martes, 18 de agosto de 2015

Espejos y palabras (novela)



Luis Quintana Tejera
Fragmento de Espejos y palabras.

Prólogo de autor

La nostalgia huele a mares infinitos que ni la distancia ni el tedio podrán borrar.
     Huele a horizontes lejanos que al apagar su luz en cada día reinician la esperanza de vivir.
     Huele a caballo sudoroso que regresa jadeante por el largo camino de la existencia.
     Huele a ese pan del horno intenso que se mete por los sentidos y habita en el recuerdo.
     Huele a sangre derramada por los senderos imperfectos de la humana realización.
     Huele a gaviotas que posan sus patitas breves sobre la arena crujiente de la playa.
     Huele a pingüino que con su andar vacilante habita en el patio trasero de mi niñez.
     Huele a billetes que tarde con tarde se contaban y organizaban en el escritorio de papá.
     Tiene el olor de la caja fuerte que se abre y nos recibe con una salva de aplausos contenidos en esos sabores imprecisos en donde predominaba la semicadencia de la acidez mezclada con el dulce sabor de tantos papeles empolvados, billetes usados, tinta imborrable, aplausos de lápices azules que han dejado su huella en el cartón.
     En fin, huele a todo lo que he creído borrar de mi existencia y que aún sigue allí martirizando mis recuerdos y enseñándole a mi conciencia el difícil arte de olvidar.

PRIMERA PARTE
ESPEJOS
Me he visto multiplicado en
cada amanecer y en las noches
de extrema soledad, he creído
mirarme cuando en realidad sólo
observaba el caminar tranquilo
de algunos hombres.

