lunes, 23 de septiembre de 2019

Una pasión en el desierto de Balzac



Honoré de Balzac (Tours, 1799-1850)

Una pasión en el desierto 

¡Este espectáculo es espantoso! -exclamó ella saliendo del circo del señor Martín. Acababa de contemplar aquel especulador audaz que trabajaba con su hiena, por decirlo con el estilo de los anuncios.

-¿De qué manera -me preguntó enseguida- puede haber domado estos animales hasta el punto de estar seguro de su afecto por...?
-Eso, que os parece un problema, -le respondí interrumpiéndola- asimismo es una cosa natural.
-¡Oh! -exclamó dejando errar por sus labios una sonrisa de incredulidad.
-¿Creéis, entonces, que las bestias están totalmente desprovistas de pasiones? -le pregunté yo-. Habéis de saber que les podemos dar todos los vicios debido a nuestro estado de civilización.
Me miró con aire extraño.
-Pero -añadí-, viendo al señor Martín por primera vez, reconozco que se me escapó, como a vos, una exclamación de sorpresa. Me encontraba entonces cerca de un viejo militar mutilado de la pierna derecha, que había entrado conmigo. Aquella cara me había impresionado. Era una de aquellas cabezas intrépidas, marcadas por el sello de la guerra y en las cuales hay escritas todas las batallas de Napoleón. Aquel viejo soldado tenía sobre todo un aire de franqueza y exaltación que siempre me predisponen favorablemente. Sin duda era uno de aquellos soldados a los que nada sorprende, que encuentran materia para reír en el último gesto de un camarada, a quien sepultan o desnudan con alegría y que interpela a las balas con autoridad, en fin, alguien de decisiones rápidas, que fraternizan con el diablo. 

Después de haber mirado muy atentamente al propietario del circo en el momento en que salía del escenario, mi compañero plegó los labios de manera que formulaba un desdén burlón, con esa especie de risa significativa que se permiten los hombres superiores cuando quieren distinguirse de los ingenuos. Así, cuando yo me maravillé del coraje del señor Martín, el sonrió y me dijo, presuntuoso y moviendo la cabeza:
-¡Obvio...!
-¿Cómo que obvio? -le respondí-. Si me queréis explicar este misterio os estaría muy agradecido.

Después de unos instantes durante los cuales nos presentamos, fuimos a comer en el primer restaurante con vimos. A los postres, una botella de vino de Champaña me devolvió los recuerdos de aquel curioso soldado con toda su claridad. Me contó su historia y vi que tenía razón en exclamar «¡Obvio!».

Volviendo a su casa, me hizo tantas incitaciones, tantas promesas, que consentí en redactar la confidencia de aquel soldado. A la mañana siguiente, me contó este episodio de una epopeya que se podría titular «Los franceses en Egipto».

Durante la expedición del alto Egipto emprendida por el general Desaix, un soldado provenzal, caído en el poder de los magrebíes, fue llevado por los árabes a los desiertos situados más allá de las cascadas del Nilo. Para poner entre ellos y la armada francesa un espacio suficiente para su tranquilidad, los magrebíes forzaron el paso y no pararon hasta la noche. Acamparon alrededor de un pozo oculto por las palmeras, cerca de las cuales habían enterrado antes algunas provisiones. Sin suponer que el prisionero tuviera la idea de huir, se contentaron con atarle las manos, y se durmieron después de haber comido algunos dátiles y dado cebada a los caballos. 

Cuando el audaz provenzal vio a sus enemigos poco dispuestos a vigilarlo, se hizo servir de los dientes para hacerse con una cimitarra y después, ayudándose de las rodilla para sujetar la hoja, cortó las cuerdas que le imposibilitaban el uso de las manos y se encontró libre. Tan rápido como pudo agarró una carabina y un puñal, se equipó de una provisión de dátiles secos, de un pequeño saco de cebada, de pólvora y de balas, se ciñó la cimitarra, montó a caballo y lo espoleó vivamente hacia la dirección donde se suponía que estaba la armada francesa. Impaciente por volver a ver un vivac, espoleó tanto al caballo ya fatigado que el pobre animal murió con los flancos rasgados, dejando al francés en medio del desierto.

Después de caminar durante algún tiempo por la arena con todo el coraje de un prisionero que se escapa, el soldado se vió forzado a detenerse cuando el día acababa. A pesar de la belleza del cielo en las noches de Oriente, no tenía fuerzas para continuar su camino. Felizmente había podido llegar a un altura, encima de la cual se elevaban algunas palmeras y sus hojarascas, avistadas desde mucho tiempo antes, habían despertado en su corazón la más dulce de las esperanzas. Su cansancio era tan grande que se tumbó en una piedra de granito, caprichosamente esculpido como una cama de campaña, y se durmió sin tomar ningún tipo de precaución para defenderse durante el sueño. Había sacrificado su vida. Su último pensamiento fue de contrición. Se arrepintió de haber dejado a los magrebíes, cuya vida errante le empezaba a sonreír, ahora que se encontraba lejos de ellos y sin auxilio. 

El Sol le despertó, con sus rayos despiadados cayendo a plomo sobre el granito y produciendo un calor intolerable. Ahora bien, el provenzal haba tenido la desgracia de colocarse en sentido inverso a la sombra proyectada por las copas verdosas y majestuosas de las palmeras. Fue a mirar a esos árboles solitarios y se estremeció. Le recordaron los troncos elegantes y coronados de largas hojas que distinguían las columnas sarracenas de la catedral de Arlés. Pero, después de haber contado las palmeras, cuando dio un vistazo a su entorno, su alma se deshizo en la más horrible desesperación. Veía un océano sin límites. Las arenas negras del desierto se extendían hasta que la vista se perdía en todas las direcciones y fulguraban como una hoja de acero golpeado por una luz viva. No sabía si era un mar de hielo o lagos unidos como un espejo. Traído por las olas, un vapor de fuego se arremolinaba sobre aquella tierra inestable. El cielo tenía un resplandor oriental de una pureza desesperadora porque no deja nada al deseo de la imaginación. El cielo y la tierra quemaban. El silencio atemorizaba por su majestad salvaje y terrible. El infinito y la inmensidad sobrecogían el alma por todas partes: ni una nube en el cielo, ni un soplo de aire, ni una irregularidad en la arena agitada por olas menudas; en fin, el horizonte acababa como el mar en bonanza con una línea de luz tan fina como el tallo de un sable. El provenzal apretó el tronco de una de las palmeras, como si hubiera sido el cuerpo de un amigo; después, al abrigo de la sombra delgada se quedó contemplando con tristeza profunda la escena implacable que se ofrecía a su mirada. Gritó, como para tantear la soledad. Su voz, perdida en la cavidad de la elevación, producida lejos un sonido débil que no despertó nada de eco; el eco era en su corazón: el provenzal tenía veintidós años y se cargó la carabina.

-¿Siempre habrá tiempo! -se dijo, dejando a tierra el arma liberadora.

Mirando alternativamente al espacio negro y al cielo azul, el soldado soñaba con Francia. Sentía con placer los ríos de París, recordaba los pueblos por donde había pasado, las caras de sus compañeros y las más pequeñas circunstancias de su vida. En fin, su imaginación meridional le hizo entrever las piedras de su querida Provenza en los juegos del calor que ondeaba sobre la superficie extendida como una tela en el desierto. Temiendo todos los peligros de aquel cruel espejismo, descendió por el lado opuesto de aquel por donde había subido a la colina el día anterior. Su alegría fue grande al descubrir una especia de gruta tallada de forma natural en los inmensos fragmentos de granito que formaban la base del montículo. Los restos de una alfombra denotaban que ese refugio ya había sido habitado. Después de algunos pasos se dio cuenta de que las palmeras estaban cargadas de dátiles. Entonces, el instinto que nos liga a la vida se rebeló en su corazón. Esperó vivir lo suficiente como para esperar el paso de algunos magrebíes o posiblemente, sentiría bien pronto el estruendo de los cañones, porque en aquel momento Bonaparte recorría Egipto. Reanimado por este pensamiento, el francés hizo caer algunas ramas de frutos maduros, bajo el peso de los cuales las datileras parecían doblarse, i se convenció, comiendo aquel maná inesperado, de que el habitante de la gruta había cultivado las palmeras. La carne sabrosa y fresca de los dátiles ciertamente denotaban las atenciones de su predecesor. El provenzal pasó de golpe de una desesperación sombría a una alegría casi loca. 

