lunes, 16 de noviembre de 2020

"La caja oblonga" y "El entierro prematuro" Édgar Allan Poe

 

"La caja oblonga" y "El entierro prematuro" de Poe

LA CAJA OBLONGA 
EDGAR ALLAN POE 

Recopilacón por Marie Saldaña
 
Hace algunos años reservé una plaza para viajar desde Charleston a la ciudad de Nueva York en el bonito paquebote Independence, del capitán Hardy. Zarparíamos el día 15 de Junio si el tiempo lo permitía; y el día 14 subí a bordo para arreglar algunas cosas en mi camarote. 
Me enteré de que los pasajeros iban a ser numerosos y que figurarían entre ellos un numero de damas mayor que el de costumbre. En la lista aparecían los nombres de algunas de mis amistades y entre otros me alegré de ver al señor Cornelius Wyatt, un joven artista hacia el que yo sentía cálida amistad. Había sido condiscípulo mío en la Universidad de C... en la que éramos, además, íntimos amigos. Poseía el temperamento ordinario del genio y era una autentica mezcla de misantropía, sensibilidad y entusiasmo. A estas cualidades unía el mejor corazón que jamás haya latido en pecho humano. 
Observé que su nombre figuraba en tres tarjetas adheridas al dintel de tres camarotes; y al consultar nuevamente la lista de pasajeros, vi que había reservado plaza para él, para su esposa y para dos hermanas suyas. Los camarotes eran suficientemente espaciosos y cada uno de ellos tenía dos literas, una sobre la otra. Por supuesto, estas literas eran tan estrechas que en ellas no cabía más de una persona. Aun así, no podía comprender por qué se habían reservado tres camarotes para aquellas cuatro personas. En aquella época me hallaba yo en uno de esos momentos en los que el hombre se siente anormalmente curioso por cualquier cosa, y confieso, con vergüenza, que me entretuve en hacer una serie de conjeturas malas y buenas sobre aquel asunto del exceso de camarotes. Por supuesto que nada de aquello era cosa mía; mas no por ello insistí menos en tratar de resolver el enigma. Por fin llegué a una conclusión que me hizo preguntarme cómo no lo había pensado antes. 
"se trataba de algún sirviente —me dije—. ¡Qué estúpido no haber caído antes en una solución tan evidente!" y una vez más, consulté la lista..., pero allí no vi el nombre de ningún sirviente que formara parte del grupo, aunque sí me fije en que, al parecer, había anotado "y un criado" y luego se habían tachado las palabras. 
"¡Oh, se tratará de equipaje extra! — me dije a continuación—. Algo que él desea no se almacene en las bodegas, algo que desea vigilar personalmente... ¡Ah! Ya lo tengo, seguramente se tratará de algún cuadro o así, y esto es lo que debió estar tratando con Nicolino, el judío italiana." 
Esta idea me satisfizo, y por el momento, abandoné mi curiosidad. 
Yo conocía muy bien a las dos hermanas de Wyatt, dos muchachas muy amables e inteligentes. Wyatt estaba recién casado, pero yo todavía no conocía a su esposa. Él me había hablado muy a menudo de ella, sin embargo, y arrastrado por el entusiasmo habitual que dedicaba a todas sus cosas, me la había descrito como mujer de sorprendente belleza, inteligencia y educada. Por lo tanto yo estaba deseando conocerla personalmente. 
En el día en que yo visité el barco, día 14, Wyatt y su familia también lo visitarían –así me informó el capitán— y esperé a bordo una hora más del tiempo que yo tenía pensado, con la esperanza de ser presentado a la reciente esposa, pero entonces llegó hasta mí una nota de disculpa: 
"La señora Wyatt se hallaba un poco indispuesta y no 
embarcará hasta el día siguiente, a la hora de zarpar." 
