su cabeza y sus cejas y su

barba de alambre. Siempre llevaba consigo su temperatura bajo cero; helaba su

despacho en los días caniculares y no lo templaba ni un grado en Navidad.

El calor y el frío exteriores ejercían poca influencia sobre Scrooge. Ningún

calor podía templarle, ninguna temperatura invernal podía enfriarle. Ningún

viento era más áspero que él, ninguna nieve más insistente en sus propósitos,

ninguna lluvia más impía. El temporal no sabía cómo atacarle. La más

mortificante lluvia, y la nieve, y el granizo, y el agua de nieve, podían jactarse

de aventajarle en una sola cosa: en que con frecuencia "bajaban"

gallardamente, y Scrooge, nunca.

Jamás le detuvo nadie en la calle para decirle alegremente: "Querido

Scrooge, ¿cómo estáis? ¿Cuándo iréis a verme?" Ningún mendigo le pedía

limosna, ningún niño le preguntaba qué hora era, ningún hombre ni mujer le

preguntaron en toda su vida por dónde se iba a tal o cual sitio. Aun los perros

de los ciegos parecían conocerle, y cuando le veían acercarse arrastraban a sus

amos hacia los portales o hacia las callejuelas, y entonces meneaban la cola

como diciendo: "Es mejor ser ciego que tener mal ojo".

¡Pero qué le importaba a Scrooge! Era lo que deseaba: seguir su camino a

lo largo de los concurridos senderos de la vida, avisando a toda humana

simpatía para conservar la distancia.

Una vez, en uno de los mejores días del año, la víspera de Navidad, el

viejo Scrooge se hallaba trabajando en su despacho. Hacía un tiempo frío,

crudísimo y nebuloso, y podía oír a la gente que pasaba jadeando arriba y

abajo, golpeándose el pecho con las manos y pateando sobre las piedras del

pavimento para entrar en calor. Los relojes públicos acababan de dar las tres:

pero la obscuridad era casi completa —había sido obscuro todo el día—, y por

las ventanas de las casas vecinas se veían brillar las luces como manchas

rubias en el aire moreno de la tarde. La bruma se filtraba a través de todas las

hendeduras y de los ojos de las cerraduras, y era tan densa por fuera que,

aunque la calleja era de las más estrechas, las casas de enfrente se veían como

meros fantasmas.

Al ver la sórdida nube extenderse, oscureciéndolo todo, uno podría haber

pensado que la Naturaleza se estuviera echando encima y estuviera tramando


algo a gran escala.

Scrooge tenía abierta la puerta del despacho para poder vigilar a su

dependiente, que en una celda lóbrega y apartada, una especie de cisterna,

estaba copiando cartas. Scrooge tenía poquísima lumbre, pero la del

dependiente era mucho más escasa: parecía una sola ascua; mas no podía

aumentarla, porque Scrooge guardaba la caja del carbón en su cuarto, y si el

dependiente hubiera aparecido trayendo carbón en la pala, sin duda que su

amo habría considerado necesario despedirle. Así, el dependiente se embozó

en la blanca bufanda y trató de calentarse en la llama de la bujía: pero, como

no era hombre de gran imaginación: fracasó en el intento.

—¡Felices Pascuas, tío! ¡Dios os guarde! —gritó una voz alegre.

Era la voz del sobrino de Scrooge, que cayó sobre él con tal precipitación,

que fue el primer aviso que tuvo de su aproximación.

—¡Bah! —dijo Scrooge—. ¡Paparruchas!

Este sobrino de Scrooge se hallaba tan arrebatado a causa de la carrera a

través de la bruma y de la helada, que estaba todo encendido: tenía la cara

como una cereza, sus ojos chispeaban y humeaba su aliento.

—Pero, tío: ¿una paparrucha la Navidad? —dijo el sobrino de Scrooge—.

Seguramente no habéis querido decir eso.

—Sí —contestó Scrooge—. ¡Felices Pascuas! ¿Qué derecho tienes tú para

estar alegre? ¿Qué razón tienes tú para estar alegre? Eres bastante pobre.

—¡Vamos! —replicó el sobrino alegremente—. ¿Y qué derecho tenéis vos

para estar triste? ¿Qué razón tenéis para estar cabizbajo? Sois bastante rico.

No disponiendo Scrooge de mejor respuesta en aquel momento, dijo de

nuevo: "¡Bah!" Y a continuación: "¡Paparruchas!"

—No estéis enfadado, tío —dijo el sobrino.

—¿Cómo no voy a estarlo —replicó el tío— viviendo en un mundo de

locos como éste? ¡Felices Pascuas! ¿Buenas Pascuas te dé Dios! ¿Qué es la

Pascua de Navidad sino la época en que hay que pagar cuentas no teniendo

dinero; en que te ves un año más viejo y ni una hora más rico: la época en que,

hecho el balance de los libros, ves que los artículos mencionados en ellos no te

han dejado la menor ganancia después de una docena de meses desaparecidos?

Si estuviera en mi mano —dijo Scrooge con indignación—, a todos los idiotas

que van con el ¡Felices Pascuas! en los labios los cocería en su propia

substancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón.

¡Eso es!

—¡Tío! —suplicó el sobrino.


—¡Sobrino! —repuso el tío secamente—. Celebra la Navidad a tu modo y

déjame a mí celebrarla al mío.

—¡Celebrar la Navidad! —repitió el sobrino de Scrooge—. Pero vos no la

celebráis.

—Déjame que no la celebre —dijo Scrooge— ¡Mucho bien puede hacerte

a ti! ¡Mucho bien te ha hecho siempre!

—Hay muchas cosas que podían haberme hecho muy bien y que no he

aprovechado, me atrevo a decir —replicó el sobrino—, entre ellas la Navidad.

Mas estoy seguro de que siempre, al llegar esta época, he pensado en la

Navidad, aparte la veneración debida a su nombre sagrado y a su origen, como

en una agradable época de cariño, de perdón y de caridad; el único día, en el

largo almanaque del año, en que hombres y mujeres parecen estar de acuerdo

para abrir sus corazones libremente y para considerar a sus inferiores como

verdaderos compañeros de viaje en el camino de la tumba y no otra raza de

criaturas con destino diferente.

Así, pues, tío, aunque tal fiesta nunca ha puesto una moneda de oro o de

plata en mi bolsillo, creo que me ha hecho bien y que me hará bien, y digo:

¡Bendita sea!

El dependiente, en su mazmorra, aplaudió involuntariamente: pero,

notando en el acto que había cometido una inconveniencia, quiso remover el

fuego y apagó el último débil residuo para siempre.

—Que oiga yo otra de esas manifestaciones —dijo Scrooge— y os haré

celebrar la Navidad echándoos a la calle. Eres de verdad un elocuente orador

— añadió, volviéndose hacía su sobrino—. Me admira que no estés en el

Parlamento.

—No os enfadéis, tío. ¡Vamos, venid a comer con nosotros mañana!

Scrooge dijo que le agradaría verle... Sí, lo dijo. Pero completó la idea, y

dijo que antes le agradaría verle... en el infierno.

—Pero, ¿por qué? —gritó el sobrino—. ¿Por qué?

—¿Por qué te casaste? —dijo Scrooge.

—Porque me enamoré.

—¡Porque te enamoraste! —gruñó Scrooge, como si aquello fuese la sola

cosa del mundo más ridícula que una alegre Navidad—. ¡Buenas tardes!

—Pero, tío, si nunca fuisteis a verme antes, ¿por qué hacer de esto una

razón para no ir ahora?

—Buenas tardes —dijo Scrooge.


—No necesito nada vuestro: no os pido nada; ¿por qué no podemos ser

amigos?

—Buenas tardes —dijo Scrooge.

—Lamento de todo corazón encontraros tan resuelto. Nunca ha habido el

más pequeño disgusto entre nosotros. Pero he insistido en la celebración de la

Navidad y llevaré mi buen humor de Navidad hasta lo último. Así, ¡Felices

Pascuas, tío!

—Buenas tardes —dijo Scrooge.

—¡Y feliz Año Nuevo!

—Buenas tardes —dijo Scrooge.

Su sobrino salió de la habitación, no obstante, sin pronunciar una palabra

de disgusto. Se detuvo en la puerta exterior para desearle felices Pascuas al

dependiente, que, aunque tenía frío, era más ardiente que Scrooge, pues le

correspondió cordialmente.

—Este es otro que tal —murmuró Scrooge, que le oyó—; un dependiente

con quince chelines a la semana, con mujer y con hijos hablando de la alegre

Navidad. Es para llevarle a una casa de locos.

Aquel maniático, al despedir al sobrino de Scrooge, introdujo a otros dos

visitantes. Eran dos caballeros corpulentos, simpáticos, y estaban en pie,

descubiertos, en el despacho de Scrooge.

Tenían en la mano libros y papeles y se inclinaron ante él.

—Scrooge y Marley, supongo —dijo uno de los caballeros, consultando

una lista—: ¿Tengo el honor de hablar al señor Scrooge o al señor Marley?

—El señor Marley murió hace siete años —respondió Scrooge—. Esta

misma noche hace siete años que murió.

—No dudamos que su liberalidad estará representada en su socio

superviviente —dijo el caballero, presentando sus cartas credenciales.

Era verdad, pues ambos habían sido tal para cual. Al oír la horrible palabra

"liberalidad", Scrooge frunció el ceño, meneó la cabeza y devolvió al visitante

las cartas credenciales.

—En esta alegre época del año, señor Scrooge dijo el caballero, tomando

una pluma—, es más necesario que nunca que hagamos algo en favor de los

pobres y de los desamparados, que en estos días sufren de modo atroz.

Muchos miles de ellos carecen de lo indispensable; cientos de miles necesitan

alivio, señor.

—¿No hay cárceles? —preguntó Scrooge.


—Muchísimas cárceles —dijo el caballero, dejando la pluma.

—¿Y casa de corrección? —interrogó Scrooge. ¿Funcionan todavía?

—Funcionan, sí, todavía —contestó el caballero—. Quisiera poder decir

que no funcionan.

—¿El Treadmill y la Ley de Pobreza están, pues, en todo su vigor? — dijo

Scrooge.

—Ambos funcionan continuamente, señor.

—¡Oh!, tenía miedo, por lo que decíais al principio, de que hubiera

ocurrido algo que interrumpiese sus útiles servicios —dijo Scrooge—. Me

alegra mucho saberlo.

—Persuadido de que tales instituciones apenas pueden proporcionar

cristiana alegría a la mente o bienestar al cuerpo de la multitud —continuó el

caballero—, algunos de nosotros nos hemos propuesto reunir fondos para

comprar a los pobres algunos alimentos y bebidas y un poco de calefacción.

Hemos escogido esta época porque es, sobre todas, aquella en que la

Necesidad se siente con más intensidad y la Abundancia se regocija. ¿Con

cuánto queréis contribuir?

—¡Con nada! —replicó Scrooge.

—¿Queréis guardar el anónimo?

—Quiero que me dejéis en paz —dijo Scrooge—. Puesto que me

preguntáis lo que quiero, señores, ésa es mi respuesta. Yo no celebro la

Navidad, y no puedo contribuir a que se diviertan los vagos; ayudo a sostener

los establecimientos de que os he hablado... y que cuestan bastante; y quienes

estén mal en ellos, que se vayan a otra parte.

—Muchos no pueden, y otros muchos preferirán morir.

—Si prefieren morir —dijo Scrooge—, es lo mejor que pueden hacer y así

disminuirá el exceso de población. Además, y ustedes perdonen, no entiendo

de eso.

—Pues... debierais entender —hizo observar el caballero.

—No es de mi incumbencia —replicó Scrooge—. Un hombre tiene

bastante con preocuparse de sus asuntos y no debe mezclarse en los ajenos.

Los míos me absorben por completo. ¡Buenas tardes, señores!

Comprendiendo claramente que sería inútil insistir, los dos caballeros se

marcharon. Scrooge reanudó su tarea con mayor estimación de sí mismo y

más animado de lo que tenía por costumbre.


Entretanto, la bruma y la obscuridad se hicieron tan densas, que las gentes

marchaban alumbrándose con antorchas, ofreciéndose a marchar delante de los

caballos de los coches para mostrarles el camino. La antigua torre de una

iglesia, cuya vieja y estridente campana parecía estar siempre atisbando a

Scrooge por una ventana gótica del muro, se hizo invisible, y daba las horas

envuelta en las nubes, resonando después con trémulas vibraciones, como si le

castañeteasen los dientes a aquella elevadísima cabeza. El frío se hizo intenso.

En la calle Mayor, en la esquina de la calleja, algunos obreros se hallaban

reparando los mecheros de gas y habían encendido una gran hoguera, a la cual

rodeaba un grupo de mendigos y chicuelos, calentándose las manos y

guiñando los ojos con delicia ante las llamas. Taponados los sumideros, el

agua sobrante se congelaba con rapidez y se convertía en hielo. El resplandor

de las tiendas, donde las ramas de acebo cargadas de frutas brillaban con la luz

de las ventanas, ponía tonos dorados en las caras de los transeúntes. Las

pollerías y los comercios de comestibles estaban deslumbrantes: era un

glorioso espectáculo, ante et cual era casi increíble que los prosaicos

principios de ajuste y venta tuvieran algo que hacer. El alcalde de la ciudad, en

la fortaleza de la poderosa Mansion-House, daba órdenes a sus cincuenta

cocineros y reposteros para celebrar la Navidad de una manera digna de la

casa de un alcalde, y hasta el sastrecillo, que había sido multado con cinco

chelines el lunes anterior por estar borracho y sentirse escandaloso en las

calles, preparaba en su guardilla la confección del pudding del día siguiente,

mientras su flaca esposa iba con el nene a comprar la carne indispensable.

Más niebla aún y más frío. Frío agudo, penetrante, mordiente. Sí el buen

San Dunstan hubiera sólo rasguñado la nariz del espíritu maligno con un

tiempo como aquél, en vez de usar sus armas habituales, en verdad que el

diablo habría rugido.

El propietario de una naricilla juvenil, roída y mordisqueada por el

hambriento frío, como los huesos roídos por los perros, se detuvo ante la

puerta de Scrooge para obsequiarle por el ojo de la cerradura con una canción

de Navidad; pero no había hecho más que empezar:

"Dios os bendiga, alegre caballero; que nada pueda nunca disgustaros..."

Scrooge cogió la regla con tal decisión, que el cantor corrió lleno de

miedo, abandonando el ojo de la cerradura a la bruma y a la penetrante helada.

Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. De mala gana se alzó Scrooge

de su asiento y tácitamente aprobó la actitud del dependiente en su cuchitril,

quien inmediatamente apagó su luz y se puso el sombrero.

—Supongo que necesitaréis todo el día de mañana —dijo Scrooge.

—Si no hay inconveniente, señor.


—Pues sí hay inconveniente —dijo Scrooge— y no es justo. Si por ello os

descontara media corona, pensaríais que os perjudicaba. ¿Pero estoy obligado

a pagarla?

El dependiente sonrió lánguidamente.

—Sin embargo —dijo Scrooge—, no pensáis que me perjudico pagando el

sueldo de un día por no trabajar.

El dependiente hizo notar que eso ocurría una sola vez al año.

—¡Una pobre excusa para morder en el bolsillo de uno todos los días

veinticinco de diciembre! —dijo Scrooge, abrochándose el gabán hasta la

barba—. Pero supongo que es que necesitáis todo el día. Venid lo más

temprano posible pasado mañana.

El dependiente prometió hacerlo, y Scrooge salió gruñendo. Se cerró el

despacho en un instante, y el dependiente, con los largos extremos de su,

bufanda blanca colgando hasta más abajo de la cintura (pues no presumía de

abrigo), bajó veinte veces un resbaladero en Cornhill, al final de una calleja

llena de muchachos, para celebrar la Nochebuena, y luego salió corriendo

hacia su casa de Camden-Town, para jugar a la gallina ciega.

Scrooge cenó melancólicamente en su melancólica taberna habitual; y

después de leer todos los periódicos, se entretuvo et resto de la noche con los

libros comerciales, y se fue a acostar. Ocupaba las habitaciones que habían

pertenecido anteriormente a su difunto socio. Eran una serie de cuartos

lóbregos en un sombrío edificio al final de una calleja, y en el cual había tan

poco movimiento, que no se podía menos de imaginar que había llegado allí

corriendo, cuando era una casa de pocos años, mientras jugaba al escondite

con las otras casas, y había olvidado el camino para salir. Era ésta entonces

bastante vieja y bastante lúgubre; sólo Scrooge vivía en ella, pues los otros

cuartos estaban alquilados para oficinas. La calleja era tan obscura, que el

mismo Scrooge, que la conocía piedra por piedra, se veía obligado a cruzarla a

tientas.

La niebla y la helada se agolpaban de tal modo ante la negra entrada de la

casa, que parecía como si el Genio del Invierno se hallase en triste meditación

sentado en el umbral.

Hay que advertir que no había absolutamente nada de particular en el

llamador de la puerta, salvo que era de gran tamaño: hay que hacer notar

también que Scrooge lo había visto, de día y de noche, durante toda su

residencia en aquel lugar, y también que Scrooge poseía tan poca cantidad de

lo que se llama fantasía como otro cualquier hombre de la ciudad de Londres,

aun incluyendo —la frase es algo atrevida— las Corporaciones, los miembros

del Concejo municipal y los de los Gremios. Téngase también en cuenta que


Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley desde que aquella

tarde hizo mención de los siete años transcurridas desde su muerte. Y ahora,

que me explique alguien, si puede, cómo sucedió que Scrooge, al meter la

llave en la cerradura, vio en el llamador —sin mediar ninguna mágica

influencia—, no un llamador, sino la cara de Marley.

La cara de Marley. No era una sombra impenetrable, como los demás

objetos de la calleja, pues la rodeaba un medroso fulgor, semejante al que

presentaría una langosta en mal estado puesta en un sótano obscuro. No

aparecía colérico ni feroz, sino que miraba a Scrooge como Marley

acostumbraba: con espectrales anteojos levantados hacía la frente espectral.

Se agitaban curiosamente sus cabellos, como ante un soplo de aire

ardoroso, y sus ojos, aunque se hallaban abiertos por completo, estaban

absolutamente inmóviles. Todo eso, y su palidez, le hacían horrible: pero este

horror parecía ajeno a la cara, fuera de su dominio, más bien que una parte de

su propia expresión.

Cuando Scrooge se puso a considerar atentamente aquel fenómeno, ya el

llamador era otra vez un llamador.

Decir que no se sintió inquieto o que su sangre no experimentó una terrible

sensación, desconocida desde la infancia, sería mentir. Pero llevó la mano a la

llave que había abandonado, la hizo girar resueltamente, penetró y encendió

una bujía.

Se detuvo con vacilación momentánea, antes de cerrar la puerta, y miró

detrás de ella con desconfianza, aguardando casi aterrorizarse a la vista del

cabello de Marley pegado en la parte exterior: pero no había nada sobre la

puerta, excepto los tornillos y tuercas que sujetaban el llamador, por lo cual

exclamó: "¡Bah, bah!", y la cerró de golpe.

Resonó el portazo en toda la casa como un trueno. Encima todas las

habitaciones, y debajo todas las cubas en el sótano del vinatero, parecieron

poseer estrépito de ecos independientes de la puerta de Scrooge, que no era

hombre a quien espantasen los ecos. Sujetó la puerta, cruzó el zaguán y

empezó a subir la escalera lentamente, sin embargo, alumbrando un lado y

otro conforme subía.

Podéis hablar vagamente de las viejas escaleras de antaño, por las cuales

hubiera podido subir fácilmente un coche de seis caballos o el cortejo de una

sesión parlamentaria. Pero yo os digo que la escalera de Scrooge era cosa muy

diferente: habría de subir por ella un coche fúnebre, y lo haría con toda

facilidad.

Había allí suficiente amplitud para ello y aun sobraba espacio; tal es,

quizás, la razón por la cual pensó Scrooge ver una comitiva fúnebre en


movimiento delante de él en la obscuridad. Media docena de faroles de gas de

las calles no habrían iluminado bastante bien el vestíbulo; supondréis, pues,

que estaba un tanto obscuro con la manera de alumbrar de Scrooge, que siguió

subiendo sin preocuparse por ello. La obscuridad es barata y por eso le

agradaba a Scrooge. Pero antes de cerrar la pesada puerta, registró las

habitaciones para ver si todo estaba en orden; precisamente deseaba hacerlo,

porque persistía en él el recuerdo de aquella cara.

La salita, el dormitorio, el cuarto de trastos, todo estaba normal. Nadie

debajo de la mesa, nadie debajo del sofá; un poco de lumbre en la rejilla; la

cuchara y la jofaina, listas; y la cacerolita, con un cocimiento (Scrooge tenía

un resfriado de cabeza) junto al hogar. Nadie debajo de la cama; nadie en el

gabinete; nadie dentro de la bata, que colgaba de la pared en actitud

sospechosa.

El cuarto de los trastos, como siempre. El viejo guardafuegos, los zapatos

viejos, dos cestas para pescado, el lavabo de tres patas y un atizador.

Enteramente satisfecho, cerró la puerta y echó la llave, dándole dos

vueltas, lo cual no era su costumbre. Asegurado así, contra toda sorpresa, se

quitó la corbata, se puso la bata, las zapatillas y el gorro de dormir, y se sentó

delante del fuego para tomar su cocimiento.

Era en verdad un fuego insignificante: nada para noche tan cruda. Se vio

obligado a arrimarse a él todo lo posible, cubriéndolo, para poder extraer la

más pequeña sensación de calor de tal puñado de combustible. El hogar era

viejo, construido por algún comerciante holandés mucho tiempo antes, y

pavimentado con extraños ladrillos holandeses, que representaban escenas de

las Escrituras.

Había Caínes y Abeles, hijas de Faraón, reinas de Sabá, mensajeros

angélicos descendiendo a través del aire sobre nubes que parecían de plumón,

Abrahanes, Baltasares, apóstoles navegando en mantequilleras, cientos de

figuras para atraer la atención; no obstante, aquella cara de Marley, muerto

siete años antes; llegaba como la vara del antiguo Profeta y hacía desaparecer

todo. Si cada uno de los pulidos ladrillos hubiera estado en blanco, con virtud

para presentar sobre su superficie alguna figura proveniente de los

fragmentados pensamientos de Scrooge, habría aparecido una copia de la

cabeza del viejo Marley sobre todos ellos.

—¡Paparruchas! —dijo Scrooge, y empezó a pasear por la habitación.

Después de algunos paseos, volvió a sentarse. Al recostarse en la silla, su

mirada fue a tropezar con una campanilla, una campanilla que no se utilizaba,

colgada en la habitación y que comunicaba, para algún servicio olvidado, con

un cuarto del piso más alto del edificio. Con gran admiración, y con extraño e


inexplicable temor, vio que la campanilla empezaba a oscilar. Oscilaba tan

suavemente al principio, que apenas producía sonido; pero pronto sonó

estrepitosamente y lo mismo hicieron todas las campanillas de la casa.

Ello podría durar medio minuto, un minuto, mas a Scrooge le pareció una

hora. Las campanillas dejaron de sonar como habían empezado: todas a la vez.

A aquel estrépito siguió un ruido rechinante, que venía de la parte más

profunda, como si alguien arrastrase una pesada cadena sobre los toneles del

sótano del vinatero. Entonces recordó Scrooge haber oído que los espectros

que se aparecían en las casas se presentaban arrastrando cadenas.

La puerta del sótano se abrió con estrépito y luego se oyó el ruido con

mucha mayor claridad en el piso de abajo: después el viejo oyó que el ruido

subía por la escalera: después, que se dirigía derechamente hacia su puerta.

—¡Paparruchas, nada más! —dijo Scrooge—. No quiero pensar en ello.

Sin embargo, cambió de opinión cuando, sin detenerse, el Espectro pasó a

través de la pesada puerta y entró en la habitación ante sus ojos. Cuando entró,

la moribunda llama dio un salto, como si gritara: "¡Le conozco! ¡Es el espectro

de Marley!", y volvió a caer.

La misma cara, exactamente la misma. Marley, con sus cabellos erizados,

su chaleco habitual, sus estrechos calzones y sus botas, y con su casaca

ribeteada. La cadena que arrastraba la llevaba alrededor de la cintura; era larga

y estaba sujeta a él como una cola, y se componía (pues Scrooge la observó

muy de cerca) de cajas de caudales, llaves, candados, libros comerciales,

documentos y fuertes bolsillos de acero. Su cuerpo era transparente, de modo

que Scrooge, observándole y mirando a través de su chaleco, pudo ver los dos

botones de la parte posterior de la casaca.

Scrooge había oído decir muchas veces que Marley no tenía entrañas; pero

nunca lo había creído hasta entonces.

No, ni aun entonces lo creía. Aunque miraba al Fantasma de parte a parte y

le veía en píe delante de él: aunque sentía la escalofriante influencia de sus

ojos fríos como la muerte, y comprobaba aún el tejido del pañuelo que le

rodeaba la cabeza y la barba, y el cual no había observado antes, sentíase aún

incrédulo y luchaba contra sus sentidos.

—¡Cómo! —dijo Scrooge, cáustico y frío como siempre—. ¿Qué queréis

de mí?

—¡Mucho! —contestó la voz de Marley, pues tal era, sin duda.

—¿Quién sois?

—Preguntadme quién fui.


—¿Quién fuisteis pues? —dijo Scrooge, alzando la voz.

—En vida fui vuestro socio, Jacob Marley.

—¿Podéis... podéis sentaros? —preguntó Scrooge, mirándole perplejo.

—Puedo.

—Sentaos, pues.

Scrooge hizo esa pregunta porque no sabía sí un espectro tan transparente

se hallaría en condiciones de tomar una silla, y pensó que, en el caso de que le

fuera imposible, habría necesidad .de una explicación embarazosa. Pero el

Espectro tomó asiento enfrente del hogar, como si estuviera habituado a ello.

—¿No creéis en mí? —preguntó el Espectro.

—No —contestó Scrooge.

—¿Qué evidencia deseáis de mi existencia real, además de la de vuestros

sentidos?

—No lo sé.

—¿Por qué dudáis de vuestros sentidos?

—Porque lo más insignificante —dijo Scrooge— les hace impresión. El

más ligero trastorno del estómago les hace fingir. Tal vez sois un trozo de

carne que no he digerido, un poco de mostaza, una miga de queso, un pedazo

de patata poco cocida. Hay más de guiso que de tumba en vos, quienquiera

que seáis.

Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes, y, según entonces

sentíase el corazón, sus bromas tenían que ser chocarreras. Lo cierto es que

procuraba mostrar agudeza como medio de distraer su propia atención y

ahuyentar su terror, pues la voz del Espectro le trastornaba hasta la médula de

los huesos.

Permanecer sentado, con la vista clavada en aquellos ojos vidriosos, en

silencio, durante unos instantes, sería estar, según pensaba Scrooge, con el

mismo Demonio. Había algo muy espantoso, además, en la atmósfera infernal,

propia de él, que rodeaba al Espectro. Scrooge no pudo sentirla por sí mismo,

pero no por eso era menos real, pues, aunque el Espectro se hallaba en

completa inmovilidad, sus cabellos, los ribetes de su casaca, se agitaban

todavía impulsados por el ardiente vapor de un horno.