Capítulo I
Pedro Valdivia y los espejos de la casa

Quisiera ver con todos los sentidos, tocar con la voz, gustar con el oído, olfatear en el recuerdo un pasado presuroso que se aleja.
Sábado 13 de mayo de 1987; había dos espejos que reflejaban el olor de la nostalgia y que poco a poco fueron llamando mi atención en aquella residencia hogareña y llena de gente de variada condición. El primero de ellos se hallaba en el vestidor de la casa, y entrando en sus reflejos inconscientes podían observarse paisajes interminables y noches pletóricas de estrellas en donde la certeza de estar vivo ya no importaba.
El otro abría un paréntesis en cada una de las visitas al baño familiar y autorizaba  —a quien realmente quisiera hacerlo— para que pudieran deambular por sus secretos. Son visiones especulares de mi niñez que han dejado la duda en torno a la certeza de acontecimientos extrañamente míticos. Es acaso la confrontación de la vida que pasa con mirajes visionarios que sin anunciar anuncian y que, sin ser, igual mortifican nuestra conciencia inquieta.
Eran las seis de la mañana de un sábado luminoso. Mucha gente se trasladaría en esa jornada a la peregrinación de una de las tantas vírgenes tutelares de la estupidez humana. Yo había decidido no participar, pero exigencias de último momento me hicieron cambiar de opinión. Estaba preparándome para una ducha ligera, cuando creí oír un sonido extraño que provenía del vestíbulo en donde se hallaba el primero de los espejos: no era un lamento, más bien se trataba de una exhortación que se ofrecía en medio de una melodía embrujada, que cual nuevo canto de  sirena hería el aire de la mañana.
Entré motivado por la curiosidad y allí estaba el espejo lleno de imágenes extrañas que sin nombrarme me llamaban, sin ser en mí, eran para mí. ¿Cómo contarte aquella acumulación de visibilidad confusa en donde había una guerra mutilante y muchos tanques avanzaban en pos del botín sangriento?
El talento de aquel espejo consistía en aludir con sutileza a cosas que posiblemente no estaban en él, sino que se encontraban arraigadas en mí gracias a una curiosa alquimia que me permitía mirar con cierta indiferencia en mi futuro.
Con particular interés observé que mi imagen no me era devuelta desde el espejo. Al contrario vi una carretera interminable que conducía al templo de la virgen de Fátima en el Cerro de Montevideo; percibí el olor pegajoso de la sangre que se derramaba al borde del camino; divisé largas caravanas de ambulancias que ululaban con un sonido que casi podía tocarse en su condición doliente, y que se alejaba poco a poco para permitir el paso de nuevas camionetas con sirenas desesperadas; y columbré allá, a lo lejos, el caminar cansado de un hombre herido que pedía ayuda sin que nadie atendiera sus reclamos.
     Nada de lo observado me asustó, al menos al principio. Fue más bien una especie de proyección fílmica que provenía desde el cristal y que no quise concebir como un anuncio funesto. Me vi señalado por esos mensajes siniestros, sentí correr por mis venas un fuego tibio que nada bueno albergaba, y conmovió mi universo —de niño inexperto— una suerte de escalofrío profundo que recorrió mi ser inquieto. Fue entonces cuando decidí quedarme en casa y el sueño se apoderó  de mí.
     En el atardecer de ese día ocurrió lo inevitable, y un brusco movimiento me devolvió desde ese mismo sueño a la realidad en donde había mucho más que lo que aquella luna mágica mostrara. Un amigo que presenció los hechos me contó tiempo después la honda confusión del momento; honda confusión que llegó al extremo de no poder socorrer a todos los heridos. Inclusive un individuo de mediana edad había caído a un breve barranco y recién lo encontraron al amanecer del otro día. Estaba gravemente herido, pero aun así se le oyeron relacionar sílabas balbuceantes; habló de un resplandor intenso que desvió la atención del conductor; de una luna especular que parecía gritar el nombre de muchos de los que iban en el autobús; su lenguaje se movía impreciso entre luces y sombras y se podía ver con toda claridad que no quería pronunciar una palabra, una nefasta palabra que se escondía entre sus labios y que su lengua confusa no se atrevía a citar; él había sido testigo de la estampa soberbia de la muerte y desde la horrible confusión de ese presente sin luz, no podía dar crédito a la sangre que se derramaba como ofrenda pagana a los dioses desconocidos.
     Me acerqué con mayor decisión al espejo culpable del vestíbulo y lo interrogué a mi manera. Busqué en él la sangre de la carretera y pude olfatear de nuevo a la muerte. Ahora sí, un ligero estremecimiento recorrió mis entrañas asustadas, mientras mis ojos miraban en la luna especular a otros ojos y veían hablar a otros labios... La silueta de mi cuerpo se dibujaba apenas —imprecisa— en el marco del objeto; y, de pronto, ocurrió algo más que aun hoy al contarlo se congela mi sangre y se ve invadida por fragmentos de cristales quebrados en el cosmos infinito: en el ángulo superior izquierdo, allí donde la huella del tiempo había estampado su firma imprecisa mediante sutiles manchas grises de humedad, algo parecía moverse; no podía dejar de mirar de qué manera se metamorfoseaba la esquina siniestra: primero, una suerte de calendario improvisado me proyectaba hacia el futuro y marcaba una fecha lejana: 25 de marzo de 1997, era un martes y, en mi agenda vacía, no habría de constar        —años después— ningún acontecimiento; la tinta en que resaltaban los números y letras era de un rosa pálido que se difuminaba poco a poco hasta volverse un palpitante verde botella; además, destacaba otro tiempo, el 05 de septiembre del 2028, extrañamente era martes también y el color rojo de la sangre lo invadía todo. Miré con mayor atención, quise ver más y fue entonces cuando se desplegó ante mi vista una especie de abanico dividido en tres partes: en la primera    —que era negra—, crecía un árbol lentamente. Roja y azul respectivamente eran las dos restantes: en aquélla, una daga ensangrentada dibujaba una historia de amor; en ésta, peregrinos de extraña religión portaban una rueda y un espejo, y ese espejo reproducía a otro y a otros infinitamente, hasta el cansancio, hasta la eternidad.
     Restregué mis ojos para convencerme de que todo aquello era tan sólo un espejismo, vanos mirajes que se apoderaban de mi ser; pero a diferencia del viajero perdido en el desierto que cuando desea beber el agua que el paisaje vanamente le ofrece, ésta se difumina y se pierde, a diferencia de él, yo no podía apartar mi vista de lo evidente, de sentir lo impostergable.
     Me dejé llevar por un impulso y escapé de allí; de pronto, sin pensarlo siquiera estaba en el baño enfrentado a la otra luna especular, la cual mansamente nada mostraba; sólo era recorrida por luces de colores, mientras en el fondo, tenue, muy tenuemente se oía al piano una sinfonía de Beethoven, era la música de Hernán Lafuente.
     El tiempo ha pasado. He perdido contacto con mis siniestros amigos; a pesar de ello me han contado que al rematar la casa, los dos espejos cambiaron de dueño. Abandonaron de esta manera el recinto que los cobijara durante más de cuarenta años, pero —también me lo han dicho— no perdieron la costumbre de aquella venerada hija de Príamo    —desdichada compañía momentánea de Apolo— quien a pesar de anunciar con decisión sublime el destino nefasto, no le creían.
     La luna especular del vestíbulo fue a parar a la casa modesta de un hombre cualquiera —se llamaba Antonio Bologna— quien un día —harto de no ver su imagen en el espejo— lo desmembró en pedazos. Me resisto a creer en las maldiciones, pero el espejo asesino al multiplicarse, multiplicó también su deseo de sangre. El pobre Bologna murió despedazado bajo el influjo violento de un cartucho de dinamita que explotó en sus labios unos días después. El forense descubrió partículas de vidrio, curiosas partículas reflejantes que estaban por todos lados: en sus cabellos, en sus manos heridas, en sus pies destrozados y, también, en sus entrañas. Unos fragmentos de esa luna vengativa se fueron con él al más allá y otros se quedaron para seguir protagonizando acciones increíbles.
     El espejo del baño terminó en la lujosa residencia de Hernán Lafuente, feliz de reflejar las acciones grandiosas de este virtuoso del piano que impactaría al mundo entero con su música wagneriana. En Hernán se unirían dos naturalezas tan diversas, casi opuestas diría, al conjuntarse la herencia alemana de su alma con la realidad latinoamericana de su intelecto. Hernán nació también en Maldonado el 12 de diciembre de 1939 en el mismo momento en que el Graf Spee era hundido por los ingleses en las costas de Montevideo y Hans Langsdorff se quitaba la vida en Buenos Aires. Cuando Hernán tenía más de cincuenta años se reencontró con el espejo amigo.

     Muchos casos más parecieron actualizarse en la cristalina memoria del primer espejo, del fatídico amigo de la desgracia; de todos ellos sólo tengo un conocimiento parcial que referiré con la mayor exactitud posible para no faltar a la verdad: un presidente recibió mortal impacto de bala; un Papa escapó dos veces de la terca muerte que revestida de santidad lo acosaba; las letras de los libros que se hallaban en una sección de la Biblioteca del monasterio jesuita de Saint—Cugat Valles, a unos kilómetros de Barcelona, una mañana de invierno aparecieron entreveradas y confusas, y ya no se podía comprender a través de ellas los mensajes del pasado; el padre Ausencio cae de pronto —en el comedor de la parroquia—con la cabeza partida por el golpe certero de un improvisado tridente.  Todos se unieron en desgracia común, y en los espacios ocupados por ellos se vieron brillar fragmentos infinitos de cristales misteriosos. 