Había llegado el día siguiente y yo me dirigía desde el hotel al muelle cuando me encontré con el capitán Hardy, quien me dijo que "debido a ciertas circunstancias (frase estúpida, pero conveniente), había decidido que el Independence no zarpase hasta dentro de un día o dos y que cuando todo estuviese preparado me lo haría saber". Pensé que esto era extraño, ya que en aquellos momentos soplaba una buena brisa del sur, pero como las circunstancias no se revelaron, por mucho que insistí sobre ello, no me quedó más remedio que regresar al hotel y rumiar en solitario mi impaciencia. 
No recibí el esperado mensaje del capitán hasta que transcurrió una semana. Inmediatamente fui a bordo. El buque estaba abarrotado de pasajeros y por todas partes se evidenciaba el bullicio de una pronta salida del puerto. El grupo de Wyatt llego diez minutos después de haberlo hecho yo. Allí estaban las dos hermanas, la esposa y el artista; éste último, al parecer, abrumado por una de sus "venas" de misantropía. Sin embargo, yo ya estaba muy acostumbrado a su temperamento para concederle alguna importancia. Ni siquiera me presentó a su esposa –esta cortesía corrió a cargo de su hermana Marian—, dulce e inteligente muchacha, quien, con pocas y apresuradas palabras, hizo la presentación. 
La señora Wyatt ocultaba su rostro tras espeso velo y cuando lo alzó, ante mi cortés inclinación, confieso que me quede profundamente asombrado. Por supuesto, habría sentido en tales momentos un asombro mucho mayor de no haber estado acostumbrado a las entusiásticas descripciones de mi amigo, el artista, cuando las dedicaba a alguna mujer. Y si el tema era la belleza también conocía yo con cuánta facilidad se dejaba arrastrar hacia las regiones de lo profundamente ideal. 
Lo cierto es que no podía yo considerar a la señora Wyatt más que como una mujer corriente, de aspecto vulgar. Aunque no positivamente fea, creo que no estaba muy lejos de serlo. Sin embargo, vestía con gusto exquisito, y entonces no me cupo la menor duda de que la mujer había conquistado el corazón de mi amigo por las duraderas gracias del intelecto y del alma. La mujer pronunció muy pocas palabras e inmediatamente se retiró a su camarote con el señor Wyatt. 
Entonces se apoderó de mí, una vez más, la curiosidad. No había "sirvientes", esto estaba ya claro. Por lo tanto, esperé a que llegara el equipaje. Éste, tras alguna demora, llegó al muelle. Un carro transportando una oblonga caja de pino; esto parecía ser todo. Tras embarcar la extraña caja, el buque zarpó enseguida y al cabo de poco tiempo habíamos atravesado la barra para salir a alta mar. 
La caja en cuestión, repito, era oblonga. Tenía unos seis pies de longitud por dos y medio de anchura. La observé cuidadosamente y por esto deseo ser preciso. Ahora bien, esta forma era "peculiar". Y tan pronto como la vi, casi me felicité a mí mismo por haber acertado en mis suposiciones. Se recordará que había llegado a la conclusión de que extra de mi amigo, el artista, estaría formado por cuadros, o por lo menos un cuadro; pues yo sabía que desde hacía unas semanas estaba en contacto con Nicolino... y ahora allí estaba aquella caja que, por su forma, no podía contener otra cosa que no fuese una copia de La Última Cena, de Leonardo da Vinci; y yo sabía que desde hacía algún tiempo Nicolino poseía una copia de esta Última Cena pintada por Rubini, el joven, en Florencia. Por lo tanto, aquel punto quedaba aclarado. Cloqueé con la garganta un par de veces cuando pensé en mi agudeza mental. Era la primera vez— al menos así yo lo creía— que Wyatt me ocultaba uno de sus secretos artísticos; era, pues, evidente, que estaba tratando de evitar mi curiosidad y contrabandear el hermoso cuadro llevándolo hasta Nueva York, ante mis propias narices; y esperando sin duda alguna que yo no intuyera nada del asunto. Resolví seguir su juego y a la vez chancearme de él a placer. 