—¿Veis este mondadientes? —dijo Scrooge, volviendo apresuradamente a

la carga, por la razón que acabamos de exponer, y deseando, aunque sólo fuera

durante un segundo, apartar de él la pétrea mirada del aparecido.

—Lo veo —replicó el Espectro.


—¡Si no lo miráis! —dijo Scrooge.

—Pero lo veo, sin embargo —replicó el Espectro.

—¡Bien! —repuso Scrooge—. No haría yo más que tragármelo, y durante

toda mi vida me vería perseguido por una legión de duendes creados por mi

fantasía. ¡Paparruchas, digo yo; paparruchas!

Entonces el Espíritu lanzó un grito espantoso y sacudió su cadena con un

ruido tan terrible, que Scrooge tuvo que apoyarse en la silla para no caer

desmayado. Pero mayor fue su espanto cuando el Fantasma, quitándose la

venda que le ceñía la frente, como si notara demasiado calor bajo techado,

dejó caer su mandíbula inferior sobre el pecho.

Scrooge cayó de rodillas y se llevó las manos a la cara.

—¡Perdón! —exclamó—. Terrible aparición, ¿por qué me atormentáis?

—Hombre apegado al mundo —replicó el Espectro—, ¿creéis en mí, o no?

—Creo —contestó Scrooge—. Tengo que creer. Pero, ¿por qué los

espíritus vuelven a la tierra y por qué se dirigen a mí?

—A todos los hombres se les exige —replicó el Espectro— que su espíritu

se aparezca entre sus conocidos y que viajen de un lado a otro; y si un espíritu

no hace tales excursiones en su vida terrenal, es condenado a hacerlas después

de la muerte. Es su destino vagar por el mundo —¿oh, miserable de mí? —y

no poder participar de lo que ve, aunque de ello participan los demás y es la

felicidad de ellos.

El Espectro lanzó otro grito y sacudió la cadena, retorciéndose las manos

espectrales.

—Estáis encadenado —dijo Scrooge temblando—. Decidme por qué.

—Llevo la cadena que forjé en vida —replicó el Espectro—. La hice

eslabón a eslabón, metro a metro; la ciño a mi cuerpo por mi libre voluntad y

por mi libre voluntad la usaré. ¿Os parece rara?

Scrooge temblaba cada vez más.

—¿O queréis saber —prosiguió el Espectro— el peso y la longitud de la

cadena que soportáis? Era tan larga y tan pesada como ésta hace siete

Nochebuenas. Desde entonces la habéis aumentado, y es una cadena tremenda.

Scrooge miró al suelo alrededor del Espectro, creyendo encontrarle

rodeado por unas cincuenta o sesenta brazas de férreo cable; pero nada pudo

ver.

—¡Jacob —le dijo suplicante—, viejo Jacob Marley, habladme más!


¡Habladme para mi consuelo, Jacob!

—No tengo ninguno que dar... —replicó el Espectro—. Eso viene de otras

regiones, Scrooge, y por medio de otros ministros, a otra clase de hombres que

vos. No puedo deciros todo lo que deseo. Un poquito más de tiempo se me

permite solamente. No puedo reposar, no puedo detenerme, no puedo

permanecer en ninguna parte. Mi espíritu nunca fue más allá de nuestro

despacho..., ¡ay de mí!... En mi vida terrenal nunca mi espíritu vagó más allá

de los estrechos límites de nuestra ventanilla para el cambio; ¡y qué fatigosas

jornadas me quedan aún!

Scrooge tenía por costumbre: cuando se ponía pensativo, meterse las

manos en los bolsillos del pantalón. Considerando lo que el Espectro había

dicho, lo hizo así, pero sin levantar los ojos y sin alzarse del suelo.

—Debéis haber sido muy calmoso en ese asunto. Jacob —hizo observar

Scrooge, en actitud comercial, aunque con humildad y deferencia.

—¡Calmoso! —repitió el Espectro.

—Siete años muerto —murmuró Scrooge—. ¿Y viajando todo ese tiempo?

—Todo —dijo el Espectro—, sin reposo, sin paz. ¡Incesante tortura del

remordimiento!

—¿Viajáis velozmente? —En las alas del viento.

—Ya habréis recorrido un gran número de regiones en siete años —dijo

Scrooge.

Al oír esto, el Espectro lanzó otro grito, haciendo rechinar .la cadena de

modo espantoso en el sepulcral silencio de la noche.

—¡Oh, cautivo, atado y doblemente aherrojado! —gritó el Fantasma—.

¡No saber que han de pasar a la eternidad siglos de incesante labor hecha por

criaturas inmortales en la tierra, antes de que el bien de que es susceptible esté

desarrollado por completo! ¡No saber que todo espíritu cristiano que obra

rectamente en su reducida esfera, sea cual fuere, encontrará su vida mortal

demasiado corta para compensar las buenas ocasiones perdidas! ¡No saber que

ningún arrepentimiento puede evitar lo pasado! ¡Sin embargo, eso hice yo!

¡Oh, eso hice yo!

—Pero vos siempre fuisteis un buen hombre de negocios, Jacob —

tartamudeó Scrooge, que empezaba a aplicarse esto a sí mismo.

—¡Negocios! —gritó el Espectro, retorciéndose las manos de nuevo—. El

género humano era mi negocio. El bienestar general era mi negocio: la

caridad, la misericordia, la paciencia y la benevolencia: todo eso era mi

negocio. ¡Mis tratos comerciales no eran sino una gota de agua en el océano


de mis negocios!

Sostuvo la cadena a lo largo del brazo, como si fuera la causa de toda su

infructuosa pesadumbre, y la volvió a arrojar pesadamente al suelo.

—En esta época del año —dijo el Espectro— sufro lo indecible. ¡Por qué

atravesé tantas multitudes con los ojos cerrados, sin elevarlos nunca hacia la

bendita estrella que guio a los Magos a la morada del pobre? ¿No había pobres

a los cuales me guiara su luz?

Scrooge estaba espantado de oír al Espectro hablar tan continuadamente y

empezó a temblar más de lo que quisiera.

—Oídme —gritó el Espectro—. Mi tiempo va a acabarse.

—Bueno —dijo Scrooge—. Pero no me mortifiquéis. ¡No hagáis floreos,

Jacob, os lo suplico!

—Lo que no me explico es que haya podido aparecer ante vos como una

sombra que podéis ver, cuando he permanecido invisible a vuestro lado

durante días y días.

No era una idea agradable. Scrooge se estremeció y se enjugó el sudor de

la frente.

—Eso no es lo que menos me aflige —continuó el Espectro—. He venido

esta noche a advertiros que aun podéis tener esperanza de escapar a mi

influencia fatal: una esperanza que yo os proporcionaré.

—Siempre fuisteis un buen amigo mío —dijo Scrooge—. Gracias.

—Se os aparecerán —continuó el Espectro— tres Espíritus.

El rostro de Scrooge se alargó casi tanto como lo había hecho el del

Espectro.

—¿Es ésa la esperanza de que hablabais, Jacob? —preguntó con voz

temblorosa.

—Esa.

—Yo...; yo preferiría no verlos —dijo Scrooge.

—Sin su vista —replicó el Espectro— no podéis evitar la senda que yo

sigo.

Esperad al primero mañana, cuando la campana anuncie la una.

—¿No podría recibir a todos de una vez, para terminar antes? —insinuó

Scrooge.

—Esperad al segundo la noche siguiente a la misma hora. Al tercero, a la


otra noche, cuando cese de vibrar la última campanada de las doce. Pensad

que no me volveréis a ver y cuidad, por vuestro bien, de recordar lo que ha

pasado entre nosotros.

Dichas tales palabras, el Espectro tomó su pañuelo de encima de la mesa y

se lo ciñó alrededor de la cabeza, como antes. Scrooge lo conoció en el agudo

sonido que hicieron los dientes al juntarse las mandíbulas por medio de aquel

vendaje. Se aventuró a levantar los ojos y encontró a su visitante sobrenatural

mirándole de frente, en actitud erguida, con su cadena alrededor del brazo.

La aparición fue apartándose de Scrooge hacia atrás, y a cada paso que

daba, abríase la ventana un poco, de modo que cuando el Espectro llegó a ella

estaba de par en par. Hizo señas a Scrooge para que se acercara, y éste

obedeció.

Cuando estuvieron a dos pasos uno de otro, el espectro de Marley levantó

una mano, advirtiendo a Scrooge que no se acercara más. Scrooge se detuvo.

No tanto por obediencia como por sorpresa y temor, pues, al levantar la

mano el Espectro, advirtió ruidos confusos en el aire, incoherentes gemidos de

desesperación, lamentos indeciblemente pesarosos y gritos de arrepentimiento.

El Espectro, después de escuchar un momento, se unió al canto fúnebre y

salió flotando en la helada y obscura noche.

Scrooge se dirigió a la ventana, pues se moría de curiosidad. Miró afuera.

El aire estaba lleno de fantasmas que vagaban de aquí para allá en continuo

movimiento y gemían sin detenerse. Todos llevaban cadenas como la del

espectro de Marley: algunos (tal vez gobernantes culpables) estaban

encadenados en grupo; ninguno tenía libertad. A muchos los había conocido

Scrooge cuando vivían. Había sido íntimo de un viejo espectro, con chaleco

blanco, con una monstruosa caja de hierro sujeta a un tobillo, y que se

lamentaba a gritos al verse impotente para socorrer a una infeliz mujer con una

criaturita, a la que veía bajo él en el quicio de una puerta. El castigo de todos

los fantasmas era, evidentemente, que procuraban con afán aliviar los dolores

humanos y habían perdido para siempre la posibilidad de conseguirlo.

Si tales fantasmas se desvanecieron en la niebla, o la niebla los amortajó,

no podría decirlo Scrooge. Pero ellos y sus voces sobrenaturales se perdieron

juntos, y la noche volvió a ser como cuando llegó a su casa.

Cerró Scrooge la ventana y examinó la puerta por donde había entrado el

Espectro. Estaba cerrada con dos vueltas de llave, como él la cerró con sus

propias manos, y los cerrojos sin señal de violencia. Intentó decir

"¡Paparruchas!", pero se detuvo a la primera sílaba. Y hallándose muy

necesitado de reposo, por la emoción que había sufrido, o por las fatigas del


día, o por haber entrevisto el Mundo Invisible, o por la abrumadora

conversación del Espectro, o por lo avanzado de la hora, se tendió

resueltamente en el lecho, sin desnudarse, y al instante se quedó dormido.


Capítulo 2: El primero de los tres espíritus


Cuando Scrooge despertó, había tanta obscuridad que, al mirar desde la

cama, apenas podía distinguir la transparente ventana de las opacas paredes

del dormitorio. Hallábase haciendo esfuerzos para atravesar la obscuridad con

sus ojos de hurón, cuando el reloj de la iglesia vecina dio cuatro campanadas

que significaban otros tantos cuartos. Entonces escuchó para saber la hora.

Con gran admiración suya, la pesada campana pasó de seis campanadas a

siete, y de siete a ocho y así sucesivamente, hasta doce; y se detuvo. ¡Las

doce! Eran más de las dos cuando se acostó. El reloj andaba mal. Algún

pedazo de hielo debía haberse introducido en la máquina. ¡Las doce!

Tocó el resorte de su reloj de repetición para rectificar aquella hora

equivocada. Su rápida pulsación sonó doce veces, y se detuvo.

—¡Vaya —dijo Scrooge—, no es posible que yo haya dormido un día

entero y aun parte de otra noche! A no ser que haya ocurrido algo al sol y que

a las doce de la noche sean las doce del día.

Como la idea era alarmante, se arrojó del lecho y a tientas se dirigió a la

ventana. Tuvo necesidad de frotar el vidrio con la manga de la bata para quitar

la escarcha y conseguir ver algo, aunque pudo ver muy poco. Todo lo que

pudo distinguir fue que aún había espesísima niebla, que hacía un frío

exagerado y que no se percibía el ruido de la gente yendo y viniendo en

continua agitación, como si la noche, ahuyentando al luciente día, se hubiera

posesionado del mundo. Esto fue para él gran alivio, porque si todo era noche,

¿qué valor tenían las palabras: "A tres días vista esta primera de cambio,

pagaréis a Mr. Ebenezer Scrooge o a su orden", etc., puesto que no había días

que contar?

Scrooge se acostó de nuevo, y pensó, y pensó, y pensó en ello

repetidamente, y no pudo sacar nada en limpio. Cuanto más pensaba, sentíase

más perplejo: y cuanto más se esforzaba para no pensar, más pensaba.

El Espectro de Marley le molestaba de modo extraordinario. Cuantas veces

intentaba convencerse, después de reflexionar, de que todo era un sueño, su

imaginación volvía, como un resorte que se deja de oprimir, a su primera

posición, y le presentaba el mismo problema que resolver: ¿era un sueño o no?


Permaneció Scrooge en este estado hasta que la campana dio tres cuartos;

y entonces recordó, estremeciéndose, que el Espectro le había anunciado una

visita para cuando la campana diese la una. Determinó estar despierto hasta

que pasara la hora: y considerando que le era más difícil dormir que alcanzar

el cielo, quizás era ésta la más prudente determinación que podía tomar.

Los quince minutos eran tan largos, que más de una vez pensó que se había

adormecido sin darse cuenta y por ello no había oído el reloj. Por fin resonó en

su atento oído. ¡Tin, tan!

—Y cuarto —dijo Scrooge, contando. ¡Tin, tan!

—Y media —dijo Scrooge. ¡Tin, tan!

—Menos cuarto —dijo Scrooge. ¡Tin, tan!

—¡La hora señalada —dijo Scrooge, triunfalmente— y sin novedad!

Habló antes de que sonase la campana de las horas, lo cual hizo dando una

profunda, pesada, hueca, melancólica. La luz inundó el dormitorio al instante

y se descorrieron las cortinas del lecho.

Fueron descorridas las cortinas del lecho, os digo, por una mano invisible.

No las cortinas que tenía a los pies ni las cortinas que tenía a la espalda,

sino las que tenía delante de la cara. Las cortinas del lecho se descorrieron, y

Scrooge, sobresaltándose, medio se incorporó y se halló frente a frente del

sobrenatural visitante al que daban paso: tan cerca de él como yo lo estoy de

vosotros, y yo me encuentro espiritualmente junto a vuestro codo.

Era una figura extraña..., como un niño; aunque, más que un niño, parecía

un anciano, visto a través de un medio sobrenatural, que le daba la apariencia

de haberse alejado de la vista y disminuido hasta las proporciones de un niño.

Su cabello, que le colgaba alrededor del cuello y por la espalda, era blanco

como el de los ancianos: pero la cara no tenía ni una arruga, y la piel era

delicadísima.

Los brazos eran muy largos y musculosos, y lo mismo las manos, como si

fueran extraordinariamente fuertes. Las piernas y los pies, que eran perfectos,

los llevaba desnudos, como los miembros superiores. Vestía una túnica del

blanco más puro y le ceñía la cintura una luciente faja de hermoso brillo.

Empuñaba una rama fresca de verde acebo y, contrastando singularmente con

este emblema del invierno, llevaba el vestido salpicado de flores estivales.

Pero lo más extraño de él era que de lo alto de su cabeza brotaba un surtidor

de brillante luz clara, que todo lo hacía visible; y para ciertos momentos en

que no fuese oportuno hacer uso de él, llevaba un gran apagador en forma de

gorro, que entonces tenía bajo el brazo.


Y aun esto no le pareció a Scrooge, al mirarle con creciente curiosidad, su

cualidad más extraña, sino que su cinturón brillaba lanzando destellos tan

pronto en una parte como en otra, y lo que un instante era luz, se hacía de

pronto obscuridad, y así la figura misma fluctuaba en su claridad, siendo ora

una cosa con un brazo, ora con una pierna, ora con veinte piernas, ora dos

piernas sin cabeza, ora una cabeza sin cuerpo, y de las partes que se

desvanecían, ningún perfil podía distinguirse en medio de la densa obscuridad

en que se fundían, y después de tal maravilla, volvía a ser él mismo, con toda

la claridad anterior.

—¿Sois, señor, el Espíritu cuya venida me han predicho? —preguntó

Scrooge.

—Lo soy.

La voz era suave y dulce, pero extraordinariamente baja, como si en vez de

estar tan cerca de él, se hallase a gran distancia.

—¿Quién sois, pues?

—Soy el Espectro de la Navidad Pasada.

—¿Pasada hace mucho? —inquirió Scrooge, al observar su estatura de

enano.

—No. La que acabáis de pasar.

Quizás Scrooge no habría podido decir por qué, si alguien hubiera podido

preguntarle, pero sintió un deseo especial de ver al Espíritu con el gorro, y le

suplicó que se cubriese.

—¡Cómo! —exclamó el Espectro—. ¿Tan pronto queréis apagar, con

manos humanas, la luz que doy? ¿No es bastante que seáis uno de aquellos

cuyas pasiones hacen este gorro y que me obligan, a través de años y años, sin

interrupción, a llevarlo sobre mi frente?

Scrooge negó respetuosamente toda intención de ofender y dijo que no

tenía conocimiento de haber, a sabiendas, contribuido a confeccionar el

sombrero del Espíritu en ninguna época de su vida. Después se atrevió a

preguntar qué asunto le traía.

—Vuestro bienestar —dijo el Espectro.

Scrooge se mostró muy agradecido, pero no pudo menos de pensar que una

noche de continuado reposo habría sido más conducente a aquel fin. El

Espíritu debió de oír su pensamiento, porque inmediatamente dijo:

—Reclamáis, pues. ¡Preparaos!

Y al hablar extendió su potente mano y le cogió nuevamente por el brazo.


—Levantaos y venid conmigo.

Habría sido inútil para Scrooge, hacerle ver que el tiempo y la hora no eran

a propósito para pasear a pie; que el lecho estaba caliente y el termómetro

marcaba muchos grados bajo cero; que estaba muy ligeramente vestido con las

zapatillas, la bata y el gorro de dormir, y que padecía un resfriado. El puño,

aunque suave como una mano femenina, no se podía resistir. Se levantó, pero

advirtiendo que el Espíritu se dirigía hacia la ventana, le asió de la vestidura

suplicándole:

—Soy mortal y puedo caerme.

—Os tocaré con mi mano aquí —dijo el Espíritu, poniéndosela sobre el

corazón— y podréis sosteneros.

Al pronunciar tales palabras, pasaron a través del: muro y se encontraron

en un amplio camino, con campos a un lado y a otro. La ciudad habíase

desvanecido por completo. La obscuridad y la bruma se habían desvanecido

con ella, pues hacía un claro y frío día de invierno y el suelo se hallaba

cubierto de nieve.

—¡Dios mío! —dijo Scrooge, cruzando las manos y mirando a su

alrededor—. En este sitio me crie. Aquí transcurrió mi infancia.

El Espíritu le miró con benevolencia. Su dulce tacto, aunque había sido

leve e instantáneo, se hacía sentir todavía en la sensibilidad del anciano.

Notaba que mil aromas que flotaban en el aire guardaban relación con mil

pensamientos, y esperanzas, y alegrías, y cuidados, por espacio de mucho,

mucho tiempo olvidados.

—Os tiemblan los labios —dijo el Espectro—. ¿Y qué es eso que tenéis en

la mejilla?

Scrooge balbuceó, con inusitado desfallecimiento en la voz, que era un

grano, y dijo al Espectro que lo condujese donde quisiera.

—¿Recordáis el camino? —preguntó el Espíritu.

—¿Recordarlo? —gritó Scrooge, con vehemencia—. Lo recorrería con los

ojos cerrados.

—Es extraño que no lo hayáis olvidado durante tantos años —hizo

observar el Espectro—. Sigamos adelante.

Siguieron a lo largo del camino. Scrooge reconocía las entradas de las

casas, los postes, los árboles, hasta el pueblecito, que aparecía a lo lejos, con

su puente, su iglesia y su ondulante río. Se veían algunos afelpados caballitos

que trotaban montados por muchachos, quienes llamaban a otros chiquillos

que iban en tílburis y en carros del país, guiados por agricultores. Todos


aquellos muchachos iban muy alegres y se aclamaban mutuamente, hasta que

los campos estuvieron tan llenos de armonioso júbilo, que el aire reía al oírlo.

—No son más que sombras de las cosas pasadas—dijo el Espectro—. No

se dan cuenta de nosotros. Los alegres viajeros se acercaban, y conforme

fueron llegando, Scrooge los conocía y nombraba a cada uno. ¿Por qué se

alegró extraordinariamente al verlos? ¿Por qué sus fríos ojos resplandecieron y

su corazón brincó al verlos pasar? ¿Por qué se sintió lleno de alegría cuando

los oyó desearse mutuamente felices Pascuas al separarse en los atajos y en los

cruces, para marchar a sus respectivas casas? ¿Qué era la Navidad para

Scrooge? ¡Nada de Navidad! ¿Qué bien le había hecho a él?

—La escuela no está completamente desierta —dijo el Espectro—. Queda

en ella todavía un niño solitario, abandonado por sus amigos.

Scrooge dijo que le conocía. Y sollozó.

Dejaron el camino real, entrando en una conocida calleja, y pronto llegaron

a una casa de toscos ladrillos rojos, con una cupulita coronada por una veleta,

y de cuyo tejado colgaba una campana. Era una casa amplia, pero venida a

menos, pues las espaciosas dependencias se usaban poco, sus paredes estaban

húmedas y mohosas, sus ventanas rotas y sus puertas podridas. Las gallinas

cloqueaban y se pavoneaban en las cuadras y las cocheras, y los cobertizos se

hallaban asolados por las hierbas. Ni había en el interior más huellas de su

antiguo estado; pues, al entrar en el sombrío zaguán, y al mirar a través de las

francas puertas de muchas habitaciones, se las veía pobremente amuebladas,

frías y solitarias. Había en el aire un sabor terroso, una heladora desnudez, que

hacía pensar que los que habitaban aquel lugar se levantaban antes de romper

el día y no tenían qué comer.

Atravesaron el Espectro y Scrooge la sala y se dirigieron a una puerta de la

parte trasera de la casa. Se mostraba abierta ante ellos y descubría una

habitación larga; desnuda y melancólica, a cuya desnudez contribuían hileras

de bancos y mesas, en una de las cuales se hallaba un niño solitario, leyendo

cerca de un poco de lumbre: Scrooge se sentó en un banco y lloró al verse

retratado en aquel niño, olvidado, abandonado, como acostumbró a verse en su

infancia.

Ni un eco latente en la casa, ni un chillido o un rumor de pelea entre los

ratones detrás del entrepaño, ni la caída de una gota de agua de la medio

deshelada cañería, ni un suspiro entre las ramas sin hojas de un álamo mustio,

ni la ociosa oscilación de la puerta de un almacén vacío, ni un chasquido de la

lumbre, que al caer sobre el corazón de Scrooge con suavizadora influencia,

dieran libre paso a sus lágrimas.

El Espíritu le tocó en un brazo y señaló hacia su imagen infantil atenta a la


lectura. De repente apareció en la ventana, por la parte de afuera, un hombre

vestido con traje extranjero, al que se distinguía con admirable exactitud;

llevaba un hacha en el cinto y conducía del ronzal un asno cargado de leña.

—¡Sí es Alí Babá! —exclamó Scrooge, extasiado—. ¡Es mi querido Alí

Babá!

Sí, sí, le conozco. Una vez, por Navidad, cuando todos abandonaron al

solitario niño, él vino por primera vez, exactamente como ahora le vemos.

¡Pobre muchacho! Y Valentín —continuó Scrooge—, y su hermano Orson,

¡ahí van! ¿Y cómo se llama aquel a quien dejaron dormido, casi desnudo, a la

puerta de Damasco? ¿No le veis? Y el paje del Sultán, a quien el Genio hace

dar vueltas en el aire. ¡Ahora está cabeza abajó! ¡Muy bien! ¡Dadle lo que

merece! ¡Me alegro!

¿Qué necesidad tenía de casarse con la princesa?

Verdaderamente, habría producido sorpresa a sus amigos de la City oír a

Scrooge dedicar toda la solicitud de su naturaleza a aquellos recuerdos, en una

voz de lo más extraordinario, entre risas y gritos, y ver su rostro alegre y

animado.

—Ahí está el Loro! —gritó—. Verde el cuerpo y la cola amarilla, con una

cosa como una lechuga en la parte superior de la cabeza; ahí está. "Pobre

Robinsón Crusoe", le decía cuando volvió a su casa, después de navegar

alrededor de la isla. "Pobre Robinsón Crusoe, ¿dónde habéis estado, Robinsón

Crusoe?". El hombre creía soñar, pero no soñaba. Era el Loro, ya lo sabéis. Por

ahí va Viernes, corriendo hacía la ensenada para salvar la vida. ¡Hala, hala!

Después, con una rapidez de transición muy extraña en su carácter

habitual, dijo lleno de piedad por la imagen de sí mismo: "¡Pobre muchacho!",

y volvió a llorar.

—Quisiera... —murmuró, llevándose la mano al bolsillo y mirando a su

alrededor, después de enjugarse los ojos con la manga—; pero es demasiado

tarde.

—¿De qué se trata? —preguntó el Espíritu.

—De nada —dijo Scrooge—. De nada. Había a mi puerta, la noche última,

un muchacho cantando una canción de Navidad, y me agradaría haberle dado

alguna cosa: eso es todo.

El Espectro sonrió pensativamente y agitó una mano, al mismo tiempo que

decía:

—Veamos otra Navidad.

A estas palabras, la figura infantil de Scrooge creció y la habitación se hizo


algo más obscura y más sucia. Se contrajeron los entrepaños, se agrietaron las

ventanas, se desprendieron del techo fragmentos de yeso y en su lugar

aparecieron las vigas desnudas; pero Scrooge no supo acerca de cómo ocurrió

todo esto más de lo que vosotros sabéis. Solamente supo que todo había

ocurrido así, sin violencia, que él se hallaba allí, otra vez solitario, pues todos

los demás muchachos se habían marchado a sus casas para celebrar aquellos

alegres días de fiesta.

Ahora no estaba leyendo, sino paseando arriba y abajo desesperadamente.

Scrooge miró al Espectro y, moviendo tristemente la cabeza, lanzó una

ojeada ansiosa hacia la puerta.

Esta se abrió, y una niña pequeña, mucho más joven que el muchacho, se

precipitó dentro y, rodeándole el cuello con los brazos y besándole repetidas

veces, se dirigió a él llamándole "hermano querido".

—He venido para llevarte a casa, hermano querido —dijo la niña,

palmoteando e inclinándose a fuerza de reír—, ¡Para llevarte a casa, a casa, a

casa!

—¿A casa, pequeña? —replicó el muchacho.

