viernes, 30 de junio de 2023

 

Una pasión en el desierto. Balzac.

Escenas de la vida militar. Libro V: Los Chuanes y Una pasión en el desierto.

¡Este espectáculo es espantoso! -exclamó ella saliendo del circo del señor Martín. Acababa de contemplar aquel especulador audaz que trabajaba con su hiena, por decirlo con el estilo de los anuncios.

-¿De qué manera -me preguntó enseguida- puede haber domado estos animales hasta el punto de estar seguro de su afecto por...?

-Eso, que os parece un problema, -le respondí interrumpiéndola- asimismo es una cosa natural.

-¡Oh! -exclamó dejando errar por sus labios una sonrisa de incredulidad.

-¿Creéis, entonces, que las bestias están totalmente desprovistas de pasiones? -le pregunté yo-. Habéis de saber que les podemos dar todos los vicios debido a nuestro estado de civilización.

Me miró con aire extraño.

-Pero -añadí-, viendo al señor Martín por primera vez, reconozco que se me escapó, como a vos, una exclamación de sorpresa. Me encontraba entonces cerca de un viejo militar mutilado de la pierna derecha, que había entrado conmigo. Aquella cara me había impresionado. Era una de aquellas cabezas intrépidas, marcadas por el sello de la guerra y en las cuales hay escritas todas las batallas de Napoleón. Aquel viejo soldado tenía sobre todo un aire de franqueza y exaltación que siempre me predisponen favorablemente. Sin duda era uno de aquellos soldados a los que nada sorprende, que encuentran materia para reír en el último gesto de un camarada, a quien sepultan o desnudan con alegría y que interpela a las balas con autoridad, en fin, alguien de decisiones rápidas, que fraternizan con el diablo. 

Después de haber mirado muy atentamente al propietario del circo en el momento en que salía del escenario, mi compañero plegó los labios de manera que formulaba un desdén burlón, con esa especie de risa significativa que se permiten los hombres superiores cuando quieren distinguirse de los ingenuos. Así, cuando yo me maravillé del coraje del señor Martín, el sonrió y me dijo, presuntuoso y moviendo la cabeza:

-¡Obvio...!

-¿Cómo que obvio? -le respondí-. Si me queréis explicar este misterio os estaría muy agradecido.

Después de unos instantes durante los cuales nos presentamos, fuimos a comer en el primer restaurante con vimos. A los postres, una botella de vino de Champaña me devolvió los recuerdos de aquel curioso soldado con toda su claridad. Me contó su historia y vi que tenía razón en exclamar «¡Obvio!».

Volviendo a su casa, me hizo tantas incitaciones, tantas promesas, que consentí en redactar la confidencia de aquel soldado. A la mañana siguiente, me contó este episodio de una epopeya que se podría titular «Los franceses en Egipto».

 

Durante la expedición del alto Egipto emprendida por el general Desaix, un soldado provenzal, caído en el poder de los magrebíes, fue llevado por los árabes a los desiertos situados más allá de las cascadas del Nilo. Para poner entre ellos y la armada francesa un espacio suficiente para su tranquilidad, los magrebíes forzaron el paso y no pararon hasta la noche. Acamparon alrededor de un pozo oculto por las palmeras, cerca de las cuales habían enterrado antes algunas provisiones. Sin suponer que el prisionero tuviera la idea de huir, se contentaron con atarle las manos, y se durmieron después de haber comido algunos dátiles y dado cebada a los caballos. 

Cuando el audaz provenzal vio a sus enemigos poco dispuestos a vigilarlo, se hizo servir de los dientes para hacerse con una cimitarra y después, ayudándose de las rodilla para sujetar la hoja, cortó las cuerdas que le imposibilitaban el uso de las manos y se encontró libre. Tan rápido como pudo agarró una carabina y un puñal, se equipó de una provisión de dátiles secos, de un pequeño saco de cebada, de pólvora y de balas, se ciñó la cimitarra, montó a caballo y lo espoleó vivamente hacia la dirección donde se suponía que estaba la armada francesa. Impaciente por volver a ver un vivac, espoleó tanto al caballo ya fatigado que el pobre animal murió con los flancos rasgados, dejando al francés en medio del desierto.