Sin embargo, hubo una cosa que me molestó un poco. La caja no fue a parar al camarote extra. Quedó depositada en el propio camarote de Wyatt, y allí permaneció ocupando casi la totalidad del suelo, sin duda molestando mucho al artista y a su esposa, mucho más aún debido a la brea o pintura que aparecía en el rotulo de la caja en forma de grandes letras, pintura que emitía, al menos para mí, un olor fuerte y desagradable. Sobre la caja se leía: "Señora Adelaide Curtis. Albany, Nueva York. Envío de Cornelius Wyatt, esq. Este costado hacia arriba. Manéjese con cuidado." 
También yo sabía que la señora Adelaide Curtis, de Albany, era la madre de la esposa del artista, pero en aquel instante consideré la dirección en cuestión como una mixtificación dirigida especialmente a mi persona. Decidí, sin embargo, que la caja y su contenido nunca llegarían más al norte del país que el punto donde se encontraba el estudio de mi amigo, en Chambers Street, Nueva York. 
Durante los primeros tres o cuatro días disfrutamos de muy buen tiempo, aunque el viento había amainado mucho en cuanto perdimos la costa de vista. Consecuentemente, los pasajeros mostraban un magnifico espíritu jovial. Sin embargo, debo exceptuarme yo, Wyatt y sus hermanas, que se comportaban muy rígidamente, y a mi parecer, poco cortésmente con el resto de la gente. No me extrañaba nada la conducta de Wyatt. Se mostraba tristón, incluso más que de costumbre, pero su comportamiento, repito que para mí, no tenía nada de particular porque ya lo conocía. Sin embargo, yo no hallaba excusas para el caso de sus hermanas. Se encerraron en sus camarotes durante la mayor parte de la travesía y se negaron totalmente, a pesar de mis esfuerzos, a relacionarse con nadie a bordo. 
La señora Wyatt se mostraba mucho más agradable. Es decir, se mostraba más bien "locuaz" y el ser locuaz no es cosa recomendable en el mar. Intimaba "excesivamente" con la mayor parte de las damas; y ante mi profundo asombro, mostraba también cierta disposición a coquetear con los caballeros. Nos divertía a todos mucho. Digo "divertía", y apenas sé cómo explicar esto. La verdad es que muy pronto supe que la gente se reía más "de ella" que "con ella". Los caballeros decían muy pocas cosas de ella; pero las damas, de vez en cuando, la declaraban mujer "de buen corazón, de aspecto indiferente, ineducada y decididamente vulgar". Lo verdaderamente extraño era cómo Wyatt había aceptado semejante unión. La riqueza parecía ser la lógica respuesta, pero yo también sabía que no lo era; porque Wyatt me había dicho que su esposa no tenía un solo dólar ni esperanzas de tenerlo. Dijo que se había casado porque la amaba, "por amor, y solamente por amor, y que su esposa era digna de algo mucho más valioso que su amor". Cuando yo pensaba en estas expresiones por parte de mi amigo, confieso que me sentía enormemente desorientado. ¿Sería posible que estuviera volviéndose loco? ¿Qué otra cosa podía yo pensar? ¡Él, tan refinado, tan intelectual, tan remilgado, con percepción tan exquisita para lo defectuoso y tan aguda para apreciar lo bello! Evidentemente, la mujer parecía apreciarle mucho —particularmente en ausencia de él— cuando ella hacía el ridículo citando todas las cosas que le decía "su amado esposo, el señor Wyatt". La palabra "esposo" parecía estar siempre, según una de sus propias expresiones, "en la punta de su lengua". Mientras tanto, y esto lo observaba todo el mundo a bordo, él "la evitaba" en forma inequívoca, y durante la mayor parte del tiempo, Wyatt permanecía encerrado en su camarote, dejando que su esposa se divirtiese libremente en el salón principal de a bordo. 
La conclusión a que finalmente llegué, tras oír y ver, fue que el artista, debido a un imprevisible fallo del destino, o quizá dejándose arrastrar por un rapto de entusiasmo y fantástica pasión, que se había unido a una persona que estaba muy por debajo de él y que el resultado natural había sido un repentino desagrado. Yo le compadecía profundamente, pero no por esto podía perdonarle la falta de amistad que me había demostrado en el asunto de La Última Cena. Y sólo por esta razón resolví vengarme. 