—¡Sí! —dijo la niña, rebosando alegría—. A casa, para que estés con

nosotros siempre, siempre. Papá es mucho más cariñoso que nunca y nuestra

casa se parece al cielo. Me habló tan dulcemente una noche cuando iba a

acostarme, que no tuve miedo de pedirle una vez más que te permitiera volver

a casa: me dijo que sí y me envió en un coche a buscarte. Tú serás un hombre

— dijo la niña, abriendo mucho los ojos— y nunca volverás aquí; por lo

pronto, vamos a estar juntos todos los días de Navidad y a pasar las horas más

alegres del mundo.

—Eres ya una mujer, pequeña Fanny —exclamó el muchacho.

Palmoteó ella y se echó a reír, tratando de acariciarle la cabeza: pero como

era muy pequeña y no alcanzaba, se echó a reír de nuevo y le abrazó;

poniéndose en las puntas de los pies. Luego empezó a tirar de él, con afán

infantil, hacía la puerta; y él, nada disgustado por ello, la acompañaba.

Una voz terrible gritó en el vestíbulo: "¡Bajad el baúl de master Scrooge!",

y apareció el maestro de escuela, que miró ferozmente a Scrooge con mirada

de condescendencia, y le atontó al sacudirle por las manos. Luego los llevó a

él y a su hermana a una escalofriante habitación que parecía un pozo, donde

los mapas colgados de la pared y los globos celestes y terrestres, colocados en

las ventanas, parecían cubiertos de cera, a causa del frío. Una vez allí, sacó

una garrafa de vino que brillaba extrañamente y un trozo de macizó pastel y

repartió estas golosinas entre los pequeños, al mismo tiempo que enviaba a un


flaco criado a ofrecer un vaso de "algo"' al postillón, quien le respondió que se

lo agradecía al caballero, pero que sí era del mismo barril que había bebido

antes, prefería no beberlo. Como el baúl de master Scrooge estaba ya colocado

en la parte más alta del coche, los niños se despidieron amablemente del

maestro y, subiendo al coche, atravesaron alegremente el jardín: las ágiles

ruedas despedían la escarcha y la nieve que llenaban las obscuras hojas de las

siemprevivas.

—Siempre fue una criatura delicada, a quien el simple aliento puede

marchitar —dijo el Espectro—; pero tenía un gran corazón.

—Sí que lo tenía —gritó Scrooge—. Tenéis razón. No se puede negar,

Espíritu. ¡Dios me libre! —Murió siendo mujer —dijo el Espectro— y creo

que tuvo hijos.

—Un niño —replicó Scrooge.

—Cierto —dijo el Espectro—. ¡Vuestro sobrino!

Scrooge parecía intranquilo, y contestó brevemente:

—Sí. Aunque en aquel momento acababan de dejar la escuela tras sí, se

hallaban entonces en las concurridas calles de una ciudad, donde fantásticos

transeúntes iban y venían, donde fantásticos carros y coches pasaban por el

camino y donde había todo el movimiento y todo el tumulto de una ciudad

verdadera. Se comprendía perfectamente, por el aspecto de las tiendas, que

otra vez era la época de Navidad: pero era de noche y las calles estaban

alumbradas.

El Espectro se detuvo a la puerta de Cierto almacén y preguntó a Scrooge

si lo conocía.

—¡Conocerlo!—contestó el aludido—. Aquí fui aprendiz.

Entraron. A la vista de un anciano con una peluca de las usadas en el país

de Gales, sentado tras un pupitre tan alto que si el caballero hubiera tenido dos

pulgadas más de estatura habría tropezado con la cabeza en el techo. Scrooge

gritó excitadísimo:

—¡Si es el anciano Fezziwig! ¡Bendito sea Dios! ¡Es Fezziwig, vuelto a la

vida!

El anciano Fezziwig dejó la pluma y miró el reloj, que marcaba las siete.

Se frotó las manos, se ajustó el amplio chaleco, se echó a reír francamente,

recorriéndole la risa todo el cuerpo, y gritó con una voz agradable, suave, y

jovial:

—¡Ebenezer! ¡Dick!

La imagen de Scrooge, que ya era un hombre joven; entró alegremente


acompañada por la de otro aprendiz.

—¡Dick Wilkins, no hay duda! —dijo Scrooge al Espectro—. Sí, es él. Me

tenía verdadero afecto. ¡Pobre Dick! ¡Cuánto le quería yo!

—¡Vamos, muchachos! —dijo Fezziwig—. No se trabaja más esta noche.

Es Nochebuena, Dick. Es Nochebuena. Ebenezer. Cerremos la tienda —gritó

el anciano, dando una palmada.

No podéis imaginar cómo lo hicieron aquellos dos muchachos. Salieron a

la calle cargados con las puertas —una, dos tres—, las colocaron en su sitio

cuatro, cinco, seis—, pusieron las barras y las sujetaron —siete, ocho, nueve

—y volvieron antes de que pudierais contar hasta doce, jadeantes, como

caballos de carreras.

—¡A ver! —gritó el anciano, saltando del elevado pupitre, con admirable

agilidad—. ¡A retirar todo, muchachos, para dejar libre la habitación! ¡Vamos,

Dick! ¡Vamos, Ebenezer! ¡Retirar todo!

Nada había que no quisieran retirar, ni nada que no pudiesen, bajo la

mirada del anciano. Todo se hizo en un minuto. Todos los muebles

desaparecieron como si fuesen retirados de la vida pública para siempre: se

barrió y se regó el piso, se encendieron las lámparas, se amontonó el

combustible sobre el fuego, y el almacén se convirtió en un salón de baile

cómodo, y caliente, y seco, y brillante, que desearíais ver en una noche de

invierno.

Entró un violinista con un cuaderno de música y, encaramándose sobre el

alto pupitre, hizo de él una orquesta y empezó a rascar el violín. Entró la

señora Fezziwig, toda sonrisas. Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes

y adorables: Entraron los seis jóvenes cuyos corazones sufrían por ellas.

Entraron todos los muchachos y muchachas empleados en la casa. Entró la

doncella, con su primo el panadero. Entró la cocinera, con el lechero,

particular amigo de su hermano. Entró el muchacho de al lado, de quien se

sospechaba que su amo no le daba de comer lo suficiente, y que trataba de

esconderse de las muchachas, menos de una a quien su ama había ya tirado de

las orejas. Entraron todos uno tras otro; unos tímidos; otros atrevidos. Unos

graciosos, otros incultos; unos activos, otros torpes; entraron todos, de un

modo o de otro, y se formaron veinte parejas, cogidas de la mano y formando

un corro. La mitad se adelanta y luego retrocede; éstos se balancean

cadenciosamente, aquéllos acompañan el movimiento; después todos

empiezan a dar vueltas en redondo varias veces, agrupándose, estrechándose,

persiguiéndose unos a otros; la pareja de ancianos nunca está en su sitio; y las

parejas jóvenes se apartan rápidamente cuando les han puesto en apuros; en

fin, se rompe la cadena y los bailarines se encuentran sin pareja. Después de

tan hermoso resultado, el viejo Fezziwig, dando una palmada para suspender


el baile, gritó: "Muy bien", y el violinista metió el ardiente rostro en una olla

de cerveza, especialmente preparada para ello. Pero cuando reapareció,

desdeñando el reposo; instantáneamente empezó a tocar de nuevo, aunque aún

no había bailarines, como si el otro violinista hubiera sido llevado a su casa,

exhausto, sobre una contraventana, y éste fuera otro músico resuelto a

vencerle o a morir.

Cuando el reloj dio las once, se terminó el baile. El señor y la señora de

Fezziwig tomaron posiciones cada uno a un lado de la puerta, y dando

apretones de manos a todos conforme iban saliendo, les deseaban felices

Pascuas. Cuando todos se hubieron retirado, excepto los dos aprendices,

hicieron lo mismo con ellos: y las alegres voces se extinguieron y los

muchachos quedaron en sus lechos, que estaban debajo de un mostrador en la

trastienda.

Durante todo este tiempo Scrooge había obrado como un hombre que no

está en su sano juicio. Su corazón y su alma se hallaban en la escena, con su

otro él. Lo reconocía todo, lo recordaba todo, gozaba de todo y sufría la más

extraña agitación. Hasta el momento en que los brillantes rostros de su imagen

y de Dick desaparecieron, no se acordó del Espectro, y entonces se dio cuenta

de que estaba con la mirada fija en él, mientras la luz ardía sobre su cabeza

con claridad deslumbradora.

—No merece la pena —dijo él Espectro— que estas simples gentes hagan

tantas demostraciones de gratitud.

—¿Cómo? —respondió Scrooge.

El Espíritu le indicó que escuchase a los dos aprendices, cuyos corazones

se deshacían en alabanza de Fezziwig; y cuando lo hubo hecho, dijo:

—¡Qué! ¿No es verdad? No ha gastado sino algunas libras de vuestra

moneda terrena: tres o cuatro quizás. ¿Es eso tanto como para merecer esa

alabanza?

—No es eso —dijo Scrooge, disgustado por la observación y hablando

inconscientemente como su otro él, no como quien era en realidad—. No es

eso, Espíritu. En su mano está hacernos dichosos o infelices, hacer que nuestra

tarea sea leve o abrumadora, que sea un placer o una fatiga. ¿Decís que su

poder estriba en palabras y miradas, en cosas tan leves e insignificantes que es

imposible contarlas? ¿Y qué? La felicidad que nos proporciona es tan grande

como si costase una fortuna.

Sintió la mirada del Espíritu, y se detuvo.

—¿Qué os pasa? —preguntó el Espectro.

—Nada de particular —dijo Scrooge.


—Yo creo que os pasa algo —insistió el Espectro.

—No —dijo Scrooge— No. Que me agradaría poder decir algunas

palabras a mí dependiente precisamente ahora. Nada más.

Su imagen antigua apagó las lámparas al expresar él aquel deseo y Scrooge

y el Espectro se hallaron de nuevo uno al lado del otro al aire libre.

—Me queda muy poco tiempo —hizo observar el Espíritu—. ¡Apresuraos!

Tal exclamación no iba dirigida a Scrooge ni a nadie que estuviera

presente, pero produjo un efecto inmediato. De nuevo Scrooge se contempló a

sí mismo. Tenía más edad. Estaba en la primavera de la vida. Su cara no tenía

las ásperas y rígidas apariencias de los últimos años: pero empezaba a mostrar

las señales de la preocupación y de la avaricia. Había en sus ojos una

movilidad ardiente, voraz, inquieta, que mostraba la pasión que había

arraigado en él y donde haría sombra el árbol que empezaba a crecer.

No estaba solo, sino sentado junto a una hermosa joven vestida de luto,

cuyos ojos se hallaban llenos de lágrimas, que lanzaban destellos a la luz que

lanzaba el Espectro de la Navidad Pasada.

—Poco importa —decía ella dulcemente—. Para vos, muy poco. Me ha

desplazado otro ídolo; pero si al venir puede alegraros y consolaros, como yo

había procurado hacerlo, no tengo motivo de disgusto.

—¿Qué ídolo os ha desplazado? —preguntó él.

—Un ídolo de oro.

—He ahí la justicia del mundo —dijo Scrooge—. No hay en él nada tan

abrumador como la pobreza, y nada se juzga en él con tanta severidad como la

persecución de la riqueza.

—Tenéis demasiado temor a la opinión del mundo —contestó ella con

dulzura—. Todas vuestras demás esperanzas se han confundido con la

esperanza de poneros a cubierto de su sórdido reproche. Yo he visto

desaparecer vuestras más nobles aspiraciones una por una, hasta que la pasión

principal, .la Ganancia, os ha absorbido por completo. ¿No es cierto?

—¿Y qué? —replicó él—. Supongamos que me hubiese hecho tan

prudente como todo eso; ¿y qué? Para vos yo he cambiado.

Ella meneó la cabeza.

—¿He cambiado?

—Nuestro compromiso es antiguo. Lo contrajimos cuando ambos éramos

pobres y nos sentíamos contentos de serlo, hasta que consiguiéramos aumentar

nuestros bienes terrenales por medio de nuestro paciente trabajo. Habéis


cambiado. Cuando tal cosa ocurrió, erais otro hombre.

—Yo era un muchacho —dijo él con impaciencia.

—Vuestra propia conciencia os dice que no erais lo que sois —replicó ella

—. Yo sí. Lo que prometía la felicidad cuando éramos uno en el corazón, es

todo tristeza ahora que somos dos. No diré cuántas veces y cuán ardientemente

he pensado en ello. Es suficiente que haya pensado en ello y que pueda

devolveros la libertad.

—¿He buscado yo alguna vez esa libertad?

—Con palabras, no. Nunca.

—¿Pues con qué?

—Con vuestra naturaleza cambiada; con vuestro espíritu transformado;

con la diferente atmósfera en que vivís; con vuestras nuevas esperanzas. Con

todo lo que hizo mi amor de algún valor a vuestros ojos. Si nada de eso

hubiera existido entre nosotros —dijo la muchacha, mirándole suavemente,

pero con firmeza—, decidme: ¿seríais capaz ahora de solicitarme y de

conquistarme? ¡Ah, no!

A pesar suyo, él pareció ceder a la justicia de tal suposición. Pero,

haciendo un esfuerzo, dijo:

—No es ése vuestro pensamiento.

—Me causaría júbilo pensar de otro modo si pudiera —contestó ella—.

¿Dios lo sabe! Para convencerme de una verdad como ésa, yo sé cuán fuerte e

irresistible tiene que ser. Pero sí fuerais libre hoy, mañana, al otro día, ¿puedo

creer que elegiríais una muchacha pobre... vos, que en íntima confianza con

ella sólo consideraríais la ganancia, o que, eligiéndola, si por un momento

erais lo bastante falso para con vuestros principios al hacerlo así, no sé

demasiado que vuestro pesar y vuestro arrepentimiento serían la indudable

consecuencia? Lo sé, y os dejo en libertad. Con todo el corazón, pues en otro

tiempo os amé, aunque el amor que os tenía haya desaparecido.

Intentó él hablar: pero ella, volviéndole la cara, continuó:

—Tal vez, la experiencia de lo pasado me hace suponerlo, esto os produzca

aflicción. Dentro de poco, muy poco tiempo, ahuyentaréis todo recuerdo de

ello, alegremente, como se ahuyenta el recuerdo de un sueño desagradable, del

cual surge felizmente la alegría de lo que se encuentra al despertar. ¡Ojalá

seáis feliz en la vida que habéis elegido!

Y se marchó.

—¿Espíritu —dijo Scrooge—, no me mostréis más cosas! Llevadme a

casa. ¿Por qué gozáis torturándome?


—¡Una sombra más! —exclamó el Espectro.

—¡No más! —gritó Scrooge—. ¡No más! No quiero verla. ¡No me

mostréis más cosas!

Pero el inexorable Espectro le sujetó por ambos brazos y le obligó a

presenciar lo que iba a ocurrir inmediatamente.

Se hallaban en otra escena y en otro lugar, no muy amplio ni muy hermoso,

pero lleno de comodidad. Cerca de la lumbre propia del invierno estaba

sentada una hermosa muchacha, tan parecida a la anterior, que Scrooge creyó

que era la misma, hasta que vio que era una hermosa matrona, sentada

enfrente de su propia hija. El ruido en la habitación era verdaderamente

tumultuoso, pues había allí tantos muchachos que Scrooge, en su estado de

agitación mental, no pudo contarlos, y a diferencia del grupo celebrado en el

poema, en vez de ser cuarenta niños silenciosos como si sólo hubiera uno,

cada uno de ellos hacia tanto ruido como cuarenta. Las consecuencias eran de

lo más ruidoso que se puede imaginar, pero nadie se preocupaba de ello; al

contrario, la madre y la hija reían de muy buena gana y se divertían

muchísimo con ello; y esta última, empezando pronto, a mezclarse en los

juegos, fue hecha prisionera por los pequeños bandidos del modo más

despiadado. ¡Qué no habría dado yo por ser uno de ellos! Aunque yo nunca

habría sido tan grosero, de ninguna manera. Por todo el oro del mundo no

habría yo estrujado sus hermosas trenzas, deshaciéndolas; y respecto de su

precioso zapatito, no se lo habría quitado violentamente, así Dios me salve,

aunque en ello me fuera la vida. En cuanto a medirle la cintura jugando, como

aquellos atrevidos, no me hubiera atrevido a hacerlo, temiendo que en castigo

me quedase con el brazo doblado para siempre, a fin de que no pudiera

reincidir. Y me habría agradado sobremanera haber tocado sus labios; haberle

preguntado algo para hacer que los abriese; haber contemplado las pestañas en

sus ojos abatidos, sin producirle nunca rubor; haber dejado sueltas las ondas

de cabello, del cual una sola pulgada sería un recuerdo inapreciable; en una

palabra, me habría agradado, lo confieso, haber tenido el ágil atrevimiento de

un niño, y, sin embargo, haber sido lo bastante hombre para apreciar el valor

de tal condición.

Pero de pronto se oyó que llamaban a la puerta, e inmediatamente se

produjo tal conmoción, que la matrona, con cara sonriente, se dirigió a abrir la

puerta en medio de un grupo jubiloso y alegre que saludó ruidosamente al

padre, que llegaba a casa precediendo a un hombre cargado de regalos y

juguetes de Navidad. Entonces fueron las aclamaciones y la lucha y el ataque

contra el portador indefenso; el asalto sirviéndose de las sillas a modo de

escalas, para registrarle los bolsillos, despojarle de los paquetes envueltos en

papel de estraza, agarrársele a la corbata, colgársele del cuello, darle golpes en

la espalda y puntapiés en las piernas con irrefrenable entusiasmo. ¡Las


exclamaciones de admiración y delicia con que era recibido el descubrimiento

de cada envoltorio! ¡El terrible anuncio de que el más pequeño había sido

sorprendido metiéndose en la boca una sartén de muñeca y era más que

probable que se había tragado un pavo de juguete pegado en una peana de

madera! ¡El inmenso alivio al saber que sólo era una falsa alarma! ¡La alegría,

y la gratitud, y el entusiasmo eran igualmente indescriptibles! Poco a poco, los

niños con sus emociones salieron del salón y fueron subiendo por una escalera

hasta la parte más alta de la casa, donde se acostaron, y renació la calma.

Entonces Scrooge fijó su atención más atentamente que nunca, cuando el

amo de la casa, con su hija cariñosamente apoyada en él, se sentó con ella y

junto a su madre, al lado del fuego; y cuando pensó que una criatura como

aquélla, tan graciosa y tan llena de promesas, podía haberle llamado padre,

convirtiendo en alegría el hosco invierno de su vida, se le nublaron los ojos de

lágrimas.

—Hermosa mía —dijo el marido, volviéndose hacia su esposa sonriendo

—, esta tarde he visto a un antiguo amigo tuyo.

—¿A quién?

—A ver si lo aciertas.

—¿Cómo puedo acertarlo? No lo sé —añadió riendo, a la vez que reía él

—. El señor Scrooge.

—El mismo. Pasé junto a la ventana de su despacho: y como no estaba

cerrado aún y tenía una luz en el interior, no pude menos de verle. He oído que

su socio se halla a las puertas de la muerte y ahora él se encuentra solo.

Completamente solo en el mundo, supongo.

—¡Espíritu —dijo Scrooge, con la voz destrozada—, sacadme de este

sitio!

—Ya os dije que éstas eran sombras de las cosas que han sido —dijo el

Espectro—. Si ellas son lo que son, no tenéis por qué censurarme.

—¡Llevadme de aquí! —exclamó Scrooge—. ¡No puedo resistirlo!

Se volvió hacia el Espectro, y al ver que le miraba con una cara en la cual

aparecían de modo extraordinario fragmentos de todas las caras que le había

mostrado, se arrojó sobre él.

—¡Dejadme! ¡Restituidme a mi casa! ¡No me atormentéis más!

En la lucha —si aquello podía llamarse lucha, pues el Espectro, con

invisible resistencia por su parte, no se alteró por ninguno de los esfuerzos de

su adversario— Scrooge observó que la luz sobre su cabeza brillaba con gran

esplendor, y relacionando esto con la influencia que ejercía sobre él, se


apoderó del gorro apagador y con un movimiento repentino se lo encasquetó.

El Espíritu se encogió de modo que el apagador cubrió toda su figura; pero

aunque Scrooge lo oprimía hacia abajo con toda su fuerza, no podía ocultar la

luz, que brotaba de su parte inferior, iluminando esplendorosamente el suelo.

Notó que sus fuerzas se extinguían y que se apoderaba de él una irresistible

somnolencia y, además, que se hallaba en su propio dormitorio. Hizo un gran

esfuerzo sobre el apagador, con el cual se quebró una mano, y apenas tuvo

tiempo de tenderse sobre el lecho, cayendo en un profundo sueño.


Capítulo 3: El segundo de los tres espíritus


Despertó al dar un estrepitoso ronquido: e incorporándose en el lecho para

coordinar sus pensamientos, no tuvo necesidad de que le advirtiesen que la

campana estaba próxima a dar otra vez da una. Vuelto a la realidad,

comprendió que era el momento crítico en que debía celebrar una conferencia

con el segundo mensajero que se le enviaba por la intervención de Jacob

Marley. Pero hallando muy desagradable el escalofrío que experimentaba en el

lecho al preguntarse cuál de las cortinas separaría el nuevo espectro, las

separaría con sus propias manos y, acostándose de nuevo, se constituyó en

avisado centinela de lo que pudiera ocurrir alrededor de la cama, pues deseaba

hacer frente al Espíritu en el momento de su aparición, y no ser asaltado por

sorpresa y dejarse dominar por la emoción.

Así; pues, hallándose preparado para casi todo lo que pudiera ocurrir; no lo

estaba de ninguna manera para el caso de que no ocurriera nada; y, por

consiguiente, cuando la campana dio la una y Scrooge no vio aparecer ninguna

sombra, fue presa de un violento temblor. Cinco minutos, diez minutos, un

cuarto de hora transcurrieron y nada ocurría...

Durante todo este tiempo caían sobre el lecho los rayos de una luz rojiza

que lanzó vivos destellos cuando el reloj dio la hora; pero, siendo una sola luz,

era más alarmante que una docena de espectros, pues Scrooge se sentía

impotente para descifrar cuál fuera su significado; y hubo momentos en que

temió que se verificase un interesante caso de combustión espontánea, sin

tener el consuelo de saber de qué se trataba. No obstante, al fin empezó a

pensar, como nos hubiera ocurrido en semejante caso a vosotros o a mí; al fin,

digo, empezó a pensar que el manantial de la misteriosa luz sobrenatural podía

hallarse en la habitación inmediata, de donde parecía proceder el resplandor.

Esta idea se apoderó de su pensamiento, y suavemente se deslizó Scrooge

con sus zapatillas hacia la puerta.


En el preciso momento en que su mano se posaba en la cerradura, una voz

extraña lo llamó por su nombre y le invitó a entrar. El obedeció.

Era su propia habitación. Acerca de esto no había la menor duda. Pero la

estancia había sufrido una sorprendente transformación. Las paredes y el techo

se hallaban de tal modo cubiertos de ramas y hojas, que parecía un perfecto

boscaje, el cual por todas partes mostraba pequeños frutos que resplandecían.

Las rizadas hojas de acebo, hiedra y muérdago reflejaban la luz, como si se

hubieran esparcido multitud de pequeños espejos, y en la chimenea

resplandecía una poderosa llamarada, alimentada por una cantidad de

combustible desconocida en tiempo de Marley o de Scrooge y desde hacía

muchos años y muchos inviernos. Amontonados sobre el suelo, formando una

especie de trono, había pavos, gansos, piezas de caza, aves caseras, suculentos

trozos de carne, cochinillos, largas salchichas, pasteles, barriles de ostras,

encendidas castañas, sonrosadas manzanas, jugosas naranjas, brillantes peras y

tazones llenos de ponche, que obscurecían la habitación con su delicioso

vapor.

Cómodamente sentado sobre este lecho se hallaba un alegre gigante de

glorioso aspecto, que tenía una brillante antorcha de forma parecida al Cuerno

de la Abundancia, y que la mantenía en alto para derramar su luz sobre

Scrooge cuando éste llegó atisbando alrededor de la puerta.

—¡Entrad! — exclamó el Espectro—. ¡Entrad y conocedme mejor,

hombre!

Scrooge penetró tímidamente e inclinó la cabeza ante el Espíritu. Ya no era

el terco Scrooge que había sido, y aunque los ojos del Espíritu eran claros y

benévolos, no le agradaba encontrarse con ellos.

—Soy el Espectro de la Navidad Presente —dijo el Espíritu—. ¡Miradme!

Scrooge le miró con todo respeto. Estaba vestido con una sencilla y larga

túnica o manto verde, con vueltas de piel blanca. Esta vestidura colgaba sobre

su figura con tal negligencia, que se veía el robusto pecho desnudo como si no

se cuidara de mostrarlo ni de ocultarlo con ningún artificio. Sus pies, que se

veían por debajo de los amplios pliegues de la vestidura, también estaban

desnudos, y sobre la cabeza no llevaba otra cosa que una corona de acebo,

sembrada de pedacitos de hielo. Sus negros rizos eran abundantes y sueltos,

tan agradables como su rostro alegre, su mirada viva, su mano abierta, su

armoniosa voz, su desenvoltura y su simpático aspecto. Ceñida a la cintura

llevaba una antigua vaina de espada; pero en ella no había arma ninguna y la

antigua vaina se hallaba mohosa.

—¿Nunca hasta ahora habéis visto nada que se me parezca? —exclamó el

Espíritu.


—Nunca— contestó Scrooge.

—¿Nunca habéis paseado en compañía de los más jóvenes miembros de mi

familia, quiero decir (pues yo soy muy joven) de mis hermanos mayores

nacidos en estos últimos años? —prosiguió el Fantasma.

—Me parece que no —dijo Scrooge—. Temo que no. ¿Habéis tenido

muchos hermanos, Espíritu?

—Más de mil ochocientos —dijo el Espectro.

—Una tremenda familia a quien atender —murmuró Scrooge.

El Espectro de la Navidad Presente se levantó.

—Espíritu —dijo Scrooge con sumisión—, llevadme a donde queráis. La

última noche tuve que salir de casa a la fuerza y aprendí una lección que ahora

hace su efecto. Esta noche, si tenéis que enseñarme alguna cosa, permitidme

que saque provecho de ella.

—¡Tocad mi vestido!

Scrooge lo tocó apretándolo con firmeza.

Acebo, muérdago, rojos frutos, hiedra, pavos, gansos, caza, aves, carne,

cochinillos, salchichas, ostras, pasteles y ponche, todo se desvaneció

instantáneamente. Lo mismo ocurrió con la habitación, el fuego, la rojiza

brillantez, la noche, y ellos se hallaron en la mañana de Navidad y en las calles

de la ciudad, donde (como el tiempo era crudo) muchas personas producían

una especie de música ruda, pero alegre y no desagradable, al arrancar la nieve

del pavimento en la parte correspondiente a sus domicilios y de los tejados de

las casas, lo que producía una alegría loca en los muchachos al ver cómo se

amontonaba cayendo sobre el piso y a veces se deshacía en el aire,

produciendo pequeñas tempestades de nieve.