Después de caminar durante algún tiempo por la arena con todo el coraje de un prisionero que se escapa, el soldado se vió forzado a detenerse cuando el día acababa. A pesar de la belleza del cielo en las noches de Oriente, no tenía fuerzas para continuar su camino. Felizmente había podido llegar a un altura, encima de la cual se elevaban algunas palmeras y sus hojarascas, avistadas desde mucho tiempo antes, habían despertado en su corazón la más dulce de las esperanzas. Su cansancio era tan grande que se tumbó en una piedra de granito, caprichosamente esculpido como una cama de campaña, y se durmió sin tomar ningún tipo de precaución para defenderse durante el sueño. Había sacrificado su vida. Su último pensamiento fue de contrición. Se arrepintió de haber dejado a los magrebíes, cuya vida errante le empezaba a sonreír, ahora que se encontraba lejos de ellos y sin auxilio. 

El Sol le despertó, con sus rayos despiadados cayendo a plomo sobre el granito y produciendo un calor intolerable. Ahora bien, el provenzal haba tenido la desgracia de colocarse en sentido inverso a la sombra proyectada por las copas verdosas y majestuosas de las palmeras. Fue a mirar a esos árboles solitarios y se estremeció. Le recordaron los troncos elegantes y coronados de largas hojas que distinguían las columnas sarracenas de la catedral de Arlés. Pero, después de haber contado las palmeras, cuando dio un vistazo a su entorno, su alma se deshizo en la más horrible desesperación. Veía un océano sin límites. Las arenas negras del desierto se extendían hasta que la vista se perdía en todas las direcciones y fulguraban como una hoja de acero golpeado por una luz viva. No sabía si era un mar de hielo o lagos unidos como un espejo. Traído por las olas, un vapor de fuego se arremolinaba sobre aquella tierra inestable. El cielo tenía un resplandor oriental de una pureza desesperadora porque no deja nada al deseo de la imaginación. El cielo y la tierra quemaban. El silencio atemorizaba por su majestad salvaje y terrible. El infinito y la inmensidad sobrecogían el alma por todas partes: ni una nube en el cielo, ni un soplo de aire, ni una irregularidad en la arena agitada por olas menudas; en fin, el horizonte acababa como el mar en bonanza con una línea de luz tan fina como el tallo de un sable. El provenzal apretó el tronco de una de las palmeras, como si hubiera sido el cuerpo de un amigo; después, al abrigo de la sombra delgada se quedó contemplando con tristeza profunda la escena implacable que se ofrecía a su mirada. Gritó, como para tantear la soledad. Su voz, perdida en la cavidad de la elevación, producida lejos un sonido débil que no despertó nada de eco; el eco era en su corazón: el provenzal tenía veintidós años y se cargó la carabina.

-¿Siempre habrá tiempo! -se dijo, dejando a tierra el arma liberadora.

Mirando alternativamente al espacio negro y al cielo azul, el soldado soñaba con Francia. Sentía con placer los ríos de París, recordaba los pueblos por donde había pasado, las caras de sus compañeros y las más pequeñas circunstancias de su vida. En fin, su imaginación meridional le hizo entrever las piedras de su querida Provenza en los juegos del calor que ondeaba sobre la superficie extendida como una tela en el desierto. Temiendo todos los peligros de aquel cruel espejismo, descendió por el lado opuesto de aquel por donde había subido a la colina el día anterior. Su alegría fue grande al descubrir una especia de gruta tallada de forma natural en los inmensos fragmentos de granito que formaban la base del montículo. Los restos de una alfombra denotaban que ese refugio ya había sido habitado. Después de algunos pasos se dio cuenta de que las palmeras estaban cargadas de dátiles. Entonces, el instinto que nos liga a la vida se rebeló en su corazón. Esperó vivir lo suficiente como para esperar el paso de algunos magrebíes o posiblemente, sentiría bien pronto el estruendo de los cañones, porque en aquel momento Bonaparte recorría Egipto. Reanimado por este pensamiento, el francés hizo caer algunas ramas de frutos maduros, bajo el peso de los cuales las datileras parecían doblarse, i se convenció, comiendo aquel maná inesperado, de que el habitante de la gruta había cultivado las palmeras. La carne sabrosa y fresca de los dátiles ciertamente denotaban las atenciones de su predecesor. El provenzal pasó de golpe de una desesperación sombría a una alegría casi loca. 