Un día subió a cubierta y tomándole por un brazo, deliberadamente, comencé a pasear con él de un lado a otro. Sin embargo, no parecía que su tristeza desapareciese en absoluto (cosa que yo consideraba natural, dadas las circunstancias). Habló poco, y lo poco que dijo lo expresó de mal humor y con evidente esfuerzo. Aventuré un chiste o dos, y realizó un tremendo esfuerzo para esbozar una sonrisa. ¡Pobre animal! Al pensar en "su esposa" me pregunté de dónde sacaría fuerzas el hombre para poner aquella cara tan triste. Finalmente quise esbozar una finta de ataque. Inicié una serie de insinuaciones sobre la caja oblonga, nada más que para hacerle percibir, gradualmente, que yo no era víctima de su poco agradable mixtificación. Mi primera observación fue un disparo de batería camuflada. Dije algo acerca de "la peculiar forma de aquella caja", y al mismo tiempo que hablaba, sonreí condescendientemente, guiñé un ojo y a continuación toqué cariñosamente sus costillas con la yema del dedo índice. 
La manera en que Wyatt recibió este gesto amistoso me convenció inmediatamente de que estaba loco. Al principio me miró como si hallase imposible comprender la agudeza de mi observación; pero cuando la idea comenzó a penetrar gradualmente en su cerebro, tuve la impresión de que los ojos se le iban a saltar de sus órbitas. Se sonrojó violentamente y después palideció, y acto seguido, como si lo que acabara yo de insinuarle fuese el chiste más divertido del mundo, comenzó a reír a carcajadas, con creciente vigor. Esta actitud duro por lo menos diez minutos. En consecuencia, el hombre cayó sobre cubierta, pesadamente. Cuando me apresuré a levantarle, parecía hallarse totalmente "muerto". 
Pedí ayuda, y con grandes dificultades conseguimos hacerle recuperar el conocimiento. Al hacerlo así habló incoherentemente durante algún tiempo. Finalmente, se le hizo una sangría y le acostamos. A la mañana siguiente se había recuperado bastante, al menos en lo que se refería a su salud corporal. Por supuesto, de su mente no afirmó nada. Le evité durante el resto de la travesía por consejo del capitán, quien parecía coincidir conmigo totalmente sobre mis puntos de vista acerca del estado mental de mi amigo, pero al mismo tiempo me advirtió que no se lo comunicara a nadie de a bordo. 
Inmediatamente después de todo esto surgieron circunstancias que contribuyeron a acrecentar la curiosidad que ya me abrumaba. Entre otras cosas, la siguiente: me sentía nervioso, bebía té con exceso y dormía mal por la noche. En realidad, hacia dos noches que no dormía casi en absoluto. Mi camarote estaba orientado al salón principal o comedor, como ocurría con los demás camarotes de los solteros. Los tres alojamientos de Wyatt se hallaban más allá del salón principal separados de éste sólo por una ligera puerta corrediza que jamás se cerraba, ni siquiera por las noches. Como constantemente navegábamos con buen viento, el buque escoraba de vez en cuando hacia estribor. Siempre que ocurría esto, la puerta corredera se deslizaba hacia un lado y quedaba abierta sin que nadie se tomara la molestia de cerrarla. Pero mi camarote ocupaba tal posición, que cuando yo tenía mi puerta abierta, y a la vez se hallaba abierta la del salón, veía perfectamente los otros camarotes (yo siempre tenía mi puerta abierta a causa del calor), y en consecuencia distinguía el lugar donde se hallaban los camarotes del señor Wyatt. Bien, pues durante dos noches (no consecutivas), mientras yo permanecía tendido despierto en mi litera, vi claramente a la señora Wyatt que salía cautelosamente del camarote de su esposo y entraba al camarote extra donde permanecía hasta el amanecer, momento en que su esposo la llamaba para que regresara al primer camarote. Estaba claro que, virtualmente, se hallaban separados. Y tampoco había duda de que disponían de camarotes separados, quizá esperando el momento en que el divorcio fuese mucho más permanente. En todo aquello, después de todo, estaba el misterio que tanto me había intrigado. El misterio del camarote extra. 