Las fachadas de las casas parecían negras y más negras aún las ventanas,

contrastando con la tersa y blanca sábana de nieve que cubría los tejados y con

la nieve más sucia que se extendía por el suelo y que había sido hollada en

profundos surcos por las pesadas ruedas de carros y camiones; surcos que se

cruzaban y se volvían a cruzar unos a otros, cientos de veces, en las

bifurcaciones de las calles amplias, y formaban intrincados canales, difíciles

de trazar, en el espeso fango amarillo y en el agua llena de hielo. El cielo

estaba sombrío y las calles más estrechas se hallaban ahogadas por la obscura

niebla, medio deshelada, medio glacial, cuyas partículas más pesadas

descendían en una llovizna de átomos fuliginosos, como si todas las

chimeneas de la Gran Bretaña se hubieran incendiado a la vez y estuvieran

lanzándose el contenido de sus hogares. Nada de alegre había en el clima de la

ciudad, y, sin embargo, se notaba un aire de júbilo que el más diáfano aire


estival y el más brillante sol del estío en vano habrían intentado difundir.

En efecto, los que maniobraban con las palas en lo alto de los edificios

estaban animosos y llenos de alegría; se llamaban unos a otros desde los

parapetos y de vez en cuando se disparaban bromeando una bola de nieve —

proyectil mucho más inofensivo que muchas bromas verbales—, riendo

cordialmente si daba en el blanco Y no menos cordialmente si fallaba la

puntería.

Las tiendas en que se vendían aves estaban todavía entreabiertas y las

fruterías radiantes de esplendor. Había grandes, redondas y panzudas cestas de

castañas, cuya figura se asemejaba a los chalecos de los ancianos

gastrónomos, recostadas en las puertas y tumbadas en la calle con su opulencia

apoplética.

Había rojizas, morenas y anchas cebollas de España, brillando en la

gordura de su desarrollo, como frailes españoles, y haciendo guiños en sus

bazares, con socarronería retozona a las muchachas que pasaban por su lado y

mirando humildemente al muérdago que colgaba en lo alto. Había peras y

manzanas formando altas pirámides apetitosas: había racimos de uvas, que la

benevolencia de los fruteros había colgado de magníficos ganchos para que las

bocas de los transeúntes pudieran hacerse agua al pasar; había montones de

avellanas, mohosas y obscuras, cuya fragancia hacía recordar antiguos paseos

por en medio de bosques y agradables marchas hundiendo los pies hasta los

tobillos en hojas marchitas: había naranjas y limones, que en la gran densidad

de sus cuerpos jugosos pedían con urgencia ser llevados a casa en bolsas de

papel y comidos después del almuerzo, y había pescados de oro y de plata.

¿Pues y las tiendas de comestibles? ¡Oh, las tiendas de comestibles!

Estaban próximas a cerrar, con las puertas entornadas; pero a través de las

rendijas daba gusto mirar. No era solamente que los platillos de la balanza

produjesen un agradable sonido al caer sobre el mostrador, ni que el bramante

se separase del carrete con viveza, ni que las cajas metálicas resonasen arriba y

abajo como objetos de prestidigitación, ni que los olores mezclados del té y

del café fuesen muy agradables al olfato, ni que las pasas fuesen abundantes y

raras, las almendras exageradamente blancas; las tiras de canela largas y

rectas, delicadas las otras especias, las frutas confitadas, envueltas en azúcar

fundido, capaces de excitar el apetito y dar envidia a los más fríos

espectadores. No era tampoco que los higos se mostrasen húmedos y carnosos,

ni que las ciruelas francesas enrojeciesen con alguna acritud en sus cajas

adornadas, ni que todo excitase el apetito en su aderezo de Navidad, sino que

las parroquianas se apresuraban con tal afán en la esperanzada promesa del

día, que se empujaban unas a otras a la puerta, haciendo estallar toscamente

los cestos de mimbre, y dejaban los portamonedas sobre el mostrador y


volvían corriendo a buscarlos, cometiendo cientos de equivocaciones

semejantes, con el mejor humor posible; mientras el tendero y sus

dependientes se mostraban tan serviciales y tan fogosos, que se comprendía

fácilmente que los corazones que latían detrás de los mandiles no se

regocijaban sólo por hacer buenas ventas, sino por el júbilo que les producía la

Navidad.

Pero pronto las campanas llamaron a las gentes a la iglesia o la capilla, y

todos acudieron luciendo por las calles sus mejores vestidos y con la alegría en

los rostros, y al mismo tiempo desembocaron por todas las calles, callejuelas y

recodos incontables personas que llevaban sus comidas a las tahonas, para

ponerlas en el horno. La vista de aquellas pobres gentes de buen humor

pareció interesar muchísimo al Espíritu, pues permaneció detrás de Scrooge a

la puerta de una tahona, y levantando las tapaderas de las cazuelas, conforme

pasaban por su lado los que las llevaban, rociaba las comidas con el incienso

de su antorcha, que era verdaderamente extraordinaria, pues una o dos veces

que se cruzaron palabras airadas entre algunos portadores de comidas por

haberse empujado mutuamente, el Espíritu derramó sobre ellos algunas gotas

de líquido procedente de la antorcha, e inmediatamente recobraron su buen

humor, pues decían que era una vergüenza disputar el día de Navidad. ¿Y nada

más puesto en razón, Señor?

Cesaron de tocar las campanas y los tahoneros cerraron; y, sin embargo,

era de admirar cómo desaparecía, por efecto de la confección de aquellas

comidas, la mancha de humedad que coronaba todos los hornos, cuyo

pavimento echaba humo como si estuvieran asándose hasta sus piedras.

—¿Hay algún aroma peculiar en el líquido de vuestra antorcha con el que

rociáis? —preguntó Scrooge.

—Sí. El mío.

—¿Ejerce influencia sobre las comidas en este día? —preguntó Scrooge.

—En todas, sobre todo en las de los pobres.

—¿Por qué sobre todo en las de los pobres? —preguntó Scrooge.

—Porque son los que más lo necesitan.

—Espíritu —dijo Scrooge, después de reflexionar un momento—, me

admira que, de todos los seres que viven en este mundo que habitamos, sólo

vos deseéis limitar a estas gentes las ocasiones que se les ofrecen de inocente

alegría.

—¿Yo? —gritó el Espíritu.

—Sí, porque les priváis de trabajar cada siete días, con frecuencia el único

día en que pueden decir verdaderamente que comen. ¿No es cierto? —dijo


Scrooge.

—¡Yo! —gritó el Espíritu.

—Procuráis que cierren los hornos el Séptimo Día —dijo Scrooge—. Y es

la misma cosa.

—¿Yo? —exclamó el Espíritu.

—Perdonadme si estoy equivocado. Se hace en vuestro nombre, o, por lo

menos, en nombre de vuestra familia —dijo Scrooge.

—Hay algunos seres sobre la tierra —replicó el Espíritu— que pretenden

conocernos, y que realizan sus acciones de pasión, orgullo, malevolencia,

odio, envidia, santurronería y egoísmo en nuestro nombre, y que son tan

extraños para nosotros y para todo lo que con nosotros se relaciona, como sí

nunca hubieran vivido. Acordaos de ello y cargad la responsabilidad sobre

ellos y no sobre nosotros.

Scrooge prometió lo que el Espíritu le pedía, y siguieron adelante,

invisibles como habían sido antes, hacia los suburbios de la ciudad. Era una

notable cualidad del Espectro (que Scrooge había observado a la puerta del

tahonero) que, a pesar de su talla gigantesca, podía amoldarse a cualquier sitio

con comodidad, y que, como un ser sobrenatural, se hallaba en cualquier

habitación baja de techo tan cómodamente como podía haber estado en un

salón de elevadísimas paredes.

Y ya fuese por el placer que el buen Espíritu experimentaba al mostrar este

poder suyo, ya por su naturaleza amable, generosa y cordial y su simpatía por

los pobres, condujo a Scrooge derechamente a casa del dependiente de éste,

pues allá fue, en efecto, llevando a Scrooge adherido a su vestidura. Al llegar

al umbral, sonrió el Espíritu y se detuvo para bendecir la morada de Bob

Cratchit con las salpicaduras de su antorcha. Bob sólo cobraba quince Bob

semanales: cada sábado sólo embolsaba quince ejemplares de su nombre, y,

sin embargo, el Espectro de la Navidad Presente no dejó por ello de bendecir

su morada, que se componía de cuatro piezas.

Entonces se levantó la señora Cratchit, esposa de Cratchit, vestida

pobremente con una bata a la cual había dado ya dos vueltas, pero llena de

cintas que no valdrían más de seis peniques, y en aquel momento estaba

poniendo la mesa, ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas,

también adornada con cintas, mientras master Pedro Cratchit hundía un

tenedor en una cacerola de patatas, llegándole a la boca las puntas de un

monstruoso cuello planchado (que pertenecía a Bob y que se lo había cedido a

su hijo y heredero para celebrar la festividad del día), gozoso al hallarse tan

elegantemente adornado y orgulloso de poder mostrar su figura en los jardines

de moda. De pronto entraron llorando dos Cratchit más pequeños: varón y


hembra, diciendo a gritos que desde la puerta de la tahona habían sentido el

olor del ganso y habían conocido que era el suyo; y pensando en la comida,

estos pequeños Cratchit se pusieron a bailar alrededor de la mesa y exaltaron

hasta los cielos a master Pedro Cratchit, mientras él (sin orgullo, aunque

faltaba poco para que le ahogase el cuello) soplaba la lumbre hasta que las

patatas estuvieron cocidas y en disposición de ser apartadas y peladas.

—¿Dónde estará vuestro padre? —dijo la señora Cratchit—. ¿Y vuestro

hermano Tiny Tim? ¿Y Marta, que el año pasado, el día de Navidad, estaba

aquí hace ya media hora?

—¡Aquí está Mazta, mamá! —dijo una muchacha, entrando al mismo

tiempo que hablaba.

—¡Aquí está Marta, mamá! —gritaron los dos Cratchit pequeños—. ¡Viva!

¡Tenemos un ganso, Marta!

—Pero, hija mía, ¿cuánto has tardado? —dijo la señora Cratchit, besándola

una docena de veces y quitándole et velo y el sombrero con sus propias

manos, solícitamente.

—He tenido que terminar una labor para tener libre la mañana, mamá —

replicó la muchacha.

—Bueno; es que nunca creí que vinieses tan tarde. Acércate a la lumbre,

hija mía, y caliéntate. ¡Dios te bendiga!

—¡No, no! ¡Ya viene papá! —gritaron los dos pequeños Cratchit, que

danzaban de un lado para otro—. ¡Escóndete. Marta, escóndete!

Se escondió Marta y entró Bob, el padre, con la bufanda colgándole lo

menos tres pies por la parte anterior, y su traje muy usado, pero limpio y

zurcido, de modo que presentaba un aspecto muy favorable. Traía sobre los

hombros a Tiny Tim. ¡Pobre Tiny Tim! Tenía que llevar una pequeña muleta y

los miembros sostenidos por un aparato metálico.

—¿Dónde está Marta? —gritó Bob Cratchit, mirando a su alrededor.

—No ha venido —dijo la señora Cratchit.

—¡No ha venido! —dijo Bob, con una repentina desilusión en su

entusiasmo, pues había sido el caballo de Tim al recorrer todo el camino desde

la iglesia y había llegado a casa dando saltos—. ¡No haber venido, siendo el

día de Navidad!

A Marta no le agradó ver a su padre desilusionado a causa de una broma, y

salió prematuramente de detrás de la puerta, echándose en sus brazos, mientras

los dos pequeños Cratchit empujaron a Tiny Tim y le llevaron a la cocina, para

que oyese cantar el pudding en la cacerola.


—¿Y cómo se ha portado Tiny Tim? —preguntó la señora Cratchit,

después de burlarse de la credulidad de Bob y cuando éste hubo estrechado a

su hija contra su corazón.

—Muy bien —dijo Bob—, muy bien. Se ha hecho algo pensativo y se le

ocurren las más extrañas cosas que ha oído. Al venir a casa me decía que

quería que la gente le viese en la iglesia, porque él era un inválido, y sería muy

agradable para todos recordar el día de Navidad al que había hecho andar a los

cojos y había dado vista a los ciegos.

La voz de Bob era temblorosa al decir eso y tembló más cuando dijo que

Tiny Tim crecía en fuerza y vigor.

Se oyó su activa muleta sobre el pavimento, y antes de que se oyera una

palabra más, reapareció Tiny Tim escoltado por su hermano y su hermana, que

le llevaron a su taburete junto a la lumbre. Mientras Bob, remangándose los

puños —¡pobrecillo!, como si fuese posible estropearlos más —,

confeccionaba una mixtura con ginebra y limón y la agitaba una y otra vez,

colocándola después en el antehogar para que cociese a fuego lento, master

Pedro y los dos ubicuos Cratchit pequeños fueron en busca del ganso, con el

cual aparecieron en seguida en solemne procesión:

Tal bullicio se produjo entonces, que se creyera al ganso la más rara de

todas las aves, un fenómeno con plumas, ante el cual fuese cosa corriente un

cisne negro, y en verdad que en aquella casa era ciertamente extraordinario. La

señora Cratchit calentó la salsa (ya preparada en una cacerolita) ; master Pedro

mojó las patatas con vigor increíble; la señorita Belinda endulzó la salsa de

manzanas; Marta quitó el polvo a la vajilla; Bob sentó a Tiny Tim a su lado en

una esquina de la mesa; los dos pequeños Cratchit pusieron sillas para todos,

sin olvidarse de ellos mismos, y montando la guardia en sus puestos, se

metieron la cuchara en la boca, para no gritar pidiendo el ganso antes de que

llegara el momento de servirlo. Por fin se pusieron los platos, y se dijo una

oración, a la que siguió una pausa, durante la cual no se oía respirar, cuando la

señora Cratchit, examinando el trinchante, se disponía a hundirlo en la

pechuga; pero cuando lo hizo y salió del interior del ganso un borbotón de

relleno, un murmullo de placer se alzó alrededor de la mesa, y hasta Tiny Tim,

animado por los pequeños Cratchit, golpeó en la mesa con el mango de su

cuchillo y gritó débilmente:

—¡Viva!

Nunca se vio ganso como aquél. Bob dijo que jamás creyó que pudiera

existir un manjar tan delicioso. Su blandura y su aroma, su tamaño y su

baratura fueron los temas de la admiración general; y añadiéndole la salsa de

manzanas y las patatas deshechas, constituyó comida suficiente para toda la

familia; en efecto, como la señora Cratchit dijo (al observar que había quedado


un huesecillo en el plato), no habían podido comérselo todo. Sin embargo,

todos quedaron satisfechos, particularmente los Cratchit más pequeños, que

tenían salsa hasta en las cejas. La señorita Belinda cambió los platos y la

señora Cratchit salió del comedor muy nerviosa porque no quería que la viesen

ir en busca del pudding.

Entonces los comensales supusieron toda clase de horrores: que no

estuviera todavía bastante hecho; que se rompiera al llevarlo a la mesa; que

alguien hubiera escalado la pared del patio y lo hubiera robado, mientras

estaban entusiasmados con el ganso... Ante esta suposición los dos pequeños

Cratchit se pusieron pálidos.

¡Atención! ¡Una gran cantidad de vapor! El pastel estaba ya fuera del

molde. Un olor a tela mojada. Era el paño que lo envolvía. Un olor apetitoso,

que hacía recordar al fondista, al pastelero de la casa de al lado y a la

planchadora. ¡Era el pudding! Al medio minuto entró la señora Cratchit con el

rostro encendido, —pero sonriendo orgullosamente— con el pudding, que

parecía una bala de cañón, duro y macizo, lanzando las llamas que producía la

vigésima parte de media copa de aguardiente inflamado, y embellecido con

una rama del árbol de Navidad clavada en la cúspide.

¡Oh, admirable pudding! Bob Catchit dijo con toda seriedad que lo

estimaba como el éxito más grande conseguido por la señora Cratchit desde

que se casaron. La señora Cratchit dijo que no podía calcular lo que pesaba el

pudding, y confesó que había tenido sus dudas acerca de la cantidad de harina.

Todos tuvieron algo que decir respecto de él, pero ninguno dijo (ni lo pensó

siquiera) que era un pudding pequeño para una familia tan numerosa. Ello

habría sido una gran herejía. Los Cratchit se hubieran ruborizado de insinuar

semejante cosa.

Por fin se terminó la comida, se alzó el mantel, se limpió el hogar y se

encendió fuego; y después de beber en el jarro el ponche confeccionado por

Bob, y que se consideró excelente, se pusieron sobre la mesa manzanas y

naranjas y una pala llena de castañas sobre la lumbre. Después, toda la familia

Cratchit se colocó alrededor del hogar, formando lo que Bob llamaba un

círculo, queriendo decir semicírculo; y cerca de él se colocó toda la cristalería:

dos vasos y una flanera sin mango.

No obstante, tales vasijas servían para beber el caliente ponche, tan bien

como habrían servido copas de oro, y Bob lo sirvió con los ojos

resplandecientes, mientras las castañas sobre la lumbre crujían y estallaban

ruidosamente.

Entonces Bob brindó:

—¡Felices Pascuas para todos nosotros, hijos míos, y que Dios nos


bendiga!

Lo cual repitió toda la familia.

—¡Que Dios nos bendiga! —dijo Tiny Tim, el último de todos.

Estaba sentado, arrimadito a su padre, en su taburete. Bob puso la débil

manecita del niño en la suya, con todo cariño, deseando retenerle junto a sí,

como temiendo que se lo pudiesen arrebatar.

—Espíritu —dijo Scrooge, con un interés que nunca había sentido hasta

entonces—. Decidme si Tiny Tim vivirá.

—Veo un asiento vacante —replicó el Espectro en la esquina del pobre

hogar y una muleta sin dueño, cuidadosamente preservada. Si tales sombras

permanecen inalteradas por el futuro, el niño morirá.

—¡No, no! —dijo Scrooge—. ¡Oh, no, Espíritu amable! Decid que se

evitará esa muerte.

—Si tales sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi

raza —replicó el Espectro le encontrará aquí. ¿Y qué? Si él muere, hará bien,

porque así disminuirá el exceso de población.

Scrooge bajó la cabeza al oír sus propias palabras, repetidas por el Espíritu,

y se sintió abrumado por el arrepentimiento y el pesar.

—Hombre —dijo el Espectro—, si sois hombre de corazón y no de piedra,

prescindid de esa malvada hipocresía hasta que hayáis descubierto cuál es el

exceso y dónde está. ¿Vais a decir cuáles hombres deben vivir y cuáles

hombres deben morir? Quizás a los ojos de Dios vos sois más indigno y menos

merecedor de vivir que millones de niños como el de ese pobre hombre. ¡Oh,

Dios? ¡Oír al insecto sobre la hoja decidir acerca de la vida de sus hermanos

hambrientos!

Scrooge se inclinó ante la reprensión del Espíritu y, tembloroso, bajó la

vista hacia el suelo. Pero la levantó rápidamente al oír pronunciar su nombré.

—¡El señor Scrooge! —dijo Bob—. ¡Brindemos por el señor Scrooge, que

nos ha procurado esta fiesta! —En verdad que nos ha procurado esta fiesta—

exclamó la señora Cratchit, sofocada—. Quisiera tenerle delante para que la

celebrase, y estoy segura de que se le iba a abrir el apetito.

—¡Querida —dijo Bob—, los niños! Es el día de Navidad.

—Es preciso, en efecto, que sea el día de Navidad —dijo ella—, para

beber a la salud de un hombre tan odioso, tan avaro, tan duro, tan insensible,

como el señor Scrooge. Ya le conoces, Roberto. Nadie le conoce mejor que tú,

pobrecillo.


—Querida —fue la dulce respuesta de Bob—. Es el día de Navidad.

—Beberé a su salud por ti y por ser el día que es —dijo la señora Cratchit

—, no por él. ¡Qué viva muchos años! ¡Que tenga Felices Pascuas y Feliz Año

Nuevo! ¡El vivirá muy alegre y muy feliz, sin duda alguna!

Los niños brindaron también. Fue de todo lo que hicieron lo único que no

tuvo cordialidad. Tiny Tim brindó el último de todos, pero sin poner la menor

atención. Scrooge era el ogro de la familia. La sola mención de su nombre

arrojó sobre los reunidos una sombra obscura, que no se disipó sino después

de cinco minutos.

Pasada aquella impresión, estuvieron diez veces más alegres que antes, al

sentirse aliviados del maleficio causado por el nombre de Scrooge. Bob

Cratchit les contó que tenía en perspectiva una colocación para master Pedro,

que podría proporcionarle, si la conseguía, cinco chelines y seis peniques

semanales. Los dos pequeños Cratchit rieron atrozmente ante la idea de ver a

Pedro hecho un hombre de negocios, y el mismo Pedro miró pensativamente

al fuego, sacando la cabeza entre las dos puntas del cuello, como si

reflexionara sobre la notable investidura de que gozaría cuando llegase a

percibir aquel enorme ingreso.

Marta, que era una pobre aprendiza en un taller de modista, les contó la

clase de labor que tenía que hacer y cómo algunos días trabajaba muchas horas

seguidas.

Dijo que al día siguiente pensaba levantarse tarde de la cama, pues era un

día festivo que iba a pasar en casa. Contó que hacía pocos días había visto a

una condesa con un lord y que el lord era casi tan alto como Pedro, y éste, al

oírlo, se alzó tanto el cuello, que, si hubierais estado presentes, no habríais

podido verle la cabeza. Durante: todo este tiempo no cesaron de comer

castañas y beber ponche, y de aquí a poco escucharon una canción referente a

un niño perdido que caminaba por la nieve, cantada por Tiny Tim, que tenía

una quejumbrosa vocecita, y la cantó muy bien, ciertamente.

Nada había de aristocrático en aquella familia. Sus individuos no eran

hermosos, no estaban bien vestidos, sus zapatos se hallaban muy lejos de ser

impermeables, sus ropas eran escasas, y Pedro conocería muy probablemente

el interior de las prenderías. Pero eran dichosos, agradables, se querían

mutuamente y estaban contentos con su suerte; y cuando ya se desvanecían

ante Scrooge, pareciendo más felices a los brillantes destellos da la antorcha

del Espíritu al partir, Scrooge los miró atentamente, sobre todo a Tiny Tim, de

quien no apartó la mirada hasta el último instante.

Mientras tanto, había anochecido y nevaba copiosamente; y conforme

Scrooge y el Espíritu recorrían las calles, la claridad de la lumbre en las


cocinas, en los comedores y en toda clase de habitaciones era admirable. Aquí,

el temblor de la llama mostraba los preparativos de una gran comida familiar,

con fuentes que trasladaban de una parte a otra junto a la lumbre, y espesas

cortinas rojas, prontas a caer para ahuyentar el frío y la obscuridad. Allá, todos

los niños de la casa salían corriendo sobre la nieve al encuentro de sus

hermanas casadas, de sus hermanos, de sus primos; de sus tíos, de sus tías,

para ser los primeros en saludarles. En otra parte, se veían en la ventana las

sombras de los comensales reunidos; y más allá, un grupo de hermosas

muchachas, todas con caperuzas y con botas de abrigo y charlando todas a la

vez, marchaban alegremente a alguna casa cercana. ¡Infeliz del soltero (las

astutas hechiceras bien lo sabían) que entonces las hubiera visto entrar, con la

tez encendida por el frío! Si hubierais juzgado por el número de personas que

iban a reunirse con sus amigos, habríais pensado que no quedaba nadie en las

casas para recibirlas cuando llegasen, aunque ocurría lo contrario: en todas las

casas se esperaban visitas y se preparaba el combustible en la chimenea. ¡Cuán

satisfecho estaba el Espectro! ¡Cómo desnudaba la amplitud de su pecho y

abría su espaciosa mano, derramando con generosidad su luciente y sana

alegría sobre todo cuanto se hallaba a su alcance! El mismo farolero, que

corría delante de él salpicando las sombrías calles con puntos de luz, y que iba

vestido como para pasar la noche en alguna parte, se echó a reír a carcajadas

cuando pasó el Espíritu por su lado, aunque fácilmente se adivinaba que el

farolero ignoraba que su compañero del momento era la Navidad en persona.

De pronto, sin una palabra de advertencia por parte del Espectro, se

hallaron en una fría y desierta región pantanosa, en la que había derrumbadas

monstruosas masas de piedra, como si fuera un cementerio de gigantes: el

agua derramaba por dondequiera, es decir, se habría derramado, a no ser por la

escarcha que la aprisionaba, y nada había crecido sino el moho, la retama y

una áspera hierba. En la concavidad del Oeste, el sol poniente había dejado

una ardiente franja roja que fulguró sobre aquella desolación durante un

momento, como un ojo sombrío que, tras el párpado, fuese bajando, bajando,

bajando, hasta perderse en las densas tinieblas de la obscura noche.

—¿Qué sitio es éste? —preguntó Scrooge.

—Un sitio donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la

tierra —contestó el Espíritu—. Pero me conocen. ¡Mirad!

Brillaba una luz en la ventana de una choza y rápidamente se dirigieron

hacia ella. Pasando a través de la pared de piedra y barro, hallaron una alegre

reunión alrededor de un fuego resplandeciente, un hombre muy viejo y su

mujer, con sus hijos y los hijos de sus hijos y parientes de otra generación más,

todos con alegres adornos en su atavío de fiesta. El anciano, con una voz que

rara vez se distinguía entre los rugidos del viento sobre la desolada región,

entonaba una canción de Navidad, que ya era una vieja canción cuando él era


un muchacho, y de vez en cuando todos los demás se le unían al coro. Cuando

ellos levantaban sus voces, el anciano hacía lo mismo y sentíase con nuevo

vigor, y cuando ellos se detenían en el canto, el vigor del anciano decaía de

nuevo.

El Espíritu no se detuvo allí, sino que dejó a Scrooge que se agarrase a su

vestidura y, cruzando sobre la región pantanosa, se dirigió... ¿adónde? ¿No

sería al mar? Pues, sí, al mar. Horrorizado, Scrooge vio que se acababa la

tierra y contempló una espantosa serie de rocas detrás de ellos, y ensordeció

sus oídos el fragor del agua, que rodaba y rugía y se encrespaba entre

medrosas cavernas abiertas por ella y furiosamente trataba de socavar la tierra.

Edificado sobre un lúgubre arrecife de las escarpadas rocas, próximamente

a una legua de la orilla, y sobre el cual se lanzaban las aguas irritadas durante

todo el año, se erguía un faro solitario. Grandes cantidades de algas colgaban

hasta su base, y pájaros de las tormentas —nacidos del viento, se puede

suponer, como las algas nacen del agua— subían y bajaban en torno de él

como las olas que ellos rozaban con las alas.