Prólogo de autor

La nostalgia huele a mares infinitos que ni la distancia ni el tedio podrán borrar.
     Huele a horizontes lejanos que al apagar su luz en cada día reinician la esperanza de vivir.
     Huele a caballo sudoroso que regresa jadeante por el largo camino de la existencia.
     Huele a ese pan del horno intenso que se mete por los sentidos y habita en el recuerdo.
     Huele a sangre derramada por los senderos imperfectos de la humana realización.
     Huele a gaviotas que posan sus patitas breves sobre la arena crujiente de la playa.
     Huele a pingüino que con su andar vacilante habita en el patio trasero de mi niñez.
     Huele a billetes que tarde con tarde se contaban y organizaban en el escritorio de papá.
     Tiene el olor de la caja fuerte que se abre y nos recibe con una salva de aplausos contenidos en esos sabores imprecisos en donde predominaba la semicadencia de la acidez mezclada con el dulce sabor de tantos papeles empolvados, billetes usados, tinta imborrable, aplausos de lápices azules que han dejado su huella en el cartón.
     En fin, huele a todo lo que he creído borrar de mi existencia y que aún sigue allí martirizando mis recuerdos y enseñándole a mi conciencia el difícil arte de olvidar.
    



















PRIMERA PARTE
ESPEJOS
Me he visto multiplicado en
cada amanecer y en las noches
de extrema soledad, he creído
mirarme cuando en realidad sólo
observaba el caminar tranquilo
de algunos hombres.