Había otra circunstancia que también me interesaba mucho. Durante aquellas dos noches que permanecí despierto e inmediatamente después de la desaparición de la señora Wyatt en el camarote extra me llamaron la atención ciertos ruidos extraños y ahogados que partían del camarote de mi amigo Wyatt. Tras escuchar durante cierto tiempo, por fin logré traducir perfectamente su origen. Eran los ruidos del artista que abría la caja oblonga con auxilio de algún cincel y martillo, y quizá este último se hallaba envuelto en algún trapo o almohadilla para evitar ruidos más estridentes. 
De esta forma, mi imaginación veía el momento preciso en que Wyatt alzaba la tapa de la caja y cómo depositaba esta última sobre la litera inferior de su camarote. Esto último lo imaginaba yo, a juzgar por el ruido de la madera contra los bordes de la litera, ya que en el suelo no le quedaba espacio para colocarla. Tras estos ruidos seguía un silencio de muerte, y no se volvía a oír nada hasta el amanecer; a no ser, quizá, que debo mencionar un suave sollozo o murmullo, tan reprimido que casi era inaudible, aunque también es posible que tal sonido solo se debiese a mi imaginación. Digo que se parecía a un sollozo, murmullo o suspiro, pero, por supuesto puede que no fuese ninguna de estas cosas. Más bien creo que fue un suave zumbido en mis oídos. El señor Wyatt, sin duda alguna, se hallaba inmerso en uno de sus favoritos raptos de entusiasmo artístico. Había abierto la caja oblonga con objeto de disfrutar de la vista de su tesoro pictórico. Sin embargo, aquello no era motivo para emitir ningún sollozo. Por lo tanto, repetiré que, probablemente, tal sonido se debiese, más bien, a mi imaginación, exaltada sin duda por el fuerte té verde del capitán Hardy. Poco antes del amanecer, en cada una de las dos noches que menciono, escuché claramente cómo el señor Wyatt colocaba la tapa sobre la caja oblonga y volvía a clavarla empleando los clavos y el martillo con la cabeza envuelta en algo suave. Habiendo hecho esto, había salido de su camarote, totalmente vestido, y se había acercado al otro camarote para llamar a la señora Wyatt. 
Hacía siete días que navegábamos, y nos encontrábamos en aquel momento cerca del cabo Hatteras, cuando llegó un fuerte viento desde el sudoeste. Estábamos bien preparados para ello, ya que el tiempo había estado avisando a intervalos. Bajo este viento navegamos perfectamente durante cuarenta y ocho horas. El buque estaba demostrando estar muy bien acondicionado para cualquier eventualidad. Sin embargo, al final de este período de tiempo, el fuerte viento se había convertido en un huracán hasta el punto de que llegamos a perder una de las velas mayores que inmediatamente quedó hecha trizas. Las enormes olas comenzaron a saltar sobre la cubierta y muy pronto perdimos tres hombres, la cocina y casi la totalidad de las amuradas de babor. Apenas nos habíamos dado cuenta de lo que estaba ocurriendo cuando la copa de trinquete se hizo mil pedazos. A continuación, el viento se calmó y durante algunas horas más navegamos a gran velocidad aún cuando el viento no se había calmado por completo. 
No parecían presentarse señales de que la tempestad fuese a calmar. Todo el aparejo se hallaba en muy malas condiciones, y al tercer día de haber estallado la tormenta, nuestro palo de mesana saltó por la borda, y durante una hora o más, tratamos en vano de desembarazarnos de los cordajes que le sujetaban aún a bordo, en vano a causa del formidable movimiento del buque; y antes de que hubiésemos logrado el éxito, llegó el carpintero a popa para anunciar que había cuatro pies de agua en las bodegas. Para que las cosas resultaran aún más complicadas, las bombas estaban atascadas y casi inútiles. 