Escaló a la colina y se dedicó durante el resto del día a cortar una de las palmeras infecundas que durante la vigilia le habían servido de techo. Un recuerdo vago le hizo pensar en los animales del desierto y, previniendo que podrían venir a beber de la fuente perdida entre las arenas que aparecía bajo los bloques de granito, decidió asegurarse de las nuevas visitas poniendo una barrea a la entrada del refugio. A pesar de su ardor, a pesar de las fuerzas que le prestó el miedo a ser devorado durante su descanso, le fue imposible cortar la palmera en muchos trozos aquel día; pero consiguió hacerla caer. Cuando, al anochecer, se desplomó aquella reina del desierto, el ruido de su caída resonó por la lejanía, y fue como un gemido en la solitud; el soldado se estremeció como si hubiera oído una voz que le hubiera previsto la desgracia. Pero, como un heredero que no se apiada durante mucho tiempo de la muerte de un pariente, desnudó aquel bello árbol de las hojas verdes, anchas y altas, que son su poético ornamento y se hizo servir de ellas para preparar la alfombra sobre la cual iba a sentarse. Fatigado por el calor y el trabajo, se durmió en su gruta húmeda. Pero en plena noche, su sueño fue turbado por un ruido extraordinario.

Se incorporó,  el silencio profundo que reinaba le permitió reconocer una respiración alternada, una salvaje energía no podía pertenecer a una criatura humana. Un miedo profundo, aumentado por la oscuridad, por el silencio y por las fantasías del sueño le heló el corazón. Apenas pudo oír la contracción dolorosa de su cabellera cuando, a fuerza de dilatar las pupilas, percibió en la oscuridad dos lucecitas débiles y amarillas. En principio atribuyó aquellas luces a algún reflejo de sus pupilas, pero el bello destello de la noche le ayudo poco a poco a distinguir los objetos que se encontraban en la gruta y a un enorme animal alargado a dos pasos de él. ¿Era un león, un tigre o un cocodrilo?

El provenzal no tenía la educación suficiente para saber con toda seguridad en qué clase de género estaba clasificado su enemigo, pero su espanto fue más terrible que su ignorancia y le hizo suponer todas las desgracias de golpe. Soportó aquel cruel suplicio de escuchar, captar los caprichos de aquella respiración, sin perderse detalle y sin permitirse el más leve movimiento. Un olor tan fuerte como la que exhalan los zorros, pero más penetrante, más grave, por decirlo así, llenaba la gruta; cuando el provenzal lo sintió en la nariz, su terror llego al máximo, porque no podía abandonar, dada la cercanía del terrible compañero, el cubil que estaba usando como campamento. Los reflejos de la Luna, que apareció en el horizonte, iluminaban la madriguera y poco a poco hicieron resplandecer la piel manchada de una pantera.

Aquel león de Egipto dormía, enroscado como un gran perro, plácidamente como un guardián a la puerta de un palacio; sus ojos, abiertos durante un momento, ahora volvían a estar cerrados. Tenía la cara girada hacia el francés. Mil pensamientos confusos pasaron por el alma del prisionero de la pantera; en principio, la quiso matar de un disparo con el fusil, pero se dio cuenta de que no había suficiente espacio entre los dos para apuntarla, el cañón habría sobrepasado el animal. ¿Y si se despertaba? Esta hipótesis le dejo inmóvil. Escuchando batir su corazón en medio del silencio, maldecía las pulsaciones demasiado fuertes que producían la afluencia de la sangre, temiendo turbar aquel descanso que le permitía buscar una manera de salvarse. Puso la mano dos veces a la cimitarra con el deseo de cortar la cabeza a su enemigo, pero la dificultad de cortar el pellejo liso y duro le obligo a renunciar su atrevido proyecto.

«¿Fracasar? Seguramente sería morir», pensó. Prefería las posibilidades de un combate y resolvió a esperar el día. Y el día no se hizo esperar mucho tiempo. El francés pudo examinar entonces a la pantera: tenía la boca manchada de sangre. «Ha comido bien», pensó sin inquietarse por si el festín había sido de carne humana, «no tendrá hambre cuando despierte».

Era una hembra. La piel del vientre y de los muslos resplandecían de blancor, muchas manchas pequeñas, parecidas al terciopelo, formaban bonitas pulseras entorno a las patas. La cola musculosa también era blanca, pero rematada por anillos negros. En el pelaje, amarillo como el oro, pero bien liso y suave, tenia aquellas manchas características, matizadas en forma de rosas, que servían para distinguir las panteras de las otras especies de felinos. Aquella belleza, tranquila y temible, roncaba en una postura tan graciosa como la de un gato arropado en un cojín otomano. Las patas ensangrentadas, nerviosas y bien armadas, estaban delante de su cabeza, donde reposaban, y de donde salían aquellas barbas esclarecidas y rectas, parecidas a hilos de plata. Si hubiera estado en una jaula, el provenzal ciertamente habría admirado la gracia de aquella bestia y los vigorosos contrastes de vivos colores que daban a su vestido un resplandor imperial, pero en aquel momento sentía la vista enturbiada por aquella aparición siniestra. 

La presencia de la pantera, incluso dormida, le hacía experimentar el efecto que, dicen produce los ojos magnéticos de una serpiente en un ruiseñor. El coraje del soldado acabó por deshacerse durante un momento delante de aquel peligro, mientras que sin duda se habría exaltado delante de la boca de los cañones vomitando metralla. Asimismo, un pensamiento intrépido surgió en su alma y se secó el sudor frio que le bajaba por la frente. Actuando como los hombres que, puestos en el límite de la desgracia, llegan a desafiar a la muerte y se ofrecen a sus embestidas, vio sin darse cuenta su papel en aquella aventura y resolvió interpretarlo hasta el final con honor.

«Antes de ayer lo árabes me habrían podido matar»,  se decía a sí mismo. Considerándose muerto, esperó con coraje y con una curiosa inquietud el despertar de su enemigo. Cuando el sol salió, la pantera abrió los ojos de repente; después alargo violentamente las patas, para espabilarse y disipar los calambres. En fin, bostezo, mostrando el aparato espantoso de sus dientes y una lengua partida y tan dura como una lima.

«Es una belleza», pensó el francés viendo como se revolcaba y hacia los movimientos más dulces y atractivos. Lamio la sangre que teñía las patas y el muslo, y se rasco la cabeza con gestos reiterados y llenos de gentileza.

«Bien. Haz tus abluciones», se dijo el francés, que encontró alegría cuando le volvió el coraje, «que ya te daré yo un buen día». Y cogió el puñal pequeño y corto que había robado a los magrebíes.

En aquel momento, la pantera su tumbó hacia el francés y lo miro fijamente sin acercarse. La severidad de aquellos ojos metálicos y su claridad insoportable hicieron estremecer al provenzal, sobre todo cuando la bestia se le acercó; pero le contemplaba con aire manso y le miraba de manera furtiva, como para hipnotizarle, y dejó que se acercara. Después, con un movimiento muy dulce, muy amoroso, como si hubiera estado acariciando la mujer más hermosa, le paso la mano por todo el cuerpo, de la cabeza a la cola, excitando con aquellas uñas las vertebras flexibles que dividen el lomo amarillo del animal. La bestia enderezó voluptuosamente la cola y sus ojos se endulzaron. Cuando, por tercera vez, el francés le hizo aquella adulación interesada, ella le hizo uno de aquellos «rau-raus» como los que nuestros gatos nos hacen como muestra de placer. Aquel murmullo surgía de una garganta tan vigorosa y profunda que resonó en la gruta como uno de los últimos ronquidos del órgano de una iglesia.

El provenzal, comprendiendo toda la importancia de sus caricias, las redobló de manera que aturdiera y sorprendieran a aquella cortesana imperiosa. Cuando creyó haber apaciguado seguro la ferocidad de su caprichosa compañera, el hambre del que estaba felizmente satisfecho la víspera le levantó y volvió a salir de la gruta. La pantera le dejo partir, pero cuando hubo descendido el monte, saltó con la ligereza de los monos que van de rama en rama y fue a restregarse contra las piernas del soldado, arqueando todo el lomo al estilo de los gatos. Después, mirándole con ojos cuyo resplandor se había hecho menos implacable, lanzó aquel grito salvaje que los naturalistas comparan con el sonido de una sierra.

«¡Es exigente!» -exclamo el francés risueño. Probó a jugar con las orejas, a acariciarle el vientre y rascarle con vigor la cabeza con las uñas. Y viendo sus éxitos, le pellizco el cráneo con la punta del puñal, esperando el momento para matarla, pero la dureza del hueso le hizo temer un fracaso.

La sultana del desierto agradeció la competencia de su esclavo levantando la cabeza, estirando el cuello, revelando su embriaguez en la tranquilidad de su actitud. El francés de repente pensó que, para asesinar de un solo golpe aquella princesa salvaje, le valdría apuñalarla en la garganta, y levanto el arma cuando la pantera, sin duda saciada, se agachó graciosamente a sus pies dirigiéndole de tanto en tanto miradas donde, a pesar de su rigor natural, se dibujaba confusamente la benevolencia.