Pero aun allí, dos hombres que cuidaban del faro habían encendido una

hoguera que, a través de la tronera abierta en el espeso muro de piedra,

lanzaba un rayo de luz resplandeciente sobre el mar terrible. Los dos hombres,

estrechándose las callosas manos por encima de la tosca mesa a la cual se

hallaban sentados, se deseaban mutuamente Felices Pascuas al beber su jarro

de ponche, y uno de ellos, el más viejo, que tenía la cara curtida y destrozada

por los temporales como pudiera estarlo el mascarón de proa de un barco

viejo, rompió en una robusta canción, semejante al cantar del viento.

De nuevo siguió adelante el Espectro, por encima del negro y agitado mar

—adelante, adelante—, hasta que, hallándose muy lejos, según dijo a Scrooge,

de todas las orillas, descendieron sobre un buque. Se colocaron tan pronto

junto al timonel, que estaba en su puesto, tan pronto junto al vigía en la proa, o

junto a los oficiales de guardia, obscuras y fantásticas figuras en sus varias

posiciones; pero todos ellos tarareaban una canción de Navidad o tenían un

pensamiento propio de Navidad, o hablaban en voz baja a su compañero de

algún día de Navidad ya pasado, con recuerdos del hogar referentes a él. Y

todos cuantos se hallaban a bordo, despiertos o dormidos, buenos o malos,

habían tenido para los demás una palabra más cariñosa aquel día que otro

cualquiera del año, y habían tratado extensamente de aquella festividad, y

habían recordado a las personas queridas a través de la distancia y habían

sabido que ellas tenían un placer en recordarlos.

Se sorprendió grandemente Scrooge mientras escuchaba el bramido del

viento y pensaba qué solemnidad tiene su movimiento a través de la aislada

obscuridad sobre un ignorado abismo, cuyas honduras son secretos tan


profundos como la muerte; se sorprendió grandemente Scrooge cuando,

reflexionando así, oyó una estruendosa carcajada. Pero se sorprendió mucho

más al reconocer que aquella risa era de su sobrino, y al encontrarse en una

habitación clara, seca y luminosa, con el Espíritu sonriendo a su lado y

mirando a su propio sobrino con aprobadora afabilidad.

—¡Ja, ja! —rio el sobrino de Scrooge—. ¡Ja, ja, ja!

Si por una inverosímil probabilidad sucediera que conocieseis un hombre

de risa más sana que et sobrino de Scrooge, me agradaría mucho conocerle.

Presentadme a él y cultivaré su amistad.

Es cosa admirable, demostradora del exacto mecanismo de las cosas, que

así como hay contagio en la enfermedad y en la tristeza, no hay nada en el

mundo tan irresistiblemente contagioso como la risa y el buen humor. Cuando

el sobrino de Scrooge se echó a reír de esta manera, sujetándose las caderas,

dando vueltas a la cabeza y haciendo muecas, con las más extravagantes

contorsiones, la sobrina de Scrooge, sobrina política, se echó a reír tan

cordialmente como él. Y los amigos que se hallaban con ellos también rieron

ruidosamente.

—¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja!

—¡Dijo que la Navidad era una paparrucha, como tengo que morirme! —

gritó el sobrino de Scrooge—. ¡Y lo creía!

—¡Qué vergüenza para él! —dijo la sobrina de Scrooge, indignada.

Era muy linda, extraordinariamente linda, de cara agradable y cándida, de

sazonada boquita, que parecía hecha para ser besada, como lo era, sin duda;

con toda clase de hermosos hoyuelos en la barbilla, que se mezclaban unos

con otros cuando se reía, y con los dos ojos más esplendorosos que jamás

habéis visto en una cabecita humana. Era enteramente lo que habrían llamado

provocativa, pero intachable. ¡Oh, perfectamente intachable!

—Es un individuo cómico —dijo el sobrino de Scrooge—; eso es verdad,

y no tan agradable como debiera ser. Sin embargo, sus defectos llevan el

castigo de ellos mismos, y yo no tengo nada que decir contra él.

—Sé que es muy rico, Fred —insinuó la sobrina de Scrooge—. Al menos

siempre me has dicho que lo era.

—¿Y qué, amada mía? —dijo el sobrino—. Su riqueza es inútil para él. No

hace nada bueno con ella. No se procura comodidades con ella. No ha tenido

la satisfacción de pensar —¡ja, ja, ja!— que va a beneficiarnos con ella.

—Me falta la paciencia con él —indicó la sobrina de Scrooge. Las

hermanas de la sobrina de Scrooge y todas las demás señoras expresaron la

misma opinión.


—¡Oh! —dijo el sobrino de Scrooge—. Yo lo siento por él. No puedo

irritarme contra él, aunque quiera. ¿Quién sufre con sus genialidades? Siempre

él. Se le ha metido en la cabeza no complacernos y no quiere venir a comer

con nosotros. ¿Cuál es la consecuencia? Es verdad que perder una mala

comida no es perder mucho.

—Pues yo creo que ha perdido una buena comida —interrumpió la sobrina

de Scrooge. Todos los demás dijeron lo mismo, y se les debía considerar como

jueces competentes, porque en aquel momento acababan de comerla; los

postres estaban ya sobre la mesa, y todos se habían reunido alrededor de la

lumbre.

—¿Bueno! Me alegra mucho oírlo —dijo el sobrino de Scrooge—, porque

no tengo mucha confianza en estas jóvenes amas de casa. ¿Qué opinas,

Topper?

Topper tenía francamente fijos los ojos en una de las hermanas de la

sobrina de Scrooge, y contestó que un soltero era un infeliz paria que no tenía

derecho a emitir su opinión respecto del asunto; y en seguida la hermana de la

sobrina de Scrooge —la regordeta, con el camisolín de encaje, no la de las

rosas— se ruborizó.

—Continúa, Fred —dijo la sobrina de Scrooge, palmoteando—. Ese nunca

termina lo que empieza a decir. ¡Es un muchacho ridículo!

El sobrino de Scrooge soltó otra carcajada, y como era imposible evitar el

contagio, aunque la hermana regordeta trató con dificultad de hacerlo, oliendo

vinagre aromático, el ejemplo de él fue seguido unánimemente.

—Solamente iba a decir —continuó el sobrino de Scrooge— que la

consecuencia de disgustarse con nosotros y no divertirse con nosotros es,

según creo, que pierde algunos momentos agradables que no le habrían

perjudicado.

Estoy seguro de que pierde más agradables compañeros que los que puede

encontrar en sus propios pensamientos, en su viejísimo despacho o en sus

polvorientas habitaciones. Me propongo darle igual ocasión todos los años, le

agrade o no le agrade, porque le compadezco. Que se burle de la Navidad

hasta que se muera; pero no puede menos de pensar mejor de ella, le desafío,

si se encuentra conmigo de buen humor, año tras año, diciéndole: "Tío

Scrooge, ¿cómo estáis?" Si sólo eso le hace dejar a su pobre dependiente

cincuenta libras, ya es algo; y creo que ayer le conmoví.

Al oír que había conmovido a Scrooge, rieron los demás. Pero como Fred

tenía corazón sencillo y no se preocupaba mucho del motivo de la risa con tal

de ver alegres a los demás, el sobrino de Scrooge les animó a divertirse,

haciendo circular la botella alegremente.


Después del té hubo un poco de música, pues formaban una familia de

músicos, y os aseguro que eran entendidos, especialmente Topper, que hizo

sonar el bajo como los buenos, sin que se le hincharan las venas de la frente ni

se le pusiera roja la cara. La sobrina de Scrooge tocó bien el arpa, y entre otras

piezas tocó un aria sencilla (una nonada; aprenderíais a tararearla en dos

minutos), que había sido la canción favorita de la niña, que sacó Scrooge de la

escuela, como recordó el Espectro de la Navidad Pasada. Cuando sonó aquella

música, todas las cosas que el Espectro le había mostrado se agolparon a la

imaginación de Scrooge; se enterneció más y más, y pensó que si hubiera

escuchado aquello con frecuencia años antes, podía haber cultivado la bondad

de la vida con sus propias manos para su felicidad, sin recurrir a la azada del

sepulturero que enterró a Jacob Marley.

Pero no dedicaron toda la noche a la música. Al poco rato jugaron a las

prendas, pues es bueno sentirse niños algunas veces, y nunca mejor que en

Navidad, cuando su mismo poderoso fundador era un niño. ¿Basta? Luego se

jugó a la gallina ciega, y, sin duda, alguien parecía no ver. Y tan pronto creo

que Topper estaba realmente ciego, como creo que tenía ojos hasta en las

botas. Mi opinión es que había acuerdo entre él y el sobrino de Scrooge, y que

el Espectro de la Navidad Presente lo sabía. Su proceder respecto a la hermana

regordeta, la del camisolín de encaje, era un ultraje a la credulidad de la

naturaleza humana.

Dando puntapiés a los utensilios del hogar, tropezando con las sillas,

chocando contra el piano, metiendo la cabeza entre los cortinones,

adondequiera que fuese ella, siempre ocurría lo mismo. Siempre sabía dónde

estaba la hermana regordeta. Nunca cogía a otra cualquiera. Si os hubierais

puesto delante de él (como hicieron algunos de ellos) con intención, habría

fingido que iba a apoderarse de vosotros, lo cual habría sido una afrenta para

vuestra comprensión, e instantáneamente se habría ladeado en dirección de la

hermana regordeta. A menudo gritaba ella que eso no estaba bien, y realmente

no lo estaba. Pero cuando por fin la cogió; cuando, a pesar de todos los

crujidos de la seda y de los rápidos revoloteos de ella para huir, consiguió

alcanzarla en un rincón donde no tenía escape, entonces su conducta fue

verdaderamente execrable. Porque, con el pretexto de no conocerla, juzgó

necesario tocar su cofia y además asegurarse de su identidad oprimiendo cierto

anillo que tenía en un dedo y cierta cadena que le rodeaba el cuello; ¡todo eso

era vil, monstruoso! Sin duda ella le dijo su opinión respecto de ello, pues

cuando le correspondió a otro ser el ciego, ambos se hallaban contándose sus

confidencias detrás de un cortinón.

La sobrina de Scrooge no tomaba parte en el juego de la gallina ciega;

permanecía sentada en una butaca con un taburete a los pies en un cómodo

rincón de la estancia, donde el Espectro y Scrooge estaban en pie detrás de


ella; pero participaba en el juego de prendas, y era de admirar particularmente

en el juego de ¿cómo os gusta?, combinación amorosa con todas las letras del

alfabeto, y la misma habilidad demostró en el de ¿cómo, dónde y cuándo?, y,

con gran alegría interior del sobrino de Scrooge, derrotaba completamente a

todas sus hermanas, aunque éstas no eran tontas, como hubiera podido deciros

Topper. Habría allí veinte personas, jóvenes y viejos; pero todos jugaban, y lo

mismo hizo Scrooge, quien, olvidando enteramente (tanto se interesaba por

aquella escena) que su voz no sonaba en los oídos de nadie, decía en alta voz

las palabras que había que adivinar, y muy a menudo acertaba, pues la aguja

más afilada, la mejor Whitechapel, con la garantía de no cortar el hilo, no era

más aguda que Scrooge, aunque le conviniera aparecer obtuso ante el mundo.

Al Espectro le agradaba verle de tan buen humor, y le miró con tal

benevolencia, que Scrooge le suplicó, como lo hubiera hecho un niño, que se

quedase allí, hasta que se fuesen los convidados. Pero el Espíritu le dijo que no

era posible.

—He aquí un nuevo juego —dijo Scrooge—. ¡Media hora, Espíritu, sólo

media hora!

Era un juego llamado sí y no, en el cual el sobrino de Scrooge debía pensar

una cosa y los demás adivinar lo que pensaba, contestando a sus preguntas

solamente sí o no, según el caso. El vivo juego de preguntas a que estaba

expuesto le hizo decir que pensaba en un animal, en un animal viviente, más

bien un animal desagradable, un animal salvaje, un animal que unas veces

rugía y gruñía y otras veces hablaba, que vivía en Londres y se paseaba por las

calles, que no se enseñaba por dinero, que nadie le conducía, que no vivía en

una casa de fieras, que nunca se llevaba al matadero, y que no era un caballo,

ni un asno, ni una vaca, ni un toro, ni un tigre, ni un perro, ni un cerdo, ni un

gato, ni un oso. A cada nueva pregunta que se le dirigía, el sobrino soltaba una

nueva carcajada, y llegó a tal extremo su júbilo, que se vio obligado a dejar el

sofá y echarse en el suelo. Al fin, la hermana regordeta, presa también de una

risa loca, exclamó:

—¡He dado con ello! ¿Ya sé lo que es, Fred! ¡Ya sé lo que es!

—¿Qué es? —preguntó Fred.

—¿Es vuestro tío Scro-o-o-ge!

Eso era, efectivamente. La admiración fue el sentimiento general, aunque

algunos hicieron notar que la respuesta a la pregunta "¿Es un oso?" debió ser

"Sí", tanto más cuanto que una respuesta negativa bastó para apartar sus

pensamientos de Scrooge, suponiendo que se hubiera dirigido a él desde

luego.

—Ha contribuido en gran manera a divertirnos —dijo Fred— y seríamos


ingratos si no bebiéramos a su salud. Y puesto que todos tenemos en la mano

un vaso de ponche con vino, yo digo: ¡Por el tío Scrooge!

—¡Bien! ¿Por el tío Scrooge! —exclamaron todos.

—¡Felices Pascuas y feliz Año Nuevo al viejo, sea lo que fuere! —dijo el

sobrino de Scrooge—. No aceptaría él tal felicitación saliendo de mis labios,

pero que la reciba, sin embargo. ¡Por el tío Scrooge!

El tío Scrooge habíase dejado poco a poco conquistar de tal modo por el

júbilo general, y sentía tan ligero su corazón, que hubiera correspondido al

brindis de la reunión, aunque ésta no podía advertir su presencia, dándole las

gracias en un discurso que nadie habría oído, si el Espectro le hubiera dado

tiempo. Pero toda la escena desapareció con el sonido de la última palabra

pronunciada por su sobrino, y Scrooge y el Espíritu continuaron su viaje.

Vieron muchos países, fueron muy lejos y visitaron muchos hogares, y

siempre con feliz resultado. El Espíritu se colocaba junto al lecho de los

enfermos; y ellos se sentían dichosos: si visitaba a los que se hallaban en país

extranjero, se creían en su patria; si a los que luchaban contra la suerte, se

sentían resignados y llenos de esperanza; si se acercaba a los pobres, se

imaginaban ricos. En las casas de caridad, en los hospitales, en las cárceles, en

todos los refugios de la miseria, donde el hombre, orgulloso de su efímera

autoridad, no había podido prohibir la entrada y cerrar la puerta, al Espíritu

dejaba su bendición e instruía a Scrooge en sus preceptos.

Fue una larga noche, si es que todo aquello sucedió en una sola noche;

pero Scrooge dudó de ello, porque le parecía que se habían condensado varias

Navidades en el espacio de tiempo que pasaron juntos. Era extraño, sin

embargo, que mientras Scrooge no experimentaba modificación en su forma

exterior, el Espectro se hacía más viejo, visiblemente más viejo. Scrooge había

advertido tal cambio, pero nunca dijo nada, hasta que al salir de una reunión

infantil donde se celebraban los Reyes, mirando al Espíritu cuando se hallaban

solos, notó que sus cabellos eran grises.

—¡Es tan corta la vida de los Espíritus? —preguntó Scrooge.

—Mi vida sobre este globo es muy corta —replicó el Espectro—. Esta

noche termina.

—¡Esta noche! —gritó Scrooge.

—Esta noche, a las doce. ¡Escuchad! La hora se acerca.

En aquel momento las campanas daban las once y tres cuartos.

—Perdonadme sí soy indiscreto al hacer tal pregunta —dijo Scrooge,

mirando atentamente la túnica del Espíritu—, pero veo algo extraño, que no os

pertenece saliendo por debajo de vuestro vestido. ¿Es un pie o una garra?


—Pudiera ser una garra, a juzgar por la carne que hay encima —contestó

con tristeza el Espíritu—. ¡Mirad!

De los pliegues de su túnica hizo salir dos niños miserables, abyectos,

espantosos, horribles, repugnantes, que cayeron de rodillas a sus pies y se

agarraron a su vestidura.

—¡Oh, hombre! ¡Mira, mira, mira a tus pies! exclamó el Espectro.

Eran un niño y una niña, amarillos, flacos, cubiertos de harapos, ceñudos,

feroces, pero postrados, sin embargo, en su abyección. Cuando una graciosa

juventud habría debido llenar sus mejillas y extender sobre su tez los más

frescos colores, una mano marchita y desecada, como la del tiempo, las había

arrugado, enflaquecido y decolorado. Donde los ángeles habrían debido reinar,

los demonios se ocultaban para lanzar miradas amenazadoras. Ningún cambio,

ninguna degradación, ninguna perversión de la humanidad, en ningún grado, a

través de todos los misterios de la admirable creación, ha producido, ni con

mucho, monstruos tan horribles y. espantosos.

Scrooge retrocedió, pálido de terror. Teniendo en cuenta quien se los

mostraba, intentó decir que eran niños hermosos; pero las palabras se

detuvieron en su garganta antes que contribuir a una mentira de tan enorme

magnitud.

—Espíritu, ¿son hijos vuestros? —Scrooge no pudo decir más.

—Son los hijos de los hombres —contestó el Espíritu, mirándolos—. Y se

acogen a mí para reclamar contra sus padres. Este niño es la Ignorancia. Esta

niña es la Miseria. Guardaos de ambos y de toda su descendencia, pero sobre

todo del niño, pues en su frente veo escrita la sentencia, hasta que lo escrito

sea borrado. ¡Niégalo! —gritó el Espíritu, extendiendo una mano hacia la

ciudad—. ¡Calumnia a los que te lo dicen! Eso favorecerá tus designios

abominables. ¡Pero el fin llegará!

—¿No tienen ningún refugio ni recurso? —exclamó Scrooge.

—¿No hay cárceles? —dijo el Espíritu, devolviéndole por última vez sus

propias palabras—. ¿No hay casas de corrección?

La campana dio las doce.

Scrooge miró a su alrededor en busca del Espectro, y ya no le vio. Cuando

la última campanada dejó de vibrar, recordó la predicción del viejo Jacob

Marley, y, alzando los ojos, vio un fantasma de aspecto solemne, vestido con

una túnica con capucha y que iba hacia él deslizándose sobre la tierra como se

desliza la bruma.


Capítulo 4: El último de los tres espíritus


El Fantasma se aproximaba con paso lento, grave y silencioso. Cuando

llegó a Scrooge, éste dobló la rodilla, pues el Espíritu parecía esparcir a su

alrededor, en el aire que atravesaba, tristeza y misterio.

Le envolvía una vestidura negra, que le ocultaba la cabeza, la cara y todo

el cuerpo, dejando solamente visible una de sus manos extendida. Pero,

además de esto, hubiera sido difícil distinguir su figura en medio de la noche y

hacerla destacar de la completa obscuridad que la rodeaba.

Reconoció Scrooge que el Espectro era alto y majestuoso cuando le vio a

su lado, y entonces sintió que su misteriosa presencia le llenaba de un temor

solemne. No supo nada más, porque el Espíritu ni hablaba ni se movía.

—¿Estoy en presencia del Espectro de la Navidad venidera? —dijo

Scrooge.

El Espíritu no respondió, pero continuó con la mano extendida.

—Vais a mostrarme las sombras de las cosas que no han sucedido, pero

que sucederán en el tiempo venidero —continuó Scrooge—, ¿no es así,

Espíritu?

La parte superior de la vestidura se contrajo un instante en sus pliegues,

como si el Espíritu hubiera inclinado la cabeza. Fue la sola respuesta que

recibió.

Aunque habituado ya al trato de los espectros, Scrooge experimentó tal

miedo ante la sombra silenciosa, que le temblaron las piernas y apenas podía

sostenerse en pie cuando se disponía a seguirle. El Espíritu se detuvo un

momento observando su estado, como si quisiera darle tiempo para reponerse.

Pero ello fue peor para Scrooge. Se estremeció con un vago terror al pensar

que tras aquella sombría mortaja estaban los ojos del Fantasma intensamente

fijos en él, y que, a pesar de todos sus esfuerzos, sólo podía ver una mano

espectral y una gran masa negra.

—¡Espectro del futuro —exclamó—, os tengo más miedo que a ninguno

de los espectros que he visto! Pero como sé que vuestro propósito es procurar

mi bien y como espero ser un hombre diferente de lo que he sido, estoy

dispuesto a acompañaros con el corazón agradecido. ¿No queréis hablarme?

Silencio. La mano seguía extendida hacia adelante.

—¡Guiadme! —dijo Scrooge—. ¡Guiadme! La noche avanza rápidamente,

y sé que es un precioso tiempo para mí. ¡Guiadme, Espíritu!

El Fantasma se alejó igual que había llegado. Scrooge le siguió en la


sombra de su vestidura, que según pensó, le levantaba y le llevaba con ella.

Apenas pareció que entraron en la ciudad, pues más bien se creería que

ésta surgió alrededor de ellos, circundándolos con su propio movimiento. Sin

embargo, se hallaban en el corazón de la ciudad, en la Bolsa, entre los

negociantes, que marchaban apresuradamente de aquí para allá, haciendo

sonar las monedas en el bolsillo, conversando en grupos, mirando sus relojes,

jugando pensativamente con sus áureos dijes, etc., como Scrooge les había

visto con frecuencia.

El Espíritu se detuvo frente a un pequeño grupo de negociantes.

Observando Scrooge que su mano indicaba aquella dirección, se adelantó

para escuchar lo que hablaban.

—No —decía un hombre grueso y alto, de barbilla monstruosa—; no sé

más acerca de ello; sólo sé que ha muerto.

—¿Cuándo ha muerto? —inquirió otro.

—Creo que anoche.

—¡Cómo! ¿Pues qué le ha ocurrido?— preguntó un tercero, tomando una

gran porción de tabaco de una enorme tabaquera—. Yo creí que no iba a morir

nunca.

—Sólo Dios lo sabe —dijo el primero bostezando.

—¿Qué ha hecho de su dinero? —preguntó un caballero de faz rubicunda

con una excrecencia que le colgaba de la punta de la nariz y que ondulaba

como las carúnculas de un pavo.

—No lo he oído decir —dijo el hombre de la enorme barbilla bostezando

de nuevo—. Quizá se lo haya dejado a su sociedad. A mí no me lo ha dejada,

es todo lo que sé.

Esta broma fue acogida con una carcajada general.

—Es probable que sean modestísimas las exequias —dijo el mismo

interlocutor—, pues, por mi vida, no conozco a nadie que asista a ellas.

¿Vamos a ir nosotros sin invitación?

—No tengo inconveniente, si hay merienda —observó el caballero de la

excrecencia en la nariz—, pero si voy tienen que darme de comer.

Otra carcajada.

—Bueno; después de todo, yo soy el más desinteresado de todos vosotros

—dijo el que habló primeramente—, pues nunca gasto guantes negros ni

meriendo; pero estoy dispuesto a ir si alguno viene conmigo. Cuando pienso

en ello, no estoy completamente seguro de no haber sido su mejor amigo, pues


acostumbrábamos detenernos a hablar siempre que nos encontrábamos.

¡Adiós, señores!

Los que hablaban y los que escuchaban se dispersaron, mezclándose con

otros grupos. Scrooge los conocía, y miró al Espíritu en busca de una

explicación.

El Fantasma se deslizó en una calle. Su dedo señalaba a dos individuos que

se encontraron. Scrooge escuchó de nuevo, pensando que allí se hallaría la

explicación.

También a aquellos hombres los conocía perfectamente. Eran dos

negociantes riquísimos y muy importantes. Siempre se había ufanado de ser

muy estimado por ellos, desde el punto de vista de los negocios, se entiende,

estrictamente desde el punto de vista de los negocios.

—¿Cómo estáis? —dijo uno.

—¿Cómo estáis? —replicó el otro.

—Bien —dijo el primero—. Al fin el viejo tiene lo suyo, ¿eh?

—Eso he oído —contestó el otro—. Hace frío, ¿verdad?

—Lo propio de la época de Navidad. Supongo que no sois patinador.

—No, no. Tengo otra cosa en que pensar. ¿Buenos días!

Ni una palabra más. Tales fueron su encuentro, su conversación y su

despedida.

Al principio estuvo Scrooge a punto de sorprenderse de que el Espíritu

diese importancia a conversaciones tan triviales en apariencia; pero,

íntimamente convencido de que debían tener un significado oculto, se puso a

reflexionar cuál podría ser. Apenas se les podía suponer alguna relación con la

muerte de Jacob, su viejo consocio, pues ésta pertenecía al pasado, y el punto

de partida de este Espectro era el porvenir. Ni podía pensar en otro

inmediatamente relacionado con él a quien se le pudiera aplicar. Pero como,

sin duda, a quienquiera que se le aplicaren, encerraban una lección secreta

dirigida a su provecho, resolvió tener en cuenta cuidadosamente toda palabra

que oyera y toda cosa que viese, y especialmente observar su propia imagen

cuando apareciera, pues tenía la esperanza de que la conducta de su futuro ser

le daría la clave que necesitaba para hacerle fácil la solución del enigma.

Miró a todos lados en aquel lugar buscando su propia imagen; pero otro

hombre ocupaba su rincón habitual, y aunque el reloj señalaba la hora en que

él acostumbraba estar allí, no vio a nadie que se le pareciese entre la multitud

que se oprimía bajo el porche.

Ello le sorprendió poco, sin embargo, pues había resuelto cambiar de vida:


y pensaba y esperaba que su ausencia era una prueba de que sus nacientes

resoluciones empezaban a ponerse en práctica.

Inmóvil, sombrío, el Fantasma permanecía a su lado con la mano

extendida. Cuando Scrooge salió de su ensimismamiento, se imaginó, por el

movimiento de la mano y su situación respecto a él, que los ojos invisibles

estaban mirándole fijamente, y le recorrió un escalofrío.

Dejaron el teatro de los negocios y se dirigieron a una parte obscura de la

ciudad, donde Scrooge no había entrado nunca, aunque conocía su situación y

su mala fama. Los caminos eran sucios y estrechos; las tiendas y las casas,

miserables; los habitantes, medio desnudos, borrachos, mal calzados,

horrorosos. Callejuelas y pasadizos sombríos, como otras tantas alcantarillas,

vomitaban sus olores repugnantes, sus inmundicias y sus habitantes en aquel

laberinto de calles; y toda aquella parte respiraba crimen, suciedad y miseria.

En el fondo de aquella guarida infame había una tienda bajísima de techo,

bajo el tejado de un sobradillo, donde se compraban hierros, trapos viejos,

botellas, huesos y restos de comidas. En el interior, y sobre el suelo, se

amontonaban llaves enmohecidas, clavos, cadenas, goznes, limas, platillos de

balanza, pesos y toda clase de hierros inútiles. Misterios que a pocas personas

hubiera agradado investigar se ocultaban bajo aquellos montones de harapos

repugnantes, aquella grasa corrompida y aquellos sepulcros de huesos.