Escaló a la colina y se dedicó durante el resto del día a cortar una de las palmeras infecundas que durante la vigilia le habían servido de techo. Un recuerdo vago le hizo pensar en los animales del desierto y, previniendo que podrían venir a beber de la fuente perdida entre las arenas que aparecía bajo los bloques de granito, decidió asegurarse de las nuevas visitas poniendo una barrea a la entrada del refugio. A pesar de su ardor, a pesar de las fuerzas que le prestó el miedo a ser devorado durante su descanso, le fue imposible cortar la palmera en muchos trozos aquel día; pero consiguió hacerla caer. Cuando, al anochecer, se desplomó aquella reina del desierto, el ruido de su caída resonó por la lejanía, y fue como un gemido en la solitud; el soldado se estremeció como si hubiera oído una voz que le hubiera previsto la desgracia. Pero, como un heredero que no se apiada durante mucho tiempo de la muerte de un pariente, desnudó aquel bello árbol de las hojas verdes, anchas y altas, que son su poético ornamento y se hizo servir de ellas para preparar la alfombra sobre la cual iba a sentarse. Fatigado por el calor y el trabajo, se durmió en su gruta húmeda. Pero en plena noche, su sueño fue turbado por un ruido extraordinario.

Se incorporó  el silencio profundo que reinaba le permitió reconocer una respiración alternada, una salvaje energía no podía pertenecer a una criatura humana. Un miedo profundo, aumentado por la oscuridad, por el silencio y por las fantasías del sueño le heló el corazón. Apenas pudo oír la contracción dolorosa de su cabellera cuando, a fuerza de dilatar las pupilas, percibió en la oscuridad dos lucecitas débiles y amarillas. En principio atribuyó aquellas luces a algún reflejo de sus pupilas, pero el bello destello de la noche le ayudo poco a poco a distinguir los objetos que se encontraban en la gruta y a un enorme animal alargado a dos pasos de él. ¿Era un león, un tigre o un cocodrilo?

 

El provenzal no tenía la educación suficiente para saber con toda seguridad en qué clase de género estaba clasificado su enemigo, pero su espanto fue más terrible que su ignorancia y le hizo suponer todas las desgracias de golpe. Soportó aquel cruel suplicio de escuchar, captar los caprichos de aquella respiración, sin perderse detalle y sin permitirse el más leve movimiento. Un olor tan fuerte como la que exhalan los zorros, pero más penetrante, más grave, por decirlo así, llenaba la gruta; cuando el provenzal lo sintió en la nariz, su terror llego al máximo, porque no podía abandonar, dada la cercanía del terrible compañero, el cubil que estaba usando como campamento. Los reflejos de la Luna, que apareció en el horizonte, iluminaban la madriguera y poco a poco hicieron resplandecer la piel manchada de una pantera.

Aquel león de Egipto dormía, enroscado como un gran perro, plácidamente como un guardián a la puerta de un palacio; sus ojos, abiertos durante un momento, ahora volvían a estar cerrados. Tenía la cara girada hacia el francés. Mil pensamientos confusos pasaron por el alma del prisionero de la pantera; en principio, la quiso matar de un disparo con el fusil, pero se dio cuenta de que no había suficiente espacio entre los dos para apuntarla, el cañón habría sobrepasado el animal. ¿Y si se despertaba? Esta hipótesis le dejo inmóvil. Escuchando batir su corazón en medio del silencio, maldecía las pulsaciones demasiado fuertes que producían la afluencia de la sangre, temiendo turbar aquel descanso que le permitía buscar una manera de salvarse. Puso la mano dos veces a la cimitarra con el deseo de cortar la cabeza a su enemigo, pero la dificultad de cortar el pellejo liso y duro le obligo a renunciar su atrevido proyecto.

«¿Fracasar? Seguramente sería morir», pensó. Prefería las posibilidades de un combate y resolvió a esperar el día. Y el día no se hizo esperar mucho tiempo. El francés pudo examinar entonces a la pantera: tenía la boca manchada de sangre. «Ha comido bien», pensó sin inquietarse por si el festín había sido de carne humana, «no tendrá hambre cuando despierte».