El pobre provenzal se comió sus dátiles apoyado en una de las palmeras; pero dirigía alternativamente un ojo escrutador hacia el desierto para buscar liberadores y otro hacia su terrible compañera para espiar su clemencia. La pantera miraba el lugar donde caían los piñones de dátil y cada vez que caía uno sus ojos experimentaban una desconfianza increíble. Examinó al francés con una prudencia comercial, pero el examen le fue favorable, porque cuando él se acabo su comida ligera, ella le lamio los zapatos con una lengua ruda y fuerte, que quitó maravillosamente bien el polvo incrustado en los pliegues.

« ¿Pero cuándo tenga hambre...?», pensó el provenzal. A pesar del estremecimiento que le causó la idea, el soldado se puso a medir con curiosidad las dimensiones de la panetera, ciertamente uno de los más bellos ejemplares de la especia: tenía tres pies de altura y cuatro de longitud, sin contar la cola. Ese apéndice poderoso, redondo como una porra, casi hacia tres pies de longitud. La cabeza, tan grande como la de una leona, se distinguía por una extraña expresión de finura: la fría crueldad de los tigres predominaba, pero también tenía una vaga semblanza con la fisionomía de una mujer astuta. En fin, la cara de aquella reina solitaria revelaba en aquel momento un tipo de alegría parecida a la de Nerón embriagado: estaba saciada de sangre y tenía ganas de jugar. El soldado probó a ir y venir, y la pantera le dejo libre; se contentaba con seguirlo con la vista, y se parecía menos a un perro fiel que a un gato grande, inquieto por todos los movimientos de su amo.

Cuando se giro vio al costado de la fuente los restos de su caballo: la pantera había arrastrado hasta allí su cadáver. En torno a dos tercios habían sido devorados. Aquel espectáculo calmó al francés. Entonces le fue fácil explicar la distracción de la pantera y el respecto que había tenido con él durante el descanso. Aquel primer éxito le tentó a tantear el futuro y concibió la loca esperanza de estar a buenas con la pantera durante todo el día, sin negar ningún medio para amansarla y conseguir sus favores. Volvió a su lado y tuvo la suerte inefable de verla menear la cola con un movimiento casi imperceptible. Entonces, se sentó a su lado y se pusieron a jugar los dos. Él le presiono la patas, el muslo, le retorció las orejas, la giró de espaldas y le rascó con fuerza los flancos cálidos y sedosos. Ella le dejaba hacer y cuando el soldado probó a alisarle la piel de las patas, escondió cuidadosamente sus curvas uñas, como hacen las damas. El francés, que tenía una mano en el puñal, pensaba aún en hundirlo en el vientre de la demasiada confiada fiera, pero temió ser inmediatamente estrangulado por una última convulsión. Y, por otra parte, escuchó en su corazón el tipo de remordimiento que obliga a respetar a una criatura inofensiva. Parecía que hubiera encontrado una amiga en aquel desierto sin límites. Pensó involuntariamente en su primera amante, a quien había llamado Mignonne por una antífrasis, y es que ella era de unos celos tan atroces que durante todo el tiempo que duró su pasión temió el cuchillo con el que lo tenía siempre amenazado. Aquel recuerdo de juventud le inspiro la idea de ponerle aquel nombre a la joven pantera, de quien admiraba, ahora con menos temor, la agilidad, la gracia y la dulzura.

Hacia la tarde, estaba ya familiarizado con su peligrosa situación, y casi disfrutaba de sus miedos. En fin, su compañera había acabado de coger la costumbre de mirarlo cuando él le decía con voz en falsete: «Mignonne». Cuando el sol se iba poniendo, Mignonne dejó oír muchas veces un grito profundo y melancólico.

« ¡Está bien educada...!» -pensó el feliz soldado- «¡Reza sus oraciones!». Esta broma mental no se le ocurrió sino cuando vio la actitud pacífica en la cual permanecía su compañera.

-Venga, pequeña rosa, dejo que te duermas primero -le dijo él, contando con la función de sus piernas para escapar lo más rápido posible cuando ella estuviese dormida para a buscar otra madriguera durante la noche. El soldado esperó con impaciencia la hora de su huida y, cuando llego, marchó vigorosamente en dirección al Nilo, pero apenas había recorrido un cuarto de legua por las arenas cuando sintió la pantera venir detrás de él, dejando oír a intervalos aquel grito de sierra, más atemorizador aún que el ruido pesado de sus zancadas.

«¡Vaya!» -se dijo él- «¡Me ha cogido cariño! Esta joven pantera puede ser que no haya encontrado a nadie y es halagador haber sido su primer amor». En aquel momento, el francés cayó en una de esas arenas movedizas tan temidas por los viajeros, donde es imposible salvarse. Sintiéndose apresado, lanzó un grito de alarma y la pantera lo agarró con los dientes por el cuello de la ropa y, saltando con vigor hacia atrás, lo sacó del abismo como por encantamiento.

-¡Ah! Mignonne -exclamó el soldado, acariciándola con entusiasmo- ahora estaremos juntos para siempre. Pero basta de bromas.

Y volvió sobre sus pasos.

Desde entonces el desierto estuvo como poblado. Contenía un ser con quien el francés podía hablar, en quien la ferocidad había desaparecido, sin que él pudiese explicar las razones de aquella amistad increíble. Se durmió, por muy poderoso que fuera el deseo del soldado de estar de pié y en guardia. Al despertarse, no vio a Mignonne; pero subió a la colina y, lejos, la vio corriendo a saltos, como es la costumbre de esos animales a los cuales les está vetado correr a causa de la extrema flexibilidad de su columna vertebral. Mignonne llegó con los morros sucios de sangre y recibió las caricias que le hizo su compañero, mostrando con «rau-raus» muy graves, lo feliz que estaba. Sus ojos llenos de fatiga se giraron con más dulzura aún que la vigilia anterior hacia el provenzal, que le hablaba como a un animal doméstico.

-¡Ah! ¡Ah! Señorita. Porque eres una señorita honesta, ¿no? ¿Veis esto? Nos gusta que nos acaricien. ¿No os avergüenza?¿Os habéis comido algún magrebí? Asimismo los animales como vos... Como mínimo no te vayas a comer a un francés. ¡Ya no os amaría más!

Ella jugaba como un cachorro con su amo y se dejaba tumbar, pegar y acariciar alternativamente; a veces incitaba el soldado poniéndole una pata encima con gesto suplicante.

Así pasaron algunos días. Aquella compañía permitió al provenzal admirar las sublimes bellezas del desierto. Desde aquel momento en que encontró horas de temor y tranquilidad, alimentos y una criatura en que pensar, su alma estuvo agitada por contradicciones. Era una vida llena de contrastes. La soledad le rebeló todos sus secretos, lo envolvió con sus encantos. Descubrió en la salida y en la puesta de sol espectáculos desconocidos por el mundo. Supo estremecerse escuchando sobre su cabeza el dulce aleteo de un pájaro -¡precioso pasajero!-, o viendo las nubes unirse -¿viajeros fluctuantes y coloridos! Estudió durante la noche los efectos de la Luna en el océano de las arenas, donde el simún producía olas, ondulaciones y cambios bruscos. Vivió con el día de Oriente, admiró las suntuosidades y después de haber disfrutado el terrible espectáculo de un huracán en aquella llanura donde las arenas excitadas producían nieblas rojizas y secas, nubes mortales, veía llegar la noche con delicia, porque entonces caía la benefactora frescura de las estrellas. Escuchó músicas imaginarias en los cielos. Después, la soledad le enseñó a desplegar los tesoros del ensueño. Se pasaba las horas pensando en nimiedades y comparando su vida pasado con la presente. En fin, se apasionó por la pantera porque le faltaba afecto. Fuese que su voluntad, vigorosamente propulsada, hubiera modificado el carácter de su compañera o fuese que ella encontró alimentos en abundancia gracias a los combates que libraba en los desiertos, el caso es que respetó la vida del francés, que acabó por fiarse al verla tan bien domesticada. Él ocupaba la mayor parte de su tiempo en dormir, pero estaba obligado a vigilar, como una araña en su tela, para no dejar escapar el momento en que se libraría si alguien pasaba por el círculo dibujado por el horizonte.

Había sacrificado su camisa para hacerse una bandera, enarbolada en la copa de una palmera desprovista de hojas. Aconsejado por la necesidad, supo encontrar la manera de tenerla desplegada, mediante varillas porque el viento habría podido no moverla en el momento en que algún viajero hubiera oteado el desierto.