Capítulo I
Pedro Valdivia y los espejos de la casa

Quisiera ver con todos los sentidos, tocar con la voz, gustar con el oído, olfatear en el recuerdo un pasado presuroso que se aleja.
Sábado 13 de mayo de 1987; había dos espejos que reflejaban el olor de la nostalgia y que poco a poco fueron llamando mi atención en aquella residencia hogareña y llena de gente de variada condición. El primero de ellos se hallaba en el vestidor de la casa, y entrando en sus reflejos inconscientes podían observarse paisajes interminables y noches pletóricas de estrellas en donde la certeza de estar vivo ya no importaba.
El otro abría un paréntesis en cada una de las visitas al baño familiar y autorizaba  —a quien realmente quisiera hacerlo— para que pudieran deambular por sus secretos. Son visiones especulares de mi niñez que han dejado la duda en torno a la certeza de acontecimientos extrañamente míticos. Es acaso la confrontación de la vida que pasa con mirajes visionarios que sin anunciar anuncian y que, sin ser, igual mortifican nuestra conciencia inquieta.
Eran las seis de la mañana de un sábado luminoso. Mucha gente se trasladaría en esa jornada a la peregrinación de una de las tantas vírgenes tutelares de la estupidez humana. Yo había decidido no participar, pero exigencias de último momento me hicieron cambiar de opinión. Estaba preparándome para una ducha ligera, cuando creí oír un sonido extraño que provenía del vestíbulo en donde se hallaba el primero de los espejos: no era un lamento, más bien se trataba de una exhortación que se ofrecía en medio de una melodía embrujada, que cual nuevo canto de  sirena hería el aire de la mañana.
Entré motivado por la curiosidad y allí estaba el espejo lleno de imágenes extrañas que sin nombrarme me llamaban, sin ser en mí, eran para mí. ¿Cómo contarte aquella acumulación de visibilidad confusa en donde había una guerra mutilante y muchos tanques avanzaban en pos del botín sangriento?
El talento de aquel espejo consistía en aludir con sutileza a cosas que posiblemente no estaban en él, sino que se encontraban arraigadas en mí gracias a una curiosa alquimia que me permitía mirar con cierta indiferencia en mi futuro.
Con particular interés observé que mi imagen no me era devuelta desde el espejo. Al contrario vi una carretera interminable que conducía al templo de la virgen de Fátima en el Cerro de Montevideo; percibí el olor pegajoso de la sangre que se derramaba al borde del camino; divisé largas caravanas de ambulancias que ululaban con un sonido que casi podía tocarse en su condición doliente, y que se alejaba poco a poco para permitir el paso de nuevas camionetas con sirenas desesperadas; y columbré allá, a lo lejos, el caminar cansado de un hombre herido que pedía ayuda sin que nadie atendiera sus reclamos.
     Nada de lo observado me asustó, al menos al principio. Fue más bien una especie de proyección fílmica que provenía desde el cristal y que no quise concebir como un anuncio funesto. Me vi señalado por esos mensajes siniestros, sentí correr por mis venas un fuego tibio que nada bueno albergaba, y conmovió mi universo —de niño inexperto— una suerte de escalofrío profundo que recorrió mi ser inquieto. Fue entonces cuando decidí quedarme en casa y el sueño se apoderó  de mí.
     En el atardecer de ese día ocurrió lo inevitable, y un brusco movimiento me devolvió desde ese mismo sueño a la realidad en donde había mucho más que lo que aquella luna mágica mostrara. Un amigo que presenció los hechos me contó tiempo después la honda confusión del momento; honda confusión que llegó al extremo de no poder socorrer a todos los heridos. Inclusive un individuo de mediana edad había caído a un breve barranco y recién lo encontraron al amanecer del otro día. Estaba gravemente herido, pero aun así se le oyeron relacionar sílabas balbuceantes; habló de un resplandor intenso que desvió la atención del conductor; de una luna especular que parecía gritar el nombre de muchos de los que iban en el autobús; su lenguaje se movía impreciso entre luces y sombras y se podía ver con toda claridad que no quería pronunciar una palabra, una nefasta palabra que se escondía entre sus labios y que su lengua confusa no se atrevía a citar; él había sido testigo de la estampa soberbia de la muerte y desde la horrible confusión de ese presente sin luz, no podía dar crédito a la sangre que se derramaba como ofrenda pagana a los dioses desconocidos.
     Me acerqué con mayor decisión al espejo culpable del vestíbulo y lo interrogué a mi manera. Busqué en él la sangre de la carretera y pude olfatear de nuevo a la muerte. Ahora sí, un ligero estremecimiento recorrió mis entrañas asustadas, mientras mis ojos miraban en la luna especular a otros ojos y veían hablar a otros labios... La silueta de mi cuerpo se dibujaba apenas —imprecisa— en el marco del objeto; y, de pronto, ocurrió algo más que aun hoy al contarlo se congela mi sangre y se ve invadida por fragmentos de cristales quebrados en el cosmos infinito: en el ángulo superior izquierdo, allí donde la huella del tiempo había estampado su firma imprecisa mediante sutiles manchas grises de humedad, algo parecía moverse; no podía dejar de mirar de qué manera se metamorfoseaba la esquina siniestra: primero, una suerte de calendario improvisado me proyectaba hacia el futuro y marcaba una fecha lejana: 25 de marzo de 1997, era un martes y, en mi agenda vacía, no habría de constar        —años después— ningún acontecimiento; la tinta en que resaltaban los números y letras era de un rosa pálido que se difuminaba poco a poco hasta volverse un palpitante verde botella; además, destacaba otro tiempo, el 05 de septiembre del 2028, extrañamente era martes también y el color rojo de la sangre lo invadía todo. Miré con mayor atención, quise ver más y fue entonces cuando se desplegó ante mi vista una especie de abanico dividido en tres partes: en la primera    —que era negra—, crecía un árbol lentamente. Roja y azul respectivamente eran las dos restantes: en aquélla, una daga ensangrentada dibujaba una historia de amor; en ésta, peregrinos de extraña religión portaban una rueda y un espejo, y ese espejo reproducía a otro y a otros infinitamente, hasta el cansancio, hasta la eternidad.
     Restregué mis ojos para convencerme de que todo aquello era tan sólo un espejismo, vanos mirajes que se apoderaban de mi ser; pero a diferencia del viajero perdido en el desierto que cuando desea beber el agua que el paisaje vanamente le ofrece, ésta se difumina y se pierde, a diferencia de él, yo no podía apartar mi vista de lo evidente, de sentir lo impostergable.
     Me dejé llevar por un impulso y escapé de allí; de pronto, sin pensarlo siquiera estaba en el baño enfrentado a la otra luna especular, la cual mansamente nada mostraba; sólo era recorrida por luces de colores, mientras en el fondo, tenue, muy tenuemente se oía al piano una sinfonía de Beethoven, era la música de Hernán Lafuente.
     El tiempo ha pasado. He perdido contacto con mis siniestros amigos; a pesar de ello me han contado que al rematar la casa, los dos espejos cambiaron de dueño. Abandonaron de esta manera el recinto que los cobijara durante más de cuarenta años, pero —también me lo han dicho— no perdieron la costumbre de aquella venerada hija de Príamo    —desdichada compañía momentánea de Apolo— quien a pesar de anunciar con decisión sublime el destino nefasto, no le creían.
     La luna especular del vestíbulo fue a parar a la casa modesta de un hombre cualquiera —se llamaba Antonio Bologna— quien un día —harto de no ver su imagen en el espejo— lo desmembró en pedazos. Me resisto a creer en las maldiciones, pero el espejo asesino al multiplicarse, multiplicó también su deseo de sangre. El pobre Bologna murió despedazado bajo el influjo violento de un cartucho de dinamita que explotó en sus labios unos días después. El forense descubrió partículas de vidrio, curiosas partículas reflejantes que estaban por todos lados: en sus cabellos, en sus manos heridas, en sus pies destrozados y, también, en sus entrañas. Unos fragmentos de esa luna vengativa se fueron con él al más allá y otros se quedaron para seguir protagonizando acciones increíbles.
     El espejo del baño terminó en la lujosa residencia de Hernán Lafuente, feliz de reflejar las acciones grandiosas de este virtuoso del piano que impactaría al mundo entero con su música wagneriana. En Hernán se unirían dos naturalezas tan diversas, casi opuestas diría, al conjuntarse la herencia alemana de su alma con la realidad latinoamericana de su intelecto. Hernán nació también en Maldonado el 12 de diciembre de 1939 en el mismo momento en que el Graf Spee era hundido por los ingleses en las costas de Montevideo y Hans Langsdorff se quitaba la vida en Buenos Aires. Cuando Hernán tenía más de cincuenta años se reencontró con el espejo amigo.
     Muchos casos más parecieron actualizarse en la cristalina memoria del primer espejo, del fatídico amigo de la desgracia; de todos ellos sólo tengo un conocimiento parcial que referiré con la mayor exactitud posible para no faltar a la verdad: un presidente recibió mortal impacto de bala; un Papa escapó dos veces de la terca muerte que revestida de santidad lo acosaba; las letras de los libros que se hallaban en una sección de la Biblioteca del monasterio jesuita de Saint—Cugat Valles, a unos kilómetros de Barcelona, una mañana de invierno aparecieron entreveradas y confusas, y ya no se podía comprender a través de ellas los mensajes del pasado; el padre Ausencio cae de pronto —en el comedor de la parroquia—con la cabeza partida por el golpe certero de un improvisado tridente.  Todos se unieron en desgracia común, y en los espacios ocupados por ellos se vieron brillar fragmentos infinitos de cristales misteriosos.

domingo, 16 de agosto de 2015

5. Clasicismo francés del siglo XVII

El clasicismo moderno francés
Siglo XVII

Mientras el resto de Europa sufría las consecuencias de la degeneración del barroco, Francia logró su Edad de  Oro. Al siglo XVII se le ha denominado con razón le grand siécle. Sin embargo, este periodo del clasicismo es breve.