Sentado en medio de sus mercancías, junto a un brasero de ladrillos viejos, un

bribón de cabellos blanqueados por sus setenta años, defendido del viento

exterior con una cortina fétida compuesta de pedazos de trapo de todos colores

y clases colgados de un bramante, fumaba su pipa saboreando la

voluptuosidad de su apacible retiro.

Scrooge y el fantasma llegaron ante aquel hombre en el momento en que

una mujer cargada con un enorme envoltorio se deslizaba en la tienda. Apenas

había entrado, cuando otra mujer, cargada de igual modo, entró a

continuación; seguida de cerca por un hombre vestido de negro desvaído, cuya

sorpresa no fue menor a la vista de las dos mujeres que la que ellas

experimentaron al reconocerse una a otra. Después de un momento de muda

estupefacción, de la que había participado el hombre de la pipa, soltaron los

tres una carcajada.

—¿Que la jornalera pase primeramente? —exclamó la que había entrado al

principio—. La segunda será la planchadora y el tercero el hombre de la

funeraria. Mirad, viejo Joe, qué casualidad. ¡Cualquiera diría que nos

habíamos citado aquí los tres!

—No podíais haber elegido mejor sitio —dijo el viejo quitándose la pipa

de la boca—. Entrad a la sala. Hace mucho tiempo que tenéis aquí la entrada

libre, y los otros dos tampoco son personas extrañas. Aguardad que cierre la


puerta de la tienda. ¡Ah, cómo cruje! No creo que haya aquí hierros más

mohosos que sus goznes, así como tampoco hay aquí, estoy seguro, huesos

más viejos que los míos. ¡Ja, ja! Todos nosotros estamos en armonía con

nuestra profesión y de acuerdo. Entrad a la sala, entrad a la sala.

La sala era el espacio separado de la tienda por la cortina de harapos. El

viejo removió la lumbre con un pedazo de hierro procedente de una barandilla,

y después de reavivar la humosa lámpara (pues era de noche) con el tubo de la

pipa, se volvió a poner ésta en la boca.

Mientras lo hizo, la mujer que ya había hablado arrojó el envoltorio al

suelo y se sentó en un taburete en actitud descarada, poniéndose los codos

sobre las rodillas y lanzando a los otros dos una mirada de desafío.

—Y bien, ¿Qué? ¿Qué hay, señora Dilber? —dijo la mujer—. Cada uno

tiene derecho a pensar en sí mismo. ¡Él siempre lo hizo así!

—Es verdad, efectivamente —dijo la planchadora—. Más que él, nadie.

—¿Por qué, pues, ponéis esa cara, como si tuvierais miedo, mujer?

Supongo que los lobos no se muerden unos a otros.

—¿Claro que no! —dijeron a la vez, la señora Dilber y el viejo—.

Debemos esperar que sea así.

—Entonces, muy bien —exclamó la mujer—. Eso basta. ¿A quién se

perjudica con insignificancias como éstas? No será el muerto, me figuro.

—¡Claro que no! —dijo la señora Dilber riendo.

—Si necesitaba conservarlas después de morir, el viejo avaro —continuó

la mujer—, ¿por qué no ha hecho en vida lo que todo el mundo? No tenía más

que haberse proporcionado quien le cuidara cuando la muerte se lo llevó, en

vez de permanecer aislado de todos al exhalar el último suspiro.

—Nunca se dijo mayor verdad —repuso la señora Dilber—. Tiene lo que

merece.

—Yo desearía que le ocurriera algo más —replicó la mujer—; y otra cosa

habría sido, podéis creerme, si me hubiera sido posible poner las manos en

cosa de más valor. Abrid ese envoltorio, Joe, y decidme cuánto vale. Hablad

con franqueza. No tengo miedo de ser la primera, ni me importa que lo vean.

Antes de encontrarnos aquí, ya sabíamos bien, me figuro, que estábamos

haciendo nuestro negocio. No hay nada malo en ello. Abrid el envoltorio, Joe.

Pero la galantería de sus amigos no lo permitió, y el hombre del traje negro

desvaído, rompiendo el fuego, mostró su botín. No era considerable: un sello o

dos, un lapicero, dos botones de manga, un alfiler de poco valor, y nada más.

Todas esas cosas fueron examinadas separadamente y avaluadas por et


viejo, que escribió con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a

dar por cada una, haciendo la suma cuando vio que no había ningún otro

objeto.

—Esta es vuestra cuenta —dijo—, y no daría un penique más, aunque me

quemaran a fuego lento por no darlo. ¿Quién sigue?

Seguía la señora Dilber. Sábanas y toallas, servilletas, un traje usado, dos

antiguas cucharillas de plata, unas pinzas para azúcar y algunas botas. Su

cuenta le fue hecha igualmente en la pared.

—Siempre doy demasiado a las señoras. Es una de mis flaquezas, y de ese

modo me arruino —dijo el viejo—. Aquí está vuestra cuenta. Si me pedís un

penique más, o discutís la cantidad, puedo arrepentirme de mi esplendidez y

rebajar medía corona.

—Y ahora deshaced mi envoltorio, Joe —dijo la primera mujer.

Joe se puso de rodillas para abrirlo con más facilidad, y después de

deshacer un gran número de nudos; sacó una pesada pieza de tela obscura.

—¿Cómo llamáis a esto? —dijo—. Cortinas de alcoba.

—¿Ah! —respondió la mujer riendo e inclinándose sobre sus brazos

cruzados—. ¡Cortinas de alcoba!

—No es posible que las hayáis quitado, con anillas y todo, estando todavía

sobre el lecho —dijo el viejo.

—Pues sí —replicó la mujer—. ¿Por qué no?

—Habéis nacido para hacer fortuna —dijo el viejo— y seguramente la

haréis.

—En verdad os aseguro, Joe —replicó la mujer tranquilamente—, que

cuando tenga a mi alcance alguna cosa, no retiraré de ella la mano por

consideración a un hombre como ése. Ahora, no dejéis caer el aceite sobre las

mantas.

—¿Las mantas de él? —preguntó Joe.

—¿De quién creéis que iban a ser? —replicó la mujer—. Me atrevo a decir

que no se enfriará por no tenerlas.

—Me figuro que no habrá muerto de enfermedad contagiosa, ¿eh? —dijo

el viejo suspendiendo la tarea y alzando los ojos.

—No tengáis miedo —replicó la mujer—. No me agradaba su compañía

hasta el punto de estar a su lado por tales pequeñeces, si hubiera habido el

menor peligro. ¿Ah! Podéis mirar esa camisa hasta que os duelan los ojos, y

no veréis en ella ni un agujero ni un zurcido. Esa es la mejor que tenía y es una


buena camisa. A no ser por mí, la habrían derrochado.

—¿A qué llamáis derrochar una camisa? —preguntó Joe.

—Quiero decir que, seguramente, le habrían amortajado con ella —replicó

la mujer, riendo—. Alguien fue lo bastante imbécil para hacerlo, pero yo se la

quité otra vez. Sí la tela de algodón no sirve para tal objeto, no sirve para nada.

Es a propósito para cubrir un cuerpo. No puede estar más feo de ese modo

que con esta camisa.

Scrooge escuchaba este diálogo con horror. Conforme se hallaban los

interlocutores agrupados en torno de su presa, a la escasa luz de la lámpara del

viejo: le producían una sensación de odio y de disgusto, que no habría sido

mayor aunque hubiera visto obscenos demonios regateando el precio del

propio cadáver.

—¡Ja, ja! —rio la misma mujer cuando Joe, sacando un talego de franela

lleno de dinero, contó en el suelo la cantidad que correspondía a cada uno—.

No termina mal, ¿veis? Durante su vida ahuyentó a todos de su lado para

proporcionarnos ganancias después de muerto. ¡Ja, ja, ja!

—¿Espíritu? —dijo Scrooge, estremeciéndose de pies a cabeza—. Ya veo,

ya veo. El caso de ese desgraciado puede ser el mío. A eso conduce una vida

como la mía. ¡Dios misericordioso! ¿Qué es esto?

Retrocedió lleno de terror, pues la escena había cambiado y Scrooge casi

tocaba un lecho: un lecho desnudo, sin cortinas, sobre el cual, cubierto por un

trapo, yacía algo que, aunque mudo, se revelaba con terrible lenguaje.

El cuarto estaba muy obscuro, demasiado obscuro para poder observarle

con alguita exactitud, aunque Scrooge, obediente a un impulso secreto, miraba

a todos lados, ansioso por saber qué clase de habitación era aquélla. Una luz

pálida, que llegaba del exterior, caía directamente sobre el lecho, en el cual

yacía el cuerpo de aquel hombre despojado, robado, abandonado por todo el

mundo, sin nadie que le velara y sin nadie que llorara por él.

Scrooge miró hacia el Fantasma, cuya rígida mano indicaba la cabeza del

muerto. El paño qué la cubría hallábase puesto con tal descuido, que el más

ligero movimiento, el de un dedo, habría descubierto la cara. Pensó Scrooge

en ello, veía cuán fácil era hacerlo y sentía el deseo de hacerlo: pero tan poco

poder tenía para quitar aquel velo como para arrojar de su lado al Espectro.

—¡Oh, fría, fría, rígida, espantosa muerte! ¡Levanta aquí tu altar y vístelo

con todos los terrores de que dispones, pues estás en tu dominio! Pero cuando

es una cabeza amada, respetada y honrada, no puedes hacer favorable a tus

terribles designios un solo cabello ni hacer odiosa una de sus facciones. No es

que la mano pierda su pesantez y no caiga al abandonarla; no es que el


corazón y el pulso dejen de estar inmóviles: pero la mano fue abierta, generosa

y leal; el corazón, bravo, ferviente y tierno; y el pulso, de un hombre. ¡Golpea,

muerte, golpea! ¡Y mira las buenas acciones que brotan de la herida y caen en

el mundo como simiente de vida inmortal!

Ninguna voz pronunció tales palabras en los oídos de Scrooge, pero las

oyó al mirar el lecho. Y pensó: "Si este hombre pudiera revivir, ¿cuáles serían

sus pensamientos primitivos? ¿La avaricia, la dureza de corazón, la

preocupación del dinero? ¿Tales cosas le han conducido, verdaderamente, a

buen fin? Yace en esta casa desierta y sombría, donde no hay un hombre, una

mujer o un niño que diga: "fue cariñoso para mí en esto o en aquello, y en

recuerdo de una palabra amable seré cariñoso para él". Un gato arañaba la

puerta, y bajo la piedra del hogar se oía un ruido de ratas que roían. ¿Qué iban

a buscar en aquel cuarto fúnebre y por qué estaban tan inquietas y turbulentas?

Scrooge no se atrevió a pensar en ello.

—¡Espíritu —dijo—, da miedo estar aquí! Al abandonar este lugar no

olvidaré sus enseñanzas, os lo aseguro. ¡Vámonos!

El Espectro seguía mostrándole la cabeza del cadáver con su dedo inmóvil.

—Os comprendo —replicó Scrooge—, y lo haría si pudiera. Pero me es

imposible, Espíritu, me es imposible.

El Espectro pareció mirarle de nuevo.

—Sí hay en la ciudad alguien a quien emocione la muerte de ese hombre

— dijo Scrooge, agonizante—, mostradme esa persona, Espíritu, os lo suplico.

El Fantasma extendió un momento su sombría vestidura ante él, como un

ala; después, volviendo a plegarla, le mostró una habitación alumbrada por la

luz del día, donde estaba una madre con sus hijos.

Aguardaba a alguien con ansiosa inquietud, pues iba de un lado a otro por

la habitación, se estremecía al menor ruido, miraba por la ventana, consultaba

el reloj, trataba, pero inútilmente, de manejar la aguja, y no podía aguantar las

voces de los niños en sus juegos. Al fin se oyó en la puerta el golpe esperado

tanto tiempo; se precipitó a la puerta y se encontró con su marido, cuyo rostro

estaba ajado y abatido por la preocupación, aunque era joven. En aquel

momento mostraba una expresión notable: un placer triste que le causaba

vergüenza y que se esforzaba en reprimir.

Se sentó para comer el almuerzo preparado para él junto al fuego, y cuando

ella le preguntó débilmente qué noticias había (lo que no hizo sino después de

un largo silencio), pareció cohibido de responder.

—¿Son buenas o malas? —dijo para ayudarle.


—Malas —respondió.

—¿Estamos completamente arruinados?

—No. Aún hay esperanzas, Carolina.

—Si se conmueve —dijo ella asombrada—, si tal milagro se realizara, no

se habrían perdido las esperanzas.

—Ya no puede conmoverse —dijo el marido—, porque ha muerto.

Era aquella mujer una dulce y paciente criatura, a juzgar por su rostro; pero

su alma se llenó de gratitud al oír aquello, y así lo expresó juntando las manos.

Un momento después pedía perdón a Dios y se mostraba afligida: pero el

primer movimiento salió del corazón.

—Lo que me dijo aquella mujer medio ebria, de quien te hablé anoche,

cuando intenté verle para obtener un plazo de una semana, y lo que creí un

pretexto para no recibirme, es la pura verdad; no sólo estaba muy enfermo,

sino agonizando.

—¿Y a quién se transmitirá nuestra deuda? —No lo sé. Pero antes de ese

tiempo tendremos ya el dinero: y aunque no lo tuviéramos, sería tener muy

mala suerte encontrar en su sucesor un acreedor tan implacable como él. ¡Esta

noche podemos dormir tranquilos, Carolina!

Sí. Sus corazones se sentían aliviados de un gran peso. Las caras de los

niños, agrupados a su alrededor para oír lo que tan mal comprendían, brillaban

más: la muerte de aquel hombre llevaba un poco de dicha a aquel hogar. La

única emoción que el Espectro pudo mostrar a Scrooge con motivo de aquel

suceso fue una emoción de placer.

—Espíritu, permitidme ver alguna ternura relacionada con la muerte —dijo

Scrooge—: si no, la sombría habitación que abandonamos hace poco estará

siempre en mi recuerdo.

El Fantasma le condujo a través de varias calles que le eran familiares: a

medida que marchaban. Scrooge miraba a todas partes en busca de su propia

imagen, pero en ningún sitio conseguía verla. Entraron en casa del pobre Bob

Cratchit, la habitación que habían visitado anteriormente, y hallaron a la

madre y a los niños sentados alrededor de la lumbre.

Tranquilos. Muy tranquilos. Los ruidosos Cratchit pequeños se hallaban en

un rincón, quietos como estatuas, sentados y con la mirada fija en Pedro, que

tenía un libro abierto delante de él. La madre y sus hijas se ocupaban en coser.

Toda la familia estaba muy tranquila.

"Y tomó a un niño y le puso en medio de ellos." ¿Dónde había oído


Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. El niño debía de haberlas

leído en voz alta cuando él y el Espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no

seguía la lectura? La madre dejó su labor sobre la mesa y se cubrió la cara con

las manos.

—El color de esta tela me hace daño en los ojos —dijo.

¿El color? ¡Ah, pobre Tiny Tim!

—Ahora están mejor —dijo la mujer de Cratchit—. La luz artificial les

perjudica, y por nada del mundo quisiera que cuando venga vuestro padre vea

que tengo los ojos malos. Ya no debe tardar, a la hora que es.

—Ya ha pasado la hora —contestó Pedro cerrando el libro—. Pero creo

que hace unas cuantas noches anda algo más despacio que de costumbre,

madre.

Volvieron a quedar en silencio. Al fin dijo la madre con voz firme y alegre,

que una sola vez se debilitó:

—Yo le he visto un día andar de prisa, muy de prisa, con... con Tiny Tim

sobre los hombros.

—¡Y yo también! —gritó Pedro—. ¡Muchas veces?

—¡Y yo también! —exclamó otro, y luego, todos.

—Pero Tiny Tim era muy ligero de llevar —continuó la madre volviendo a

su labor —y su padre le quería tanto, que no le molestaba, no le molestaba.

Pero ya oigo a vuestro padre en la puerta.

Corrió a su encuentro, y el pequeño Bob entró con su bufanda —bien la

necesitaba el pobre—. Su té se hallaba preparado junto a la lumbre y todos se

precipitaron a servírselo. Entonces los dos Cratchit pequeños saltaron sobre

sus rodillas y cada uno de ellos puso su carita en una de las mejillas del padre,

como diciendo: "No pienses en ello, padre; no te apenes".

Bob se mostró muy alegre con ellos y tuvo para todos una palabra amable:

miró la labor que había sobre la mesa y elogió la destreza y habilidad de la

señora Cratchit y las niñas.

—Eso se terminará mucho antes del domingo —dijo.

—¡Domingo! ¿Has ido hoy allá, Roberto? —preguntó su mujer.

—Sí, querida —respondió Bob—. Me hubiera gustado que hubieseis

podido venir. Os hubiera agradado ver qué verde está aquel sitio. Pero ya le

veréis a menudo. Le he prometido que iré a pasear allí un domingo.

¡Pequeñito, nene mío! —gritó Bob—. ¡Pequeñito mío!

Estalló de pronto. No pudo remediarlo. Para qua pudiera remediarlo, habría


sido preciso que no se sintiese tan cerca de su hijo.

Dejó la habitación y subió a la del piso de arriba, profusamente iluminada

y adornada como en Navidad. Había una silla colocada junto a la cama del

niño y se veían indicios de que alguien la había ocupado recientemente. El

pobre Bob se sentó en ella y, cuando se repuso algo y se tranquilizó, besó

aquella carita.

Se sintió resignado por lo sucedido y bajó de nuevo completamente feliz.

La familia rodeó la lumbre y empezó a charlar: las muchachas y la madre

siguieron su labor. Bob les contó la extraordinaria benevolencia del sobrino de

Scrooge, a quien apenas había visto una vez, y que al encontrarle aquel día en

la calle, y viéndole un poco... "un poco abatido, ¿sabéis?", dijo Bob, se enteró

de lo que le había sucedido para estar tan triste.

—En vista de lo cual —continuó Bob—, ya que es el caballero más afable

que se puede encontrar, se lo conté. "Estoy sinceramente apenado por lo que

me contáis, señor. Cratchit", dijo, "por vos y por vuestra excelente mujer". Y a

propósito, no sé cómo ha podido saber eso.

—¿Saber qué?

—Que eras una excelente mujer —contestó Bob.

—Eso lo sabe todo el mundo —dijo Pedro.

—¡Muy bien dicho, hijo mío! —exclamó Bob—. Espero que todo el

mundo lo sepa. "Sinceramente apenado", dijo, "por vuestra excelente mujer. Sí

puedo serviros en algo", continuó, dándome su tarjeta, "éste es mi domicilio.

Os ruego que vayáis a verme." Bueno, pues, me ha encantado —exclamó Bob

—, no por lo que está dispuesto a hacer en nuestro favor, sino por su

benevolencia. Parecía que en realidad había conocido a nuestro Tiny Tim y se

lamentaba con nosotros.

—Estoy segura de que tiene buen corazón —dijo la señora Cratchit.

—Más segura estarías de ello, querida —contestó Bob—, si le hubieras

visto y le hubieras hablado. No, no me sorprendería nada, fíjate en lo que digo,

que proporcionase a Pedro un empleo mejor.

—Oye esto, Pedro —dijo la señora Cratchit, —¡Y entonces —gritó una de

las muchachas— Pedro buscará compañía y se establecerá por su cuenta! —

¡Vete a paseo! —replicó Pedro haciendo una mueca.

—Eso puede ser y puede no ser —dijo Bob—, aunque hay mucho tiempo

por delante, hijo mío. Pero, de cualquier modo y en cualquier época que nos

separemos unos de otros, tengo la seguridad de que ninguno de nosotros

olvidará al pobre Tiny Tim, ¿verdad?, ninguno olvidará esta primera


separación.

—¿Nunca! —gritaron todos.

—Y yo sé —dijo Bob—, yo sé, hijos míos, que cuando recordemos cuán

paciente y cuán dulce fue, aun siendo pequeño, pequeñito, no armaremos

pendencias unos con otros, porque al hacerlo olvidaríamos al pobre Tiny Tim.

—¡No, padre; nunca! —volvieron a gritar todos.

—Soy muy feliz —dijo el pequeño Bob—. ¡Soy muy feliz!

La señora Cratchit le besó, sus hijas le besaron, los dos Cratchit pequeños

le besaron, y Pedro y él se dieron un apretón de manos. ¡Espíritu de Tiny Tim:

tu esencia infantil provenía de Dios!

—Espectro —dijo Scrooge—, algo me dice que la hora de nuestra

separación se acerca. Lo sé, pero no sé cómo se verificará. Decidme: ¿quién

era aquel hombre que hemos visto yacer en su lecho de muerte?

El Espectro de la Navidad Futura le transportó, como antes —aunque en

una época diferente, según pensó: verdaderamente, sus últimas visiones

aparecían embrolladas, excepto la seguridad de que pertenecían al porvenir —,

a los lugares en que se reunían los hombres de negocios, pero sin mostrarle su

otro él. En verdad, el Espíritu no se detuvo para nada, sino que siguió adelante

como para alcanzar el objetivo deseado, hasta que Scrooge le suplicó que se

detuviera un momento.

—Esta callejuela que atravesamos ahora —dijo Scrooge— es el lugar

donde desde hace mucho tiempo yo establecí el centro de mis ocupaciones.

Veo la casa. Permitidme contemplar lo que será en los días venideros.

El Espíritu se detuvo: su mano señalaba otro sitio.

—¡La casa está allá abajo! —exclamó Scrooge—. ¿Por qué me señaláis

hacia otra parte?

El inexorable dedo no experimentó ningún cambio. Scrooge corrió a la

ventana de su despacho y miró al interior. Seguía siendo un despacho, pero no

el suyo. Los muebles no eran los mismos y la persona sentada en la butaca no

era él. El Fantasma señalaba como anteriormente.

Scrooge volvió a unírsele, y sin comprender por qué no estaba él allí ni

dónde habría ido, siguió al Espíritu hasta llegar a una verja de hierro. Antes de

entrar se detuvo para mirar a su alrededor.

Un cementerio. Bajo la tierra yacían allí los infelices cuyo nombre iba a

saber. Era un digno lugar, rodeado de casas, invadido por la hiedra y las

plantas silvestres, antes muerte que vida de la vegetación, demasiado lleno de

sepulturas, abonado hasta la exageración. ¡Un digno lugar!


El Espíritu, de pie en medio de las tumbas, indicó una. Scrooge avanzó

hacia ella temblando. El Fantasma era exactamente como había sido hasta

entonces, pero Scrooge tuvo miedo al notar un ligero cambio en su figura

solemne.

—Antes de acercarme más a esa piedra que me enseñáis —le dijo—,

respondedme a una pregunta: ¿Es todo eso la imagen de lo que será, o

solamente la imagen de lo que puede ser?

El Espectro siguió señalando a la tumba junto a la cual se hallaba.

—Las resoluciones de los hombres simbolizan ciertos objetivos que, si

perseveran, pueden alcanzar —dijo Scrooge—; pero si se apartan de ellas, los

objetivos cambian. ¿Ocurre lo mismo con las cosas que me mostráis?

El Espíritu continuó inmóvil como siempre. Scrooge se arrastró hacia él,

temblando al acercarse, y siguiendo la dirección del dedo, leyó sobre la piedra

de la abandonada sepultura su propio nombre: Ebenezer Scrooge.

—¿Soy yo el hombre que yacía sobre el lecho? —exclamó cayendo de

rodillas.

El dedo se dirigió de la tumba a él y de él a la tumba.

—¡No, Espíritu! ¡Oh, no, no! El dedo seguía allí.

—¡Espíritu —gritó agarrándose a su vestidura—, escuchadme! Yo no soy

ya el hombre que era; no seré ya el hombre que habría sido a no ser por

vuestra intervención. ¿Por qué me mostráis todo eso, si he perdido toda

esperanza?

Por primera vez la mano pareció moverse.

—Buen Espíritu —continuó, prosternado ante él, con la frente en la tierra

—, vos intercederéis por mí y me compadeceréis. Aseguradme que puedo

cambiar esas imágenes que me habéis mostrado, cambiando de vida.

La benévola mano tembló.

—Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año.

Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir. Los espíritus de los tres

no se apartarán de mí. No olvidaré sus lecciones. ¡Oh, decidme que puedo

borrar lo escrito en esa piedra!

En su angustia asió la mano espectral, que intentó desasirse, pero su

petición le daba fuerza, y la retuvo. El Espíritu, más fuerte aún, le rechazó.

Juntando las manos en una última súplica a fin de que cambiase su destino,

Scrooge advirtió una alteración en la túnica con capucha del Fantasma, que se

contrajo, se derrumbó y quedó convertido en una columna de cama.


Capítulo 5: Conclusión


¡Sí! Y la columna de cama era suya: La cama era la suya, el cuarto era el

suyo, y, lo mejor y más venturoso de todo, ¡el tiempo venidero era suyo, para

poder enmendarse!

—Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir —repitió Scrooge,

saltando de la cama—. Los Espíritus de los tres no se apartarán de mí. ¡Oh,

Jacob Marley! ¡Benditos sean el cielo y la fiesta de Navidad: ¡Lo digo de

rodillas, Jacob, de rodillas!

Se encontraba tan animado y tan encendido por buenas intenciones, que su

voz desfallecida apenas respondía al llamamiento de su espíritu. Había

sollozado con violencia en su lucha con el Espíritu y su cara estaba mojada de

lágrimas.

—¡No se las han llevado —exclamó Scrooge, estrechando en sus brazos

una de las cortinas de la alcoba—, no se las han llevado, ni tampoco las

anillas! Están aquí. Yo estoy aquí. Las imágenes de las cosas que podían haber

ocurrido pueden desvanecerse. Y se desvanecerán, lo sé.

Sus manos se ocupaban continuamente en palpar sus vestidos; los volvía

del revés, ponía lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, los desgarraba, los

dejaba caer, haciéndoles cómplices de toda clase de extravagancias.

—¡No sé lo que hago! —exclamó Scrooge riendo y llorando a la vez y

haciendo de sí mismo con sus medías una copia perfecta de Laocoonte—.

Estoy ligero como una pluma, dichoso como un ángel, alegre como un escolar,

aturdido como un borracho. ¡Felices Pascuas a todos! ¡Feliz Año Nuevo a todo

el mundo! ¡Hurra! ¡Viva!

Había ido a la sala dando brincos, y allí estaba entonces sin aliento.

—¡Aquí está la cacerola con el cocimiento! —gritó Scrooge

entusiasmándose de nuevo y danzando alrededor de la chimenea—. ¡Esa es la

puerta por donde entró el Espectro de Jacob Marley! ¡Ese es el rincón donde

se sentó el Espectro de la Navidad Presente! ¡Ésa es la ventana por donde vi

los Espíritus errantes! ¡Todo está en su sitio, todo es verdad, todo ha sucedido!

¡Ja, ja, ja!

Realmente, para un hombre que no la había practicado por espacio de

muchos años, era una risa espléndida, la risa más magnífica, el padre de una

larga, larga progenie de risas brillantes.