Era durante las largas horas en las que le abandonaba la esperanza, cuando se divertía con la pantera. Había acabado por reconocer las diferentes inflexiones de su voz, la expresión de sus miradas, había estudiado los caprichos de todas las manchas que matizaban el oro de su vestidura. Mignonne no gruñía ni siquiera cuando él la cogía por la mata de pelo en que acababa su cola para contar los anillos blancos y negros, gracioso ornamento, que brillaban desde lejos al sol como piedras preciosas. Disfrutaba contemplando las líneas suaves y finas de los contornos, la blancura de su vientre, la gracia de su cabeza. Pero era sobre todo cuando ella estaba loca de alegría cuando disfrutaba contemplándola; la agilidad, la juventud de sus movimientos, le sorprendían siempre; admiraba su flexibilidad cuando se ponía a saltar, a reptar, cuando se arrastraba, cuando se metía, cuando se enganchaba, se revolcaba, se arropaba, cuando se lanzaba por todo. Por muy rápido que fuese su impulso, por muy resbaladizo que fuese un bloque de granito, ella se paraba de golpe al oír el nombre de Mignonne.

Un día en el que el sol estallaba, un pájaro inmenso planeaba por los aires. El provenzal dejo la pantera para examinar a aquel nuevo invasor, pero después de un movimiento de espera, la sultana abandonada rugió sordamente.
-Creo, y que Dios me perdone, que está celosa -exclamó al ver sus ojos que se habían quedado fijos- ¡El alma de Virgilio le habrá entrado en el cuerpo, seguro!

El águila desapareció en el cielo mientras el soldado admiraba la grupa redonda de la pantera. ¡Había tanta gracia y juventud en sus contornos! Era bella como una mujer. El pelaje rubio de su vestidura combinaba, con sus colores finos, con los tonos blanco mate que se apreciaban en los muslos. La luz, profundamente lanzada por el sol, hacia brillar aquel oro vivo, aquellas manchas brunas, confiriéndole atractivos indefinibles. El provenzal y la pantera se miraron el uno al otro con una expresión inteligente: la coqueta se estremecía cuando oía las uñas de su amigo rascándole el cráneo y sus ojos brillaban como dos rayos. Después los cerraba con energía.

-Tiene una alma -dijo el estudiando la tranquilidad de aquella reina de las arenas, dorada como ellas, blanca como ellas, y, como ellas, solitaria y ardiente...

Y bien -me dijo ella-, ya he leído su alegato a favor de las bestias. Pero dos personas que se comprendían tan bien, ¿cómo acabaron?
-¡Ah!, he aquí... ¡Acabaron como acaban todas las grandes pasiones, con un malentendido! Por una u otra parte se crea alguna traición, que no se explica por orgullo y se acaba peleando por testarudez.
-Y a veces, en los momentos más bellos -dijo ella-, una mirada, una exclamación, bastan... Y bien, acabad la historia.
-Es horriblemente difícil, pero comprenderéis lo que me dijo el viejo soldado cuando, acabándose la botella de vino de Champaña, exclamó:
-No sé qué mal hice, pero ella se giró como si estuviera enrabiada y con los dientes afilados me cortó la pierna. Yo, creyendo que me quería devorar, le hundí el puñal en el cuello. Se giró dejando ir un grito que me heló el corazón y la vi debatirse, mirándome sin cólera. Habría querido, por todo el oro del mundo, por la cruz que todavía no tenía, devolverle la vida. Era como si hubiera muerto una persona de verdad. Y los soldados que habían visto la bandera, y que corrieron en mi socorro, me encontraron llorando. Señor -añadió el mutilado después de un momento de silencio-, después de hacer la guerra a Alemania, a España, a Rusia, a Francia, he paseado bien mi cadáver, sí, no he visto nada parecido al desierto... ¡Ah, qué bella era!
-¿Qué sentíais? -le pregunté.
-Oh, esto no se dice, joven. Por un lado, no añoro siempre mi ramo de palmeras y mi pantera... basta que esté triste para añorarlos. En el desierto, fíjese, está todo y a la vez no hay nada...
-Pero, explíquemelo.
-Sí -añadió dejando escapar un gesto de impaciencia-: el desierto es Dios sin los hombres.

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 


"La noche" de Maupassant

LA NOCHE
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)
(cuento)
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.
Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.
Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.
En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.
Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.
Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:
-¿Amigo, qué hora es?
-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.
Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…
«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.
Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.
Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?
Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría aún el Sena?
Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.
Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.
“La Nuit”, 1887

"El heredero del diablo" del libro Cuentos donosos de Honoré de Balzac


EL HEREDERO DEL DIABLO
(L´HÉRITIER DU DYABLE)
Honoré de Balzac

Captura llevada a cabo por los alumnos de Narrativa breve 2019.
Profesor: Luis Quintana Tejera
Estudiantes: 
Laura Sofía Enríquez Jaramillo
Saúl Nava Mondragón
María Fernanda Núñez García

Bibliografía

Balzac, Honoré de (1972). OBRAS COMPLETAS, tomo VI, trad. de Rafael Cansino Assens, Madrid, Aguilar. 