Principales representantes
Los principales representantes del clasicismo francés son:
a) En la tragedia, Racine (1639-1699).
b) En la comedia, Molière (1622-1673).
c) En la literatura mundana, La Rochefoucauld y Madame de Sevigné.
d) En la crítica, Nicolás Boileau (1636-1711),
e) En la fábula, Jean de La Fontaine (1621-1695); este último es el más independiente, el que menos se somete a las directivas del siglo.

Caracteres generales de esta literatura
Estudiaremos ahora los caracteres generales de la literatura clásica francesa de la segunda mitad del siglo XVII:
1. Concuerda con las instituciones de la época. Está al servicio de las instituciones sociales, políticas y religiosas; es decir, respeta el orden establecido, no ataca, sino que sirve a las instituciones y al régimen político. Por tal motivo puede ser considerada una literatura ancilar (del latín ancila que significa “esclava”); esto indica que se halla al servicio de una causa concreta).
2. Está centralizada en la monarquía. El monarca asume en la segunda mitad del siglo XVII la dirección de los espíritus. En Versalles, el Rey Sol es el protector de las artes y de las letras.
3. Es cristiana. En la segunda mitad del siglo XVII hay unidad religiosa en Europa. La religión del príncipe es la de los súbditos. Esta divisa consagra la intolerancia. El Edicto de Nantes, expedido por Enrique IV (1598), fue abolido ahora por Luis XIV (1685) dando paso a la intolerancia de cualquier religión excepto la católica.
4. Es aristocrática y mundana. Las producciones literarias están destinadas preferentemente a la clase aristocrática. No es una literatura popular. El espíritu mundano se manifiesta
sobre todo en las máximas de La Rochefoucauld y en las cartas de Madame de Sevigné.
5. Es espiritualista y moral. No le interesa la naturaleza inanimada, las cosas del mundo exterior, sino el hombre espiritualmente considerado, prescindiendo de su ser físico. No interesan el vestido, el decorado —como ocurre en el “preciosismo”— ni la descripción sentimental de un bosque o un río, sino el alma humana. Pretende transformar al individuo en sentido moral, no a la sociedad. La reforma moral individual es el ideal de Molière.
6. Es disciplinada. Está sometida a reglas estéticas, tomadas de la tradición.
Su principal codificador fue Boileau, quien en su Arte Poética (1674) considera las reglas aristotélicas y las exagera, sin dejar margen a la libertad. Sus reglas son caprichosas, rígidas, severas y tienden a destruir la personalidad del escritor.
Lo barroco y lo romántico se caracterizan por la libertad en el arte. Lo clásico, en cambio, por la sujeción a las normas.
La razón es la guía que permite llegar a la verdad y comprender a la naturaleza. Predomina sobre la imaginación, que conduce a lo fantástico, y sobre la sensibilidad, que conduce a la expresión de lo subjetivo. Sin embargo la razón aparece, en el siglo XVII, sometida a las instituciones políticas y sociales; respeta la religión, la moral y la tradición, debido al freno que éstas le imponen. El predominio de la razón proviene del Renacimiento. Mientras el barroco se aproxima a la Edad Media y se aleja del Renacimiento, el clasicismo se aproxima al Renacimiento y el espíritu renacentista es, en su esencia, clasicismo.
7. Su ideal artístico radica en la imitación de la naturaleza. Se sigue en ello a Aristóteles. No es una imitación servil de la naturaleza, sino que se seleccionan los datos de ésta.
8. Imita a los antiguos. Si el arte radica en la imitación de la naturaleza, los modelos fundamentales deben ser los antiguos: por estar más próximos a ella la han comprendido mejor, por eso son los más sencillos, los más objetivos. Sin embargo, no se hace de los antiguos una imitación tan servil como en el Renacimiento.

Autores y obras representativos del clasicismo moderno
En la tragedia, Racine; en la comedia: Molière.
Racine Es el dramaturgo trágico más destacado de este periodo que intertextualiza la literatura griega en un marco de realización perfectamente alcanzado.
Entre sus obras mencionamos: Alejandro, Amores de Ovidio, Andrómaca, Atalía, Baños de Venus, Berenice, Fedra, Ifigenia.
Andrómaca
Su primera gran tragedia —Andrómaca— es de 1667. Argumentalmente se trata de recrear la vida de Andrómaca, la viuda del príncipe troyano Héctor que ya habíamos conocido en la Ilíada de Homero, cuando es conducida al destierro por su secuestrador y amante —Pirro—. Éste la desea con tanta intensidad que hace todo lo humanamente posible para concederle sus aspiraciones. Pirro protege al hijo de Andrómaca —Astianacte— de la furia de los restantes griegos que desean vengarse de Héctor en la persona de su vástago.
Es digno de destacar la fi delidad de la esposa al marido muerto. Racine recrea un poderoso cuadro de mujer combativa que sin tregua defi ende a su hijo, llora por Héctor y desprecia a Pirro.
Muchas obras de Racine se inspiraron en la literatura y mitología griegas y otras, en la historia antigua y en la Biblia.
La dramaturgia raciniana es la más perfecta desde el punto de vista de las normas más rigurosas que dictó el espíritu clásico. Los preceptos aristotélicos, que exigen que todo sea verosímil y necesario en la tragedia, organizan estas obras con toda naturalidad. Una característica admirable de este teatro es la sencillez de sus argumentos. Y el milagro raciniano consiste en escribir cinco actos de densa tensión trágica a partir de situaciones consolidadas, de destinos ineludibles y con personajes que ya han tomado sus decisiones. Por ejemplo, sabemos que Andrómaca seguirá fiel al recuerdo de Héctor y nada ni nadie la obligará a traicionar su memoria; no obstante, Pirro lucha por su amor, aunque para ello tenga que traicionar a sus compatriotas. Y aun sabiendo que esta mujer no cambiará su decisión, la lectura del contenido trágico de la obra es apasionante.
Molière
Es sin duda el hombre que hizo reír y reflexionar a la sociedad francesa de la época. Si Racine había sido el rostro adusto que hablaba de la muerte y el destino, Molière representa el rostro jocoso que dibuja una sonrisa mientras se burla de los excesos de su sociedad.
Entre sus obras se incluyen: El atolondrado, El despecho amoroso, Las preciosas ridículas, Esganarel o el cornudo imaginario, La escuela de los maridos, El matrimonio a la fuerza, Tartufo, Don Juan, El misántropo, El médico a palos, El avaro, El enfermo imaginario.
El 10 de febrero de 1673 se representa El enfermo imaginario.
Molière quizás tuberculoso o enfermo de los pulmones actúa
el papel principal. Durante la representación del día 17 sufre un ataque de tos y convulsiones que intenta disimular con muecas y ademanes. Morirá durante la noche en su casa.