—No sé a cuánto estamos —dijo Scrooge—. No sé cuánto tiempo he


estado entre los Espíritus. No sé nada. Soy como un niño. No me importa. Me

es igual. Quisiera ser un niño. ¡Hurra! ¡Viva!

Le interrumpieron sus transportes de alegría las campanas de las iglesias,

con los más sonoros repiques que oyó jamás. ¡Tin, tan! ¡Tin, tan! ¡Tin, tan!

¡Oh, magnífico, magnífico!

Corriendo a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Nada de bruma, nada

de niebla; un frío claro, luminoso, jovial; un frío que al soplar hace bailar la

sangre en las venas; un sol de oro, un cielo divino; un aire fresco y suave,

campanas alegres. ¡Oh, magnifico, magnífico!

—¿Qué día es hoy? —gritó Scrooge, dirigiéndose a un muchacho

endomingado, que quizá se había detenido para mirarle.

—¿Eh? —replicó el muchacho lleno de admiración.

—¿Qué día es hoy, hermoso? —dijo Scrooge.

—¿Hoy! —repuso el muchacho—. ¡Toma, pues, el día de Navidad!

—¡El día de Navidad! —se dijo Scrooge—. ¡No ha pasado todavía! Los

Espíritus lo han hecho todo en una noche. Pueden hacer todo lo que quieren.

Pueden, no hay duda. Pueden, no hay duda. ¡Hola, hermoso!

—¡Hola! —contestó el muchacho.

—¿Sabes dónde está la pollería, en la esquina de la segunda calle? —

inquirió Scrooge.

—¡Claro que sí!

—¡Eres un muchacho listo! —dijo Scrooge—. ¡Un muchacho notable!

¿Sabes si han vendido el hermoso pavo que tenían colgado ayer? No el

pequeño, el grande.

—¿Cuál? ¿Uno que era tan gordo como yo? —replicó el muchacho.

—¡Qué chico tan delicioso? —dijo Scrooge—. Da gusto hablar contigo.

¿Sí, hermoso?

—Todavía está colgado —repuso el muchacho.

—¿Sí? —dijo Scrooge—. Ve a comprarlo.

—¡Qué bromista! —exclamó el muchacho.

—No, no —dijo Scrooge—. Hablo en serio. Ve a comprarlo y di que lo

traigan aquí, que yo les diré dónde tienen que llevarlo. Vuelve con el mozo y

te daré un chelín. Si vienes con él antes de cinco minutos, te daré media

corona.


El muchacho salió como una bala. Habría necesitado una mano muy firme

en el gatillo el que pudiera lanzar una bala con la mitad de la velocidad.

—Voy a enviárselo a Bob Cratchit —murmuró Scrooge, frotándose las

manos y soltando la risa. No sabrá quién se lo envía. Tiene dos veces el cuerpo

de Tiny Tim. ¡Joe Miller no ha gastado nunca una broma como ésta de enviar

el pavo a Bob!

Al escribir las señas no estaba muy firme la mano; pero, de cualquier

modo, las escribió Scrooge y bajó la escalera para abrir la puerta de la calle en

cuanto llegase el mozo de la pollería. Hallándose allí aguardando su llegada, el

llamador atrajo su mirada.

—¡Le amaré toda mi vida! —exclamó Scrooge, acariciándole con la mano

—. Apenas le miré antes. ¡Qué honrada expresión tiene en la cara! ¡Es un

llamador admirable!... Aquí está el pavo. ¡Viva! ¡Hola! ¿Cómo estáis? ¡Felices

Pascuas!

¡Era un pavo! Seguramente no había podido aquel volátil sostenerse sobre

las patas. Se las habría roto en un minuto como si fueran barras de lacre.

—¡Qué! No es posible llevarlo a cuestas hasta Camden-Town —dijo

Scrooge—. Tenéis que tomar un coche.

La risa con que dijo aquello, y la risa con que pagó el pavo, y la risa con

que pagó el coche, y la risa con que dio la propina al muchacho, únicamente

fueron sobrepasadas por la risa con que se sentó de nuevo en su butaca, ya sin

aliento, y siguió riendo hasta llorar.

No le fue fácil afeitarse, porque su mano seguía muy temblorosa, y el

afeitarse requiere tranquilidad, aun cuando no bailéis mientras os entregáis a

tal ocupación. Pero si se hubiera cortado la punta de la nariz se habría puesto

un trozo de tafetán inglés en la herida y se habría quedado tan satisfecho.

Se vistió con sus mejores ropas y se lanzó a las calles.

La multitud se precipitaba en aquel momento, como la vio yendo con el

Espectro de la Navidad Presente, y al marchar con las manos en la espalda,

Scrooge miraba a todo el mundo con una sonrisa de placer. Parecía tan

irresistiblemente amable, en una palabra, que tres o cuatro muchachos de buen

humor dijeron: "¡Buenos días, señor! ¡Felices Pascuas, señor!" Y Scrooge dijo

más tarde muchas veces que, de todos los sonidos agradables que oyó en su

vida, aquellos fueron los más dulces para sus oídos.

No había andado mucho, cuando vio que se dirigía hacia él el corpulento

caballero que había ido a su despacho el día anterior, diciendo: "¿Scrooge y

Marley, si no me equivoco?" Un dolor agudo le atravesó el corazón al pensar

de qué modo le miraría el anciano caballero cuando se encontraran; pero vio el


camino que se presentaba recto ante él, y lo tomó.

—Querido señor —dijo Scrooge, apresurando el paso y tomando al

anciano caballero las dos manos—. ¿Cómo estáis? Espero que ayer habrá sido

un buen día para vos. Es una acción que os honra. ¡Felices Pascuas, señor!

—¿El señor Scrooge?

—Sí —dijo éste—, tal es mi nombre, y temo que no os sea agradable.

Permitid que os pida perdón. ¿Y tendríais la bondad?... (Aquí Scrooge le

cuchicheó al oído.)

—¡Bendito sea Dios! —gritó el caballero, como si le faltara el aliento—.

Querido señor Scrooge, ¿habláis en serio?

—Sí no lo tomáis a mal —dijo Scrooge—. Nada menos que eso. En ello

están incluidas muchas deudas atrasadas, os lo aseguro. ¿Me haréis ese favor?

—Querido señor —dijo el otro, estrechándole las manos—. No sé cómo

alabar tal muni...

—Os ruego que no digáis nada —interrumpió Scrooge—. Id a verme.

¿Iréis a verme?

—¡Iré! —exclamó el anciano caballero. Y se veía claramente que pensaba

hacerlo.

—Gracias —dijo Scrooge—. Os lo agradezco mucho. Os doy mil gracias.

¡Adiós!

Estuvo en la iglesia, recorrió las calles y contempló a la gente que iba

presurosa de un lado a otro, dio a los niños palmaditas en la cabeza, interrogó

a los mendigos, miró curiosamente las cocinas de las casas y luego miró hacia

las ventanas, y notó que todo le producía placer. Nunca imaginó que un paseo

— una cosa insignificante— pudiera hacerle tan feliz. Por la tarde dirigió sus

pasos a casa de su sobrino.

Pasó ante la puerta una docena de veces antes de atreverse a subir y llamar

a la puerta. Por fin se lanzó y llamó:

—¿Está en casa vuestro amo, querida? —preguntó Scrooge a la muchacha.

¿Guapa chica, en verdad?

—Sí, señor.

—¿Dónde está, preciosa? —dijo Scrooge.

—En el comedor, señor; está con la señora. Haced el favor de subir

conmigo.

—Gracias. El señor me conoce —repuso Scrooge, con la mano puesta ya


en el picaporte del comedor—. Voy a entrar, hija mía.

Abrió suavemente y metió la cabeza ladeada por la puerta entreabierta. El

matrimonio hallábase examinando la mesa (puesta como para una comida de

gala), pues los jóvenes amos de casa, siempre se cuidan de tales pormenores y

les agrada ver que todo está como es debido.

—¿Fred? —dijo Scrooge.

¿Cielos? ¡Cómo se estremeció su sobrina política! Scrooge olvidó por el

momento que la había visto sentada en un rincón, con los pies en el taburete: si

no, no se habría atrevido a entrar de ningún modo.

—¡Dios me valga! —gritó Fred—. ¿Quién es?

—Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a comer. ¿Me permites entrar, Fred?

—¡Permitirle entrar!

Por poco no le arranca un brazo para introducirle en el comedor. A los

cinco minutos se hallaba como en su casa. No era posible más cordialidad. La

sobrina imitó a su marido. Y lo mismo hizo Topper cuando llegó. Y lo mismo

la hermana regordeta cuando llegó. Y lo mismo todos los demás cuando

llegaron.

¡Admirable reunión, admirables entretenimientos, admirable unanimidad,

ad-mi-ra-ble dicha!

Pero Scrooge acudió temprano a su despacho a la mañana siguiente. ¡Oh,

muy temprano! ¡Si él pudiera llegar el primero y sorprender a Cratchit cuando

llegara tarde! ¡Aquello era lo único que le preocupaba!

¡Y lo consiguió, vaya sí lo consiguió! El reloj dio las nueve. Bob no

llegaba.

Las nueve y cuarto. Bob no llegaba. Bob se retrasaba ya dieciocho minutos

y medio. Scrooge se sentó, dejando su puerta de par en par, a fin de verle

cuando entrase en su mazmorra. Habíase quitado Bob el sombrero antes de

abrir la puerta y también la bufanda. En un instante se instaló en su taburete y

se puso a escribir rápidamente, como si quisiera lograr que fuesen las nueve de

la mañana.

—¿Hola! —gruñó Scrooge, imitando cuanto pudo su voz de antaño—.

¿Qué significa que vengáis a esta hora?

—Lo siento mucho, señor —dijo Bob—. Ya sé que vengo tarde.

—¡Tarde! —repitió Scrooge—. Sí. Creo que venís tarde. Acercaos un

poco, haced el favor.

—Es solamente una vez al año, señor —dijo Bob tímidamente, saliendo de


la mazmorra—. Esto no se repetirá. Ayer estuve un poco de broma, señor.

—Pues tengo que deciros, amigo mío —dijo Scrooge—, que no estoy

dispuesto a que esto continúe de tal modo. Por consiguiente —añadió,

saltando de su taburete y dando a Bob tal empellón en la cintura que le hizo

retroceder dando traspiés a su cuchitril— ¡por consiguiente, voy a aumentaros

el sueldo!

Bob tembló y se dirigió adonde estaba la regla, sobre su mesa. Tuvo una

momentánea intención de golpear a Scrooge con ella, sujetarle los brazos,

pedir auxilio a los que pasaban por la calleja, para ponerle una camisa de

fuerza.

—¡Felices Pascuas, Bob! —dijo Scrooge, con una vehemencia que no

admitía duda y abrazándole al mismo tiempo—. Tantas más felices Pascuas os

deseo, Bob, querido muchacho, cuanto que he dejado de felicitaros tantos

años.

Voy a aumentaros el sueldo y a esforzarme por ayudaros a sostener a

vuestra familia: y esta misma tarde discutiremos nuestros asuntos ante un

tazón de ponche humeante, Bob. ¡Encended las dos lumbres: id a comprar otro

cubo para el carbón antes de poner un punto sobre una i, Bob Cratchit!

Scrooge hizo más de lo que había dicho. Hizo todo e infinitamente más: y

respecto de Tiny Tim, que no murió, fue para él un segundo padre. Se hizo tan

buen amigo, tan buen maestro y tan buen hombre, como el mejor ciudadano de

una ciudad, de una población o de una aldea del bueno y viejo mundo.

Algunos se rieron al verle cambiado; pero él les dejó reír y no se preocupó,

pues era lo bastante juicioso para saber que nunca sucedió nada bueno en este

planeta que no empezara por hacer reír a algunos: y comprendiendo que

aquéllos estaban ciegos, pensó que tanto vale que arruguen los ojos a fuerza de

reír, como que la enfermedad se manifiesta en forma menos atractiva. Su

propio corazón reía, y con eso tenía bastante.

No volvió a tener trato con los aparecidos, pero en adelante tuvo mucho

más con los amigos y con la familia, y siempre se dijo que, si algún hombre

poseía la sabiduría de celebrar respetuosamente la fiesta de Navidad, ese

hombre era Scrooge.

¡Ojalá se diga con verdad lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y

también, como hacía notar Tiny Tim, ¡Dios nos bendiga a todos!


FIN

2para leer al atardecer" Dickens

 

Para leer al atardecer

[Cuento - Texto completo.]

Charles Dickens

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Eran cinco.

Cinco correos sentados en un banco en el exterior del convento situado en la cumbre del Gran San Bernardo, en Suiza, contemplando las remotas cumbre teñidas por el sol poniente, como si se hubiera derramado sobre la cima de la montaña una gran cantidad de vino tinto que no hubiera tenido tiempo todavía de hundirse en la nieve.

Este símil no es mío. Lo expresó en aquella ocasión el más vigoroso de los correos, que era alemán. Ninguno de los otros le prestó más atención de lo que me habían prestado a mí, sentado en otro banco al otro lado de la puerta del convento, fumándome mi cigarro como ellos, y también como ellos contemplando la nieve enrojecida y el solitario cobertizo cercano en donde los cuerpos de los viajeros retrasados iban saliendo, y desaparecían lentamente sin que pudiera acusárseles de vicio en aquella fría región

Mientras contemplábamos la escena el vino de las cumbres montañosas fue absorbido; la montaña se volvió blanca; el cielo tomó un tono azul muy oscuro; se levantó el viento y el aire se volvió terriblemente frío. Los cinco correos se abotonaron lo abrigos. Como un correo es el hombre al que resulta más seguro imitar, me abotoné el mío.

La puesta de sol en la montaña había interrumpido la conversación de los cinco correos. Era una vista sublime con todas las probabilidades de interrumpir una conversación. Pero ahora que la puesta de sol había terminado, la reanudaron. Yo no había oído parte alguna de su discurso anterior, pues todavía no me había separado del caballero americano que en el salón para viajeros del convento, sentado con el rostro de cara al fuego, había tratado de transmitirme toda la serie de acontecimientos causantes de que el honorable Ananias Dodger hubiera acumulado la mayor cantidad de dólares que se había conseguido nunca en un país.

-¡Dios mío! -dijo el correo suizo hablando en francés, lo que a mí no me parece, tal como les suele suceder a algunos autores, una excusa suficiente para una palabra pícara, y sólo tengo que ponerla en esa lengua para que parezca inocente-. Si habla de fantasmas…

-Pero yo no hablo de fantasmas -contestó el alemán.

-¿De qué habla entonces? -preguntó el suizo. -Si lo supiera -contestó el otro-, probablemente sería mucho más sabio.

Pensé que era una buena respuesta y me produjo curiosidad. Por eso cambié de posición, trasladándome a la esquina de mi banco más cercana a ellos, y así, apoyando la espalda en el muro del convento, los escuché perfectamente sin que pareciera estar haciéndolo.

-¡Rayos y truenos! -exclamó el alemán calentándose-. Cuando un determinado hombre viene a verte inesperadamente, y sin que él lo sepa envía un mensajero invisible para que tengas la idea de él en la cabeza durante todo el día… Cómo le llama a eso, cuando uno camina por una calle atestada de gente, en Frankfurt, Milán, Londres o París, y piensa, que un desconocido que pasa al lado se asemeja al amigo Heinrich, y luego otro desconocido se parece a tu amigo Heinrich, y empiezas a tener así la extraña idea de que vas a encontrarte con tu amigo Heinrich… y eso es exactamente lo que sucede, aunque unos creían que su amigo estaba en Trieste… ¿cómo le llama a eso?

-Tampoco eso es nada infrecuente -murmuraron el suizo y los otros tres.

-¡Infrecuente! -exclamó el alemán-. Es algo tan común como las cerezas en la Selva Negra. Es algo tan común como los macarrones en Nápoles. ¡Y lo de Nápoles me recuerda algo! Cuando la vieja marquesa Senzanima lanza un grito con las cartas de la uija -y fui testigo, pues sucedió en una familia mía bávara y aquella noche estaba yo a cargo del servicio-, digo que cuando la vieja marquesa se levanta de la mesa de cartas blanca a pesar del carmín y grita: «¡mi hermana de España ha muerto! ¡He sentido en mi espalda su contacto frío!»… y cuando resulta que la hermana ha muerto en ese momento… ¿cómo le llama a eso?

-O cuando la sangre de San Genaro se licúa porque se lo pide el clero… como todo el mundo sabe que sucede con regularidad una vez por año, en mi ciudad natal -añadió el correo napolitano tras una pausa con una mirada cómica-. ¿Cómo llama a eso?

-¡Eso! -gritó el alemán-. Pues bien, creo que conozco un nombre para eso.

-¿Milagro? -preguntó el napolitano con el mismo rostro pícaro.

El alemán se limitó a fumar y lanzar una carcajada; y todos fumaron y rieron.

-¡Bah! -exclamó el alemán un rato después-. Yo hablo de cosas que suceden realmente. Cuando quiero ver a un brujo pago para ver a un profesional, y que mi dinero merezca la pena. Suceden cosas muy extrañas sin fantasmas. ¡Fantasmas! Giovanni Baptista, cuente la historia de la novia inglesa. Ahí no hay ningún fantasma, pero resulta igual de extraño. ¿Hay alguien que sepa decirme qué?

Como se produjo un silencio entre ellos, miré a mi alrededor. Aquél que pensé debía ser Baptista estaba encendiendo un cigarro nuevo. Enseguida empezó a hablar y pensé que debía ser genovés.

-¿La historia de la novia inglesa? -preguntó-. ¡Basta! Uno no debería tomarse tan a la ligera una historia así. Bueno, da lo mismo. Pero es cierta. Ténganlo bien en cuenta, caballeros, es cierta. No todo lo que brilla es oro, pero lo que voy a contarles es verdad.

Repitió esa misma frase varias veces.

-Hace diez años, llevé mis credenciales a un caballero inglés que estaba en el Long’s Hotel, en Bond Street, Londres, quien pensaba viajar durante uno o quizá dos años. El caballero aprobó mis credenciales, y yo lo aprobé a él. Quería hacer unas investigaciones y el testimonio que recibió fue favorable. Me contrató por seis meses y mi acogida fue generosa. Era un hombre joven, de buen aspecto, muy feliz. Estaba enamorado de una hermosa y joven dama inglesa, de fortuna suficiente, e iban a casarse. En resumen, lo que íbamos a emprender era viaje de bodas. Para el reposo de tres meses durante el clima caluroso (estábamos entonces a principio de verano) había alquilado un viejo palacio en la Riviera, a escasa distancia de la ciudad, Génova, en carretera que conducía a Niza. ¿Conocía yo el lugar? Cierto, le dije que lo conocía bien. Era un palacio viejo con grandes jardines. Era un poco desértico, algo oscuro y sombrío, pues los árboles lo rodeaban desde muy cerca, pero resultaba espacioso, antiguo, imponente y muy cercano al mar. Me dijo que así lo habían descrito exactamente, y le complacía que yo lo conociera. En cuanto a que estuviera algo deprovisto de muebles, así sucedía con todos los lugares de alquiler. Y en cuanto a que fuera un poco sombrío, lo había alquilado principalmente por los jardines, y él y su amada pasarían a su sombra el tiempo veraniego.

»-¿Todo bien entonces, Baptista? –preguntó.

»-Indudablemente; muy bien.

»Para nuestro viaje contábamos con un carruaje que acababan de construir para nosotros y que en todos los aspectos resultaba conveniente. El matrimonio ocupó su lugar. Ellos estaban felices. Yo me sentía feliz viendo que todo era brillante, viéndolo tan bien situado, dirigiéndome a mi propia ciudad enseñándole mi lengua mientras viajábamos a la doncella, la bella Carolina, cuyo corazón era alegre y risueño, y que era joven y sonrosada.

»El tiempo volaba. Pero observé -¡y les ruego que presten atención a esto (y en ese momento el correo bajó el volumen de su voz)-, a veces observé que mi señora se encontraba meditabunda, de una manera muy extraña, de una manera que daba miedo, de una manera desgraciada, y percibí en ella una vaga sensación de alarma. Creo que empecé a darme cuenta de ello cuando ascendía colina arriba al lado del carruaje y el amo iba por delante. En cualquier caso, recuerdo que quedó grabada en mi mente una noche, en el sur de Francia, cuando me pidió que llamara al amo; y cuando éste vino y caminó un largo trecho hablando con ella afectuosamente, poniendo una mano en la ventanilla abierta para sujetar la de ella. De vez en cuando se reía alegremente, como si se estuviera burlando de ella por algo. Al cabo de un rato, ella reía y entonces todo iba bien de nuevo.

»Aquello me resultó curioso y le pregunté a la hermosa Carolina. ¿Se encontraba mal el ama? No. ¿Desanimada? No. ¿Temerosa de los malos caminos o los bandidos? No. Pero lo que me resultó más misterioso fue que la bella Carolina no me mirara directamente al darme la respuesta, sino que contemplara la vista.

»Pero un día me contó el secreto.

»-Si deseas saberlo -dijo Carolina-, he descubierto, escuchando aquí y allá, que el ama está hechizada y obsesionada.

»-¿Y cómo?

»-Por un sueño.

»-¿Qué sueño?

»-El sueño de un rostro. Durante tres noches antes de la boda vio un rostro en sueños… siempre el mismo rostro, y sólo ése.

»-¿Un rostro terrible?

»-No. El rostro de un hombre oscuro de muy agradable aspecto, vestido de negro, con el cabello negro y mostacho gris… un hombre guapo, salvo por un aire reservado y secreto, jamás había visto el rostro, ni otro que se le pareciera. En el sueño no hacía sino mirarla fijamente, desde la oscuridad.

»-¿Volvió a tener ese sueño?

»-Nunca. Lo único que le preocupa es recordarlo.

»-¿Y por qué le preocupa?

»Carolina sacudió la cabeza.

»-Eso es lo que quiere saber el amo -contestó la bella-. Ella no lo sabe. Ella misma se pregunta la razón. Pero la oí decirle a él anoche mismo que si encontraba un cuadro de ese rostro en nuestra casa italiana (y tiene miedo de que así suceda) piensa que no sería capaz de soportarlo.

»Puedo jurar (siguió diciendo el correo genovés) que después de esto tuve miedo de llegar al viejo palazzo, no fuera a encontrarse allí aquel malaventurado cuadro. Sabía que había muchos cuadros, y conforme nos fuimos acercando al lugar deseé que toda la galería de pintura hubiera caído en el cráter del Vesubio. Para empeorar las cosas, cuando por fin llegamos a aquella parte de la Riviera hacía una noche lúgubre y tormentosa. Tronaba, y en mi ciudad y sus alrededores los truenos son muy fuertes, pues se repiten entre las altas colinas. Los lagartos salían y entraban por las hendiduras del muro roto de piedra del jardín, como si estuvieran asustados; las ranas burbujeaban y croaban a gran volumen; el viento del mar gemía y los árboles húmedos goteaban; y los relámpagos… ¡por el cuerpo de San Lorenzo, qué relámpagos!

»Todos sabemos cómo es un palacio antiguo en Génova o sus cercanías… cómo lo han manchado el tiempo y el aire del mar… cómo las pinturas de las paredes exteriores se han ido cayendo dejando al descubierto grandes trozos de escayola… que las ventanas inferiores están oscurecidas por barras de hierro oxidado… que el patio exterior está cubierto de hierba… que los edificios exteriores están en ruinas… que todo el conjunto parece dedicado al olvido. Nuestro palazzo era uno de los auténticos. Llevaba cerrado varios meses. ¿Meses…? ¡Años! Olía a tierra, como a tumba. De alguna manera se había introducido en la casa, sin ser capaz de salir de nuevo, el aroma de los naranjos de la amplia terraza trasera, y de los limones que maduraban en la pared, y de algunos matorrales que crecían por alrededor de una fuente rota. En todas las habitaciones había un olor a vejez, que había crecido con el confinamiento. Penetraba en todos los armarios y cajones. En las pequeñas salas de comunicación que había entre las habitaciones grandes, aquello resultaba sofocante. Si dabas la vuelta a un cuadro, por volver al tema de los cuadros, allí estaba ese olor, aferrándose a la pared detrás del marco, como una especie de murciélago.

»Las persianas enrejadas estaban cerradas en toda la casa. Sólo vivían allí, para atenderla, dos ancianas de aspecto horrible y cabellos grises; una de ellas con un huso, sentada en el umbral dándole vueltas y murmurando, y que antes habría dejado entrar al diablo que al aire. El amo, el ama, la bella Carolina y yo recorrimos el palazzo. Yo fui el primero en entrar, aunque habría preferido ser el último, abriendo las ventanas y persianas, y quitándome de encima las gotas de lluvia, las manchas de argamasa, y de vez en cuando un mosquito durmiente, o una monstruosa, gruesa y manchada araña genovesa.

»Cuando había encendido la luz en una habitación, entraban el amo, el ama y la bella Carolina. Mirábamos entonces todos los cuadros, y pasaba yo a la habitación siguiente. Secretamente el ama tenía un gran miedo a encontrarse con un cuadro que se asemejara a aquel rostro… todos lo teníamos; pero no estaba. La Madonna y el Niño, San Francisco, San Sebastián, Venus, Santa Catalina, ángeles, bandidos, frailes, iglesias en el ocaso, batallas, caballos blancos, bosques, apóstoles, dogos, todos mis antiguos conocidos tantas veces repetidos… así es. Pero no había un hombre guapo y oscuro vestido de negro, reservado y secreto, de cabellos negros y mostacho gris que mirara al ama desde la oscuridad; ése, no existía.

»Después de haber pasado por todas las habitaciones, contemplando todos los cuadros, salimos a los jardines. Estaban hermosamente cuidados, pues habían contratado un jardinero, y eran grandes y sombríos. En un lugar había un teatro rústico a cielo abierto; el escenario era una pendiente verde; los bastidores, con tres entradas por un lado, eran pantallas de hojas aromáticas. El ama movió sus ojos brillantes, incluso allí, como si esperara ver el rostro saliendo a escena; pero todo estaba bien.

»-Bien, Clara -dijo el amo en voz baja-. Ya ves que no hay nada. ¿Eres feliz?

»El ama se sentía muy animada. Enseguida se habituó a aquel feo palacio y empezó a cantar, a tocar el arpa, a copiar los viejos cuadros y a pasear con el amo bajo los árboles verdes y los emparrados el día entero. Ella era hermosa. Él se sentía feliz. Solía echarse a reír y me decía, montando a caballo por la mañana antes de que apretara el calor:

»-¡Baptista, todo va bien!

»-Así es, signore, gracias a Dios, todo va muy bien.

»No recibíamos visitas. Llevé a la bella al Duomo y a la Annunciata, al café, a la ópera, al pueblo de Festa, a los jardines públicos, al teatro diurno, a las marionetas. La hermosa estaba encantada con todo lo que veía. Y aprendió italiano milagrosamente. ¿Se había olvidado totalmente el ama de ese sueño?, le preguntaba a veces a Carolina. Casi, contestaba la bella… casi. Estaba olvidándolo.

»Un día, el amo recibió una carta y me llamó.