Todo era confusión y desesperación, pero hicimos un esfuerzo para aligerar el barco arrojando por la borda toda la carga que nos fuera posible y hasta cortamos los dos mástiles que quedaban en pie. Esto último lo conseguimos bien, pero todavía no lográbamos hacer nada con las bombas; y mientras tanto, la vía de agua de las bodegas estaba agrandándose más y más. 
A la puesta del sol, la galerna había disminuido en su violencia muy sensiblemente, y, a medida que la mar fue calmándose, aumentaron nuestras esperanzas de poder salvarnos en los botes. A las ocho de la tarde, las nubes se abrieron bajo el viento y vimos la luna llena, espectáculo que alegró un tanto nuestros decaídos espíritus. 
Tras increíble trabajo conseguimos colocar el largo bote salvavidas a lo largo de una banda sin que ocurriera nada grave, y embarcaron en él toda la tripulación y la mayor parte de los pasajeros. Este grupo partió inmediatamente, y tras penosos sufrimientos, llegó sano y salvo a Ocracoke Intel, al tercer día de navegación. 
Catorce pasajeros, con el capitán, permanecimos a bordo resueltos a probar fortuna con el bote de popa. Le hicimos descender sin dificultad, aunque fue un milagro que no se estrellara al tocar con el agua. Contenía al capitán y su esposa, el señor Wyatt y familia, un oficial mexicano, su esposa y cuatro niños, y yo, más un mayordomo negro. 
Por supuesto, no teníamos espacio más que para los instrumentos más necesarios, algunas provisiones y las ropas que cargábamos en la espalda. Nadie había intentado salvar ninguna cosa más. Lo que asombró a todo el mundo fue que, cuando habíamos descendido unas cuantas brazas, el señor Wyatt se puso de pie en popa y fríamente exigió que el bote regresara con el propósito de cargar en él su caja oblonga. 
—Siéntese, señor Wyatt —replicó el capitán, con tono un tanto duro—. Hará usted que el bote oscile si no se está quieto. Ya casi tocamos el agua. 
 ¡La caja! — vociferó el señor Wyatt todavía en pie—. La caja... ¡Oiga, capitán! ¡Capitán Hardy!... usted no puede negarme eso. Su peso nada significará porque pesa muy poco. ¡Por la madre que le dio el ser, por el amor del cielo, por sus esperanzas de salvación, le ruego que me ayude a cargar esa caja! 
El capitán, durante un momento, pareció conmoverse por la angustiosa apelación del artista, pero al cabo de unos segundos volvió a adoptar su dura actitud, y simplemente dijo: 
—Señor Wyatt, usted está loco. No puedo escucharle. Siéntese, o de lo contrario, volcará la embarcación... ¡Cogedle, agarradle! ¡Va a saltar afuera! 
Cuando el capitán gritó esto, el señor Wyatt, en efecto, había saltado desde el bote y como aún nos hallábamos a sotavento, realizando un esfuerzo prodigioso, pudo agarrar la soga que colgaba de las cadenas de proa. Al cabo de unos instantes se hallaba a bordo nuevamente, corriendo frenéticamente hacia el camarote. 
Mientras tanto, nosotros habíamos sido arrastrados hacia la popa del barco y al alejarnos de su sotavento quedábamos a merced del arbolado mar que aún permanecía agitado. Hicimos un esfuerzo por acercarnos más al buque, pero nuestro bote era como una pluma bajo el soplo de la tempestad. De una sola ojeada nos dimos cuenta de que se había firmado la sentencia del artista. 
A medida que aumentaba nuestra distancia del buque, el loco (pues sólo así se le podía considerar), surgió por la escalera de la cámara, con un esfuerzo que parecía gigantesco, cargando con la caja oblonga. Mientras todos le mirábamos extremadamente asombrados, Wyatt enrolló dos o tres veces alrededor de la caja una soga de tres pulgadas y luego hizo lo mismo con su propio cuerpo. Al cabo de un instante, cuerpo y caja cayeron al agua, desapareciendo súbitamente para siempre. 
Nos inclinamos tristemente sobre nuestros remos sin apartar los ojos de aquel punto. Finalmente nos alejamos. Durante casi una hora reinó el silencio entre todos nosotros. Luego aventuré una observación. 