4. Barroco europeo

El barroco europeo
Concepto y ámbito del barroco

En el siglo XVII, en su primera mitad, se manifiesta en toda Europa un fenómeno pos renacentista que significa en cierto modo un retorno a lo medieval, al mismo tiempo que una reacción contra el espíritu renacentista que caracterizaba al siglo XVI. Se trata del barroco.
En la segunda mitad del siglo XVII, la literatura de todos los países europeos, excepto Francia, pasa por un momento de decadencia, caracterizado por la exageración y degeneración de lo barroco. La literatura francesa, que había participado de la tendencia barroca en la primera mitad del siglo, se aparta ahora del barroquismo para realizar el ideal clásico, en su edad de oro, que corresponde al siglo de Luis XIV.
Por consiguiente, en el siglo XVII encontramos dos movimientos literarios que lo caracterizan: el barroco, que es común en toda Europa, y el clasicismo francés o clasicismo moderno, que florece en la segunda mitad del siglo. Inicialmente explicaremos el primero de ellos.
La concepción del barroco como movimiento cultural y literario dominante en el siglo XVII, así como constante histórica opuesta al clasicismo, es de origen reciente.
Según algunos, la palabra barroco tendría el mismo origen etimológico que barrueco, vocablo que significa en orfebrería “perla irregular” y que procede del latín verruca, verruga. En italiano, barroco significa “acumulación”. Pero lo más probable es que proceda de baroco, vocablo utilizado por la lógica medieval para designar una de las figuras del silogismo. La antipatía del Renacimiento contra el escolasticismo y aristotelismo en general, condujo a un empleo despectivo de sus términos. Así, barroco se hizo sinónimo de absurdo, confuso. En realidad, este significado de censura se aplicó a la historia de los estilos hasta Jacobo Burckhardt, a partir del cual el vocablo barroco se emplea como denominación objetiva de un estilo determinado.
Evaluación diagnóstica
Recuerda lo que sabes
1. En un contexto cultural, ¿qué entiendes por barroco?
2. Cuando dices en el habla cotidiana: “Este planteamiento es muy barroco”, ¿a qué te refieres?
3. Como corriente literaria el barroco alcanzó mayor esplendor en España y sobre todo en poesía lírica; ¿recuerdas el nombre de algún poeta que pertenezca a esta corriente?
4. ¿En qué siglo se desarrolla el barroco?
5. ¿Qué relación existe entre el barroco y el Renacimiento?
6. ¿Cervantes pertenece al barroco?
7. El teatro de Lope de Vega, ¿se ubica en el Renacimiento o en el barroco.

Lo barroco como constante histórica
De acuerdo con la opinión de Eugenio D’Ors, en 1931 se operó una revisión fundamental en el concepto barroco. A partir de ese momento, se atribuyen a esta corriente los siguientes caracteres que de alguna manera son opuestos a los que la historia había trabajado hasta el presente.
1° No es una tendencia limitada a las artes plásticas, sino común a todas las manifestaciones de la ciencia.
2° No es un movimiento peculiar a determinado país, época o región, sino común a todos los países y a todas las épocas.
3° Lejos de ser el producto de la desintegración o descomposición del Renacimiento, es el “anticipo de las soluciones románticas”. Del mismo modo que el romanticismo, el barroco repugna a la razón; se caracteriza por la espontaneidad y “la soberanía de la naturaleza sobre el espíritu”.
4° No es una “enfermedad del gusto”, sino “una de las formas de la normalidad en el gusto”.
Constituye una constante histórica, permanente y universal, opuesta al clasicismo, que se caracteriza por el movimiento, por la transgresión de los límites entre las artes, especialmente entre la pintura y la escultura, y por la multipolaridad. A diferencia de lo clásico, el autor barroco no desarrolla su obra en torno a un centro, sino a varios; en la pintura barroca parecía que el centro estuviese fuera del cuadro.