»-¡Baptista!

»-¡Signore!

»-Se me ha presentado un caballero que cenará hoy aquí. Dice llamarse signore Dellombra. Dispón que cene como un príncipe.

»Era un nombre extraño que yo desconocía Pero últimamente había muchos nobles y caballeros perseguidos por los austriacos por sospechas políticas y algunos habían cambiado de nombre. Quizá éste fuera uno de ellos. Dellombra era para mí un nombre tan bueno como cualquier otro.

»Cuando llegó a cenar el signore Dellombra (contó el correo genovés en voz baja, tal como había hecho en otra ocasión), lo llevé hasta la sala de recibir, el gran salón del viejo palazzo. El amo le recibió con cordialidad y le presentó a su esposa. Al levantarse ésta le cambió el rostro, lanzó un grito y cayó desmayada sobre el suelo de mármol.

»Entonces volví la cabeza hacia el signore Dellombra y vi que iba vestido de negro, que tenía un aire reservado y secreto, que era un hombre oscuro de muy buen aspecto, de cabellos negros y mostacho gris.

»El amo levantó a su esposa en brazos y la llevó al dormitorio, donde yo envié inmediatamente a la bella Carolina. Ésta me contó después que el ama estaba aterrada mortalmente, y que se pasó toda la noche pensando en el sueño.

»El amo se encontraba molesto y ansioso… más colérico, pero muy solícito. El signore Dellombra era un caballero cortés y habló con gran respeto y simpatía del hecho de que el ama se encontrara tan enferma. El viento africano llevaba soplando algunos días (así se lo habían dicho en su hotel de la Cruz de Malta), y él sabía que a menudo era dañino. Deseaba que la hermosa dama se recuperara pronto. Pidió permiso para retirarse y renovar su visita cuando pudiera tener la felicidad de saber que su esposa estaba mejor. El amo no se lo permitió y cenaron a solas.

»Se retiró pronto. Al día siguiente llegó a caballo hasta la puerta para preguntar por el ama. En aquella semana, lo hizo en dos o tres ocasiones.

»Lo que yo observé por mí mismo, unido a lo que la bella Carolina me contó, me bastó para comprender que el amo había decidido curar a su esposa de su caprichoso terror. Era todo amabilidad, pero se mantuvo sensato y firme. Razonó con ella que estimular esas fantasías era provocar la melancolía, cuando no la locura. Que tenía que ser ella misma. Que si lograba enfrentarse a su extraña debilidad y recibir felizmente al signore Dellombra tal como una dama inglesa recibiría a cualquier otro invitado, habría vencido su fantasía para siempre. Para abreviar, el Signore regresó, y el ama lo recibió sin que se le notara ninguna preocupación (aunque todavía con ciertas limitaciones y aprensiones), por lo que la noche pasó serenamente. El amo estaba tan complacido con este cambio, y tan deseoso de confirmarlo, que el signore Dellombra se convirtió en un invitado constante. Era muy entendido en cuadros, libros y música, y su compañía habría sido bien recibida en cualquier palazzo triste.

»Muchas veces observé que el ama no se había recuperado del todo. Delante del signore Dellombra bajaba la mirada e inclinaba la cabeza, o lo contemplaba con una mirada aterrada y fascinada, como si su presencia tuviera sobre ella una influencia o un poder malignos. Pasando de ella a él, solía verlo en los jardines sombreados, o en la gran sala iluminada a medias, podríamos decir que «mirándola fijamente desde la oscuridad». Pero lo cierto es que yo no había olvidado las palabras de la bella Carolina al describir el rostro del sueño.

»Tras su segunda visita, oí decir al amo:

»-¡Ya ves, mi querida Clara, ahora todo ha terminado! Dellombra ha venido y se ha ido, y tu aprensión se ha roto como si fuera de cristal.

»-¿Volverá… volverá de nuevo? -preguntó el ama.

»-¿De nuevo? ¡Claro, una y otra vez! ¿Tienes frío? -le preguntó al ver que ella se estremeció.

»-No, querido; pero ese hombre me aterra: ¿estás seguro de que tiene que volver otra vez?

»-¡El hecho mismo de que me lo preguntes hace que todavía esté más seguro, Clara! -contestó el amo alegremente.

»Pero ahora el amo estaba muy esperanzado en la recuperación completa de su esposa, y cada día que pasaba lo estaba más. Ella era hermosa y él se sentía feliz.

»-¿Va todo bien, Baptista? -me preguntaba de vez en cuando.

»-Así es, signore, gracias a Dios; todo va muy bien.

»Para el carnaval nos fuimos todos a Roma (dijo el correo genovés forzándose a hablar un poco más alto). Yo había pasado fuera el día entero con un siciliano amigo mío, también correo, que se encontraba allí con una familia inglesa. Al regresar por la noche al hotel encontré a la pequeña Carolina, que nunca salía de casa sola, corriendo aturdida por el Corso.

»-¡Carolina! ¿Qué sucede?

»-¡Ay, Baptista! ¡Ay, en el nombre del Señor! ¿Dónde está mi ama?

»-¿El ama, Carolina?

»-Se fue por la mañana… cuando el amo salió a su paseo diurno, me dijo que no la llamara, pues estaba fatigada por no haber descansado durante la noche (había tenido dolores) y se quedaría en la cama hasta la tarde, para levantarse así recuperada. ¡Pero se ha ido!… ¡Se ha ido! El amo ha regresado, ha echado la puerta abajo y ella ha desaparecido. ¡Mi bella, mi buena, mi inocente ama!

»Así lloraba, desvariaba y se debatía para que yo no pudiera sujetarla la hermosa Carolina, hasta que acabó desmayándose en mis brazos como si le hubieran disparado. Llegó el amo; en su actitud, su rostro y su voz no era ya el amo que conocía yo: se parecía a sí mismo tanto como yo a él. Me cogió, y después de dejar a Carolina en su cama del hotel al cuidado de una camarera, me condujo en un carruaje furiosamente a través de la oscuridad, cruzando la desolada Campagna. Cuando se hizo de día y nos detuvimos en una miserable casa de postas, hacía doce horas que todos los caballos habían sido alquilados y enviados en distintas direcciones. ¡Y fíjense bien en esto! Habían sido alquilados por el signore Dellombra, que había pasado por allí en un carruaje con una asustada dama inglesa acurrucada en una esquina.

Tras emitir un prolongado suspiro, el correo genovés dijo que nunca había oído que nadie la hubiera vuelto a ver más allá de ese punto. Lo único que sabía es que se desvaneció en un infame olvido llevando a su lado el temible rostro que había visto en su sueño.

-¿Y cómo llaman a eso? -preguntó con tono triunfal el correo alemán-. ¡Fantasmas! ¡Ahí no hay fantasmas! ¿Cómo llaman a esto que voy a contarles? ¡Fantasmas! ¡Aquí no hay fantasmas!

»En una ocasión (siguió diciendo el correo alemán) me contraté con un caballero inglés, anciano y soltero, para recorrer mi país, mi Patria. Era un hombre de negocios que comerciaba con mi país y conocía la lengua, pero que no había estado nunca allí desde su adolescencia… y por lo que yo consideré que debían haber transcurrido unos sesenta años.

»Se llamaba James y tenía un hermano gemelo llamado John, que era también soltero. Un gran afecto unía a esos hermanos. Tenían un negocio común en Goodman’s Fields, pero no vivían juntos. El señor James habitaba en Poland Street, esquina a Oxford Street, en Londres; y el señor John residía cerca de Epping Forest.

»El señor James y yo íbamos a partir para Alemania en una semana. El día exacto dependería de un negocio. El señor John llegó a Poland Street (cuando yo habitaba ya en la casa) para pasar esa semana con el señor James. Pero al segundo día le dijo a su hermano:

»James, no me siento muy bien. No es nada grave, pero creo que estoy un poco gotoso. Me iré a casa para que me cuide mi ama de llaves, que me entiende bien. Si mejoro, regresaré para verte antes de que te vayas. Si no me pongo bien como para proseguir la visita donde la dejé, tú puedes venir a verme antes de partir.

»El señor James dijo que por supuesto que así lo haría, y se estrecharon las manos, las dos manos, tal como hacían siempre, tras lo cual el señor John pidió que le trajeran su carruaje, ya anticuado, y se fue a casa.

»Dos noches después de eso, es decir, el día cuarto de la semana, me despertó de un profundo sueño el señor James, entrando en mi dormitorio con un camisón de franela y una vela encendida. Se sentó junto a mi cama y me dijo, mirándome:

»-Wilhelm, tengo razones para pensar que he cogido una extraña enfermedad.

»Me di cuenta entonces de que había en su rostro una expresión inusual.

»-Wilhelm -añadió-. Ni me asusta ni me avergüenza decirte lo que podría tener miedo o vergüenza de decirle a otro hombre. Vienes de un país sensible en el que se investigan las cosas misteriosas y no se rechazan hasta haber sido sopesadas y medidas, o hasta que se descubre que no pueden sopesarse ni medirse, o en cualquier caso hasta que se ha llegado a una solución aunque para ello se necesiten muchos años. Acabo de ver ahora al fantasma de m hermano.

»He de confesar (dijo el correo alemán) que al oír aquello sentí que la sangre me hormigueaba en el cuerpo.

»Acabo de ver ahora mismo al fantasma de mi hermano John -repitió el señor James mirándome fijamente, por lo que pude darme cuenta de que sabía lo que estaba diciendo-. Me encontraba sentado en la cama, sin poder dormir, cuando entró en m habitación vestido de blanco, me miró fijamente, pasó a un extremo de la habitación, contempló unos papeles que había en mi escritorio, se dio la vuelta y sin dejar de mirarme mientras pasó junto la cama, salió por la puerta. No estoy loco en absoluto, y en modo alguno estoy dispuesto a conferir a ese fantasma una existencia externa fuera de mí mismo Creo que es una advertencia de que estoy enfermo, y que sería conveniente que me sangraran.

»Salí inmediatamente de la cama (contó el correo alemán) y empecé a vestirme rogándole que no se alarmara, y diciéndole que yo mismo iría en busca del doctor. Estaba ya dispuesto a hacerlo cuando oí que en la puerta de la calle llamaban tocando el timbre y golpeando con fuerza. Mi habitación estaba en un ático de la parte trasera, y la del señor James se encontraba en el segundo piso, por el lado de la fachada, por lo que acudimos a su habitación y levantamos la ventana para ver qué sucedía.

»-¿Está el señor James? -dijo el hombre que se encontraba abajo, retrocediendo en la acera para poder vernos.

»-Así es -contestó el señor James-. ¿Y no eres tú Robert, el sirviente de mi hermano?

»-Así es, señor. Lamento decirle, señor, que el señor John está enfermo. Está muy mal, señor. Incluso se teme que pueda estar al borde de la muerte. Quiere verlo, señor. Tengo aquí un calesín. Le ruego que venga a verlo sin pérdida de tiempo.

»El señor James y yo nos miramos el uno al otro.

»-Wilhelm, esto es muy extraño -me dijo-. ¡Me gustaría que vinieras conmigo!

»Lo ayudé a vestirse, en parte en la habitación y en parte ya en el calesín; y corrimos tanto que las herraduras de hierro de los caballos marcaron la hierba entre Poland Street y el Forest.

»¡Y ahora, presten atención! (Añadió el correo alemán). Fui con el señor James hasta la habitación de su hermano, y allí vi y oí lo que voy a contarles.

»Su hermano estaba acostado en la cama, en el extremo superior de un dormitorio alargado. Allí se encontraban su anciana ama de llaves y otras personas. Creo que había tres más, si no cuatro, y llevaban con él desde primera hora de la tarde. Estaba vestido de blanco, como el fantasma, pero evidentemente aquello era necesario porque tenía puesto el camisón. Se parecía al fantasma, necesariamente, porque miró ansiosamente a su hermano cuando vio que entraba en la habitación.

»Pero cuando el hermano llegó al lado de la cama, se incorporó lentamente, y mirándolo con atención dijo estas palabras

»-¡James, ya me has visto esta noche… y ya lo sabes!

»Y después murió.

Cuando el correo alemán dejó de hablar, presté atención para conocer algo más de esta extraña historia. Pero nadie interrumpió el silencio. Miré a mi alrededor y los cinco correos habían desaparecido tan silenciosamente que era como si la montaña fantasmal los hubiera absorbido en sus nieves eternas. Para entonces no me encontraba en absoluto con un estado de ánimo suficiente para permanecer sentado a solas en aquel horrible escenario, mientras caía sobre mí solemnemente el aire helado; o si quieren que les diga la verdad, no tenía ánimos para estar sentado a solas en ninguna parte. Por eso volví a entrar en el salón del convento y encontré al caballero americano, que estaba todavía dispuesto a contarme la biografía del honorable Ananias Dodger, y yo a escucharla.

FIN

MÁS CUENTOS DE CHARLES DICKENS

La historia de nadie Dickens

 

La historia de nadie

[Cuento - Texto completo.]

Charles Dickens

Vivía en la orilla de un enorme río, ancho y profundo, que se deslizaba silencioso y constante hasta un vasto océano desconocido. Fluía así, desde el Génesis. Su curso se alteró algunas veces, al volcarse sobre nuevos canales, dejando el antiguo lecho, seco y estéril; pero jamás sobrepasó su cauce, y seguirá siempre fluyendo hasta la eternidad.

Nada podía progresar, dado su corriente impetuosa e insondable. Ningún ser viviente, ni flores, ni hojas, ni la menor partícula de cosa animada o sin vida volvía jamás del océano desconocido. La corriente del río oponía enérgica resistencia, y el curso de un río jamás se detiene, aun cuando la tierra cese en sus revoluciones alrededor del sol.

Vivía en un paraje bullicioso, y trabajaba intensamente para poder subsistir. No tenía esperanza de ser alguna vez lo suficientemente rico como para descansar durante un mes, pero aun así, estaba contento, tenía a Dios por testigo y no le faltaba voluntad para cumplir sus pesadas tareas. Pertenecía a una inmensa familia, cuyos miembros debían ganarse el sustento por sí mismos con la diaria tarea, prolongada desde el amanecer hasta entrada la noche. No tenía otra perspectiva ni jamás había pensado en ella.

En la vecindad donde residía se oían constantes ruidos de trompetas y tambores, pero no le concernían en absoluto. Esos golpes y tumultos procedían de la familia Bigwig, cuya extraña conducta no dejaba de admirar. Ellos exponían ante la puerta de su vivienda las más raras estatuas de hierro, mármol y bronce y oscurecían la casa con las patas y colas de toscas imágenes de caballos. Si se les preguntaba el significado de todo eso, sonreían con su rudeza habitual y continuaban su ardua tarea.

La familia Bigwig (compuesta por los personajes más importantes de los alrededores, y los más turbulentos también) tomó a su cargo la misión de evitar que pensara por sí mismo, manejándolo y dirigiendo sus asuntos. “Porque, verdaderamente -decía él-, carezco del tiempo suficiente, y si son tan buenos al cuidarme, a cambio del dinero que les pagaré -pues la situación monetaria de dicha familia no estaba por encima de la suya-, estaré aliviado y muy agradecido al considerar que ustedes entienden más que yo.” Aquí continuaban los golpes y tumultos, y las extrañas imágenes de caballos ante las cuales se esperaba debía arrodillarse y adorar.

-No comprendo nada de eso -dijo, frotándose confuso la frente arrugada-. Debe tener un significado seguramente, que yo no alcanzo a descubrirlo.

-Eso significa -contestó la familia, sospechando lo que quería decir- honor y gloria en lo más alto, para el mayor mérito.

-¡Oh! -respondió él, y quedó satisfecho.

Pero cuando miró hacia las imágenes de hierro, mármol y bronce, no encontró ningún compatriota suyo de valor. No pudo descubrir ni uno de los hombres cuyo saber lo rescató a él y a sus hijos de una enfermedad terrible, cuyo arrojo elevó a sus antepasados de la condición de siervos, cuya sabia imaginación abrió una existencia nueva y elevada a los más humildes, cuya habilidad llenó de infinitas maravillas el mundo del hombre trabajador. En cambio descubrió a otros acerca de los cuales no había escuchado jamás nada bueno, y otros más, aún, sobre quienes sabía que pesaban muchas maldades.

-¡Jum! -se dijo para sí-. No lo entiendo del todo.

De modo que se fue a su casa y se sentó junto a la lumbre, para no pensar más en ello.

En este tiempo no había lumbre en su chimenea, cruzada por surcos ennegrecidos; a pesar de ello, era su lugar favorito. Su mujer tenía las manos endurecidas por el trabajo constante, y había envejecido antes de tiempo, pero aun así la amaba mucho. Sus hijos, detenidos en el crecimiento, exhibían señales de una alimentación deficiente; pero se notaba belleza en sus ojos. Por sobre todas las cosas, existía en el alma de ese hombre el ardiente deseo de instruir a sus hijos. “Si algunas veces resulté engañado -decía- por falta de saber, al menos que ellos aprendan para evitar mis errores. Si es duro para mí recoger la cosecha de placer y sabiduría acumulada en los libros, que a ellos les resulte fácil.”

Pero la familia Bigwig estalló en violentas discusiones acerca de lo que era legítimo enseñar a los hijos de ese hombre. Algunos miembros insistían en que determinados asuntos eran primordiales e indispensables, y la familia se separó en distintas facciones, escribió panfletos, convocó a sesiones, pronunció discursos, se acorralaron unos a otros en tribunales laicos y cortes eclesiásticas, se arrojaron barro, cruzaron las espaldas y cayeron en abierta pugna e incomprensible rencor. Mientras tanto, este hombre contempló al demonio de la ignorancia irguiéndose y arrastrando consigo a sus hijos. Vio a su hija convertida en una prostituta andrajosa, a su hijo embrutecerse en los senderos de baja sensualidad, hasta llegar a la brutalidad y al crimen; la naciente luz de la inteligencia en los ojos de sus hijos pequeños cambiaba hasta convertirse en astucia y sospechas, a tal punto que los hubiera preferido imbéciles.

-Tampoco soy capaz de entenderlo -dijo entonces-; pero creo que no puede justificarse. ¡No! ¡Por el cielo nublado que me ampara, protesto y me reconozco culpable!

Tranquilizado nuevamente (porque sus pasiones eran por lo común de escasa duración y su natural bondadoso), miró a su alrededor, en los domingos y feriados, y notó cuánta monotonía y fastidio existía por doquier; cuánta embriaguez surgía de allí, con su séquito de ruindades. Entonces recurrió a la familia Bigwig, diciendo:

-Somos gente trabajadora, y sospecho que la gente trabajadora, de cualquier condición, necesita refrigerio mental y distracciones. Vean las condiciones en que caemos cuando descansamos sin ellas. ¡Vengan! ¡Distráiganme inocentemente, muéstrenme alguna cosa, denme una escapatoria!

Pero la familia Bigwig se alborotó.

Cuando varias voces pudieron escucharse, se le propuso enseñar las maravillas del mundo, las grandezas de la creación, los notables cambios del tiempo, la obra de la naturaleza y las bellezas del arte en cualquier período de su vida y cuanto pudiera contemplarlas. Esto originó entre los miembros de la familia Bigwig tanto desorden y desvarío, tantos tribunales y peticiones, tantos reclamos y memoriales, tantas mutuas ofensas, una ráfaga tan intensa de debates parlamentarios donde el “no me atrevo” seguía al “lo haría si pudiera”, que dejaron al pobre hombre estupefacto, mirando extraviado a su alrededor.

-Yo he provocado esto -se dijo, y se tapó aterrorizado los oídos-. Sólo intento hacer una pregunta inocente, surgida de mi experiencia familiar y del saber común de todo hombre que desea abrir los ojos. No lo entiendo y no soy comprendido. ¿Qué surgiría de semejante estado de cosas?

Inclinado sobre su trabajo, se repetía con frecuencia esta pregunta cuando comenzó a extenderse la noticia de una peste que había aparecido entre los trabajadores, provocando muertes a millares. Al mirar a su alrededor, pronto descubrió que la noticia era cierta. Los moribundos y los muertos se mezclaban en las casas estrechas y sucias en que vivieron. Nuevos venenos se filtraban en la atmósfera siempre triste, siempre nauseabunda. Los fuertes y los débiles, la ancianidad y la infancia, el padre y la madre, todos eran derribados a la par.

¿Qué medios de escape poseía? Quedose allí y vio morir a aquellos a quienes más amaba. Un benévolo predicador vino hacia él, tratando de decir algunas plegarias con las cuales calmar su corazón entristecido, pero él replicó:

-¡Bah! ¿Qué eficacia posees, misionero, al acercarte a mí, a un hombre condenado a vivir en este lugar hediondo, donde cada sentimiento que se demuestra se convierte en un tormento y donde cada minuto de mis días contados es una nueva palada de lodo agregada a la pila que me oprime? Pero denme el fugaz resplandor del cielo por medio del aire y la luz; denme agua pura, ayúdenme a mantenerme aseado; iluminen esta atmósfera pesada y esta vida oscura en la que nuestros espíritus se hunden y que nos convierten en las criaturas indiferentes y endurecidas que tan a menudo contemplan; gentil y bondadosamente lleven los cadáveres de aquellos que murieron fuera de esta mísera habitación, donde ya nos hemos familiarizado en tal forma con el terrible cambio que, para nosotros, hasta ha perdido su santidad, y, maestro, oiré entonces, nadie mejor que tú lo sabes cuán voluntariamente, a Aquel cuyo pensamiento estaba siempre con los pobres y que compadecía todas las miserias humanas.

Estaba ya de nuevo en su trabajo, triste y solitario, cuando el amo apareció y permaneció a su lado, vestido de negro. También él había sufrido mucho. Su joven esposa, su esposa tan bella y tan buena, había muerto, llevando consigo su único hijo.

-¡Señor! Es muy duro de sobrellevar, lo sé, pero consuélate. Yo trataré de aliviarte en lo posible.

El patrón le agradeció desde el fondo de su corazón, pero contestó:

-¡Oh, trabajadores! La calamidad comenzó entre ustedes. Si hubieran vivido en forma más saludable yo no sería el viudo desconsolado del presente.

-Señor -replicó el trabajador, moviendo la cabeza-, he comenzado a comprender hasta cierto punto que la mayor parte de las calamidades provendrán de nosotros, como provino esta, y que nada se detendrá ante nuestras pobres puertas mientras no nos unamos a aquella gran familia pendenciera, para hacer las cosas que deben hacerse. No podemos vivir sana y decentemente hasta que aquellos que se comprometieron a dirigirnos nos proporcionen los medios. No podemos ser instruidos hasta que no nos enseñen; no podremos divertirnos razonablemente hasta que ellos no nos procuren diversiones; sólo podremos creer en falsos dioses, en nuestros hogares, mientras ellos ensalzan a muchos de los suyos en todos los lugares públicos. Las malas consecuencias de una educación imperfecta, de una indiferencia peligrosa, de inhumanas restricciones; y el rechazo absoluto de cualquier goce, todo procederá de nosotros y nada se detendrá. Se extenderán en todas direcciones. Siempre sucede así, al igual que con la peste. Esto entiendo yo, al menos.

Pero el amo respondió:

-¡Oh, ustedes, trabajadores! ¡Cuán raramente se dirigen a nosotros, si no es por algún motivo de queja!

-Señor -replicó-. No soy nadie y tengo escasas posibilidades de ser escuchado, o tal vez no desee ser oído, excepto cuando existe alguna queja. Pero ella nunca tiene origen en mí, y nunca puede terminar conmigo. Tan seguro como la muerte que desciende hasta mí para hundirme.

Había tanta razón en lo que decía, que la familia Bigwig llegó a notificarse y, terriblemente asustada por la reciente catástrofe, resolvió unirse a él para hacer las cosas con más justicia, en todo caso, hasta donde esas mismas cosas estuvieran asociadas con la inmediata prevención, humanamente hablando, de una nueva peste. Pero en cuanto desapareció el temor, cosa que sucedió muy pronto, se reanudaron las mutuas querellas y no se hizo nada. En consecuencia, la desdicha volvió a reaparecer, rugió como antes, se extendió como antes, vengativamente hacia arriba, arrastrando un gran número de descontentos. Pero ni un solo hombre entre ellos quiso admitir, aun en el más ínfimo grado, ser uno de los culpables.

Por consiguiente, siguiose viviendo y muriendo en igual forma, y esto es lo primordial en la Historia de Nadie.

¿No tiene nombre?, preguntarán. Tal vez se llama Legión. Importa poco cuál sea su nombre verdadero.

Si han estado en los pueblos belgas, cerca del campo de Waterloo, habrán visto en alguna iglesia pequeña y silenciosa el monumento erigido por fieles compañeros de armas a la memoria del coronel A., del mayor B., de los capitanes C, D y E, de los subtenientes F y G, alféreces H, 1 y J, de siete oficiales y ciento treinta soldados que cayeron en el cumplimiento de su deber en un día memorable. La Historia de Nadie es la historia de los soldados anónimos de la tierra. Ellos tomaron parte en la batalla, les corresponde parte de la victoria; cayeron y no dejaron su nombre más que en conjunto. La marcha del más orgulloso de nosotros se encauza en el sendero polvoriento que ellos atravesaron. ¡Oh! Pensemos en ellos este año, ante el fuego de Navidad, y no los olvidemos después que este se haya extinguido.

FIN


“Nobody’s Story”


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El manuscrito de un loco Dickens

El manuscrito de un loco

[Cuento - Texto completo.]

Charles Dickens

¡Sí…! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Muéstrenme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco… cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro… rechinar los dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena, pesada… y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!

Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.

Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches son largas a veces… larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad… bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo. ¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.

Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay, era una vida alegre!

Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco los había superado a todos.

Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la habían casado con un loco.

Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.

Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto… ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años… Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.

Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió. Resolví matarla.

Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido… ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!

Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó… había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.

Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido. Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.

Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda.

Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.

Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca… ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!

Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.

Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dando vueltas y más vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía al teatro y escuchaba el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que me habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasis que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.

Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído siempre aquí tan presurosamente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se hallan mezclados… Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento, y los dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Miren cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.

Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para verme… dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarlo. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas… por primera vez.

Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.

Aquel hombre tenía un nombramiento en el ejército… ¡un nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que más había tramado para insidiar y quedarse con mi riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabía que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme de su degradación! Volví mis ojos hacia él… no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.

Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sé que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.

-Quería usted mucho a su hermana cuando ella vivía -le dije-. Mucho.

Miró con inquietud a su alrededor, y lo vi sujetar con la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.

-Es usted un villano -le dije-. Lo he descubierto. Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó a casarse conmigo. Lo sé… lo sé.

De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a retroceder, pues mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.

Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.

-Condenado sea -dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él-. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!

Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre él.

Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.

De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que cogieran al loco.

Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocaran una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y los atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.

Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de unos pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y de muros, con gritos salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire. Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los setos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos rayos que sólo sirven para mostrar a mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ver esa figura silenciosa en la esquina. Cuando despierto, a veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. No sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en el mismo lugar, escuchando la música de mi cadena de hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.

FIN

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