Había por aquel tiempo un buen canónigo viejo de Nôtre-dame de París, el cual vivía en una bonita casa de su propiedad, próxima a Saint-Pierre-aux-Boefus, en el Parvís.
El tal canónigo había venido de simple cura a París, desnudo cual una espada, menos la vaina.
Pero atendido que era buen mozo, bien provisto de todo, y de un temperamento tan exuberante que, llegado el caso, podía hacer la labor de muchos sin mellarse demasiado, se dedicó de lleno a confesar señoras, y les bostezaba a las melancólicas una suave absolución; a las enclenques, un dracma de su bálsamo, y a todas, alguna golosina. Y se hizo tan famoso por su discreción, sus obras de caridad y demás buenas cualidades eclesiásticas, que tuvo confesadas en la corre. Y para no despertar los celos de palaciegos, maridos y demás; en una palabra, para ungir de santidad aquellas buenas y provechosas prácticas, la mariscala Desquerdes le regaló un hueso de San Víctor, merced a cuya virtud obraba milagros el canónigo. Y a los curiosos les contestaban:
-¡Oh, tiene un hueso que todo lo cura! Cosa a la que nadie tenía nada que oponer, que no estaba bien recelar de las reliquias.
Tuvo el buen hombre, a la sombra de su sotana, la mejor reputación, la de hombre valiente sobre las armas; de forma que vivía como un rey; acuñaba moneda con su hisopo y trocaba el agua bendita en buen vino. Además de eso, figuraba en todos los caudicilos, que algunos escriben erróneamente codicilos, ya que dicho vocablo viene de cauda; como quien dice, la cola de los testamentos.
En fin, que lo habrían hecho arzobispo con solo que hubiese dicho en broma:
-Querría ponerme una mitra en la cabeza, aunque solo fuere por tenerla más caliente.
Pero de todos los beneficios que le ofrecieron, sólo eligió una simple canonjía, a fin de no perder los buenos provechos de sus concesionarias. Pero cierto día, hubo el buen canónigo de resentirse de los riñones, que ya pasaba de los sesenta y ocho, y en verdad había hecho uso excesivo del confesionario. Recordando entonces todas sus buenas obras, creyó poder cesar en sus labores apostólicas, tanto más cuanto que poseía alrededor de cien mil escudos, ganados con el sudor de su cuerpo. Y a partir de aquel día, ya sólo confesó, y muy bien, por cierto, a las damas de alta alcurnia. Por lo cual decían en la corte que, pese a los desvelos de los mejores clérigos jóvenes, no había como el canónigo de Saint-Pierre-aux-Boeufs para blanquear el alma de una dama de calidad.
Llegó a todo esto el día en que nuestro canónigo, por ley de naturaleza, vino a ser un guapo nonagenario, con harta nieve en la cabeza y temblonas las manos, aunque, eso sí, cuadrado todavía cual una torre; y había escupido antes tanto sin toser, que ahora tosía sin poder escupir; y habiéndose levantado antes tanto por humanidad, no podía ahora alzarse de su sillón; pero seguía empinando el codo de lo lindo y comiendo a dos carrillos sin decir palabra y con todas las apariencias de un canónigo viviente de Nôtre-Dame.
Vista la inmovilidad del susodicho canónigo y atendidos los rumores de su mala vida, que desde hacía algún tiempo corrían por entre el vulgo, siempre ignaro, y habida cuenta aún de su muda reclusión, su salud floreciente, su joven vejez y demás cosas largas de decir, había quienes, por afición a lo maravilloso y por dañar a nuestra santa religión, decían que el verdadero canónigo era ya difunto y que hacía más de cincuenta años que el diablo se alojara en su cuerpo
Y, en efecto, les parecía a sus antiguas penitentes que sólo el diablo habría podido, con su gran calor, haber dado abasto a las destilaciones herméticas que recordaban haber logrado, según sus deseos, de aquel buen confesor, que siempre tenía el diablo en el cuerpo. Pero como aquel diablo habíase recocido y extenuado por ellas, y por una reina de veinte años no se habría movido, las buenas almas y las personas de buen sentido o los burgueses que sobre todo discurren, y serían capaces de encontrar piojos en la cabeza de un calvo, se preguntaban cómo el diablo en un cuerpo de canónigo, iba a la iglesia de Nôtre -Dame a las horas que van los canónigos y se aventuraba a aspirar el perfume del incienso y saborear el agua bendita y...¡mil cosas más!
A estos dichos heréticos contestaban los unos que, sin duda, el diablo se quería convertir, y otros, que, si seguía bajo esa forma de canónigo, lo hacía por burlarse de tres sobrinos y herederos del susodicho bravo confesor y hacerles esperar, hasta el día de su propia muerte, la cuantiosa herencia de aquel tío, al que todos los días iban a visitar para ver si aún no cerraba los ojos, que encontraban siempre abiertos, vivos y penetrantes cual los de un basilisco. De lo que mucho se holgaban, ya que, de boquilla, querían mucho a su tío.
Contaba a este respecto una vieja que, sin duda alguna, aquel canónigo era el mismo diablo; porque dos de sus sobrinos, el procurador y el capitán, que cierta noche iban conduciendo a su tío, sin farolillo ni tea, de vuelta de cenar con el penitenciario, lo hicieran tropezar, por descuido, con un montón de piedras apiladas para erigirle una estatua de San Cristóbal. Y primero, el buen viejo, al caer, había echado chispas; y luego, a los gritos de sus queridos sobrinos y al fulgor de los halcones que fueron a buscar a casa de la dicha vieja, se lo encontraron de pie, derecho como un remo y alegre cual un pinzón, y hubo de decirles que el buen vino del penitenciario le diera ánimos para aguantar el tropezón y que tenía muy duros los huesos, con todo y haber resistido más rudos envites.
Los buenos sobrinos, que lo daban por muerto, se quedaron de una pieza y comprendieron que el tiempo no podría quebrantar tan aína los huesos de su tío, ya que en ese oficio se quebraban las piedras. De suerte que no lo llamaban ya sin razón su buen tío, puesto que era de buena calidad.
         Decían aún malas lenguas que el canónigo habíase encontrado en su camino tantas piedras como aquellas, que no salía de su casa para no caer enfermo de piedra, y que ese temor era la causa de su encierro. De todos esos dichos y rumores consta que el viejo canónigo, diablo o no, vivía sin salir de casa, por no querer morirse, y tenía tres herederos con los cuales vivía como con sus ciáticas, sus achaques de riñones y demás gajes de la humana vida.
         De los tres herederos susodichos, era uno el más grosero soldadote que jamás naciera de vientre de mujer, y de fijo que le habría desgarrado las carnes a su madre al romper el cascarón, puesto que saliera de allí con dientes y pelo. Así que comía según los dos tiempos del verbo, en presente y futuro; tenía sus querindangas, a las que costeaba sus cofias, y había salido al tío en la duración, fuerza y buen uso de aquello que suele estar a su servicio. En las grandes batallas, hacía por dar bofetadas sin recibirlas, lo que es y siempre será siempre el único problema que resolver en la guerra; pero dicen que jamás hurtaba el cuerpo y, efectivamente, como no tenía más virtud que su bravura, lo hicieron capitán de una compañía de lanceros y se granjeó el cariño del duque de Borgoña, el cuidaba muy poco de lo que hicieran sus soldadotes.
El tal sobrino del diablo se llamaba el capitán Cochergrue, y sus acreedores, labriegos, burgueses y demás, a los que vaciaba los bolsillos, le pusieron el remoquete de Malmico, visto que era malicioso, tanto como fuerte; pero tenía el capitán estropeada la espalda por el achaque natural de la joroba, y que a nadie se le ocurriera encaramarse a ella para ver más lejos, porque de fijo que lo habría estrellado contra el suelo.
El segundo sobrino había estudiado usos y costumbres y, a merced al valimiento de su tío, se hiciera buen procurador y abogaba en la audiencia, donde resolvía los asuntos de las damas que en otro tiempo tan bien confesara su tío. Se llamaba el dicho sobrino Cazagrullas, por la burla de su verdadero nombre, que era Cochergrue, como el del capitán, su hermano.
Era Cazagrullas ruin de cuerpo, parecía soltar chorros de agua helada, tenía pálido el rostro y una nariz que semejaba el hocico de un zorro. Pero eso no obstante, valía un denario más que el capitán y le profesaba a su tío una pinta de afecto, aunque, desde hacía dos años, saltárase el corazón y, gota a gota, huyera de él la gratitud, de suerte que, de cuando en cuando, si el aire estaba húmedo, gustaba de meter las piernas en las calzas del tío y exprimirle, por anticipado, el jugo de aquella tan pingüe herencia.
Él y su hermano el militarote encontraban harto liviana su parte, visto que legalmente, en derecho, de hecho, en justicia, en naturaleza y realidad, fuera a darle el tercio de todo a un pobre primo, hijo de otra hermana del canónigo, el cual, poco querido del buen hombre, se quedara en los campos, donde hacía de pastor, en las cercanías de Nanterre.