Caracteres culturales y literarios del barroco
Ante la dificultad de concretar en una definición un fenómeno tan complejo como el barroco, para exponer su concepto seguiremos, la vía de la caracterización. Los caracteres del barroco tienen mucho más de esquemático y arbitrario que las corrientes de otras épocas, que aparecen más claramente configuradas en la historia de la literatura.
El barroco se caracteriza por el dinamismo y el culto al contraste; por la preocupación religiosa;
por la sensualidad y el misticismo; por el pesimismo, la melancolía y el amor a la soledad; por el amaneramiento y la agudeza, por la exaltación de la individualidad y por la influencia española. A continuación los describimos brevemente.
1. Dinamismo y culto al contraste. Puede establecerse un paralelismo entre las artes y la literatura correspondientes a una misma época. Así, las formas arquitectónicas grecorromanas del Renacimiento se caracterizan por las líneas clásicas, acabadas, perfectas; dan una impresión de equilibrio, serenidad y armonía.
Por el contrario, el barroco se caracteriza por las líneas truncas, inacabadas, frontones rotos, arcos incompletos; dan una impresión de desequilibrio, dinamismo y contraste.
Al referirse al barroco literario Díaz Plaja afi rma que se caracteriza por el culto al contraste estético (choque de colores, exageración de relieves, expresionismo) e ideológico (confrontación violenta de temas opuestos): amor-dolor, vida-muerte, juventud-vejez, etcétera.
2. Preocupación religiosa. Al neopaganismo renacentista, que se satisface en el culto al hombre y a la naturaleza, lo sustituye el ansia motivada por la búsqueda de Dios.
Corresponde el barroco a la época de la Contrarreforma y participa por lo tanto de esa intensa inquietud religiosa.

3. Sensualidad y misticismo. Juntamente con la preocupación religiosa, el espíritu barroco se caracteriza por el sensualismo y el materialismo, por un desencanto del ideal y un apego a las cosas concretas.
Existe una tendencia a la humanización de lo sobrenatural. El neoplatonismo, que había dominado durante el Renacimiento, conducía mediante un proceso de idealización, a las siguientes concepciones: de la mujer como un ser distante e imposible (Beatriz), de la naturaleza como un reflejo de la Divinidad (Fray Luis) y del hombre como centro del universo
y acreedor a la gloria.
El barroco en cambio se caracteriza por el desencanto de todos esos ideales. La mujer se convierte  en un ente concreto, carnal, próximo al poeta; el paisaje adquiere un mero valor de objeto plástico, y el hombre se encuentra rodeado de cosas sensibles que lo aprisionan.
El mundo artificioso del Renacimiento es sustituido por una tendencia de la realidad que se percibe con los sentidos, pero —al mismo tiempo y contradictoriamente— el espíritu se eleva en una actitud mística a un mundo de imaginación divorciado de la realidad. Son las dos fuerzas opuestas que integran un aspecto del dualismo barroco, de contrastes extremos: sensualidad y misticismo; anhelo realista del mundo y fuga ascética del mismo.
4. Pesimismo y melancolía. Amor a la soledad. El espíritu en que se desenvuelve la Reforma y la Contrarreforma es de reacción contra el renacentismo vital y paganizante traído de Italia.
Los temas de amores y placeres dan paso a una poesía de desengaño y tristeza.
5. Amaneramiento y agudeza. El barroco se caracteriza por un amaneramiento contrario a la naturalidad, que es el ideal de lo clásico; por un rebuscamiento, un abuso de tropos, de imágenes y de metáforas; por la agudeza en los conceptos y el retorcimiento en la expresión.
El siglo XVII —especialmente en España— se opone al XVI, cuyas notas características son la claridad, la precisión, la pureza y la sencillez.
El barroco se caracteriza por el simbolismo, por la extravagancia de sus procedimientos y por el acrobismo de la versificación.
6. Exaltación de la individualidad. A decir de Pfandl, el barroco se caracteriza por un prurito de individualismo y de originalidad ingeniosa, que no vuelve a encontrarse hasta el impulso genial del Romanticismo.
El ideal barroco del hombre de ingenio procede de España. Ingenio equivale a refinada espiritualidad que reúne inteligencia, agudeza, ironía, gracia y buen gusto. No es el orgullo del saber, característico del Renacimiento humanista, sino el talento, arbitrariamente barroco, basado en sí mismo. Cuando degenera y se hace superfi cial, se convierte en ingeniosidad y manía de originalidad.
Este individualismo barroco se manifiesta de manera especial en el conceptismo, pero también en el culteranismo, cuya rebuscada oscuridad no es más que orgulloso aislamiento y deliberado propósito de apartarse del hombre vulgar.
7. Influencia española. En el siglo XVII, España sustituye a Italia en la dirección de la cultura europea; el espíritu español, en esencial barroco, culmina en esta época y orienta toda la literatura europea.
Algunos autores identifican el predominio del espíritu español de la Contrarreforma con el concepto de lo barroco e incluso afirman que donde hay influencia española, hay barroquismo.