Era una hembra. La piel del vientre y de los muslos resplandecían de blancor, muchas manchas pequeñas, parecidas al terciopelo, formaban bonitas pulseras entorno a las patas. La cola musculosa también era blanca, pero rematada por anillos negros. En el pelaje, amarillo como el oro, pero bien liso y suave, tenia aquellas manchas características, matizadas en forma de rosas, que servían para distinguir las panteras de las otras especies de felinos. Aquella belleza, tranquila y temible, roncaba en una postura tan graciosa como la de un gato arropado en un cojín otomano. Las patas ensangrentadas, nerviosas y bien armadas, estaban delante de su cabeza, donde reposaban, y de donde salían aquellas barbas esclarecidas y rectas, parecidas a hilos de plata. Si hubiera estado en una jaula, el provenzal ciertamente habría admirado la gracia de aquella bestia y los vigorosos contrastes de vivos colores que daban a su vestido un resplandor imperial, pero en aquel momento sentía la vista enturbiada por aquella aparición siniestra. 

 

La presencia de la pantera, incluso dormida, le hacía experimentar el efecto que, dicen produce los ojos magnéticos de una serpiente en un ruiseñor. El coraje del soldado acabó por deshacerse durante un momento delante de aquel peligro, mientras que sin duda se habría exaltado delante de la boca de los cañones vomitando metralla. Asimismo, un pensamiento intrépido surgió en su alma y se secó el sudor frio que le bajaba por la frente. Actuando como los hombres que, puestos en el límite de la desgracia, llegan a desafiar a la muerte y se ofrecen a sus embestidas, vio sin darse cuenta su papel en aquella aventura y resolvió interpretarlo hasta el final con honor.

«Antes de ayer lo árabes me habrían podido matar»,  se decía a sí mismo. Considerándose muerto, esperó con coraje y con una curiosa inquietud el despertar de su enemigo. Cuando el sol salió, la pantera abrió los ojos de repente; después alargo violentamente las patas, para espabilarse y disipar los calambres. En fin, bostezo, mostrando el aparato espantoso de sus dientes y una lengua partida y tan dura como una lima.

«Es una belleza», pensó el francés viendo como se revolcaba y hacia los movimientos más dulces y atractivos. Lamio la sangre que teñía las patas y el muslo, y se rasco la cabeza con gestos reiterados y llenos de gentileza.

 

«Bien. Haz tus abluciones», se dijo el francés, que encontró alegría cuando le volvió el coraje, «que ya te daré yo un buen día». Y cogió el puñal pequeño y corto que había robado a los magrebíes.

En aquel momento, la pantera su tumbó hacia el francés y lo miro fijamente sin acercarse. La severidad de aquellos ojos metálicos y su claridad insoportable hicieron estremecer al provenzal, sobre todo cuando la bestia se le acercó; pero le contemplaba con aire manso y le miraba de manera furtiva, como para hipnotizarle, y dejó que se acercara. Después, con un movimiento muy dulce, muy amoroso, como si hubiera estado acariciando la mujer más hermosa, le paso la mano por todo el cuerpo, de la cabeza a la cola, excitando con aquellas uñas las vertebras flexibles que dividen el lomo amarillo del animal. La bestia enderezó voluptuosamente la cola y sus ojos se endulzaron. Cuando, por tercera vez, el francés le hizo aquella adulación interesada, ella le hizo uno de aquellos «rau-raus» como los que nuestros gatos nos hacen como muestra de placer. Aquel murmullo surgía de una garganta tan vigorosa y profunda que resonó en la gruta como uno de los últimos ronquidos del órgano de una iglesia.

El provenzal, comprendiendo toda la importancia de sus caricias, las redobló de manera que aturdiera y sorprendieran a aquella cortesana imperiosa. Cuando creyó haber apaciguado seguro la ferocidad de su caprichosa compañera, el hambre del que estaba felizmente satisfecho la víspera le levantó y volvió a salir de la gruta. La pantera le dejo partir, pero cuando hubo descendido el monte, saltó con la ligereza de los monos que van de rama en rama y fue a restregarse contra las piernas del soldado, arqueando todo el lomo al estilo de los gatos. Después, mirándole con ojos cuyo resplandor se había hecho menos implacable, lanzó aquel grito salvaje que los naturalistas comparan con el sonido de una sierra.

«¡Es exigente!» -exclamo el francés risueño. Probó a jugar con las orejas, a acariciarle el vientre y rascarle con vigor la cabeza con las uñas. Y viendo sus éxitos, le pellizco el cráneo con la punta del puñal, esperando el momento para matarla, pero la dureza del hueso le hizo temer un fracaso.