Aquel guardián de animales, rústico lo más del tiempo, se vino a la ciudad por consejo de sus primos, los cuales lo instalaron en la sala del tío, con la esperanza de que, así por sus patochadas y estupideces como por su falta de pergeño y su cortedad de luces, no le sería simpático al canónigo y este lo pondría en la puerta de su testamento.
De modo, pues, que aquel pobre Chicorro, que así se llamaba el pastor, vivía solo con su anciano tío desde hacía cosa de un mes, y encontrando más provecho o diversión en guardar a un abate que no a un rebaño de corderos, convirtióse en el mastín del canónigo, en su servidor y báculo de su vejez, diciéndole <<Guárdeos Dios>>, cuando lanzaba un pedo; <<Sálveos Dios>>, cuando estornudaba, y <<Consérveos Dios>>, cuando tosía; iba además a ver si llovía o dónde andaba la gata y se quedaba mudo, escuchando y aguantando los estornudos del buen hombre, admirándolo cual el más guapo canónigo que en el mundo hubiese; todo de corazón, de verdad, sin darse cuenta de que lo lamía al estilo de perra que escamonda a sus críos; y el tío, al que no convenía darle a entender de qué pan era la tostada, le daba de lado a aquel pobre Chicorro y siempre les estaba diciendo a sus otros sobrinos que el tal Chicorro le ayudaba a morir de puro palurdo que era.
Y dice que al oír aquello se desvivía Chicorro por servir bien a su tío y aguzaba a ese fin su inteligencia; pero como tenía la chola como un par de calabazas, era ancho de espaldas, membrudo y pesado, más bien se parecía al señor Sileno que a un leve cefirillo. Efectivamente, el pobre pastor, hombre simplote, no podía hacerse de nuevo, y seguía engordando, en espera de la herencia.
Discurría cierta noche el señor canónigo a cuenta del diablo, u sobre las graves angustias, suplicios, torturas, etc., que Dios les deparaba a los condenados, y el bueno de Chicorro le escuchaba con ojos tamaños como boca de horno, sin creer en nada de lo que aquel decía.
Pero ¿no eres tú cristiano? – le preguntó el canónigo.
¡Oh, claro que sí! – dijo Chicorro.
Pues bien: si hay una gloria para los buenos, ¿no ha de haber un infierno para los malos?
Sí, señor canónigo; pero para eso no hace falta el diablo. Si tuvieseis en vuestra casa un malvado que todo os lo revolviese, ¿no lo echaríais luego a la calle?
Sí, Chicorro.
Pues bien, señor tío; muy tonto sería Dios si dejase campar en este mundo, tan curiosamente hecho por El, a un execrable diablo ocupado especialmente en estropeárselo todo. ¡Bah!... Yo no paso por eso del diablo, habiendo un buen Dios. ¡Qué va a haber un diablo! ¡Algo daría yo por verlo! ¡Bah!, a mí no me gustan sus garras.
¡Ah, si yo tuviera esa confianza que tú tienes, no se me daría nada de mis años mozos, en que confesaba muchas veces de día!
¡Pues seguid confesando, señor canónigo! Y os aseguro que serán allá arriba méritos preciosos para vos.
¡Oh, oh!, ¿sería verdad?
¡Y tanto que lo es señor canónigo!
¿A ti no te tiembla el cuerpo al negar al diablo?
¡Oh!, tanto me importa a mí el diablo como un manojo de yerba.
Pues esas ideas te darán que sentir.
¡Ca, ni por pienso! Ya ni Dios me defenderá contra el diablo, pues lo tengo por más sabio y menos tonto que como los sabios lo pintan.
Llegaron en aquel momento los otros dos sobrinos y, al advertir por la voz del canónigo que no le tenía demasiado odio a Chicorro y que las quejas que de él expresara eran puras morisquetas de mono para disimular el cariño que le profesaba, se miraron pasmados de asombro.
         Luego, como viesen a su tío de buen temple, le dijeron:
-Puesto a testar, ¿a quién le dejaríais esta casa?
-¡A Chicorro!
-¿Y los censos de la rue Saint-Denis?
-¡A Chicorro!
-Pero, entonces-dijo el capitán con su gran vozarrón-, ¿todo va a ser para Chicorro?
-No-respondió el canónigo, sonriendo-, porque ya testaré yo en buena forma,y mi herencia será para el más listo de los tres. Tan cerca estoy ya del porvenir, que veo claramente vuestros sinos.
Y el astuto canónigo le lanzó a Chicorro una mirada maliciosa cual la de una lechuza que hubiese querido fascinar a un pajarillo. El fuego de aquellos ojos llameantes iluminó al pastor, al que, desde aquel momento, se le despejaron las entendederas y las orejas se le aguzaron y el discernimiento se le abrió igual que una doncellica al otro día de su boda.
El procurador y el capitán, tomando aquellos dichos del tío cómo profecías evangélicas, le hicieron a aquel sus reverencias y salieron de la casa muy asombrados de las peliagudas intenciones del canónigo.
-¿Qué piensas tú de Chicorro?-díjole Cazagrullas a Malmico
-¡Que qué pienso, que qué pienso!-refunfuño el soldadote-. Pues lo que pienso es emboscarme en la rue de Jerusalén para echarle abajo la cabeza. Y que la recoja luego si le place.
-¡Oh, oh!-saltó el procurador-, tienes un estilo de herir que todos lo reconocerían, y luego saldrían diciendo: «¡Ha sido Cochegrue!» Pero yo pienso convidarle a una comida, después de la cual jugaremos en un saco para ver, como en la corte, quién anda mejor dentro de él. Luego que lo hayamos cosido, lo arrojamos al Sena y le decimos que nade.
-¡Eso está muy bien traído!-aprobó el soldadote.
 -¡Oh, tanto que sí!-dijo el abogado-. Luego que el primo se vaya al diablo, la herencia será para nosotros dos.
-¡Que me place!-asintió el militarote-. Pero será menester que nos mantengamos juntos como dos piernas de un mismo cuerpo, porque si tú eres fino como la seda, yo soy recio como el acero, y las dagas valen tanto como los lazos. Óyelo bien, hermanito. 
-¡Si!-dijo el abogado-. Vista es ya la causa; ahora, ¿optaremos por el hilo o por el hierro?
-¡Oh, voto a Bríos! ¿Acaso hemos de habérnoslas con un rey? ¿A qué gastar tanta saliva por un palurdo de pastor? Vaya, veinte mil francos a cuenta de la herencia para aquel de nosotros que primero le rompa los huesos. Yo le diré de buena fe: «¡Encoge la cabeza!»
-Y yo: «¡Anda y nada, amiguito!»-exclamó el abogado, riendo cual abertura de jubón.
   Se fueron luego a cenar, el capitán a su chiscón y el abogado a casa de la mujer de un orfebre, con la que tenía amores.
¡Menudo asombro el de Chicorro, que había oído a sus primos decretar su muerte, no obstante hablar éstos en el portal y en voz baja, como quien masculla oraciones en la iglesia! Así que Chicorro estaba la mar de apurado por saber si aquellas palabras habían subido o si habían bajado de sus orejas.
-¡Oísteis, señor canónigo?
-Si-respondió el tío-; oigo a la leña chisporrotear en el fuego.
-¡Oh, oh!- exclamó Chicorro-, si no creo en el diablo, sí creo en San Miguel, mi ángel de la guarda, y corro allá donde él me llama...
-Pues ve allá, hijito-le dijo el canónigo-, pero ten cuidado de no mojarte ni que te corten la cabeza, que oigo chorrear el agua y los salteadores de calles declarados no son siempre los más peligrosos.
Al oír esas palabras se sombró no poco Chicorro y, mirando al canónigo, le encontró la expresión muy alegre, los ojos muy vivos y los pies muy ganchudos; pero como tenía que apercibirse para la muerte de que estaba amenazado, pensó que ya tendría tiempo de admirar al canónigo o de roerle las uñas, y   ligero por las calles de la ciudad, andando a saltitos, como mujer camino a su goce.
Sus dos primos, que no tenían la menor idea del don de adivinación que poseen los pastores respecto a borrascas pasajeras, habían hablado de sus secretos manejos muchas veces delante de él, haciendo caso omiso de su presencia.
Así las cosas, una noche, con objeto de divertir al canónigo, le contó Cazagrullas cómo se las había compuesto para seducir a la mujer del dicho orfebre, plantándole a éste en la cabeza unos cuernos repujados, bruñidos, tallados e historiados como saleros de príncipe.
La buena mujer era, según él, un verdadero molde de picadillo, brava en la pelea, que despachaba un espaldarazo en el tiempo que tardaba su marido en subir las escaleras, sin inmutarse por nada, y que devoraba la cosa cual si saborease una fresa, no pensando más que en sacarle el jugo, siempre pizpireta y saltarina, alegre cual mujer honrada que de nada carece y que tenía siempre contento a su marido, que la quería tanto como querer pudiera a su garganta; y fina cual un perfume, tanto, que hacía cinco años llevaba tan bien el gobierno de su casa y el de sus amores, que tenía fama de mujer santurrona, gozaba de la confianza del marido y era la dueña de llaves, bolsa y todo.
-¿Y cuándo tañéis la dulce zampoña?-preguntó el canónigo.
-¡Oh, todas las noches! Y muchas veces me acuesto con ella.
-¿Y cómo?-inquirió, asombrado, el canónigo.
-Pues ved cómo. Hay en un cuartito contiguo un gran arcón, en el que yo me escondo. Cuando el bueno de su marido vuelve a casa del pañero, su compadre, adonde va a cenar todas las noches, porque con frecuencia trabaja con la pañera, le pretexta mi querida alguna dolencia, le deja que se acueste solo en su cama y se viene a convalecer de su mal en el cuartito del arcón. Al otro día, cuando el orfebre está ya en su fragua, salgo yo de allí, y como la casa tiene dos puertas, una que da al puente y otra que da a la calle, yo salgo siempre por la puerta donde no está el marido, con el fin de hablarle de sus pleitos, que yo mantengo en buena salud, sin dejarlos finiquitar. Es esa una cornamenta rentable, ya que los gastos menudos y costas legales de los procedimientos le ocasionan tantos dispendios como caballos de cuadra. Y dice que me quiere mucho, como todo buen cornudo debe querer a quien le ayuda a escardar, regar, cultivar y labrar el jardín natural de Venus, y no hace nada sin contar conmigo.