El barroco en los principales países europeos
1. En España
España, un país esencialmente barroco, en el siglo XVII exagera sus propias tendencias naturales y convierte su barroquismo eterno e inconsciente en uno histórico y consciente.
La dirección política de la Casa de Austria solidaria con el triunfo del catolicismo, es decir de la Contrarreforma, será un factor decisivo en esta actitud anti renacentista (y de reacción contra el neopaganismo italianizante) que caracteriza al barroco.
El barroco literario en España se manifiesta en tres direcciones: el culteranismo que domina en la poesía y cuyo principal representante es Luis de Góngora; el conceptismo que se refleja especialmente en la prosa y el que su agente dominante es Francisco de Quevedo; el calderonianismo que continúa el estilo barroco de Calderón de la Barca.
I. El culteranismo, también llamado cultismo o gongorismo, presenta las siguientes notas dominantes:
a) Se continúan y profundizan las propuestas líricas del Renacimiento.
b) Se introducen neologismos con la finalidad de crear un lenguaje culto y refinado.
c) Un recurso poético importante consiste en el empleo del hipérbaton o alteración del orden sintáctico normal de una oración con fi nes poéticos, a modo de sintaxis latina y, también, utilización de metáforas audaces y caprichosas.
d) Afán de demostrar conocimientos mitológicos.
II. El conceptismo surge a partir del segundo tercio del siglo XVII con Francisco de Quevedo.
Sus características principales son:
a) Movimiento anti culterano.
b) Recurre a la metáfora como juego intelectual y no para el enriquecimiento sensorial de la frase según lo había hecho Góngora.
c) Repudia el halago retórico y se orienta hacia el terreno fi losófi co del cual rescata los “conceptos” rectores de la nueva dirección poética.
III. El calderonianismo se manifiesta sobre todo en el teatro y en particular en el drama de Calderón de la Barca.
Los elementos barrocos en Calderón pueden sintetizarse así:
a) Poderoso dinamismo.
b) Retorcimiento conceptual y metafórico.
c) Una particular movilidad en la misma acción y en los personajes.
d) Un equilibrio inestable, análogo al de las formas inacabadas, abiertas, del arte coetáneo.
e) Un contraste entre los personajes, entre las acciones opuestas y las actitudes de los primeros, que en la forma exterior coincide con las antítesis y paradojas, y cuyo equivalente es el claroscuro en pintura.
Aclaración: el movimiento barroco tiene poca trascendencia en los países europeos no españoles; por esta razón daremos primero las características generales del barroco en algunos países incluido España, y luego nos concentraremos en esta última.
f) Una derivación hacia la ternura, el sentimiento, la nostalgia.
g) Tendencia a la hipérbole, hacia lo desmesurado.
h) En el drama domina un eje central y una ley de subordinación, y se da un abundante elemento decorativo, metáforas brillantes que revelan lo poético y lo pintoresco. 2. En Italia
Desde la segunda mitad del siglo XVI se hispaniza el Renacimiento italiano por la supremacía política de España y por su influencia espiritual, que se ejerce desde la iniciación del Concilio de Trento (1545).
La tendencia española de dar a todo asunto un enfoque religioso, a tratarlo “a lo divino”, es adoptada por los escritores italianos.
La obra maestra de la literatura barroca italiana es Jerusalén Libertada (1575) de Torcuato Tasso, epopeya religiosa que traduce la preocupación de la época de la Contrarreforma. Se caracteriza por la melancolía, por una mezcla de sensualidad y religiosidad, una especie de casta voluptuosidad, de remordimiento y arrepentimiento, y por último por un arrebato propio del misticismo español que contrasta con la atrevida sensualidad pagana, típicamente renacentista de Ludovico Ariosto, autor estudiado supra.
3. En Inglaterra
Es asombroso que un país protestante y sajón haya adoptado durante medio siglo los elementos espirituales de España, adversaria tanto en lo político como en lo religioso.
El eufuismo constituye la manifestación típica del barroco inglés; es una tendencia equivalente al culteranismo. Se caracteriza por el tono alambicado, por la afectación del estilo y el empleo de imágenes absurdas. Sin embargo el esplendor y la brillantez son cualidades del Euphues de Lyly que significa una revolución en el estilo y que influirá en la etapa preparatoria del periodo isabelino.
En efecto, los primeros dramas de Shakespeare sufren la influencia del eufuismo. Más tarde, en Hamlet, Shakespeare ridiculizará a Lyly.
El más hispanizado y barroco de los poetas ingleses de la época es Milton (1608-1672), autor de El Paraíso Perdido.
4. En Francia
En el siglo XVII francés podemos distinguir tres momentos:
I. Periodo de preparación del clasicismo y de manifestación del barroco (1610-1659).
II. Periodo del clasicismo moderno o francés (1659-1687).
III. Periodo de transición hacia el neoclasicismo del siglo XVIII (1687-1721).
En los comienzos del primer periodo del siglo XVII se advierte una reacción contra la literatura renacentista de Ronsard. Surge una tendencia a depurar la lengua y el verso, reforma iniciada por Malherbe y continuada por las academias y los salones literarios. La Academia Francesa fundada privadamente por Conrart, se oficializa con Richelieu.
(Para la elaboración de gran parte de este tema se consultó a Ángel Valbuena Prat. Historia de la literatura española, t. II, 7a. ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1963, pp. 479-524).
Los salones tienen enorme importancia; constituyen verdaderos centros literarios en esta etapa anterior a la implantación del absolutismo monárquico.


EJERCICIOS VARIOS DE LITERATURA

Edad Media y Humanismo

Ejercicio 1. Contesta las siguientes preguntas y cuestiones:
1. En el marco de la narrativa, ¿a qué denominamos cantar de gesta? ¿Cuáles son sus características?
2. ¿Quiénes y qué son los juglares?
3. ¿Cuáles son las diferencias y semejanzas fundamentales entre juglares y trovadores?
4 Menciona por lo menos cinco características de Roldán como personaje y coméntalas.
5. ¿Cuáles son los temas de los tres cantares del Poema de Mío Cid?
6. ¿Qué hace Rodrigo Díaz al despedirse de su mujer e hijas?
7. ¿Cómo y dónde se inicia el drama en la Edad Media?
8. ¿A qué se denomina “auto sacramental”?
9. ¿Qué entiendes por humanismo italiano?
10. ¿Cuáles son las principales obras de Dante Alighieri y cuál es el tema de cada una?
11. Menciona y comenta tres características de la prosa de Boccaccio y Chaucer.
12. Explica un cuento del Decamerón teniendo en cuenta las nociones de in medias res, in extrema res, incipiat.
13. Elige un personaje del Decamerón y explica sus características detenidamente.

14. Comenta al narrador en otro cuento del Decamerón.