La sultana del desierto agradeció la competencia de su esclavo levantando la cabeza, estirando el cuello, revelando su embriaguez en la tranquilidad de su actitud. El francés de repente pensó que, para asesinar de un solo golpe aquella princesa salvaje, le valdría apuñalarla en la garganta, y levanto el arma cuando la pantera, sin duda saciada, se agachó graciosamente a sus pies dirigiéndole de tanto en tanto miradas donde, a pesar de su rigor natural, se dibujaba confusamente la benevolencia.

El pobre provenzal se comió sus dátiles apoyado en una de las palmeras; pero dirigía alternativamente un ojo escrutador hacia el desierto para buscar liberadores y otro hacia su terrible compañera para espiar su clemencia. La pantera miraba el lugar donde caían los piñones de dátil y cada vez que caía uno sus ojos experimentaban una desconfianza increíble. Examinó al francés con una prudencia comercial, pero el examen le fue favorable, porque cuando él se acabo su comida ligera, ella le lamio los zapatos con una lengua ruda y fuerte, que quitó maravillosamente bien el polvo incrustado en los pliegues.

« ¿Pero cuándo tenga hambre...?», pensó el provenzal. A pesar del estremecimiento que le causó la idea, el soldado se puso a medir con curiosidad las dimensiones de la panetera, ciertamente uno de los más bellos ejemplares de la especia: tenía tres pies de altura y cuatro de longitud, sin contar la cola. Ese apéndice poderoso, redondo como una porra, casi hacia tres pies de longitud. La cabeza, tan grande como la de una leona, se distinguía por una extraña expresión de finura: la fría crueldad de los tigres predominaba, pero también tenía una vaga semblanza con la fisionomía de una mujer astuta. En fin, la cara de aquella reina solitaria revelaba en aquel momento un tipo de alegría parecida a la de Nerón embriagado: estaba saciada de sangre y tenía ganas de jugar. El soldado probó a ir y venir, y la pantera le dejo libre; se contentaba con seguirlo con la vista, y se parecía menos a un perro fiel que a un gato grande, inquieto por todos los movimientos de su amo.

Cuando se giro vio al costado de la fuente los restos de su caballo: la pantera había arrastrado hasta allí su cadáver. En torno a dos tercios habían sido devorados. Aquel espectáculo calmó al francés. Entonces le fue fácil explicar la distracción de la pantera y el respecto que había tenido con él durante el descanso. Aquel primer éxito le tentó a tantear el futuro y concibió la loca esperanza de estar a buenas con la pantera durante todo el día, sin negar ningún medio para amansarla y conseguir sus favores. Volvió a su lado y tuvo la suerte inefable de verla menear la cola con un movimiento casi imperceptible. Entonces, se sentó a su lado y se pusieron a jugar los dos. Él le presiono la patas, el muslo, le retorció las orejas, la giró de espaldas y le rascó con fuerza los flancos cálidos y sedosos. Ella le dejaba hacer y cuando el soldado probó a alisarle la piel de las patas, escondió cuidadosamente sus curvas uñas, como hacen las damas. El francés, que tenía una mano en el puñal, pensaba aún en hundirlo en el vientre de la demasiada confiada fiera, pero temió ser inmediatamente estrangulado por una última convulsión. Y, por otra parte, escuchó en su corazón el tipo de remordimiento que obliga a respetar a una criatura inofensiva. Parecía que hubiera encontrado una amiga en aquel desierto sin límites. Pensó involuntariamente en su primera amante, a quien había llamado Mignonne por una antífrasis, y es que ella era de unos celos tan atroces que durante todo el tiempo que duró su pasión temió el cuchillo con el que lo tenía siempre amenazado. Aquel recuerdo de juventud le inspiro la idea de ponerle aquel nombre a la joven pantera, de quien admiraba, ahora con menos temor, la agilidad, la gracia y la dulzura.

Hacia la tarde, estaba ya familiarizado con su peligrosa situación, y casi disfrutaba de sus miedos. En fin, su compañera había acabado de coger la costumbre de mirarlo cuando él le decía con voz en falsete: «Mignonne». Cuando el sol se iba poniendo, Mignonne dejó oír muchas veces un grito profundo y melancólico.

« ¡Está bien educada...!» -pensó el feliz soldado- «¡Reza sus oraciones!». Esta broma mental no se le ocurrió sino cuando vio la actitud pacífica en la cual permanecía su compañera.