Pues bien; tales manejos le vinieron a la memoria al pastor iluminado por una luz emanada de su peligro y aconsejado por la inteligencia de esas medidas de conservación, de la que todo animal posee una dosis suficiente para llegar hasta el final de su madeja de vida. Así que Chicorro se encaminó con pie ligero a la rue de la Calandre, donde debía hallarse el orfebre cenando con su comadre, y luego de llamar a la puerta y responder al consiguiente interrogatorio al través de la mirilla y anunciarse cual mensajero de secretos de Estado, logró entrar por fin en casa del pañero.
Y yéndose derecho al bulto, le mandó al alegre orfebre se levantase de la mesa y llevándoselo a un rincón de la sala, le dijo:
-Si algún vecino vuestro os plantase un bosque en la frente y te lo entregasen atado de pies y manos, ¿no lo arrojaríais de cabeza al agua?
-¡Oh, claro que sí!-respondió el orfebre-. Pero conste que, como os burléis de mí, me lo pagaréis caro.
-¡Bah, bah!-replicó Chicorro-. Yo soy vuestro amigo y vengo a avisaros de que cuantas veces habéis preconizado a esta pañera de acá, otras tantas han hecho lo mismo con vuestra buena mujer ese abogado de Cazagrullas, y, si queréis volver a vuestra fragua, allí encontraréis un buen fuego. Al llegar vos, ese sujeto que tan lindamente os barre lo que sabéis para que esté primoroso, irá a esconderse en el arcón de los trapos. Ahora bien: haced cuenta que yo os compro el referido arcón y que estaré en el puente con un carro a vuestras órdenes.
Cogió en el acto su capa y su gorro el susodicho orfebre, dejó la compañía de su comadre, sin decir oxte ni moxte, y corrió a su madriguera cual rata envenenada.
Llega allá, le abren y entra; sube las escaleras desalado y encuentra la mesa puesta con dos cubiertos; siente cerrar el arcón y ve a su mujer que vuelve del cuartito de los amores; y va le dice:
-Mira, rica: ¿qué quieren decir estos dos cubiertos?
-¡Oh, queridito mío!, ¿no somos dos?
-No-replicó él-, somos tres.
-¿Es que va a venir tu compadre?-dijo ella, mirando a la escalera con perfecta inocencia.
-No, yo digo el compadre que está ahí, en el arcón
-¿Qué arcón?-exclamó ella-. ¿Es que perdiste el juicio? ¿Acaso se meten compadres en los arcones? ¿Desde cuándo se alojan en arcones los compadres? ¿Has perdido la chaveta hasta el punto de confundir arcones y compadres? Yo no te conozco más compadre que maese Corneille el pañero; y cuanto a arcones, sólo sé de aquel en que guardamos nuestra ropa vieja.
-¡Oh!-exclamó el orfebre-. Has de saber, mi buena mujercita, cómo un mal sujeto vino a decirme que tú te dejabas cabalgar por nuestro abogado y que este se escondía en un arcón.
-¿Quién, yo?-saltó ella-. Pero si no puedo aguantar a esos curiales, que no hacen nada a derechas.
-¡Oh, si, mujercita mía!-dijo el orfebre-. Yo te tengo por una buena mujer y no quiero reñir contigo por un pijotero arcón. El soplo que te dije me lo dio un lencero, al que voy a venderle ese condenado baúl que no quiero ver aquí ni un día más; y a cambio de eso me dará él dos baúles pequeñines, donde apenas cabrá un niño, y de ese modo quedarán invalidadas las maledicencias y chismorreos de los envidiosos de tu virtud, faltos de pábulo.
-¡Gran gusto me dais con ello!-dijo la mujer-. Y no tengo el menor empeño de conservar ese arcón, que por fortuna no guarda nada dentro. Nuestra ropa blanca la tengo en la pila. Y mañana mismo podrán llevarse con toda facilidad ese arcón de mis pecados. ¿No quieres cenar?
-No-repuso él-; cenaré con mejor apetito sin ese arcón.
-Ya veo-dijo ella-que más fácil será sacar de aquí el arcón que de su cabeza.
-¡Hola, venid aquí luego! – les gritó el orfebre a sus oficiales y aprendices -¡Bajad!
Saltaron de sus lechos los llamados, en un abrir y cerrar de ojos, y mandado que su maestro les hubo se apoderasen del susodicho baúl, muy largo trasladaron a la sala aquel mueble de los amores; pero en el camino, el abogado, que llevaba los pies colgando, cosa de que no tenía costumbre, hubo de tropezar un poquitín.
-Andad-dijo la mujer-, es la tapa la que se mueve.
-No, rica, es la clavija.
Y, sin más discusión, resbaló muy gentilmente el arcón a lo largo de los peldaños.
-¡A ver, el carro!-gritó el orfebre.
Y hete aquí a Chicorro que va allá silbándoles a sus mulas, y a los buenos aprendices que arrojan el procesable arcón en el carro.
-¡Oh, oh!- grito el abogado
-¡Maestro, que este baúl habla!-dijo un aprendiz
-¿Si? ¿En qué lengua? - replicó al orfebre, dándole al aprendiz un puntapié entre dos nalgas que, por suerte para él, no eran de vidrio.
Fue el aprendiz a dar contra un escalón, por lo que no pudo seguir sus estudios sobre la lengua del baúl.
El pastor, acompañado del buen orfebre, cargó todo el bagaje hasta la orilla del río, sin prestar oídos a la alta elocuencia del baúl parlante y, añadiéndole unas cuantas piedras, lo arrojó al Sena.
-¡Anda y nada, amiguito! - gritó el pastor, con voz suficientemente zumbona, en el momento de hundirse el arcón con garbosa zambullida de pato.
Siguió luego Chicorro muelle arriba, hasta la calle del puerto Saint-Landry, junto al claustro de Nôtre-Dame.
Vio allí una casa, reconoció su puerta y llamó de un porrazo
-¡Abrid-gritó-, abrid en nombre del rey!
Al oír aquello, un hombre viejo, que no era otro que el famoso lombardo Versoris, acudió a la mirilla.
 -¿Quién es? Preguntó.
-Vengo enviando por el preboste para avisaros que hagáis buena ronda esta noche-respondió Chicorro-, que él, por su parte, pondrá en pie de guerra a sus arqueros, porque ese jorobado que os robó anda de nuevo por acá; y teneos firmes sobre las armas, porque muy bien podría libraros de vuestro más...
Y dicho que eso hubo, el buen pastor les dio suelta a sus pies y, de una carrerilla, se plantó en la rue des Marmouzets, en la casa en donde el capitán Cochegrue estaba de comilona con la Pasquerette, la más bonita de todas la troteras y la más cuca en cuanto a jugarretas que había entonces, al decir de todas las mujeres alegres. Tenía, por cierto, un mirar penetrante, que traspasaba cual una puñalada; unos andares tan jacarandosos y provocativos, que a todo el paraíso habría encelado; y era atrevida, a fuer de hembra que no tenía más virtud que su descaro.
Muy apurado iba Chicorro camino de la calle de los Marmouzets, pues temía mucho no poder dar con el chiscón de la Pasquerette o encontrar acostados a los dos tórtolos; pero un buen ángel dispuso las cosas a su gusto. Y he ahí cómo:
Al entrar a la calle de los Marmouzets vio la mar de luces en las ventanas, por donde asomaban muchas cabezas con gorro de dormir y buenas coimas, troteras, mujeres decentes, maridos y señoritas, todos recién levantados de la cama y mirándose unos a otros, cual si llevasen a ahorcar a un ladrón a la luz de los hachones.
- ¿Qué es lo que pasa? – le preguntó el pastor a un burgués, que con mucha prisa saliera a la puerta de su casa, partesana en ristre.
- ¡Oh!, no es nada- respondió el buen hombre-, Pensáramos que los armiñaques habían entrado en la ciudad; pero era solamente que Malmico le estaba zurrando la pámpana a la Pasquerette.
- ¿Y dónde está? - inquirió el pastor.
- Pues ahí, en esa casa tan maja, que tiene como remate de sus pilares bocas de sapos voladores, muy cucamente estampadas. Oíd a los criados y doncellas.
Y, efectivamente, sólo se oían gritos de:  «¡Al asesino! ¿Socorro! ¡Oh, vengan muy luego acá!»
Dentro de la casa llovían los golpes, y Malmico decía con su voz de trueno:
- ¡Muera la muy zorra! ¿No quieres cantar, tunanta? ¡Ah!, ¿quieres escudos? ¡Pues toma!
Y la Pasquerette gemía:
- ¡Ay, ay, que me muero! ¡Socorro! ¡Ay, ay!
Sonaron luego un gran golpe de hierro y la caída del liviano cuerpo de la linda muchacha, y después se hizo profundo silencio; acto seguido, se apagaron las luces, se volvieron adentro criados, invitados y demás comparsa, y el pastor, que llegara a tiempo, subió las escaleras con todos los demás. Pero al hallar en la sala alta los frascos rotos, los tapices hechos jirones y mantel y vajilla en el suelo, todos se quedaron quietos y estupefactos.
El pastor, atrevido como quien solo tiene una querencia, abrió la puerta de la hermosa alcoba, donde dormía Pasquerette, y la encontró toda postrada, revuelto el pelo, de través de la garganta y tenida en su alfombra ensangrentada, y junto a ella, Malmico, todo pasmado, y que tenía harto bajo el tono de voz, pues no sabía ya sobre qué nota cantar su última antífona.