 ¿Se dio cuenta usted, capitán, cuán rápidamente se hundió? ¿No ha sido eso algo singular? Confieso que aún albergaba algunas esperanzas de que se salvara al ver lo que hizo consigo mismo y con la caja para lanzarse al agua. 
 Efectivamente, se hundieron como una bala de cañón —respondió el capitán—, pero volverán a flotar, sin embargo..., "pero no hasta que no se disuelva la sal". 
 ¡La sal! –exclamé. 
 ¡Cállese! –replicó el capitán, llevándose un dedo a los labios, al mismo tiempo que señalaba a la esposa y hermanas del desaparecido—. Hablaremos de eso en otro momento. 
*** 
Lo pasamos muy mal y logramos salvarnos; la fortuna nos favoreció al igual que a nuestro compañeros del bote grande. Llegamos a tierra más muertos que vivos al cabo de cuatro días de intensos sufrimientos, atracando en la playa que había frente a Roanoke Island. Permanecimos allí durante una semana, donde no se nos trató mal del todo, y por fin, logramos pasaje para Nueva York. 
Un mes después de la pérdida del Independence, me encontré con el capitán Hardy en Broadway. Nuestra conversación giró, naturalmente, alrededor del desastre, y, especialmente, acerca del triste destino del pobre Wyatt. Así fue como me enteré de los detalles. 
El artista había reservado pasaje para él, su esposa, sus dos hermanas y una sirviente. Su esposa era, tal y como él había asegurado, una mujer bella y encantadora. En la mañana del 14 de Junio (día en el que visité yo el barco por primera vez), la dama se había puesto súbitamente enferma y había fallecido. El joven esposo casi se había vuelto loco de dolor, pero las circunstancias impedían que demorase su viaje a Nueva York. Era necesario llevar el cuerpo de la adorada esposa a la madre de ésta, y, por otra parte, era evidente el perjuicio que se produciría a la compañía naviera si así se hacía. Casi todos los pasajeros habrían cancelado el viaje porque a nadie le agradaría viajar con un cadáver a bordo. 
Ante este dilema, el propio capitán Hardy dispuso que el cadáver se embalsamara y se cubriese con cierta cantidad de sal en una caja de dimensiones adecuadas que se embarcaría como mercancía. Se guardaría silencio sobre el fallecimiento de la dama, y como todo el mundo sabía que el señor Wyatt había reservado pasaje para su esposa, se hizo necesario que alguna persona la representara durante el viaje. Y así lo hizo la doncella de la difunta. Por esta razón se había mantenido la reserva del camarote extra que era donde dormía la falsa esposa todas las noches. Durante el día, la doncella desempeñaba lo mejor que podía el papel de su fallecida señora, a la que, por supuesto, no conocía personalmente ninguna persona de las que se encontraban a bordo. 
Desde luego, mis propios errores fueron fruto de un temperamento descuidado, inquisitivo y demasiado impulsivo, pero desde hace ya tiempo no duermo bien. Hay un rostro que me observa constantemente. Y unas carcajadas histéricas que sonarán para siempre en mis oídos. 
Salto de página 
EL ENTIERRO PREMATURO 
EDGAR ALLAN POE 
 
Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa! 
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos - abogado eminente y miembro del Congreso - fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición. 
La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta. 
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida. 
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido. 
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características. 
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto. 
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba. 
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce. 
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación. 
El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen post-mortem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado. 
Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva. 
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo. 
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro. 
El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro. 
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal.. 
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba. 
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión. 
En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios" Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!" 
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo: 
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes? 
-¿Y tú- pregunté- quién eres? 
-No tengo nombre en las regiones donde habito- replicó la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira! 
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba: 
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso? Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?" 
Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas! 
Llegó una época- como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertado de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido. 
Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre. 
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd. 
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima. 
Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea. 
- Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz, como respuesta. 
- ¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo 
- ¡Fuera de ahí!- dijo un tercero. 
- ¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés?- dijo un cuarto. 
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria. 
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir. 
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde, aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos. 

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