-Venga, pequeña rosa, dejo que te duermas primero -le dijo él, contando con la función de sus piernas para escapar lo más rápido posible cuando ella estuviese dormida para a buscar otra madriguera durante la noche. El soldado esperó con impaciencia la hora de su huida y, cuando llego, marchó vigorosamente en dirección al Nilo, pero apenas había recorrido un cuarto de legua por las arenas cuando sintió la pantera venir detrás de él, dejando oír a intervalos aquel grito de sierra, más atemorizador aún que el ruido pesado de sus zancadas.

«¡Vaya!» -se dijo él- «¡Me ha cogido cariño! Esta joven pantera puede ser que no haya encontrado a nadie y es halagador haber sido su primer amor». En aquel momento, el francés cayó en una de esas arenas movedizas tan temidas por los viajeros, donde es imposible salvarse. Sintiéndose apresado, lanzó un grito de alarma y la pantera lo agarró con los dientes por el cuello de la ropa y, saltando con vigor hacia atrás, lo sacó del abismo como por encantamiento.

-¡Ah! Mignonne -exclamó el soldado, acariciándola con entusiasmo- ahora estaremos juntos para siempre. Pero basta de bromas.

Y volvió sobre sus pasos.

 

Desde entonces el desierto estuvo como poblado. Contenía un ser con quien el francés podía hablar, en quien la ferocidad había desaparecido, sin que él pudiese explicar las razones de aquella amistad increíble. Se durmió, por muy poderoso que fuera el deseo del soldado de estar de pié y en guardia. Al despertarse, no vio a Mignonne; pero subió a la colina y, lejos, la vio corriendo a saltos, como es la costumbre de esos animales a los cuales les está vetado correr a causa de la extrema flexibilidad de su columna vertebral. Mignonne llegó con los morros sucios de sangre y recibió las caricias que le hizo su compañero, mostrando con «rau-raus» muy graves, lo feliz que estaba. Sus ojos llenos de fatiga se giraron con más dulzura aún que la vigilia anterior hacia el provenzal, que le hablaba como a un animal doméstico.

-¡Ah! ¡Ah! Señorita. Porque eres una señorita honesta, ¿no? ¿Veis esto? Nos gusta que nos acaricien. ¿No os avergüenza?¿Os habéis comido algún magrebí? Asimismo los animales como vos... Como mínimo no te vayas a comer a un francés. ¡Ya no os amaría más!

Ella jugaba como un cachorro con su amo y se dejaba tumbar, pegar y acariciar alternativamente; a veces incitaba el soldado poniéndole una pata encima con gesto suplicante.

Así pasaron algunos días. Aquella compañía permitió al provenzal admirar las sublimes bellezas del desierto. Desde aquel momento en que encontró horas de temor y tranquilidad, alimentos y una criatura en que pensar, su alma estuvo agitada por contradicciones. Era una vida llena de contrastes. La soledad le rebeló todos sus secretos, lo envolvió con sus encantos. Descubrió en la salida y en la puesta de sol espectáculos desconocidos por el mundo. Supo estremecerse escuchando sobre su cabeza el dulce aleteo de un pájaro -¡precioso pasajero!-, o viendo las nubes unirse -¿viajeros fluctuantes y coloridos! Estudió durante la noche los efectos de la Luna en el océano de las arenas, donde el simún producía olas, ondulaciones y cambios bruscos. Vivió con el día de Oriente, admiró las suntuosidades y después de haber disfrutado el terrible espectáculo de un huracán en aquella llanura donde las arenas excitadas producían nieblas rojizas y secas, nubes mortales, veía llegar la noche con delicia, porque entonces caía la benefactora frescura de las estrellas. Escuchó músicas imaginarias en los cielos. Después, la soledad le enseñó a desplegar los tesoros del ensueño. Se pasaba las horas pensando en nimiedades y comparando su vida pasado con la presente. En fin, se apasionó por la pantera porque le faltaba afecto. Fuese que su voluntad, vigorosamente propulsada, hubiera modificado el carácter de su compañera o fuese que ella encontró alimentos en abundancia gracias a los combates que libraba en los desiertos, el caso es que respetó la vida del francés, que acabó por fiarse al verla tan bien domesticada. Él ocupaba la mayor parte de su tiempo en dormir, pero estaba obligado a vigilar, como una araña en su tela, para no dejar escapar el momento en que se libraría si alguien pasaba por el círculo dibujado por el horizonte.