- - Vamos, Pasquerette, nenita, ¡No te hagas la muerta! ¡Ven acá, que yo te arregle! ¡Ah, bribona! Muerta o viva, eres tan bonita en medio de la sangre, que te voy a abrazar.
Y así diciendo, el soldadote la cogió del suelo la tumbó en la cama, donde ella se desplomó de un golpe y tiesa cual cuerpo de ahorcado. Al ver aquello, creyó el soldadote que debía poner en salvo su joroba; pero el muy malicioso, antes de alzar el pie. Exclamó:
- ¡Pobre Pasquerette! ¿Cómo he podido matar a una chica tan buena y que tanto quería? Pero sí; la he matado, y la cosa está clara, porque si viviera, nunca su linda tetita se habría dejado caer de ese modo. ¡Dios santo! Cualquiera diría un escudo en el fondo de unas alforjas. Al oír aquello abrió Pasquerette un ojo y agachó ligeramente la cabeza para mirarse las carnes, que tenía blancas y firmes, y después volvió a la vida con un gran soplo que le lanzó en el carrillo al capitán.
- ¡Para que hablen de los muertos! -dijo la joven, sonriendo.
- Pero ¿por qué os quería él matar, prima mía? - le preguntó el pastor.
¿Qué por qué? Porque mañana vendrán los corchetes a llevarse todo cuanto hay aquí, y él. Que anda tan escaso de dinero como de virtud, me recriminaba por haber querido complacer a un guapo señorón que va a salvarme de las manos de la Justicia.
- ¡Pasquerette, mira que te voy a romper los huesos!
- ¡Bah, bah! - dijo Chicorro, al que Malmico reconociera-, ¿a eso se reduce todo? Pues bien, mi buen amigo, yo te traigo una buena cantidad de parné.
- ¿Y de dónde? - preguntó el capitán, atónito.
- Venid acá. Que os hable al oído. Si hubiese treinta mil escudos caídos de noche al pie de un peral, ¿os agacharías a cogerlos para que no se pudriesen?
- Chicorro, que te mato como a un perro si te burlas de mí, o te beso donde tú quieras si me pones delante de esos treinta mil escudos, aunque tenga que matar tres burgueses en el fondo de un muelle.
- No tendréis que matar ni un gorro. Pero vamos al grano. Yo tengo una amiguita leal en la criada de lombardo que vive cerca de nuestro buen tío. Y acabo de saber de buena tinta que el buen hombre se marchó esta mañana al campo, después de haber enterrado bajo el peral de su jardín un buen celemín de oro, piensas que solo lo veían los ángeles. Pero la muchacha, que por casualidad tenía dolor de muelas y tomaba aire en su ventanuco, hubo de ver al viejo alcabalero, sin que él lo supiera, y me lo ha contado todo por divertirse. Y si queréis jurarme que me daréis buena parte, os prestaré mis hombros para que trepéis a lo alto de la tapia, desde donde verás el peral, que está pegado a ella. ¿Qué tal? ¿Diréis ahora que soy un palurdo, un pedazo de animal?
- ¡Oh, nada de eso! Tú eres un buen primo y un chico honrado; y si alguna vez quisieras poner un enemigo a la sombra, aquí me tienes a mí, dispuesto a matar por ti incluso a un amigo mío.
- Hola, nenita! – le gritó Malmico a la Pasquerette-, levanta la mesa, limpia tu sangre, que es mía, y te la pagaré y encima te daré de la mía tanto como te he quitado. Saca de lo mejor, tranquiliza a nuestros asustados pajaritos, sujétate las faldas ríete, que yo te lo mando; volvamos a la mesa y reanudemos nuestras oraciones de la noche donde las dejamos, y mañana te pondré yo en un tren de vida, ¡que ni la reina! Aquí tienes a mi primo, al que quiero festejar, aunque para eso fuese menester tirar la casa por la ventana; porque mañana volveremos a encontrarlo todo en la cueva. ¡sus y a ellos! ¡A los jamones!
Y en menos tiempo del que tarda un cura en decir su Dominus vobiscum pasó todo el palomar del llanto a la risa, que no hay lugar donde se haga el amor a puñaladas y se levanten alegres tempestades entre cuatro paredes como en esas casas putanescas; pero cosas son ésas que no entienden las damas de altas gorgueras.
Se puso el susodicho capitán Cochergrue alegre como cien colegiales al salir de la escuela, y a tanto le dio de beber a su buen primo, que tragaba a lo rústico y se hacía el beodo, diciendo mil sandeces, como, por ejemplo, que al otro día iba a comprar París y le prestaría cien mil escudos al rey, y que nadaría en oro; en fin, tantos despropósitos lanzó, que el capitán, temiendo alguna inoportuna confidencia, y estimándolo harto desfondado de meollo, se lo  llevó fuera de allí, con la sana intención de, al hacer las partes, poner a prueba a Chicorro para ver si no tenía una esponja en el estómago, ya que acababa de echarse al coleto un buen cuartillo de buen vino de Suresne.
Salieron a la calle departiendo acerca de mil puntos de teología sumamente enrevesados, y concluyeron por escurrirse con mudos pies hasta la tapia del jardín donde estaban los escudos de lombardo.
Y el dicho Cochegrue, haciéndose trampolín de las anchas espaldas de Chicorro, saltó al peral, a fuer de hombre experto en asaltar ciudades: pero Versoris, que estaba al acecho, le asestó un tajo en la nuca y lo asegundó tan rudamente que, al tercer golpe, rodó por tierra la cabeza del dicho Cochergrue, no sin que hubiese oído antes gritar con voz clara al pastor:
- ¡Encoge la cabeza, amiguito!
Acto seguido, el generoso Chicorro, en quien la virtud obtenía su recompensa, creyó prudente volver a la casa del buen canónigo, cuya herencia habíase, por la gracia de Dios, metódicamente simplificado.
Ganó, pues, a todo el correr de sus piernas la calle de Saint- Pierre-aux-Boeufs, y a poco dormía como recién nacido, sin saber ya qué quisiera decir eso de primo hermano.
Se levantó al día siguiente con el sol, según acostumbraban los pastores, y pasó a la alcoba de su tío para ver si escupía blanco, tosía o había dormido bien. Pero la vieja ama le dijo que el canónigo, al oír tocar a maitines en Saint-Maurice, primer patrono de Nôtre-Dame, se dirigía por reverencia a la catedral, donde todo el cabildo debía desayunarse con el obispo de París.
Al oír lo cual, respondió Chicorro:
- Es una locura que el señor canónigo salga con este fresco; pescar un catarro, enfriarse los pies. ¿Es que quiere reventar? Voy a encender un buen fuego para que se caliente cuando vuelva.
Y el bueno del pastor entró en la sala donde gustaba de estar el canónigo; pero, con gran asombro, lo vio sentado en su poltrona.
- ¡Hola, hola!, ¿qué me ha dicho esa loca de Buyrette? ¡Ya os tenía yo por harto sensato para estar a estas horas encaramado en vuestro sillón del coro!
El canónigo no dijo esta boca es mía. El pastor, que, como todos los seres contemplativos, estaba dotado de un sentido oculto, no olvidaba que los ancianos suelen tener sabias extravagancias, conversan con las esencias de las cosas arcanas y mascullan para sus adentros razonamientos a aquello de que se trata; así que, por reverencia y gran respeto a las abstrusas meditaciones del canónigo, fue a sentarse a alguna distancia de él y aguardó el final de aquellos desvaríos, examinando, sin decir palabra, la largura de las uñas de los pies del buen hombre, que parecían agujerearle los zapatos. Luego, observando con toda atención los pies de su querido tío, se quedó de una piedra al verle la carne de las piernas tan colorada, que enrojecía las calzas y parecía estar ardiendo al través de la malla.
« ¿Se habrá muerto », pensó Chicorro? En aquel momento se abrió la puerta de la sala y Chicorro vio a su tío, que, con las narices heladas, volvía del oficio religioso.
- ¡Hola, hola! - exclamó Chicorro-; pero, tiito, ¿es que habéis perdido el juicio? Fijaos bien en que no debéis estar en la puerta, ya que estás sentado en nuestro sillón, al amor de la lumbre; y que no puede haber dos canónigos como voz en este mundo.
- ¡Ah, Chicorro! Tiempo hubo en que habría querido estar en dos sitios a la vez; pero eso no está al alcance del hombre, pues entonces sería harto feliz. Pero dime: ¿estás tú beodo? ¿Yo estoy solamente aquí!
Se volvió Chicorro a mirar el sillón y lo encontró vacío; y con la gran sorpresa que podéis figuraros, se llegó allá y vio cómo en el suelo había un montón de pavesas que exhalaban olor a azufre.
- ¡Oh! - Exclamó, todo espantado-, ¡Reconozco que el diablo se ha portado muy bien conmigo y le pediré a Dios por él!
Y acto seguido le contó con toda ingenuidad al canónigo cómo el diablo, o quién sabe si Dios, le había ayudado a deshacerse con toda lealtad de sus malos primos, cosa de que el buen canónigo se maravilló grandemente y comprendió muy bien, ya que todavía no perdiera del todo su juicio y más de una vez observara cosas que abogaban en favor del diablo. Así que aquel viejo buen hombre del clérigo decía que siempre se encontraba tanto bien en el mal como mal en el bien y que, por ende, no había que curarse gran cosa de la otra vida, lo que era por cierto una gran herejía, anatematizada por muchos conejillos.
Y ahí tenéis cómo los Chicorros se hicieron ricos y pudieron, en aquellos tiempos, gracias a la herencia del abuelo, contribuir a levantar el puente de Saint-Michel, donde el diablo hace tan garbosa figura a los pies del arcángel, en memoria de ese episodio, que consta en las historias verídicas.