 

Había sacrificado su camisa para hacerse una bandera, enarbolada en la copa de una palmera desprovista de hojas. Aconsejado por la necesidad, supo encontrar la manera de tenerla desplegada, mediante varillas porque el viento habría podido no moverla en el momento en que algún viajero hubiera oteado el desierto.

Era durante las largas horas en las que le abandonaba la esperanza, cuando se divertía con la pantera. Había acabado por reconocer las diferentes inflexiones de su voz, la expresión de sus miradas, había estudiado los caprichos de todas las manchas que matizaban el oro de su vestidura. Mignonne no gruñía ni siquiera cuando él la cogía por la mata de pelo en que acababa su cola para contar los anillos blancos y negros, gracioso ornamento, que brillaban desde lejos al sol como piedras preciosas. Disfrutaba contemplando las líneas suaves y finas de los contornos, la blancura de su vientre, la gracia de su cabeza. Pero era sobre todo cuando ella estaba loca de alegría cuando disfrutaba contemplándola; la agilidad, la juventud de sus movimientos, le sorprendían siempre; admiraba su flexibilidad cuando se ponía a saltar, a reptar, cuando se arrastraba, cuando se metía, cuando se enganchaba, se revolcaba, se arropaba, cuando se lanzaba por todo. Por muy rápido que fuese su impulso, por muy resbaladizo que fuese un bloque de granito, ella se paraba de golpe al oír el nombre de Mignonne.

Un día en el que el sol estallaba, un pájaro inmenso planeaba por los aires. El provenzal dejo la pantera para examinar a aquel nuevo invasor, pero después de un movimiento de espera, la sultana abandonada rugió sordamente.

-Creo, y que Dios me perdone, que está celosa -exclamó al ver sus ojos que se habían quedado fijos- ¡El alma de Virgilio le habrá entrado en el cuerpo, seguro!

El águila desapareció en el cielo mientras el soldado admiraba la grupa redonda de la pantera. ¡Había tanta gracia y juventud en sus contornos! Era bella como una mujer. El pelaje rubio de su vestidura combinaba, con sus colores finos, con los tonos blanco mate que se apreciaban en los muslos. La luz, profundamente lanzada por el sol, hacia brillar aquel oro vivo, aquellas manchas brunas, confiriéndole atractivos indefinibles. El provenzal y la pantera se miraron el uno al otro con una expresión inteligente: la coqueta se estremecía cuando oía las uñas de su amigo rascándole el cráneo y sus ojos brillaban como dos rayos. Después los cerraba con energía.

-Tiene una alma -dijo el estudiando la tranquilidad de aquella reina de las arenas, dorada como ellas, blanca como ellas, y, como ellas, solitaria y ardiente...

Y bien -me dijo ella-, ya he leído su alegato a favor de las bestias. Pero dos personas que se comprendían tan bien, ¿cómo acabaron?

-¡Ah!, he aquí... ¡Acabaron como acaban todas las grandes pasiones, con un malentendido! Por una u otra parte se crea alguna traición, que no se explica por orgullo y se acaba peleando por testarudez.

-Y a veces, en los momentos más bellos -dijo ella-, una mirada, una exclamación, bastan... Y bien, acabad la historia.

-Es horriblemente difícil, pero comprenderéis lo que me dijo el viejo soldado cuando, acabándose la botella de vino de Champaña, exclamó:

-No sé qué mal hice, pero ella se giró como si estuviera enrabiada y con los dientes afilados me cortó la pierna. Yo, creyendo que me quería devorar, le hundí el puñal en el cuello. Se giró dejando ir un grito que me heló el corazón y la vi debatirse, mirándome sin cólera. Habría querido, por todo el oro del mundo, por la cruz que todavía no tenía, devolverle la vida. Era como si hubiera muerto una persona de verdad. Y los soldados que habían visto la bandera, y que corrieron en mi socorro, me encontraron llorando. Señor -añadió el mutilado después de un momento de silencio-, después de hacer la guerra a Alemania, a España, a Rusia, a Francia, he paseado bien mi cadáver, sí, no he visto nada parecido al desierto... ¡Ah, qué bella era!

-¿Qué sentíais? -le pregunté.

-Oh, esto no se dice, joven. Por un lado, no añoro siempre mi ramo de palmeras y mi pantera... basta que esté triste para añorarlos. En el desierto, fíjese, está todo y a la vez no hay nada...

-Pero, explíquemelo.

-Sí -añadió dejando escapar un gesto de impaciencia-: el desierto es Dios sin los hombres.